La Salta culta recuerda a José Casto |
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Escrito por el miércoles, 20 de junio de 2007 (Ha sido leído 1965 veces) Cuando ayer, en una animada tertulia en “Capricho” (calle Deán Funes primera cuadra) fui anoticiado de la existencia de una reunión cultural en “Mamoré”, pensé que se trataría de algunos de esos acontecimientos que tan felizmente nos emparentan con el sur de Bolivia. El equívoco se produjo cuando mi mente asoció, automáticamente, el nombre del salón (“Mamoré”) a una célebre cumbia que, para regocijo de los sesentistas salteños, interpretaban los Wa-Wan-Co y los conjuntos locales inscriptos en la órbita del “carnaval total”. Recordé la música, y también al célebre jurista que por aquel entonces la bailaba, acompañado de una dulce dama que aventajaba en años a su pareja, con frenesí y gracia sin par en la pista del “Salón Verde”, prudentemente oscurecida para evitar sorpresas e incidentes. Pronto, una joven de lánguidos ojos verdes me sacó del error, entregándome una espléndida tarjeta postal con el anuncio de la exposición de algunas de las obras del pintor salteño José Casto Jaime (1910-1972). La organización del evento estaba a cargo de MAMORÉ, una Galería de Arte instalada en Tres Cerritos (calle Los Carolinos 407) y regenteada por jóvenes emprendedores. Arribé al acto inaugural acompañando a una muy culta señora que, pacientemente y con envidiable sapiencia, viene organizando una importante pinacoteca centrada en la producción salteña de la segunda mitad del siglo pasado. Pese a la generosa dotación de bebidas y canapés, la concurrencia no era -afortunadamente- excesiva. En realidad, el número de asistentes era el apropiado para poder disfrutar de los cuadros y recorrer cómodamente los luminosos salones dispuestos para la exposición. Aunque falto hace mucho tiempo de Salta, pude reconocer entre los asistentes a escultoras, pintoras, poetisas, licenciadas y profesoras de Historia del Arte. También a un par de intelectuales sesentistas, alguno con la consabida coleta que intenta hacer pasar desapercibidos los efectos implacables de los años y de la calvicie frontal. Sin embargo, el centro de la reunión era, como no podía ser de otra forma, aquel elegante y fino escritor que evoca a un Príncipe de la Padania. El mismo que desde hace algunos años brega por enlazar las culturas de los Valles de Lerma y del Po. Hombre de cultura y discreción sin par y al que los años han respetado de manera inusual en estas latitudes, Luciano navegaba por los salones, se detenía frente a cada una de las pinturas eligiendo el punto de mira mas apropiado, y retornaba al ángulo oscuro en donde inmediatamente era rodeado por damas deseosas de escuchar sus autorizados comentarios sobre el pintor y su obra. Buena parte de los cuadros de José Casto Jaime expuestos en MAMORE expresan, bellamente, ciertas costumbres sociales que algunos llaman vicios: El vino en compañía, las mujeres que exhiben sus encantos desatendiendo a las reglas del pudor (beldades a las que, con explicable prudencia, el autor sitúa en Paris) y, fundamentalmente, el tango bailado apasionadamente por fornidos exponentes de las clases menos pudientes que se atreven a desafiar la anatema de Pío X. Los expertos y memoriosos señalan que José Casto Jaime desbordó los cánones pictóricos de la Salta de los años cuarenta y cincuenta, y que sus audaces innovaciones fueron desdeñadas por la opinión vulgar de muchos de sus contemporáneos. Sin embargo Casto era estimado -incluso admirado- por los jóvenes cultos de la época: Raúl Aráoz Anzoátegui, Manuel J. Castilla, José Fernández Molina entre muchos otros intelectuales y artistas que, cada uno en su ámbito, trabajaban por quebrar moldes y conectar el arte local con las corrientes exteriores al Valle de Lerma. Tras admirar la fuerza y el estilo de la obra de Casto, mi curiosidad me llevó a descubrir, fuera del circuito central de MAMORE, un hermoso y singular óleo del excelso Antonio Yutronich, que supo honrarme con su amistad. En resumen, disfruté de una jornada plena de belleza. De esas que sirven, además, para recuperar las energías necesarias para afrontar lo cotidiano. Más artículos de la categoría Cultura |





