Localismo y globalización |
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Página 3 de 3 Tradición y modernidad Se podría hablar de la necesidad de avanzar hacia una tradición modernizada y de una modernidad con capacidad de asimilar los elementos positivos de la tradición. Para Anthony Giddens una tradición "representa el imperio moral de 'lo que antes fue' en una continuidad de la vida cotidiana". El desarrollo no está determinado por las características culturales. Es posible utilizar éstas de manera creativa para conectarse al mundo; es posible tomar de la tradición los elementos favorables para hacer frente a los desafíos actuales. El desarrollo, por otra parte, no puede lograrse sin un sistema político verdaderamente democrático y con un sistema equitativo de distribución de las riquezas. Es un error suponer que toda tradición sea refractaria al cambio. Parafraseando a Charles Peguy podemos decir que el cambio es el paso de una tradición menos perfecta a una tradición más perfecta. También es un error intencionado afirmar que la nueva sociedad debe edificarse despreciando los valores y las normas sociales. Algunos apologistas ramplones de la globalización sacan réditos materiales de su ataque en bloque a la tradición. Para justificar su desprecio a toda norma ética y jurídica, los grupos dedicados a amasar rápidas fortunas necesitan ridiculizar y menospreciar los componentes éticos que, aunque no en estado puro, están contenidos en nuestra tradición política republicana. El desprecio a esa parte de la herencia del pasado, ese "capital histórico" que concurre a formar el "capital social", franquea el paso al ancho campo de la corrupción política en el que no rige ningún criterio moral y en donde la única norma válida es el logro de las máximas ventajas económicas al menor costo posible. Alguien tan insospechado de tener debilidades por el tradicionalismo como Teodor W. Adorno, hace más de medio siglo, señaló: "no hay una tradición y tampoco es posible conjurar a ninguna, pero cuando se hayan extinguido todas las tradiciones, se iniciará la marcha hacia la barbarie". Una modernización que se base en el repudio a toda tradición está condenada a convertirse en una variante de la barbarie. ¿De qué modo se relaciona nuestra realidad local con estos fenómenos en los que, sin pedirnos autorización, nos vemos involucrados? Históricamente, desde el interior de la sociedad de Salta y desde la observación externa de los viajeros, la nuestra es una sociedad marcada por fuertes rasgos tradicionales. Creo que tales rasgos tradicionales se apoyan en unas bases concretas: se trata de una sociedad instalada en un espacio periférico en relación al centro portuario. La enorme distancia que la separa de Buenos Aires actuó como una natural barrera defensiva y acentuó su carácter de periferia dentro de un país también periférico. La "fricción espacial" influyó en los costos de producción y, por ende, en los beneficios empresariales; en la excepción e incorporación de tecnologías; en el flujo de información; en los rasgos culturales; en las pautas sociales y en las mentalidades, proclives si no al aislamiento, sí a un retraimiento receloso de las "modas" foráneas. Milton Santos recuerda que, para Simmel, la comprensión de la distancia es fundamental, señalando que a esta idea Werlen añade la noción de "distancia funcional, dato esencial en el cálculo de los costes". El predominio de la población nativa que a lo largo de más de un siglo se mantuvo en un 85 por ciento del total, y el escaso flujo de inmigración europea se explican por esa distancia y ayudan, a su vez, a explicar en parte los rasgos tradicionales de la sociedad salteña. Distancias y encierro Desde la segunda mitad del siglo XVI hasta finales del siglo XIX, al utilizar la energía animal (de mulas, caballos y bueyes) para el transporte de personas y mercancías, la relación distancia/tiempo permaneció sin variaciones. Para cubrir los 1.600 kilómetros que separan Salta de Buenos Aires, se empleaba hasta seis meses. Con la llegada del ferrocarril hacia 1889 se empleaban entre 40 y 48 horas en cubrir ese mismo recorrido. Desde 1991 está paralizada la vinculación ferroviaria con el resto del país. En la década de 1930 