La Biblia en mi vida |
|
|
|
Escrito por el miércoles, 04 de octubre de 2006 (Ha sido leído 5128 veces) Cada vez que
vuelvo mi mirada
hacia mi vida, hacia
mí, me veo ligada
–envuelta,
contenida, iluminada
y como traspasada-
por el componente
religioso de mi
personalidad, con
tanta fuerza como
los afectos, el
ansia de
conocimiento o el
anhelo de belleza. Y
lo religioso, si
bien
está centrado en el
vínculo personal con
Dios, está sin duda
arraigado
y sostenido,
enriquecido y
expandido de forma
ilimitada por la
Biblia.
En TucumánEl Libro no es para mí sólo un libro sino un mundo cuyo significado intento permanentemente descubrir y comprender, al mismo tiempo que me es totalmente familiar y como mío, algo propio que me acompaña desde mi infancia y lo que deseo encontrar al final de cada itinerario particular, pero también al final de mi vida. Es mi camino y mi horizonte; es mi apetito, mi alimento y mi saciedad. Recuerdo que uno de los primeros libros que me compraron mis padres era una Vida de Jesús contada para niños. Tendría yo unos cinco años; ya sabía leer aunque no iba al colegio, y estaba enferma. Estuve largos días en cama por lo que me hicieron varios regalos; entre ellos, ese librito deliciosamente escrito e ilustrado. Lo leí una y otra vez; perdió sus tapas, envejeció. En mi Primera Comunión unas tías me regalaron otro ejemplar. Después de veinticinco lecturas, perdí la cuenta: a algunos capítulos los sabía casi de memoria y todavía conservo la impresión que me causaban algunos de ellos; no pierdo la esperanza de encontrar ese libro en alguna librería de viejos.Al lado de esos relatos tan vívidos y atractivos, las Historias Sagradas que leíamos en la escuela primaria y en la catequesis de Confirmación –entonces, “de perseverancia”-, no me interesaron tanto en conjunto, aunque recuerdo la historia de José como la que más me conmovía. Todavía hoy me inspira su inmensa capacidad de perdonar, por encima de la riqueza de toda la narración.
Mientras cursaba el colegio secundario formaba parte de la Acción Católica en su sección de estudiantes. En nuestros círculos teníamos la práctica de comenzar todas las reuniones con la lectura de un pasaje de los Evangelios que comentábamos espontáneamente; generalmente lo vinculábamos con nuestras vivencias. Esto me dio mucho conocimiento de esos libros y me habituó a la meditación personal. El Concilio Vaticano II había alentado entonces la lectura de la Biblia por parte de los fieles, y la reforma litúrgica incluyó la lectura habitual del Antiguo Testamento, con lo que nos acercamos mucho más a éste. Paralelo a mis dos años de magisterio, cuarto y quinto de mi secundario, cursé regularmente el programa del Instituto San Pío X de cultura religiosa, del Arzobispado de Tucumán, donde vivía. Disfruté mucho los dos cursos de Sagradas Escrituras dictados por el P. Miguel Zelarayán de una forma muy actualizada; junto con los de liturgia, eran mis preferidos aunque me interesaban igualmente los de teología dogmática y moral, historia de la Iglesia y Doctrina Social de la Iglesia. Durante el primer año de universidad, mientras integraba la JUC, Juventud Universitaria Católica –que contribuí a reconstituir ese año 1967-, formé parte de un grupo de estudios bíblicos de estudiantes universitarios en la Iglesia Metodista, por invitación de su pastor. Vecino y conocido de mi familia, el pastor Vicente Triputti tenía un espíritu muy