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La tumba perdida de Jesús

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Escrito por Carlos Vázquez Iruzubieta, el sábado, 23 de junio de 2007 (Ha sido leído 1933 veces)
Con dos años de retraso desde su estreno, se me presentó la ocasión de ver el documental The Lost Tomb Of Jesús, dirigido por James Cameron. El primer impulso fue desistir del propósito porque desde su título era ya ostensible la intención predeterminada de la investigación pretendidamente científica que viene a ser lo mismo que un ataque frontal contra el cristianismo.

Insatisfechos con la blasfemia del Código da Vinci, se lanzaron a otra empresa comercial que nada tiene de científica, objetiva y neutra en lo que a los intereses del cristianismo se pueda decir. Naturalmente, con Mahoma y Allâh no se atreven porque saben desde el principio lo que se les vendría encima. Con el cristianismo se puede hacer dinero fácil denigrándolo porque es una faena nada peligrosa y lo que cuenta es sembrar dudas en su historia sagrada, logrando con ello despertar las pasiones bajas de los propios cristianos que parecieran estar ansiosos por encontrar alguien que les demuestre definitivamente que es falso en lo que creen.

Los intérpretes del documental que se los presentaba como científicos según iban apareciendo, eran todos o casi todos judíos, lo que explica algunos silencios sospechosos como cuando afirmaron sin rubor que Jesús fue crucificado por los romanos, callando que lo hicieron por incitación implacable del Sumo Pontífice Caifás y el Sanedrín. Hollywood ha gastado dinero nuevamente (y lo hace de tiempo en tiempo) para mantener viva la idea de que Jesús no es el Mesías, a lo sumo un profeta, afirmación que repite el Corán. La cuestión, y esta vez va explícito en el título del documental, es destruir el dogma básico de esta religión pues, el cristianismo sin resurrección no pasaría de ser un “jesuísmo” sin mayor gloria, tal como lo tenemos explicado en un estudio anterior.

La Iglesia romana no se defiende; se limita a condenar hechos deplorables como el que se comenta aquí; no va más allá de la condena firme porque su política de buena vecindad con las demás creencias religiosas descarta toda polémica y porque, también hay que decirlo, no tiene argumentos dado que sus teólogos en su inmensa mayoría están enfangados en la catequesis dominical y los rituales hoy vacíos de la Santa Misa y demás sacramentos, sin descifrar sus símbolos ni ahondar en la metafísica de lo divino. De modo que si la Iglesia ante hechos como éste se limita a protestar y callar, no seré yo quien asuma su defensa. ¿Cuál es, entonces, mi condición en esta querella? La de siempre, destacar las agresiones que desde el exterior sufren las doctrinas sagradas, todas dignas del mayor respeto. Y la defensa no se hace desde aquí pensando en la agresión que sufren las jerarquías silenciosas, sino en los feligreses que, lamentablemente, aunque cristianos, tampoco están muy inclinados a defender sus creencias; más bien, a solazarse con los argumentos que denigran la fe en la que crecieron.

No es mi propósito el ocuparme de refutar una a una las inconsistentes pruebas científicas de estos hebreos que están convencidos de haber descubierto la tumba perdida de Jesús. Solamente me centraré en tres aspectos del documental, para demostrar la falta de consistencia de los instrumentos de esta ciencia al parecer meramente especulativa que, como era de rigor, acudió a las pruebas del ADN para comparar restos humanos encontrados en varios osarios de la antigua tumba hebrea situada en Talpiot, un pueblo a unos quince kilómetros de Jerusalén. Amos Kloner es un arqueólogo israelí que rechaza el resultado de la investigación y afirma que no tiene otro propósito que el de ganar dinero, lo que significa que en todas partes se puede encontrar gente de bien. Lo dicho por este arqueólogo debiera bastar, siquiera para dudar de la sinceridad del resultado de esta investigación de corte sensacionalista; no obstante, quiero señalar algunas imprecisiones.