los primeros viajes en automóvil redujeron ese tiempo. Hacia 1940 los primeros y escasos vuelos comerciales de cabotaje, utilizados por un pequeño número de usuarios, permitieron unir ambas ciudades en siete y hasta en seis horas. Hoy, en esos mismos vuelos, con más frecuencias diarias y más de 130.000 usuarios al año, se emplea una hora y cuarenta minutos para cubrir esa distancia. Más que geográfica, la distancia es ahora social y está referida al nivel económico, la infraestructura, la fluidez de las comunicaciones y los servicios: Buenos Aires queda a una hora y cuarenta minutos y a poco más de 300 dólares. Lo periférico no es ya una posición espacial en relación a un centro: marca, sobre todo, una distancia social que se profundiza. La incorporación de medios de transportes más veloces "fue el factor principal que dio lugar al típico proceso moderno en que se erosionan y socavan todas las 'totalidades' sociales y culturales arraigadas", anota Bauman. Este factor contribuye a acelerar la transición de la comunidad y lo tradicional a la sociedad y algunos rasgos de lo moderno. El encierro espacial tiende a ceder. Una mayor plasticidad sucede a la rigidez de las limitaciones y obstáculos territoriales. Al hacerlo, ensancha una avenida de doble mano: por allí no sólo ingresan personas, mercancías e influencias foráneas; por allí pueden circular esos mismos factores "desde adentro hacia afuera". El tradicionalismo tiende a ver sólo una de esas manos: la que facilita el acceso a lo que se percibe como desembarco adentro de lo que viene de afuera. Los flujos en ambas direcciones se intensifican, se tornan más fluidos y, al hacerlo, posibilitan contactos e intercambios que incluyen personas, mercancías, información, ideas e influencias. Lo global se localiza y lo local se ve atravesado por lo global. Mc Donald's coexiste con la empanada, y el jean con el poncho. Lejos de apuntalar la uniformidad, ese proceso multiplica los intercambios, las mixturas y los procesos de hibridación cultural. Competitividad y comunicaciones La competitividad de una economía no se define por las ventajas de antaño derivadas de su estratégica posición geográfica, de ser un nudo de conexiones de caminos, de la fertilidad de su suelo o de la abundancia de sus recursos naturales o energéticos. No basta sólo con pruducir: "Es indispensable poner la producción en movimiento. En realidad, ya no es la producción la que preside la circulación, sino que es ésta la que conforma la producción", observa Milton Santos en "La naturaleza del espacio". La transmisión de información a tiempo real ("uno de los motores fundamentales de nuestra era"), vence el obstáculo de la distancia en el intercambio de información, de imágenes, mercado de capitales, de flujos financieros, etc. Sostienen Jordi Borja y Manuel Castells que las políticas de desarrollo económico territorial "deben basarse, de ahora en adelante, en políticas de comunicación, informacionalización y capital humano". La competitividad se define ahora, señala Borja, por su funcionamiento eficiente; por su inserción en los sistemas de comunicación de carácter global y "buena información de los agentes sociales y económicos de los procesos mundiales"; por tener instituciones políticas "representativas, eficaces y transparentes" y por la gobernabilidad basada "en la cohesión social y en la participación cívica". Cometeríamos un error si redujéramos el problema de las conexiones territoriales sólo a la referida a Salta con Buenos Aires. Importan también las vinculaciones con los países limítrofes y las que se fueron estableciendo entre los distintos núcleos humanos asentados en el vasto territorio provincial. En 1947 la provincia tenía 8.800 kilómetros de carreteras y caminos. Casi toda la red vial estaba conformada por caminos de tierra o con ripio. Medio siglo después casi 2.000 kilómetros estaban pavimentados. En 1947 funcionaban 3.400 líneas de teléfono en toda la provincia: había una línea por cada 90 habitantes. Los aparatos estaban concentrados en la capital donde había 3.040 líneas. El promedio era un teléfono por cada 25 habitantes. Le seguía Metán con 110 líneas y con un promedio de un teléfono cada 170 habitantes. Medio siglo después había 72.100 