Luz salteña de invierno |
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Escrito por el lunes, 18 de junio de 2007 (Ha sido leído 2060 veces) La recién estrenada película de Alejandro ARROZ, “Luz de Invierno”, es, según mi particular y amateur punto de vista, una obra genuinamente salteña. Y lo es, por el desarrollo de su temática, por sus actores, por el paisaje urbano pero, fundamentalmente por el habla y demás rasgos culturales de sus protagonistas. Sin embargo, “Luz de invierno” elude tanto el simplismo localista como la tentación folklórica, ingresando, de tal suerte, en el mundo del arte que, en mi opinión, es siempre universal. La obra de ARROZ se sitúa dentro de la línea de expresión cultural inaugurada por Lucrecia MARTEL y que podría llamar de “salteñidad cosmopolita”. Situadas en ambientes sociales diferentes y rodadas con recursos también disímiles, ambas obras cinematográficas comparten esta dimensión singular capaz de conectar nuestra realidad local con el ancho mundo. Las historias espléndidamente narradas por Carlos Hugo APARICIO aparecen razonablemente traspuestas al lenguaje del cine, y conservan en el celuloide el clima que envuelve a la mejor producción de APARICIO, el autor contemporáneo que con mayor vuelo artístico ha plasmado aspectos centrales, identitarios, de la Salta contemporánea. El dejo cansino, el tono musical y el ritmo moroso que singularizan el habla salteña, en la versión que ejercen las clases más pobres y que, como es notorio, difiere del habla de quienes habitan o frecuentan el Pasaje Mollinedo y sus aledaños, están muy bien reflejados en los cuentos de APARICIO y en la película de ARROZ. Lo mismo puede decirse de esos modos discursivos, unas veces lacónico y otras torrenciales, que distingue a tipos bien definidos de nuestros paisanos. Pese a que las invasiones de la televisión han mestizado el habla local, sobre todo la de los jóvenes de todas las extracciones sociales, es posible rastrear en el habla de los personajes de “Luz de Invierno” las procedencias barriales, los afectos y las relaciones jerárquicas que vinculan a los personajes. El relato cinematográfico muestra asimismo usos y actitudes culturales típicas de ciertos sectores sociales, sin ocultar ambigüedades ni diferencias. Así por ejemplo, en la película aparecen mujeres dominantes que terminan por asumir la dirección de la familia, pero también mujeres taciturnas y sumisas que cumplen con las tareas del hogar como si se tratara de maldiciones bíblicas. Está presente a lo largo de toda la narración la singular visión que del tiempo y su uso tiene el sector social enfocado en la película. Cierta desidia o negligencia a la hora de encarar las tareas cotidianas, la creencia de que el tiempo es infinito y de que da igual hoy que mañana, ahora que mas tarde, integran una faceta particular y extendida en ciertos ambientes salteños. Se trata, quizá, de un resabio preindustrial y, en todo caso, de una notoria debilidad cuando se mira a esta sociedad desde el punto de vista de la productividad. El modo como los personajes se insertan en la economía cotidiana y doméstica y mantienen sus relaciones con el dinero, el trabajo y los bienes terrenales, está maravillosamente narrado en la obra de APARICIO y captado en “Luz de Inverno”. Si bien en la obra los lustrabotas parecen tener una edad que no se corresponde con la de la mayoría de los lustrabotas de carne y hueso que hoy en día circulan por la Plaza 9 de Julio, revelan los rasgos elementales de una profesión que sirve para mantener a muchas familias pobres. La referencia a los lustrabotas me permite deslizar aquí un detalle de las conexiones que se dan, en la vida real, entre la economía formalizada y la actividad de los pobres. Ayer mismo, antes de ingresar al cine OPERA, quién me lustraba los zapatos se quejó amargamente de lo mal que anda el trabajo y del incesante aumento de los precios. Para alentarle, le dije que en los próximos meses Salta rebosará de turistas. El lustrabotas, con la velocidad del rayo, desechó mi optimismo diciendo: “Los turistas que vienen aquí andan todos en zapatillas”. A mis ojos y oídos, los mismos ojos y oídos que registraron visitas de campaña electoral hechas a los asentamientos más pobres que rodean a la ciudad de Salta, ciertos elementos del filme sonaron algo artificiales. Así, por ejemplo, se me antojó excesivo el orden de los lugares donde se desarrollan las acciones; unos barrios pobres cuyas callejuelas me sonaron poco transitadas y con escasez de perros y de gallinas en relación con la realidad. El otro ejemplo, tiene que ver con el funcionamiento de las familias: Creí percibir un cierto desajuste entre la pulcra formalidad de la mesa familiar de la película y lo que suele ser habitual en los tiempos que corren. Otro tanto podría apuntar respecto de la autoridad paterna: de corte tradicional, en la narración cinematográfica, y bastante erosionada en la vida cotidiana local. Donde la obra acierta plenamente es en mostrar (bien que incidentalmente) el funcionamiento del delito en los barrios más humildes. Cuando muchos salteños tienen a pensar que los robos y otros atentados a la convivencia se dan sólo en los barrios cerrados y afectan a los ricos, es bueno que una obra como “Luz de Invierno” muestre o insinúe hechos que dañan también a los pobres. Recordando que la inseguridad ciudadana no es tema sólo del centro de la ciudad, el lustrabotas que me atendió ayer en la vecindad del cine, se quejó también de los robos que sufre la ropa tendida a secar. Un observador ajeno a nuestras cosas, se sorprendería seguramente de que el pobre atuendo de este trabajador pudiera despertar la codicia de sus vecinos. Concluyo destacando, en un par de líneas, la excepcional, aunque breve, actuación de mi antigua vecina María Delia Vargas. Más artículos de la categoría Cultura |






