Localismo y globalización |
|
|
Página 2 de 3 El espacio regional De igual modo, el regionalismo está siendo distorsionado al ser reducido a una suma aritmética de provincias más o menos afines y contiguas, esporádicamente reunidas en efímeras ligas de gobernadores que, de forma indistinta y periódica, convierten a esos ámbitos en instrumentos de presión frente al poder central, siempre que éste no coincide con el signo político que predomina en lo local. El concepto de región y la cuestión regional están demandando un profundo replanteo. ¿Acaso es la región la única manera de dividir, de representar y de pensar el espacio, como plantea Ives Lacoste? Al proceder de este modo ¿no corremos el riesgo de dejar de lado "lo esencial de los fenómenos económicos, políticos y sociales"? En los años sesenta, los gobiernos militares, los nacionalismos populistas y los de izquierda compartían una visión fuertemente estatista, planificadora y centralizadora. Lo regional era lo nacional a escala. Era, además, un banco de pruebas para diseñar planes de desarrollo económico o para trazar políticas de promoción social. A los especialistas nada los dejaba satisfechos "si no era la creación de un gran espacio nacional homogéneo configurado por numerosos espacios regionales también homogéneos", señala Sergio Boisier. Hoy la antigua percepción del espacio, y también las viejas nociones en torno a él, se han hecho añicos. "Los espacios se fragmentan. Los territorios se difuminan, los lugares de debilitan". No conviene seguir pensando el espacio nacional o local con cartografías antiguas. El concepto de espacio de las sociedades tradicionales está siendo sometido a profundas modificaciones. La región está dejando de ser "el más pequeño espacio geométrico en el que los hombres reconocen entre sí una relación diferente (o más allá) a la consanguínea" (Philippe Aries. Ensayos de la Memoria 1943-1983). El espacio se encoge, el tiempo se comprime. "El espacio se emancipó de las restricciones naturales del cuerpo humano", dice Bauman. "El espacio es ahora creado por la ingeniería humana en lugar de la providencia divina; artificial en lugar de natural; mediado por la herramienta en lugar de inmediato al cuerpo; racionalizado en lugar de comunal; nacional en lugar de local", explica Thimothy Luke. El espacio "es hoy un sistema de objetos cada vez más artificiales". Está formado "por un conjunto indisoluble, solidario y también contradictorio, de sistemas de objetos y sistemas de acciones", refuerza Milton Santos. Frente a este fenómeno, carece de sentido seguir pensando en la región en términos territoriales rígidos. Los límites de una región son ahora flexibles, digitales, virtuales. Las redes de información están redefiniendo anacrónicos conceptos en torno a la región. Tres esferas Con intensidad y extensión que no reconocen precedentes vivimos hoy, simultáneamente, en tres mundos: en la esfera de lo privado, en el ámbito local más próximo y en lo global que, de modo omnipresente, aparece una y otra vez hasta en los aspectos más triviales de nuestra vida cotidiana. "El yo ha perdido su unidad, se ha vuelto múltiple", señala Touraine. Reflexionar sobre la relación entre estos tres mundos, además de un ejercicio intelectual, es una insoslayable tarea que nos impone nuestra época. ¿Es posible saltar, sin mediaciones, desde el localismo más estrecho a lo global más abarcador? ¿Se puede implantar una modernidad, que sea algo más que su apariencia, sobre el atraso económico, la inequidad social y el caciquismo político? ¿Se puede concebir lo global sin un punto de referencia en lo local? ¿Es bueno que lo global se instale sobre los escombros de la cultura particular y local? O, como pregunta Paul Ricoeur, "¿Hay que arrojar por la borda el viejo pasado cultural que ha sido la razón de ser de un pueblo?". La globalización es una palabra que ha terminado por ocultar el complejo fenómeno que con ella se quiere designar. A fuerza de ser repetida para ornamentar discursos y despojada de su significado, se empobreció hasta convertirse en un lugar común vacío de contenido. Para la fantasía de algunos lo global es un fenómeno irresistible, envolvente. También es un lugar remoto al que se accede y que está situado arriba y adelante: es un futuro que se parece a un paraíso o a una promesa de alcanzarlo. Quedar fuera de él es permanecer condenado a sobrevivir en el atraso y a la intemperie. Para las visiones