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El paraíso del título trucho

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Escrito por Guillermo López, el domingo, 29 de julio de 2007 (Ha sido leído 1944 veces)
Confieso que mi interés por estas cuestiones es relativamente reciente. De hace, quizá, menos de cinco años, cuando el ingenio popular había rebautizado al centenario Racing Club de Avellaneda como "médico trucho", por aquello de "cuarenta años sin título".

Todo diploma es trucho hasta que se demuestre lo contrario
Todo diploma es trucho hasta que se demuestre lo contrario
Desde entonces no ha dejado de llamarme la atención el alto grado de intolerancia social y mediática hacia los diferentes casos de "títulos truchos" registrados en la Argentina, lamentablemente muy abundantes en el último decenio.

Lo primero que debemos de agradecer los argentinos es que la Academia (¡Vamos Racing, todavía!) consagró hace tiempo ya el uso legal y reglamentario del adjetivo "trucho" para designar, entre otras cosas, a este variado mundillo de la falsificación de identidad profesional.

Pero a partir de aquí, a muchos nos queda la sensación de que el escándalo que provocan estos "hallazgos" no guarda relación con la existencia de otras muy sonoras "truchadas", con las que convivimos a diario, y que no provocan agudas reacciones corporativas ni generan "alarma social".

Así, somos capaces de someter a un linchamiento mediático a una simple cosmetóloga por haber cometido la tremenda osadía de hacerse llamar "psicopedagoga"; la sometemos a juicio, la expulsamos del gremio de los cosmetólogos, ponemos en duda hasta su certificado del séptimo grado, y, llegado el caso, la condenamos por el abominable delito de "usurpación de títulos y honores".

Por el contrario, no parece que se nos mueva un pelo cuando nuestro país se autoproclama regido por una "democracia", cuando de los indicadores universales que sirven como predictores de esta forma de gobierno, la Argentina sólo cumple con un 10 ó un 15 por ciento. A nadie se le ocurriría encausar a nadie por el delito de "democracia trucha", pero esta falsificación existe y es, si acaso, más grave para nuestra vida cotidiana que la de la cosmetóloga devenida en psicopedagoga.

Nadie perdonará al señor Blumberg que en sus tarjetas personales haya añadido el rótulo de "ingeniero" debajo de su nombre, pero nos sigue dando igual que lo que llaman "pan" en algunas de nuestras panaderías sea un auténtico amasijo de bromato de potasio en vez de pan; que lo que llamamos "nafta" y que fluye por las mangueras de los surtidores sea en realidad un sacha-combustible con residuos metálicos altamente contaminantes y dañino para los motores; que lo que creemos que son nuestros "teléfonos" en realidad sólo sea un tendido de cables mal hecho que cualquier malintencionado puede cortar con una gillette en El Tala, y así dejar incomunicados a todo Salta y Jujuy; que lo que designamos con el pomposo nombre de "gobernadores" constituyan de verdad una pléyade de sultanes o un club de capataces de estancia.

La acérrima intolerancia social hacia los "profesionales truchos" no se extiende, por desgracia, a aquellos que disfrazan su profesión real, como es el caso -conocido- de algunos clérigos (sin distinción de confesión) que pasan por laicos, de algunos integrantes de las fuerzas armadas y de seguridad, que fingen ser civiles, de miembros de los servicios de inteligencia, que aparentan ser inocentes ciudadanos; o el de aquellos que, por pertenecer a una corporación coyunturalmente devaluada o sospechada, a la pregunta de "¿Y usted a qué se dedica?", prefieren responder "soy carnicero".

Ni hablar de aquellos que, sin pasar por el juzgado ni el Registro Civil resuelven cambiar su nombre para toda la vida, y sólo nos enteramos que se llaman diferente cuando leemos su esquela fúnebre. ¡Cuántos Hermógenes han preferido ser llamados Héctor o cuántas Servandas han trocado su nombre por el más corriente de Marta!

Los fiscales deberían patrullar el centro de la ciudad y caminar sus recovas para detectar posibles fraudes, porque hay muchos "lustras" y "loteros" que gustan de llamar "doctor" a cualquiera que circule por Salta luciendo saco y corbata. Los "doctoreados", por supuesto, se dejan halagar y responden con cortesía a las requisitorias de estos amables trabajadores céntricos. Pero sería mejor que supieran que más de tres "doctoreadas" seguidas -sin el diploma respaldatorio- les expone a una querella criminal por usurpación de títulos y honores.

En esta "nueva docta" en que se ha convertido Salta, es mejor pensárselo dos veces antes de seguir permitiendo que el peluquero te siga tratando de doctor cuando en realidad sólo eres camillero.

Una de dos: o lanzamos una ofensiva horizontal e indiscriminada contra "lo trucho" o dejamos de rasgarnos las vestiduras por descubrir, de vez en cuando, a algún vivo que "hizo la nuestra" al eludir la mesa examinadora de Derecho Internacional Privado o de Traumatología.


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