La "Sociedad Proyecto"

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Escrito por Luis Caro Figueroa, el lunes, 21 de mayo de 2001 (Ha sido leído 5460 veces)
En algún escrito anterior (noviembre 1999) he intentado reflexionar acerca de un cierto fenómeno social (la llamada modernidad aparente) en el que, he pensado, se encuentran la raíz y la causa de la salteña incapacidad de progresar y de abordar con seriedad el futuro.


I.- De progresistas y conservadores

Un repaso reciente de aquellas líneas me ha permitido especialmente volver a reflexionar en torno a una afirmación contenida en algún párrafo del escrito: aquella de que los salteños no percibimos con claridad la escala abrumadora de nuestra tendencia al conservadurismo, de nuestra pasión por el pasado, de nuestro desdén por lo nuevo, por lo innovador, y de nuestro afán por derribar todo lo que no justifique su existencia en ese pasado sagrado, inmóvil, gris, pero indudablemente legitimador.

 A medida que avanzan mis reflexiones sobre esta cuestión, crece mi certeza sobre el error en que he incurrido al pensar que nuestra pesada somnolencia civil es producto de la nostalgia colectiva por los mejores tiempos pasados y que nuestras desavenencias con el progreso emanan del espíritu cerradamente conservador de quienes por aquí viven.

La conclusión provisional de mis renovadas meditaciones sobre el tema es que nuestra salteña incapacidad para progresar no debe achacarse tanto a las fuerzas conservadoras -de cuya existencia, poder y arraigo no cabe dudar- como a las fuerzas progresistas (por llamarlas con un nombre noble), que son, en definitiva, las grandes derrotadas en la batalla por ganar para Salta y para los salteños los beneficios de la modernidad.

Resulta que los modernistas aparentes, al final, no son, como yo creí en algún momento, aquellos señores conservadores de toda la vida, que enmascaran sus propósitos inmovilistas detrás de una fachada reformista. Por el contrario, las huestes de la modernidad aparente, también abundantes pero algo menos cohesionadas, son reclutadas en una cantera que tanto sociológica como ideológicamente está llamada a conectar con el progreso.

La aparente paradoja que este juicio encierra se complementa y complica con otra quizá más desconcertante aún: los conservadores, frente a la contemplación de una sociedad desfalleciente como la nuestra, son, sin embargo, profundamente optimistas; los modernistas aparentes, de cara al mismo espectáculo, son, por el contrario, singularmente pesimistas e incluso escépticos.

Lo verdaderamente curioso es que mientras el tópico más difundido acerca de Salta es su carácter de sociedad tradicionalista, fuertemente apegada al pasado y a las costumbres ancestrales, la realidad enseña algo bien distinto: Salta es, en verdad, una sociedad orientada hacia el futuro como pocas.

Comprenderá el lector que no es fácil sostener esta afirmación, sobre todo si uno echa un rápido vistazo al atraso y a la marginación en la que viven unos setecientos mil salteños. Pero bastan unos pocos datos de la realidad para darse cuenta que la sociedad salteña -a pesar de las malas cifras de su contabilidad social- es puro futuro o, quizá mejor dicho, pura promesa de futuro.

II.- Su Majestad, El Proyecto

El instrumento por antonomasia de esa promesa de futuro es El Proyecto.

Todo salteño que bien se precie atesora entre sus papeles algún proyecto, alguna idea o designio para ejecutar algo. Y no se trata de proyectos vitales que afectan sus propias existencias o las de sus hijos, sino más bien de maquetas ambiciosas que terminan dibujando una economía, una política o un medioambiente enteramente nuevos.

Muchos de los nuestros circulan por las calles con sus proyectos a cuestas. Los más afortunados los portan empaquetados en carpetas transparentes o protegidos de la acción de los elementos por antiestéticos folios; los menos, los guardan plegados y ajados en sus billeteras o entre las páginas de alguna revista vieja. Todos ellos esperan que la fortuna les ponga en su camino a ese ser providencial que ha de escuchar con atención sus ideas, ha de premiarles con una sustanciosa financiación que hará realidad sus sueños, o, en el peor de los casos, ha de compensar su esfuerzo intelectual y creador invitándole a un par de empanadas de media mañana.

La tarea de "colocar" un proyecto a un potencial interesado, les requiere previamente acometer una cuidadosa operación de marketing de sí mismo. Tras ello, el proyectista ambulante exhibe con esmero y orgullo sus papeles, como joyero diligente que despliega su muestrario de brillos sobre un terciopelo verde.

Los hay quienes son proyectistas polivalentes, capaces de sorprender a su interlocutor con la vieja frase de Groucho Marx: "este es mi proyecto; y si no le gusta, pues tengo otros..." Y también los hay insistentemente monográficos, como aquel conocido ideoso salteño que ya ha defraudado a varias generaciones y castigado varios presupuestos con su peregrina idea de cambiar a Salta en un día con sus jóvenes brillantes.