líneas, distribuidas en todo el territorio provincial. Esto es, un teléfono por cada 14 habitantes. Hasta mediados de la década de los '80 del siglo XX las comunicaciones telefónicas eran lentas y se hacían a través de operadores que recibían pedidos condicionales que tardaban hasta veinte o treinta horas en ser cursados. Las comunicaciones ahora no sólo son instantáneas con el resto del país y del mundo, sino que el número de usuarios de teléfonos fijos se ha multiplicado, además expandirse la cantidad de usuarios de telefonía móvil. Medios de información Pasemos a Internet, "esa columna vertebral de la comunicación global a través del ordenador" . En la Argentina, detrás de Brasil y Méjico en Latinoamérica, hay 1.800.000 usuarios de Internet, según datos de agosto de 2000. Esto da un promedio para todo el país de 4,6 por ciento. El 68 por ciento de ese total se incorporó a la red en los últimos dos años. El 67 por ciento de esos usuarios tienen entre 30 y 31 años. De acuerdo a una reciente encuesta el 15 por ciento de los argentinos tiene acceso regular a Internet. Aunque no disponemos de datos actualizados referidos a la provincia de Salta, se estima que hay 15.000 usuarios, lo que hace un promedio de 1,2 por ciento. Según algunos especialistas, "La Argentina está quedando rezagada de la revolución de Internet, porque desaprovecha oportunidades que le permitirían ingresar en la era de la información". La restringida oferta informativa y de comunicación que prevaleció hasta comienzos de los años '90, al combinarse democracia con la incorporación (aunque aún débil) de las nuevas tecnologías de la información, es sustituida por una multiplicación de los medios. Aunque tenemos que advertir que semejante multiplicación no significa aún que el sesgo localista esté experimentando una tenue apertura hacia una visión más universal. El libre flujo y el acceso a la información y la comunicación son condiciones de una democracia ciudadana. "No hay ciudadanos activos y responsables si no están informados y no tienen posibilidad real de recibir y responder a los mensajes de los actores políticos y privados que toman decisiones sobre la ciudad", afirman Castells y Borja. Conviene, añaden, multiplicar todas las formas de comunicación, desde las más tradicionales a las más modernas. El largo dominio de una radio comercial sometida indirectamente al control estatal junto a otra propiedad del Estado nacional, llega a su fin empujado por explosión de decenas de emisoras Frecuencia Modulada, que operan en la legalidad o en el ancho circuito informal. En 1997 se podían sintonizar 151 emisoras: 5 de Amplitud Modulada y 146 de Frecuencia Modulada. Por su parte, la televisión por cable quiebra el exclusivismo del canal único. La rápida difusión del vídeo permite mayor libertad para una programación individual. La proliferación de publicaciones periódicas hace otro tanto en el ámbito de la prensa escrita. Estas se han multiplicado desde 1983. Casi todas recogen fragmentos de la realidad, pero ninguna se propone reflejarla con un mínimo de amplitud, objetividad y pluralismo. Gran parte de esas publicaciones reproducen el clima beligerante y la tonalidad amarilla de las hojas y pasquines del siglo XIX. Muchas no son medios de información o comunicación: son armas de presión de grupos o sectores que buscan obtener ventajas o dirimir rencillas domésticas y hasta querellas personales. No informan ni, menos aún, se proponen divulgar ideas ni estimular la formación de la opinión pública. Concluimos aquí nuestro bosquejo. Deliberadamente, no incluimos conclusiones cerradas ni recetas infalibles. Nuestra pretensión es enunciar y tratar de relacionar algunas de las cuestiones referidas a los problemas que plantean las vinculaciones entre localismo y globalización. Esta búsqueda no debe ser individual sino interpersonal, social. Para ello debemos explorar viejos senderos y abrir múltiples y nuevos caminos. Si no reflexionamos sobre los cambios, ellos se harán no sólo sin nosotros sino contra nosotros. Si esto ocurre, no sólo permaneceremos ajenos a ellos sino que seremos destruidos por ellos.- Más artículos de la categoría Salta en el mundo |
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