Promiscuidad y descaro en el Sultanato |
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Escrito por el domingo, 17 de junio de 2007 (Ha sido leído 3159 veces) Si usted piensa que en Salta los diputados representan al pueblo de la Provincia, tal y como lo mandan los principios constitucionales, se equivoca. Al menos en un par de casos. Un atildado y joven candidato acaba de inundar las calles salteñas proclamándose “Diputado de Romero”, sin que ninguna voz resonante se haya alzado protestando contra tamaña aberración. El candidato de marras, sonriente como todos, peinado de peluquería y maquillado como todos, es una suerte de Gran Gerente del Régimen, en tanto ha sido doblemente agraciado con la dirección de SAETA (que, como se dijo aquí, no es una empresa sino una repartición burocrática, opaca e ineficiente) y, simultáneamente, con la presidencia del ente encargado de las prestaciones de salud de los empleados públicos provinciales. Según trascendidos, debe su vertiginoso ascenso en la nomenclatura local a las simpatías que despierta en el poderoso Gran Visir; aquel que, desde las sombras reconfortantes de Los Altos, reparte, benevolente, favores, y distribuye, furioso, castigos y acosos. Pero quién crea que estamos ante un caso límite, vuelve a equivocarse. El “Diputado de Romero”, en su impúdica carrera por obtener votos y derrotar a su archirival, “Don Pila”, se exhibe en otros carteles como el “Diputado de Isa”. O sea, este señor no aspira a representar al pueblo de la Provincia como legislador, sino a comparecer ante el Palacio de calle Mitre al 500 como dócil ejecutor de las órdenes del señor Gobernador (que, cuando el candidato de la almidonada camisa blanca culmine su carrera, habrá dejado de serlo) y del señor Intendente de la Ciudad de Salta. No se me oculta que muchos son los candidatos que en la soledad de sus despachos o en las noches locas de cierto Valle se piensan como mandatarios del Príncipe de Las Costas. Pero hay que estar embriagado de ignorancia y de desprecio a las instituciones para proclamarlo ante la ciudad y el mundo, como lo hace el señor Alfredo Petrón. Frente a este tipo de comportamientos, de nada valen los tibios manuales de educación democrática, ni las clases que se imparten en escuelas y colegios, ni las obvias comedias de llevar a los niños a los recintos parlamentarios y hacerlos “diputados o concejales por un día”. Lo que, desafortunadamente, cala en muchas conciencias salteñas son ejemplos como éste donde el desparpajo se funde con el desconocimiento a los cánones de la república. Doce años de este régimen depredador de bosques y de instituciones, han conducido a que la indolencia y el pasotismo lleven, a muchos salteños, a contemplar sin rechistar esta exhibición pública de dócil subordinación a los dictados de Quién acumula una excesiva y asfixiante cuota de poder. La prepotencia y la sensación de impunidad, esos dos desechos que emergen cuando un régimen autocrático se acerca a su fin, explican porqué ni el señor Gobernador, ni menos el señor Intendente de Salta, se hayan apresurado a reprender a quién se atreve a dar muestras de una pleitesía impropia de los tiempos. En realidad, además de la satisfacción que estas muestras de adhesión suelen provocar en espíritus menores, ambos creen que la obsecuencia y el seguidismo incondicional son imprescindibles para la buena marcha del Régimen. Mal funciona un sistema político cuando el principal argumento para ascender en el escalafón y triunfar en las pujas electorales, es la exhibición de cercanías, complicidades, guiños o favores del Gran Poder, de su familia o de sus nuncios. Frases como “La otra noche, cenando en Las Costas, la Señora me sonrió desde la cabecera”, o “Ayer en la mariscada de Los Altos, el Secretario me dio unas reconfortantes palmadas guiñándome un ojo cómplice”, o “Estoy suscripto a Parabrisa Corsa y la mejor revista americana de automovilismo deportivo” (se sabe que son estas las lecturas que alivian la mente del señor Gobernador abrumada por la lectura de expedientes y de documentos bancarios), hoy hacen temblar o gozar a quienes viven en el microclima del Poder autocrático. Pero, cuando reconquistemos el derecho a vivir en una república democrática, no serán más que ridículos comentario de recién llegados. Más artículos de la categoría Política |


