Feinmann, o la filosofía autoritaria argentina

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Escrito por Andrés Gauffin, el lunes, 25 de junio de 2007 (Ha sido leído 1885 veces)
“Nada es tan miserable como el soberbio desdén de la mayor parte de nuestros contemporáneos hacia las cuestiones de las formas”. Alexis de Tocqueville.

Un colectivo lleva en algún año de los 60 a José Pablo Feinmann hacia la Facultad de Filosofía de Buenos Aires. Repentinamente inspirado, José Pablo se da cuenta de que siempre ha estado leyendo a Hegel, a Husserl, a Heidegger y le pregunta a un acompañante, en medio de los bocinazos y frenazos del bondi: “¿Alguien hizo filosofía en este país?”

José Pablo Feinmann
José Pablo Feinmann
La respuesta no le interesó, pero su pregunta le despierta a él mismo un “imperativo moral”, según narra en el prólogo de la edición 1996 de su libro “Filosofía y Nación”: “¿No debíamos, ya que éramos estudiantes argentinos de filosofía, preguntarnos por la existencia de una filosofía propia?”

Además de respaldarse en la extraña idea de que los argentinos sólo deberían filosofar desde y sobre su historia particular, la pregunta incubaba un anhelo del joven menos explícito: el de convertirse alguna vez en el filósofo nacional, un filósofo tal vez tan argentino como el colectivo en el que viajaba.

Amigo personal de Cristina Kirchner –la aspirante a sucesora descubrió en sus palabras el concepto de la “otredad” según contó alguna vez al diario El País- y filósofo preferido del matrimonio gobernante según lo han presentado medios oficialistas, a Feinmann le llegó su hora en 2003.

Hace unos días el gobierno le puso el micrófono en un coloquio que se preguntó cómo recuperar la cultura del trabajo. Allí, haciendo filosofía argentina tal como había soñado cuarenta años antes, dijo que “la clase media ha recuperado su nivel de fascismo”.

Y renglón seguido, en un tono “provocativo” según se ocupó de consignar un redactor de Página 12, agregó que “si hay guita para los pobres, las instituciones no me importan mucho”, sin mentar que la misma frase podría haber sido utilizada alguna vez por el propio Benito Mussolini, hombre del que también Juan Domingo Perón tomó algunas lecciones.

Como nadie se convierte en filósofo nacional si no es perseguido, el simple hecho de que una agencia de noticias lo haya presentado después como “filósofo kirchnerista” generó en Feinmann un gran sentimiento de indignación por la persecución de los medios y un artículo suyo en Página 12 titulado “Las instituciones y el hambre” .
Allí, además de monopolizar el sentimiento de indignación ante el “hambre” y de afirmar que quienes lo critican no sólo están a favor del hambre sino que también son asesinos, defiendió su tal vez más argentina tesis filosófica: en la Argentina sólo los autoritarios hicieron algo por los pobres.

Así, el “personalista y autoritario” de Rosas fue uno de los muy pocos gobiernos, “que le dieron algo al pueblo en este país”. (la cursiva es mía, pero las palabras son de Feinmann).

Renglón abajo, después de decir que no puede estar con Rosas por el deterioro de las instituciones y de apoyarlo por igual motivo, asevera que el general: “les dio de comer a las clases bajas”.

Perón también, “con un esquema autoritario, verticalista, agresivo… le dio al pueblo lo que nunca había tenido y lo que nunca jamás habría de tener”.

Riguroso filósofo inductivo, Feinmann concluye que, “como vemos, los gobiernos que le dieron algo al bajo pueblo fueron autoritarios” y, rasgo menor, debilitaron las instituciones.

Reina la fatalidad en el país que piensa el filósofo nacional: allí los pobres nunca podrán dejar de ser pobres. De allí que sueñe con gobiernos que tan sólo para poder seguir “dándoles algo” pretenden quedarse indefinidamente en el poder: como el de Rosas, el de Perón.

Su admirado Chávez acaba de decir, en efecto, que Castro le ha dicho que sin él, la revolución se muere. Chávez se pretende un imprescindible de los pobres de Latinoamérica: los pobres seguirán irremediablemente pobres, pero al menos tendrán a Chávez que los defienda.

Pero también, según el pensamiento del filósofo rioplatense, los pobres nunca deberían dejar de serlo: si acaso uno de ellos llega a arañar la categoría de clase media, es posible que se vuelva fascista y hasta asesino. Acaba de decir que los que votaron a Macri están pidiendo varios muertos. Es mejor, para el filósofo preferido de los Kirchner, que sigan recibiendo algo de su caudillo.

Así, debajo de la cháchara ruidosa de la que dispone Feinmann, más efectiva para ganarse la admiración de un cronista de Página 12 que para ayudar a comprender los problemas de la Argentina de hoy, se esconde un pensamiento no sólo inmovilista y conservador –los oligarcas siempre serán oligarcas y los pobres, pobres- sino también autoritario.

Pero no es cierto, como trata de hacernos convencer nuestro filósofo, que sean los ricos quienes sufren el autoritarismo de Kirchner, o lo hayan sufrido de Perón o de Rosas. Los ricos son, en realidad, los que en más condiciones de evitar –y hasta de reírse- de sus retos y sus atrilazos.

Ahora bien, filósofo Feinmann, ¿cómo puede escapar al autoritarismo político un hombre cuya supervivencia depende de que el gobierno “le de algo”? ¿Cómo dice que no, cómo escapa a las órdenes, como puede siquiera pensar libremente si siempre tiene que estar haciendo fila y esperando que “le den algo”? ¿No se esconden los tiranos detrás de los grandes benefactores?

Las instituciones no son un privilegio de los ricos, como usted insinúa, sino una condición para que el poder, incluso el que se presenta como benefactor- no termine anulando a los más débiles.

“El inconveniente que los hombres democráticos encuentran en las formas es lo que las hace más útiles a la libertad; su mérito principal consiste en servir de barrera entre el fuerte y el débil, el gobernante y el gobernado, y retardar al uno y dar al otro el tiempo de reconocerse. Las formas son más necesarias a medida que el soberano es más activo y poderoso, y los particulares más indolentes y débiles”, dijo Tocqueville en “La democracia en América”.

Tenía razón. Qué miserable es el soberbio desdén por las instituciones



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