Por haberlos, los hay hasta especialistas profesionales en proyectos, de lo que sea. Sagaces expertos, gimnastas de las neuronas, que se conocen al dedillo los entresijos de los organismos de financiamiento internacional y que funcionan como verdaderas usinas de ideas a tiempo completo, al servicio a clientelas de lo más variadas. Hoy probablemente sea el Itiyuro, mañana la papaya o alguna nueva y milagrosa propiedad de la soja. En Salta nada parece quieto; todo parece moverse hacia adelante, aunque de verdad nada se mueva.

¿Quién no ha conocido a alguna educadora con un proyecto en ristre? ¿Quién no ha escuchado maravillado alguna vez las bienaventuranzas edénicas de las operaciones de ingeniería financiera dibujadas sobre una servilleta de un cafetín de la calle España? ¿Quién no ha asistido a la colocación de alguna piedra fundamental de una obra jamás ejecutada?

Pero si esto ocurre del lado de la oferta, el panorama no es muy diferente del lado de la demanda. "¡Presénteme un proyecto!", suelen exigir con tono imperativo funcionarios y responsables a quienes simplemente se les acaba de sugerir que atiendan mejor los ciudadanos.

Otros, nos invitarán amablemente a presentar proyectos para atiborrar sus propios biblioratos con ellos y redactar luego copiosas memorias de su propia gestión. Este timo intelectual es paradójicamente frecuente en algunas instituciones en las que la honradez intelectual aparece pomposamente declamada en sus documentos fundacionales.

III.- Noticias del futuro

Prueba de que nuestra sociedad es un gran proyecto inconcluso son también los titulares cibernéticos de su prensa formal.

Mientras que los grandes periódicos del mundo utilizan para sus titulares el tiempo verbal presente y ocasionalmente el pasado, el diario salteño emplea, como no podría ser de otro modo, el tiempo futuro.

Ya con cierta familiaridad y sin sorpresa alguna, los salteños leemos esperanzadores anuncios como: "se rehabilitará a niños sordos", "invertirán 700.000 pesos para mejorar la provisión de agua", "lanzan el plan 'Eva Perón'", "habrá menos barreras para los ciegos" , "Salta canjeará porotos por vacunas", "buscarán una solución para la mora en el pago de casas", "se construirán viviendas para aborígenes", "sanearán el basural de finca San Javier", encauzarán el río Pescado, y así un inacabable etcétera de noticias y titulares que nos obligan a saludar reverentemente a tan agudo periodismo de anticipación.

La sociedad proyecto no es sino una forma más o menos inteligente de trastornar las realidades, la individual y la colectiva. Cuando el consuelo melancólico del pasado resulta insuficiente para suavizar el presente, la única salida posible parece ser la de arremolinarnos en torno al futuro y tironear de él como si nunca nadie nos fuera a pedir cuentas de tan irresponsable manipulación del porvenir.

IV.- Los que quieren cambiar

Es triste pensar que detrás de cada proyecto truncado suele haber no solamente un manipulador interesado, un oportunista, un avaro especulador o un maestro de la sofística y del ilusionismo. En ocasiones hay también una persona honrada y confiada, un ser de obstinada decencia, que juega sus ilusiones y a veces hasta su prestigio en ese gigantesco y caprichoso casino de famas y fortunas que en que se ha convertido la sociedad salteña.

Por eso, aquel fornido gaucho de tosca y desaliñada apariencia que alguna vez amenazó a una alegre funcionaria con movilizar militarmente a los fortines gauchos de los alrededores para impedir a chuzazo limpio que se consumara la afrenta de realizar un concierto de rock al pie del monumento al General Güemes, me parece en el fondo mucho más moderno e innovador que los acicalados ingenieros sociales, charlatanes de Power Point y proyector multimedia, que no han sido ni serán capaces de conmover las injustas estructuras sociales de nuestro entorno, así como no han podido doblegar la impávida solidez de aquel gaucho fortinero.

Salta no avanzará y claudicará frente al desafío del siglo nuevo en la medida en que se profundice en la cultura del proyecto y que se favorezca la manipulación del futuro. Cuando nos demos cuenta de ello, habrá llegado el momento en Salta en que surgirá una corriente de pensamiento y acción dispuesta a tratar a nuestro futuro como un recurso natural estratégico y no renovable. Surgirá alguien que recordará la célebre afirmación de Alfonso Guerra en los balcones del Hotel Palace de Madrid la noche del 28 de octubre de 1982: "después de que gobiernen los socialistas, a España no la reconocerá ni la madre que la parió".

Mientras tanto esto no ocurra, las nuevas generaciones de salteños seguirán a merced de la funcionaria alegre, del opa monográfico, del maestro de la sofística y del ilusionismo y del belicoso gaucho urbano, seguras garantías para nosotros y para nuestra posteridad de que todo seguirá como está.
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