abierto y participaba con el arzobispo de Tucumán, Monseñor Juan Carlos Aramburu, en los diálogos ecuménicos que entonces estaban en sus comienzos. Fue para mí una experiencia reveladora porque era el primer contacto que tenía con una comunidad religiosa no católica, y porque estudiando el libro del Génesis no encontraba diferencias que me separaran de los otros miembros del grupo. Eventualmente participé también de alguna celebración dominical. Transcurrieron unos cuantos años de la agitación ideológica y de traumáticas rupturas de mis relaciones, de acuerdo con el contexto nacional en esos difíciles primeros ’70. Pese a haberme alejado de la práctica religiosa como la llevaba hasta entonces, no perdí la fe; tengo la impresión que fue sobre todo ese contacto tan vivo que había tenido con los Evangelios, y esa comprensión de la antropología contenida en los primeros libros de la Biblia que yo estudié con interés no sólo religioso sino también filosófico, lo que más contribuyó a mantenerme vinculada. Y en el fondo de mí, ese “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob” que permanecía mientras se alejaba mi experiencia adolescente y juvenil de militante. En EspañaEl exilio en España contribuyó a devolverme la serenidad de espíritu y, oportunamente, a volver a los sacramentos. Los sacerdotes de mi parroquia en Madrid –don Carlos Martínez, el párroco, y don Braulio Rodríguez- fueron comprensivos y acogedores. Como yo deseaba integrarme a la vida de la Iglesia, el párroco me encomendó el dictado de cursos bíblicos para laicos adultos, no sólo catequistas, lo que hice durante tres años hasta que regresé al país con mi familia. La preparación de esos cursos fue un gran incentivo para estudiar sistemáticamente la Biblia; lo hice con muchísimo gusto y mayor provecho personal. Para la última fiesta de Reyes en Madrid, don Carlos me regaló el Comentario Bíblico San Jerónimo en cinco tomos, que pude traer; lo conservo en mi biblioteca y lo consulto cada vez que encaro un estudio bíblico; es una obra excepcional.Una Navidad, mientras preparaba una celebración para mis alumnos del curso bíblico, descubrí la figura de José, esposo de María: hombre de fe. Desde entonces es para mí una fuente riquísima de inspiración, una persona cercana. Por cierto, la familiaridad con la Madre de Jesús data de mi más remota infancia.
En BairesDe regreso en Buenos Aires, intenté en vano volver a dictar cursos bíblicos en las que fueron mis parroquias. Tuve oportunidad de dar algunas charlas aisladas. Pero de a poco seguí estudiando. Hacia finales de los ’80 me interesé en la “lectura feminista” de la Biblia, pero no me convenció; no me pareció ni rigurosa ni honesta sino extremadamente ideológica. Tampoco me sedujo la corriente de “lectura popular”, también afectada por este rasgo y –me parecía- inclinada a favorecer cierto resentimiento clasista y hasta alguna forma de odio. Admito que puedo equivocarme, pero con los elementos que me proporcionaba mi formación, esa fue la apreciación que me merecieron. En Madrid y en Buenos Aires, en algunas Cuaresmas abordé la lectura de “Vidas de Jesús” –François Mauriac, Giovanni Papini, Jean Guitton, por ejemplo-; no me entusiasmaron. Quizá por su excelente nivel literario y la notoria personalidad de los respectivos autores, echaba de menos la luminosa sencillez de los Evangelios a los que estaba habituada. Volví inmediatamente a ellos cada vez.