El nombre de María


La cuestión se reduce al hallazgo en una misma tumba (un lugar semejante a un mausoleo) de numerosos osarios (pequeñas urnas de piedra). En las paredes de tales osarios se pueden observar inscripciones en hebreo y en arameo. Entre ellas, una que traducen como “María” y que tiene los siguientes signos: סריה. Según se ha podido ver por haberlo mostrado la cámara, la primera letra (leyendo de derecha a izquierda, como se lee el hebreo) es una “m”, pero una “m” final o sea, cerrada, lo que no puede ser salvo que se trate de otra letra cuya grafía sea semejante; por ejemplo, la samekh (ס), que es la que he usado más arriba. En cuanto a la segunda letra, más parecía una lamet (ל) que una resh (ר), aunque esta vez he dejado la letra lamet, como dicen los investigadores que debe leerse. A continuación están la iod (י) y una letra que parece ser una heh (ה). Acerca de este asunto diremos lo siguiente.

María no puede ser lo que se leyó en esas cuatro letras pues no es un nombre hebreo y jamás lo fue; María es el nombre latinizado de Myriam como ellos mismos lo reconocieron en ese documental; su equivalente en hebreo es Myriam (מרים), con una “M” abierta al principio y una “M” cerrada al final, que en hebreo sería la letra “M” escrita, respectivamente מ y ם (puestas esta vez de izquierda a derecha para que se entienda). Era el griego la lengua que se hablaba en algunas regiones de Palestina y ciertas sectas hebreas, pocas en realidad, porque se la consideraba una lengua de gente culta; jamás hablaron el latín porque era la lengua de los invasores romanos. Así, pues, en ese cofre mortuorio no pueden interpretarse las cuatro letras que contiene como si dijeran “María” y no “Myriam”. En todo caso, no es importante ya que está a las claras que se trata de una interpretación forzada de la escritura hebrea para desembocar en el reconocimiento de que ésa era la tumba de “María”, la madre de Jesús, tal como se la conoce tradicionalmente; es decir, en su forma latina.

Es posible una interpretación sesgada de los nombres de la tumba, tal como lo hicieron estos investigadores judíos, porque desde hacía doscientos años y hasta varios siglos después de la muerte de Jesús, el hebreo era una lengua prohibida para uso popular y sólo permitida para los rituales en las sinagogas, lo que generaba la consecuencia que sólo los rabinos eran capaces de leerla sin dificultad, habida cuenta que sólo contaban con la grafía de veintidós consonantes; el pueblo llano hablaba cotidianamente el arameo, lenguaje en el que se expresaba Jesús y sus apóstoles. Fue a partir del siglo III o IV (algunos hablan del VIII) cuando los masoretas propusieron la introducción de una serie de puntos sobre, abajo y en el medio de las consonantes, para que el pueblo pudiera hablar esa lengua carente de uso cotidiano. Sin los puntos que hacen las veces de vocales, esas consonantes pueden ser leídas de maneras muy diversas; por ejemplo, מרה podría ser descendencia, chisme, palabra, vocablo, voz, acepción, entre otros significados. Y explícitamente en hebreo la palabra מלים significa vocabulario, léxico, diccionario, debiéndose anteponer la palabra sefer (ספר) que significa libro: libro de vocabulario, sería la expresión correcta.

De modo que, hasta que los masoretas introdujeron la puntuación de las consonantes para que el pueblo pudiera hablar el hebreo, sólo los rabinos eran capaces de otorgarle a cada palabra su verdadero significado pero dentro del contexto donde cada palabra estaba, lo que evidentemente no se puede lograr con una sola palabra, aislada de todo contexto. Faltando el contexto, puede ser que estos arqueólogos, como en los tiempos de Jesús, interpretaran que en ese osario lo que dice es “María”, algo que ya dije que es inadmisible en hebreo cuando en realidad pudo ser “Moria” (מריה). Para que se lea Moria es menester contar con un punto sobre la “M” (מ), un punto bajo la “R” (ר), una raya y punto bajo la “Y” (י), y la “H” libre. Con tal puntuación “María” se convierte en “Moria” o Moira. Esta es sólo una hipótesis que sirve de ejemplo para salvar el escollo de una “María” latina en una tumba hebrea del siglo I.

No me propongo en lo más mínimo discutir a los arqueólogos hebreos del documental sus conocimientos de su propia lengua, ¡faltaría más!; pero, es que precisamente por eso generan dudas con sus fáciles interpretaciones acerca de nombres no hebreos, sino latinos en las tumbas de Talpiot. ¿Y a dónde nos lleva, entonces, esta cuestión semántica? A la necesidad que demuestran los arqueólogos del documental, de vincular varios nombres cercanos a Jesús, que aparecen esculpidos en los costados de los mencionados cofres funerarios, todos ellos en la misma tumba o lo que hoy conocemos como mausoleo; era, pues, una tumba familiar, como las había en la Palestina romana y hoy las hay entre nosotros.