simplistas, lo global viene aquí no sólo a ocupar el sitio de lo externo y lo extraño sino que lo hace de un modo concentrado y potenciado, multiplicando las tendencias que apuntan a fortalecer la hegemonía y la búsqueda de uniformidad cultural y homogeneidad inherentes a las superpotencias. Hoy, empero, estas tendencias parecen compatibles con crecientes niveles de descentralización. La hegemonía no está referida al control de las periferias por un centro espacial único. Tampoco fomenta sólo la negación de la libertad y el fortalecimiento del poder financiero sino que puede estimular los espacios de libertad. No se trata de rigidez sino de maleabilidad, de porosidad. Ya no se trata de la amenaza de una nación más poderosa o de una potencia imperial sino de una coalición de hecho conformada por los países que concentran la riqueza y la tecnología. Ese conglomerado es percibido como un anillo de acero que amenaza cerrarse sobre las naciones y sus partes integrantes. Los aperturistas a ultranza pretenden que la globalización sólo tiene efectos benéficos, sin reconocer su impacto y consecuencias negativas. La globalización "tiene efectos desestructurantes y dualizadores". Implacables, las reglas de la competencia dejan fuera de ella a enormes espacios territoriales. Vastos conglomerados sociales son expulsados de la actividad económica formal, permanecen en el sector informal. El trabajo se torna precario; se concentra la riqueza; crece la pobreza y se profundizan las desigualdades sociales. Los devotos y los encandilados por la globalización creen que hay que tirar por la borda la memoria y la cultura local. Creen que la modernización puede escribirse sobre la superficialidad de una tabla rasa. Imaginan que accederemos a ella por la vía de una apertura incondicional e indiscriminada. Por su parte, los que recelan y rechazan su avance proponen un encierro desconfiado, pasivo y defensivo. La inmovilidad se convierte en un reaseguro contra los riesgos que entraña el cambio. Hay un tradicionalismo que se nutre de un simulacro de tradición, de una tradición débil, volátil y hecha más de gestos que de raíces. Local y global Las visiones simplistas de rechazo o aceptación presentan lo global no sólo como contrapuesto a lo local, sino en antagonismo y como amenaza a los espacios nacionales y, con más fuerza aún, a los más aislados espacios locales. Según este punto de vista lo local y lo global son mutuamente incompatibles. Milton Santos recuerda que Braudel señaló que podemos descubrir "el movimiento global por los movimientos particulares". Lo uno es la negación de lo otro. No se puede aspirar a mantener rasgos particulares y, de modo simultáneo, incorporar los universales. Visto de este modo, lo global no sólo desdibujaría lo local, sino que lo pulverizaría. Observa Manuel Castells que los gobiernos locales afrontan hoy dos dificultades. Por un lado, "su dependencia administrativa y su escasa capacidad de recursos económicos". Por otro, el riesgo de derivar hacia el localismo político "y el tribalismo cultural si la defensa de la identidad se convierte en fundamentalismo". La oposición entre comunidad-tradición y sociedad-modernidad se replantea bajo la forma de una tensión entre cerrazón y apertura; o, lo que es lo mismo, se manifiesta en la línea de tensión que va del localismo a la globalización y viceversa. Esta tensión no se resuelve automáticamente en favor de la globalización en desmedro de lo local sino que parece encaminarse a un fortalecimiento de las identidades, de lo propio y peculiar y de lo comunitario y local dentro de la creciente tendencia globalizadora. Pero lo local y lo global están interpenetrados. Recordemos que "el funcionamiento en red había nacido a gran escala como redes de área local, y las regionales conectaron entre sí y comenzaron a extenderse.." . Jordi Borja y Manuel Castells afirman que "Lo local y lo global son complementarios, creadores conjuntos de sinergia social y económica, como lo fueron en los albores de la economía mundial en los siglos XIV-XVI, momento en que las ciudades-estado se constituyeron en centros de innovación y de comercio a escala mundial". Señala Alain Touraine que es indispensable dejar de oponer comunidad y sociedad, salvando el abismo entre esas dos nociones. Talcott Parsons habló de "comunidad societaria" con el mantenimiento de agrupamientos de "solidaridad difusa y duradera" (étnicos, familiares, religiosos). |
|||||