Terminada mi licenciatura, hice por única vez una lectura de la Biblia del principio al fin, libro por libro. No es una forma habitual de leer –y no la creo recomendable-, pero me fue beneficiosa puesto que en las lecturas sistemáticas, con propósito de estudio o con interés religioso, había muchos rincones que habían quedado inexplorados. Mi mundo bíblico se ensanchó y se profundizó. Se llenó de personajes, de episodios, de saberes. Por entonces viví un proceso de renovación espiritual, sin duda ligada a la Biblia, cuya lectura practico desde entonces según marca la liturgia católica para cada día, con mis oraciones. Por cierto que, en cuanto puedo, amplío mis estudios no sólo sobre los libros bíblicos, sino sobre su influencia, su lectura, la historia de sus traducciones, de las investigaciones que suscitó, las escuelas judías, las ediciones y cuanto más pueda haber en torno a ellos. En particular, me interesó conocer la diferencia en la idea del acceso a la Biblia entre católicos y otros cristianos, y cómo volvió la Iglesia Católica a recomendar a sus fieles la lectura directa. El editor Gregorio Schvartz, de Buenos Aires, me encargó que escribiera una introducción a un breve ensayo de Erich Fromm titulado “El humanismo judío”, lo que me dio ocasión de repasar mis estudios en torno a los primeros libros de la Biblia. El libro quedó preparado pero el editor murió sin llegar a publicarlo. Fromm aborda varios de los problemas que más me interesan filosóficamente, trata de dar una visión de conjunto respecto a la forma en que el pueblo judío –religioso o no- se instala frente a la vida y la historia; en particular, la centralidad de la inteligencia de la palabra que sostiene la tradición, el vínculo con la historia y esa profunda exigencia ética que conformó sus comunidades. En 1994 participé en un seminario filosófico sobre la técnica; presenté una ponencia sobre la concepción que puede detectarse al respecto en el Antiguo Testamento. Mantengo interés en este tema que se refiere, en realidad, a la naturaleza del dominio sobre el mundo, lugar del hombre. En SaltaDesde 1996 vivo en Salta con mi familia. Al año siguiente, por iniciativa de un particular que ofreció asumir los costos, la Biblioteca Provincial Doctor Victorino de la Plaza, cuyo director era mi esposo, Gregorio Caro Figueroa, decidió organizar una exposición sobre la Biblia. El interés del patrocinante se centraba en mostrar ejemplares antiguos de la Biblia. Desde el punto de vista de la Biblioteca, se trataba de un acto de carácter cultural integrado en su programa de difusión del libro y la lectura, y no precisamente religioso. Gregorio me preguntó si quería ser yo la que hiciera ese trabajo, y contesté afirmativamente; prestaba mi colaboración como voluntaria de la biblioteca. Desde el comienzo se pensó como una actividad compartida por todas las comunidades religiosas que quisieran participar.
Cada exposición estaba acompañada de un programa de actos de difusión de la Biblia como conferencias, cursos, actividades para niños; el cierre solía hacerse con un encuentro juvenil de expresiones musicales. Tuvimos algunas presentaciones verdaderamente memorables en cuanto a la calidad de las reflexiones, a la creatividad de las manifestaciones, o bien, al interés de los temas expuestos. Quizá los puntos más altos hayan sido –no es fácil elegir, pero arriesgo- la presentación de la Biblia del Milenio en 2000, una edición ecuménica muy especial hecha por San Pablo, y la presentación mundial de la Biblia en wichí en 2002, la primera edición completa de la Biblia en una lengua indígena perteneciente al territorio argentino, con el sello de la Sociedad Bíblica Argentina. Muchas personas colaboraron con las exposiciones de una u otra manera. Quisiera mencionarlas a todas pero, ya se sabe, cosas así no suelen ser posibles. Pero voy a recordar a algunos: el Pbro. doctor Pablo Pagano y el Pastor licenciado Valdo Ferrari, de la Iglesia Metodista, que dieron conferencias teológicas excelentes; al obispo Mauricio Sinclair, y al obispo Humberto Axt, de la Iglesia Anglicana, a Michael Brown, traductor, y al pastor Oscar Jaquier, de la misma Iglesia; al pastor Jorge Medina e Irma de Villena, de la Iglesia Buenas Nuevas, y Sarita de González de la Iglesia Philadelphia. En la Biblioteca conté con la valiosa ayuda de la señora Lilián Durán de Romano; en el Archivo Histórico, la de su Jefa, la profesora Carolina Linares –muy eficiente en la gráfica- y sus colaboradoras que cada año hacían la delicada limpieza de los ejemplares antiguos. La musicóloga rusa (judía nacida en Uzbekistán) Svetlana Levitán, ex guía del Museo Nacional de Jerusalén, dio varias conferencias, entre ellas una sobre “La música religiosa como lenguaje transcultural”, inmediatamente después del 11 de septiembre de 2001, que alcanzó momentos sublimes. Blanca Nelly Fernández de Pagano, madre del sacerdote, nos ayudó con diligencia y afecto. Mis amigas Angela Ruiz y Mónica Bianchi de Bixquert me acompañaron cada vez; esta última apoyando también con la difusión desde la radio.