La tumba familiar


El hallazgo del que sacan provecho los arqueólogos hebreos consiste en nombres de personajes cercanos a Jesús, tales como Jacobo, Judas, el ya mencionado “María” y especialmente uno que leen como Mariamne, que según ellos, debe leerse como si dijera María Magdalena. Ese nombre según lo explican, no era corriente ni conocido en la Palestina de aquel tiempo, algo que no se puede admitir ya que, por poner un ejemplo, era el nombre de dos de las nueve esposas que tuvo el rey Herodes el Grande, cabeza de la herodiana dinastía idumea de ascendencia árabe y por lo tanto, enemiga de los judíos. Y María de Magdala o María Magdalena no es lo mismo que Mariamne, no obstante todo lo que se quiera insistir en ello, siquiera pensando en que Mariamne, siendo de ascendencia judía por pertenecer a la dinastía de los asmoneos, hubo de aceptar ser desposada por el árabe Herodes para aquietar su furia contra su familia, aunque de todos modos terminó asesinada por él, sospechosa de conspiración, al igual que su tío Hircano.

En el osario que se atribuye a los huesos de Jesús se lee “Jesús, hijo de José” (Jesua bar Josefet), a quien, dicho sea de paso, los arqueólogos hebreos califican como “padre adoptivo de Jesús”, atreviéndose con una interpretación libre de un dogma sagrado de una religión que no siendo la suya, debieron tratar con más cuidado. Otros osarios de la misma tumba contienen restos de apóstoles como Mateo, que no era familiar de Jesús, de lo que resulta que el continente de estos osarios se amplia sobremanera para hacer sitio no sólo a los cadáveres de los componentes de una familia sino también de extraños a ella, algo incomprensible para esa época y para la nuestra.

El propósito es claro: asegurar que en esa tumba estaban depositados desde hace unos dos mil años los cuerpos sin vida de Jesús y sus familiares y amigos y de entre ellos, el cuerpo de María Magdalena, de quien se llega a la conclusión que era la esposa de Jesús y con la que tuvieron un hijo de nombre Judas, cuyo osario está igualmente depositado en esa tumba. Y con este aserto se retoma la irrespetuosa versión de la descendencia de Jesús plateada como hipótesis válida en el Código da Vinci, del que sólo haré una sola reflexión: toda la teoría de la relación marital entre Jesús y María Magdalena, así como de su prole se basa en un cuadro pintado por Leonardo da Vinci. En la Última Cena pinta a uno de los personajes con rostro y aspecto general de mujer y de ahí en más se comienza a crear una fábula acerca de que esa mujer era María Magdalena y no el apóstol Juan (en el documental se asegura que Magdalena era uno de los apóstoles más activos por su prédica constante). Suponiendo que Leonardo hubiera querido pintar exactamente eso, ¿significa que el capricho de un pintor medieval puede crear una duda acerca de un dogma de la cristiandad? ¿Toda la verdad del matrimonio de Jesús con María Magdalena emana de una idea caprichosa de un pintor? ¿Y si a Leonardo se le hubiera ocurrido otra cosa? Imagina una escena más bien medieval que palestina del siglo I, todos alrededor de una mesa que para lucimiento del pintor sitúa a los personajes de frente, sin excepción. Y en esto consiste la base científica de quienes aseguran la realidad del matrimonio de Jesús con María Magdalena. Resulta sorprendente que haya gente capaz de crear una doctrina de refutación a los Evangelios nada más que enarbolando una pintura que es un acto de creación artística y que por tal, caprichosa y de pura imaginería.

Y retomando esta teoría que pretende la cualidad de verdad teológica, los arqueólogos hebreos bajo la dirección de James Cameron se lanzaron a demostrar que ese matrimonio fue sin lugar a dudas, real. Para ello se valen de un instrumento científico que consiste en la demostración del ADN de aquellos restos humanos de la tumba de Talpiot. Esta vez desecharon al carbono 14.


