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Localismo y globalización

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Localismo y globalización
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Escrito por Gregorio Caro Figueroa, el sábado, 07 de septiembre de 2002 (Ha sido leído 7375 veces)
Los problemas que no se abordan y aquellos que no se comprenden suelen convertirse en crónicos; dejan de ser meramente de coyuntura y tienden a adquirir carácter estructural. La incorporación de innovaciones globales no acompañadas de reflexión ni sujetas a procesos de apropiación local pueden resultar implantes artificiales los que, lejos de ser expresiones de modernidad, terminan reproduciendo y reforzando estructuras de atraso. Edgard Morin afirma que hay un derecho a la reflexión. Alain Touraine sostiene que "nuestras sociedades necesitan más reflexión para evitar lo que Beck llama la reflexividad inconsciente y no intencional, es decir, la capacidad de aquéllas de exponerse a riesgos que pueden conducir a su destrucción".

Creo que nosotros tenemos no sólo el derecho sino también la obligación de reflexionar y comprender, promoviendo un activo intercambio de nuestras reflexiones a través del diálogo personal y de la comunicación social. La falta de diálogo y de comunicación hacia el interior de nuestra sociedad, nuestro mutuo desconocimiento, los prejuicios y enconos personales o de grupo, rayanos en el canibalismo, no son la plataforma más adecuada para que argentinos y salteños, sin ignorar las actuales dificultades pero trascendiéndolas, podamos pensar el futuro.

Previa o simultáneamente tenemos que superar nuestra propensión a suplantar lo racional por lo mágico y emocional, la complejidad por esquemas e interpretaciones simplistas, la reflexión y la crítica por certezas y dogmas, y las ideas por consignas y retóricas de barricada.

Tenemos pues por delante una tarea ardua y de largo plazo: superar nuestra disposición natural a simplificar lo complejo y a complicar lo simple. Encarar tal tarea es una condición necesaria para reflexionar, intentando explicar y comprender nuestros problemas. Añade Morin que "La complejidad es una palabra problema y no una palabra solución".

Uno de esos problemas no resueltos en la Argentina, sobre el que hay pendiente un trabajo reflexivo iniciado en el siglo XIX pero aún trunco, es el referido a la articulación del todo nacional con sus partes constitutivas y el de nuestra vinculación con el resto del mundo. Es obvio que esta vinculación no sólo debe tener en cuenta la arquitectura del nuevo orden mundial: también deberá hacerlo con los cambios que están construyendo un nuevo tipo de sociedad.

En un cuarto de siglo los argentinos pasamos del entusiasmo ingenuo por diseñar o demandar modelos o proyectos de ingeniería social y de país, al pesimismo malhumorado y al desinterés por todo aquello que no tenga que ver con el corto plazo, lo inmediato y lo sectorial. Pasamos del combate ideológico más encarnizado no sólo a la indiferencia sino, a veces, a un rechazo casi visceral respecto a las ideas y al debate en torno a las ideas. El exceso de ideologismo es uno de los síntomas de la orfandad y pobreza en materia de ideas.

Este ensayo pretende ser un primer bosquejo en torno a los problemas que hoy surgen de la confrontación y el contraste entre lo local y lo global.


Lo federal, lo regional, lo global

Durante el siglo XIX y gran parte del XX, la Argentina trató de enfrentar los problemas que plantea la relación, articulación, tensiones y equilibrio entre Nación y provincias apelando al federalismo consagrado como forma de gobierno por la Constitución.

A mediados del siglo XX, a instancias de la planificación regional que despuntó en la Europa de posguerra, apareció remozada la propuesta regionalista esbozada por algunos intelectuales como Bernardo Canal Feijóo, quien actualizó ideas expuestas por Ricardo Rojas a principios de siglo e impulsadas por gobernadores del Noroeste en la década de 1920.

Imperfectos e inacabados en su realización, y por momentos superpuestos en el tiempo, federalismo y regionalismo no alcanzaron una adecuada implementación en el campo institucional. Tampoco fueron asumidos socialmente ni percibidos como ámbito de participación democrática a escala local.

Sin haber ajustado aún cuentas ni con lo federal ni con lo regional, hoy despunta lo global como realidad que condiciona la relación de la Argentina con el resto del mundo y que también impone la necesidad de replantear la articulación entre provincias y Nación hacia el interior de nuestras fronteras.

