Esos peligrosos sedimentos

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Escrito por Gregorio Caro Figueroa, el lunes, 01 de octubre de 2001 (Ha sido leído 5742 veces)
Aunque "no se puede leer el presente sin la historia", los historiadores están encerrados en un silencio escandaloso. Parece que nada tienen que decir frente a la crisis que tienen delante de sus ojos y sobre de cuya comprensión pueden aportar mucho. Con esta queja, Pierre Chaunu abrió en 1975 su libro "El rechazo de la vida". En ese momento, aunque anunciaba una crisis de civilización, los problemas mundiales se manifestaban como leves turbulencias. Un cuarto de siglo antes del fin del milenio, Chaunu advirtió desde la historia, no desde la profecía, que debajo de ese malestar comenzaban a anunciarse los terrores del año 2000.

Salvo excepciones, hoy los historiadores permanecen callados en momentos que aquellas turbulencias se transforman en furiosas tempestades. Quizás una razonable prudencia esté aconsejando no incursionar en los inciertos territorios del análisis histórico del presente. Tal vez esa falta de perspectiva que acompaña a todo lo inmediato pueda prevenir, sabiamente, sobre el riesgo de teñir tal historia del presente con pasiones no tamizadas por el tiempo, alertando sobre el peligro de confundir análisis y crítica históricos con meras impresiones periodísticas.

Se ha insistido en que las consecuencias de los actos terroristas no sólo afectan, como pérdida, a muchas esferas de la sociedad norteamericana: vidas humanas, valores morales, bienes materiales, seguridad o salud mental. Sabemos que, más allá de las fronteras de los Estados Unidos y la de sus países aliados, los efectos de esta red mundial de terrorismo están destinados a tener alcance planetario y amenazan prolongarse en el largo plazo.

Pero sobre lo que se ha reparado poco, al menos en la Argentina, es sobre esa otra onda, menos visible pero de mayor expansión, de la que se desprenden efectos colaterales abarcando a las sociedades, incluida la nuestra. Es que los atentados terroristas del 11 de septiembre pasado están actuando como un poderoso líquido revelador, no sólo de las reacciones y estado de ánimo de la sociedad norteamericana directamente afectada, sino también de una sociedad aparentemente tan distante y tan distinta de ella como es la nuestra.

A ese primer supuesto peligro de abogar por una historia del presente, se podrá añadir un segundo reproche si se suma otro inconveniente: proponer que ella no sólo recurra al análisis de los estados de opinión, sino que apele al substrato de emociones, pasiones y reacciones donde tendrían su raíz esos estados. No hace falta ir más allá de la primera línea de Georges Duby para intentar una respuesta: "Desde sus comienzos, la historia ha querido ser ‘psicológica'".

A partir de allí se ensanchó, aunque no se inauguró, un fértil campo de labranza que los historiadores vienen roturando con más intensidad desde las últimas décadas del siglo XX. La historia social enriqueció el conocimiento y la comprensión de hombres y sociedades a través del estudio de sus actitudes frente al amor, al miedo y a la muerte. Menos atención se prestó a temas como el odio. Otros, como la envidia, quedaron casi olvidados. Se ignoró su papel -activo y pasivo- no sólo como sentimiento individual sino como fenómeno social en la historia, señaló el sociólogo Helmut Shoeck en "La envidia", editado en Buenos Aires en 1969.

¿Cómo explicar las opiniones de un segmento de argentinos que minimizan, justifican y hasta aplauden este brutal atentado? ¿Se trata sólo de un modo de encauzar el descontento y el mal humor social agravados por la profundización de la crisis argentina? ¿Se explican sólo por una inclinación a consumir productos fabricados por la teoría de la conspiración como motor histórico, o por una debilidad ante el irracionalismo y la magia? Aunque puede haber partículas de cada uno de estos elementos, parece que son otros los factores más relevantes.

En ciertos aspectos, la Argentina no es tan distinta ni está tan distante de los Estados Unidos. Las voladuras de la Embajada de Israel y de la AMIA en Buenos Aires, fueron "ensayos generales" de los que acaban de perpetrarse contra las Torres Gemelas y un sector del Pentágono. ¿Cuál fue la reacción de ese segmento de la opinión argentina cuando ese mismo terrorismo voló esos edificios en Buenos Aires? Encogerse de hombros, recordar la "explotación" norteamericana, justificar y también festejar.

¿Cuál fue la reacción de esa porción de opinión (intelectuales, políticos o legos) frente a los atentados? Los extremos del arco terrorismo/antiterrorismo de los años '70, coincidieron en el "por algo será". En ese enorme abanico se leyó: "los yanquis se la buscaron"; "lo tenían merecido"; "están pagando sus culpas"; "les pasa por matar de hambre al mundo"; "fue un regalo: necesitan enemigos para resucitar el macartismo"; "a ver si se les baja la soberbia"; "los pobres castigaron con sus armas al imperialismo"; "nos traicionaron en Malvinas"; "nos ataron a la deuda externa", etc.