La prueba del ADN


Dado el estado ruinoso de los restos y que en algunos de los cofres de piedra habían desaparecido, seguramente a causa de robos, la comparación de los ADN debió hacerse tan sólo analizando en algunos casos las células mitocondrias que son las contenidas en el óvulo, con descarte de las procedentes de los espermatozoides, lo que arroja la consecuencia, y así lo han explicado en el documental de marras, que solamente se puede determinar en un examen comparativo de estas células, si dos personas descienden o no de una misma madre, sin que sea posible ir más allá. Toda otra relación queda descartada porque es imposible con lo que se halló, recomponer el conocimiento de toda la información hereditaria, salvo como se acaba de decir, la referida a la descendencia materna. Eso es lo que ocurrió con los restos de Jesús.

De esto se deduce que a toda prisa los hebreos llegaron a una conclusión por lo menos, agitada, porque no han explicado en el documental que hicieran pruebas comparativas de ADN con el resto de los huesos contenidos en los distintos osarios entre sí para saber, por lo menos, que Mateo fuera o no, pariente de Jesús. Sí, en cambio, se hizo de María Magdalena y de algunos restos de residuos de huesos de lo que se supone que era la tumba de Jesús, la que tenía la inscripción: Jesús, hijo de José. Y resultó que María de Magdala y Jesús no descendieron de la misma madre. ¿Consecuencia? Eran marido y mujer, fue la sentencia de los hebreos que excavaron las tumbas. No pudo ser una amiga, una discípula, una prima, una tía, una admiradora y leal compañera de fatigas por los senderos de Galilea, no. Sentenciaron que fueron esposos y así lo proclamaron nada más que porque no descendían de la misma madre.

Para los masones, en cambio, la mujer de Jesús fue Salomé, la sobrina nieta de Herodes el Grande, hija de Herodes Filipo y Herodías. El tetrarca Herodes Antipas, hermano de Filipo, lo visitó en Triconítide y aprovechó el viaje para llevarse a su reino de Galilea y Perea a su cuñada Herodías y a su hija Salomé. Esta es la Salomé que según Robert Ambelain, Gran Maestre masón, fue la auténtica mujer de Jesús y la que intercedió ante la mujer de Pilato para que exculpara a Jesús durante su proceso, y fue tanta la presión que recibió Pilato, que terminó lavándose las manos mas, entregando al condenado a los judíos. Como se puede advertir, no es unívoca la interpretación que de la mujer de Jesús se ha hecho hasta la fecha. Con todo, hay que reconocer que Ambelain se cuida de atribuirle descendencia a esta para él, indiscutible pareja. Es extraña esta afirmación si se tiene en cuenta que la imputación contra Jesús era la sedición por atribuirse la condición de Rey de los judíos, y que Salomé era una herodiana cuya familia gobernaba tres tercios de Palestina bajo la férula de Roma. Pero esa es una cuestión distinta a la que nos ocupa ahora. Acerca de el estudio que sobre este tema tiene realizado Robert Ambelain, ver su libro Jesús o el secreto mortal de los templarios, ed. Martínez Roca 1982, en su capítulo 26: “Jusús y las mujeres”.

Volviendo a la tumba, lo curioso es que un niño de nombre Judas, allí enterrado, tiene el mismo ADN que el que se supone que fue el de Jesús y el de María Magdalena, asegurándose por lo tanto, que fue hijo de ambos. Ese descubrimiento es lo que consolida a juicio de los arqueólogos, la creencia de que los dos personajes en cuestión fueron marido y mujer. En todo caso y para terminar, baste con decir que mientras no exista la seguridad de que ese Jesús que figura como hijo de José no dejó sus huesos sin ninguna duda en ese osario, toda otra consideración, hipótesis y suposición serán nada más que eso, sin más credibilidad que un número no muy considerable de coincidencias en relación a los nombres que, dicho sea de paso y como lo reconocieron los arqueólogos que excavaron, y otros estudiosos de la historia de Israel, eran nombres muy comunes en aquella época, con lo cual las coincidencias dejan de ser motivo de consolidación de una verdad sólo aparente. Muchas tumbas debieron contener osarios con nombres grabados y no pocas con alguien que se llamara Jesús, hijo de José, y algunas otras con el nombre de Josefet, hermano de Jesús e hijo de José porque, como se acaba de decir, eran nombres muy comunes en los tiempos de aquella Palestina.

La destrucción del dogma de la resurrección de Jesús seguirá atormentando a quienes están obsesionados por restarle su naturaleza divina. Seguirán lloviendo libros sensacionalistas y Hollywood produciendo lo que haga falta para que se mantenga firme y constante el cuestionamiento de su divinidad.



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