Lo federal, lo regional y lo global, términos cargados de enorme fuerza sugestiva, se nos aparecen, en ese orden, como representaciones de nuestro pasado, de nuestro presente y de nuestro futuro. Más no se trata de etapas sucesivas ni de instancias ascendentes, donde una supera y anula a la anterior. Lo federal, lo regional y lo global coexisten, se entrecruzan y entretejen ante nuestra mirada perpleja y, a veces, temerosa.

Antes que asistir a una puesta al día del federalismo y del regionalismo a la luz de los cambios a escala mundial, en la Argentina parece afirmarse la tendencia a utilizar a ambos como anacrónicas armas arrojadizas al servicio de las confrontaciones políticas.

A través de esas confrontaciones se dirimen las pugnas y regateos por la distribución de recursos. En virtud de ese mecanismo, entre 1992 y 1999, el gasto público provincial registró un incremento del 70 por ciento. Gran parte de esos recursos, antes que estimular el desarrollo económico, fue objeto de dilapidación y fue usado para lubricar aparatos prebendarios y clientelares.

Hoy nuestro federalismo amenaza con transformarse en una engañosa cobertura de intereses políticos locales dominados por un caudillismo esclerosado devenido en corporación sustituta de aquellas otras que dominaron la escena durante casi todo el siglo XX. Que el 75 por ciento de los cargos electivos en provincias permanezca en las mismas manos a lo largo de los últimos quince años, da cuenta acabada de tal esclerosis.

Federación y confederación

Desde el inicio de la transición democrática esa tendencia se manifestó como deliberado retorno a los equívocos y la confusión en los conceptos - y en la práctica - entre la naturaleza jurídico-política de un Estado confederal ( o una confederación de Estados) y los de un Estado federal.

Se confunde federalismo con confederacionismo, insinuando o reivindicando que las relaciones entre estados provinciales y Nación deben establecerse y vertebrarse mediante acuerdos o pactos entre ésta y una liga de estados cuasi independientes, dotados de moneda propia, donde "se insertaría el principio de la soberanía compartida" y en donde se produciría un manejo también compartido de las relaciones exteriores.

Según esta concepción, el federalismo no sería un sistema mediador entre Nación y provincias y, por ende, una de las formas que, en el plano local, asume la participación democrática de los ciudadanos, sino un instrumento de ese localismo puesto al servicio de intereses patrimonialistas.

No puede hablarse de federalismo genuino si, detrás de su fachada, se oculta un manejo patrimonialista del poder acompañado del ejercicio de un poder alérgico a la competencia democrática; refractario a la ética pública; poco tolerante, cuando no hostil, a la crítica opositora; dotado de fuertes recelos hacia la justicia independiente y escasamente sujeto a controles y contrapesos institucionales.

Así como los gobiernos de facto se empeñaron en presentarse como encarnación de la Nación, los caudillismos amagan encerrarse bajo su caparazón localista pretendiendo erigirse en paladines del honor y en cabales y únicos intérpretes de los intereses provinciales.

El replanteo federalista no debe confundirse con la mayor concentración del poder en las jurisdicciones locales. Por el contrario, debe abrir el camino hacia una mayor distribución del mismo. No debe servir para consolidar desigualdades sociales internas sino que, por el contrario, es necesario que contribuya a reducirlas gradualmente.

El federalismo debe ser entendido como la ampliación de la democracia en el ámbito territorial y como su profundización en el campo social, teniendo como punto de partida la iniciativa de la sociedad civil capaz de influir en la extensión de las libertades y en la conquista de crecientes grados de autonomía personal.

De lo que se trata es no sólo de imbuir de contenido federalista a la democracia, sino de democratizar el federalismo, sustrayéndolo de las manipulaciones de los personalismos localistas. Al federalismo meramente defensivo o de confrontación hay que oponerle el de cooperación; al que tiende a la disgregación, uno integrador; al meramente caudillista, un federalismo social; al que se limita a formular reclamos al poder central transfiriéndole responsabilidades propias, hay que exigirle responsabilidad y coherencia.

El federalismo será una de las manifestaciones del ejercicio efectivo y pleno de los derechos y de las libertades democráticas de los ciudadanos desde las instancias locales más próximas, o no será.


 

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