¿Podemos conformarnos con constatar que, una vez más, rencores y pasiones suplantan la razón? Se podrá afirmar que la crisis argentina abona el terreno para este tipo de reacciones propias de sectores que se sienten amenazados por ella. En su origen y desarrollo el factor externo y la relación de la Argentina con los Estados Unidos y Europa, son percibidos como su causa perversa y directa. Ese factor ocupó un lugar central, y hasta exclusivo, en el revisionismo histórico de derecha a izquierda.

Se puede decir que no ya la ideología, sino ese cierto sentido común argentino, tan proclive al autoritarismo como resentido con la libertad, se nutrió en esas numerosas vulgatas de las interpretaciones que atribuyen la culpa del atraso argentino a los designios del "imperialismo", primero británico y norteamericano después. No es que no hayamos sido capaces de construir el país más próspero de América del Sur, igualando a los Estados Unidos. Ese "imperialismo" ha sido la causa directa de nuestro fracaso.

Así como nuestro desarrollo se truncó porque esto le habría convenido a los intereses norteamericanos, la riqueza de éstos se explica por ese mismo programado empobrecimiento nuestro. Las causas y responsabilidades internas desaparecen y sólo permanecen en pie las culpas externas. "Hallar un objeto exterior odiable exime de la mirada en el espejo", dice Herbert Lüthy. No sólo eso: facilita la posibilidad de presentarse como profeta y desenmascarar al enemigo universal, añade.

Los argentinos, al igual que los europeos, según dice Jean-François Revel, "proyectamos sobre los Estados Unidos las causas de nuestros propios errores". Si en algunos sectores europeos esto se plantea como competencia que no excede la rivalidad, en América latina este mecanismo se usa para construir la imagen del enemigo común al que hay que odiar no sólo visceral y ciegamente. Es menester encauzar ese odio y organizarlo. No de cualquier modo sino política e intelectualmente, sabiendo que al fin: "el odio apunta al exterminio".

Las reacciones de argentinos que justificaron los atentados en EE.UU. trasladando las culpas a las víctimas y exculpando a los victimarios, o equiparando a los agredidos con los agresores, estarían dictadas por la envidia y el reproche de aquellos que se sienten víctimas de una situación económica por la que culpan a aquel país. "Envidia es la pena que nace en nosotros al contemplar la prosperidad de los demás", definió un filósofo inglés del siglo XVIII. La tensión entre el afán de obtener algún bien y la impotencia o la ineptitud de lograrlo conduce a la envidia, dice Max Scheler.

Las expresiones de aquellos que se regocijaron con esta brutal matanza están dictadas por un odio reconcentrado y largamente cultivado. "Un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal": la frase no ha sido acuñada por los fanáticos que proclaman la guerra santa sino por el Ché Guevara cuando, en la década de los '60, imaginó otra cruzada contra el Gran Satán imperialista creando "muchos Vietnam en América latina".

Sería un error explicar exclusivamente mediante el sentimiento de envidia u odio estas justificaciones y estas explosiones de alegría ante el crimen. Pero también, eludiendo la complejidad del problema, se incurriría en otro tipo de reduccionismo si no reconociera la importancia social de estas conductas individuales.

No parece correcto registrar estas expresiones como meros síntomas de patologías sociales de pequeños grupos, propias de la crisis. Tampoco sería razonable subestimarlas, paso previo para su olvido. No es sólo el sentido común el que se expresa de este modo: lo hacen también intelectuales y profesionales desde "progresistas" a "populares", incluyendo a "reaccionarios" o fascistas. Ha sido en esta ocasión, más que en cualquier otra, que esos sectores demostraron ser "despiadados con las debilidades de las democracias" y, a la vez, "indulgentes con los mayores crímenes del totalitarismo", como dijo Raymond Aaron.

Este líquido permitió revelar el "negativo" de una fotografía del sedimento autoritario que anida en sectores de nuestra sociedad. Permite constatar que en sus dieciocho años, la democracia no logró, y (durante diez años) tampoco se propuso, remover culturalmente esos resistentes sedimentos de la mentalidad autoritaria en la Argentina: se instaló sobre ellos y con ellos coexiste.

Ni el silencio, ni los eufemismos, ni las coartadas, ni la neutralidad moral son ya posibles. Desafiando la trampa de derechas e izquierdas y frente al drama de Argelia, Albert Camus tuvo razón cuando afirmó: "el terrorismo es un crimen que no es posible excusar ni dejar que se desarrolle". Pues de eso se trata.


Del texto de la ponencia presentada a la Primera Mesa Redonda de la Maestría de Políticas Sociales de la Universidad Nacional de Salta - 24/10/01




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