En lo personal, he sentido como un privilegio haber tenido estas oportunidades. No sólo por todo lo que conocí respecto a las ediciones y a los diversos temas de las conferencias, sino por ese clima tan especial de las relaciones personales establecidas entre quienes amamos la Biblia. La satisfacción por cada programa cumplido no era menor que el gozo por las bendiciones que cada uno me manifestaba, ni que la percepción de un crecimiento mío: un renovado desarrollo de mi mundo bíblico, tanto intelectual como espiritual. No puedo medir ni agradecer suficientemente tanto bien. No esperaba ningún reconocimiento público por mi trabajo en la serie de exposiciones, puesto que lo hice en nombre de la institución que me lo encomendó y permanentemente procuré no asumir protagonismo alguno. Pero lo recibí y me dio mucho gusto, y lo agradezco infinitamente. Hablo de mi mundo bíblico. Lo siento así: como mío y como un mundo, algo que me pertenece de alguna manera y que quizá no sea capaz de comunicar en toda su densidad, diversidad y riqueza. Es un mundo de personajes, historias, paisajes, ideas. Un mundo de sabiduría. Aunque no creyera, como creo, en el Dios que la Biblia me revela, el “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob”, pero como dice también Pascal, “Dios de Jesucristo”, aunque no creyera, digo, lo mismo encontraría un inmenso tesoro de humanidad. Conocí en el Libro una amplia gama de caracteres, de pasiones, de bajezas y de elevadas actitudes de hombres y de mujeres. Leí historias muy antiguas y otras menos remotas en las que vi personas que se me hicieron cercanas por un rasgo u otro. Enormes diferencias culturales y sorprendente proximidad en eso que algunos llaman la “naturaleza humana”. Encontré y aprendí cosas muy variadas, desde la fe al fanatismo; desde la entrega generosa o sufriente a la vocación profética, a la más vil traición; desde la crueldad a la abnegación; el amor a la Ley –y a la ley-; la santidad, la virtud, el deber, el dolor, la muerte, la amistad, el erotismo, el amor. Diversos talantes y conductas en diversos personajes y diversas situaciones.
No puedo ponderar todo lo que me conmueve o impresiona, ni mucho menos. Sólo como una muestra diré que, aparte de la inefable personalidad de Jesús que resplandece no sólo en el Nuevo sino también en el Antiguo Testamento, y dejando al margen –no sin pesar- a los otros protagonistas centrales de los Evangelios y a Pablo, si me pidieran elegir un personaje del que me sintiera próxima, hoy elegiría al profeta Daniel. Y si me preguntaran por un personaje menor que me haya conmovido, hablaría de Abigail, una de las mujeres de David , cuya historia me parece que no se cuenta porque termina deshonrada, aunque no por su culpa. Creo que alguna vez contaré historias sobre personajes bíblicos; aunque hay muchos libros con estos relatos, me gustaría hacer mi propia selección y trasmitir mi propia percepción sobre sus caracteres, acciones, decisiones y destinos. Quisiera, sobre todo, escribir para mis hijos, nietos y sobrinos, y para otros jóvenes; quisiera que les sirva en sus vidas. Quizá pueda alguna vez, también, escribir sobre lectores y sobre empresas inspiradas por la Biblia. Tengo mucho que investigar y mucho que decir. Mi mundo bíblico es un horizonte abierto que me desafía, y si veo hacia atrás mi vida como marcada por la lectura de la Biblia, también veo mi futuro lleno de incentivos intelectuales y espirituales que nacen de ella. Más artículos de la categoría Arte y cultura |
|||



Me ubiqué, sin entender todavía, en el sobrecogimiento ante lo infinitamente grande, lo infinitamente pequeño y la doble racionalidad... 
