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Hay vida después de la muerte de la política

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Escrito por Luis Caro Figueroa, el lunes, 11 de noviembre de 2002 (Ha sido leído 7624 veces)
Unas de las grandes paradojas de la política moderna es el hecho, suficientemente comprobado, de que la actividad política ya no es capaz de concitar el interés y promover la participación de los mejores, de los más capaces, de los más honrados. Esta circunstancia, que es especialmente grave en algunos sistemas políticos avanzados, es objeto de preocupación y estudio en países como los Estados Unidos, en donde, es sabido, que hasta el fenómeno natural más insignificante es capaz de proyectar consecuencias insospechadas sobre los delicados equilibrios del poder.

Hace bastante tiempo que en la Argentina la política ha dejado de ser asunto de notables. Pero mientras que en otros países los avances de la democracia y de la participación ciudadana han mejorado sustancialmente el sistema de selección de sus elites, en la Argentina nos hemos empeñado en hacer de la política un terreno abonado para la mediocridad y seguimos esforzándonos por convertirla en un refugio cada vez más seguro de personajes esperpénticos, de seres frustrados, de hombres atrapados en su propia impotencia.

Casi nadie se pregunta en este país por qué la política no atrae a los más aptos; quizá porque los que podrían llegar a preguntárselo, en su mayoría, han escogido emigrar y refugiarse en alguna universidad extranjera, quizá porque comenzamos a darnos cuenta, por fin, de que nuestra política ha agotado con creces su capacidad de respuesta frente a los problemas colectivos y carece de fuerza e imaginación para reinventarse a sí misma.

(...) Son muchos los que han sostenido a lo largo de los últimos meses que las calamidades que afectan a nuestro modo de organizar la convivencia y resolver nuestros conflictos se pueden corregir con algunos retoques menores, que van desde la jubilación masiva de los políticos en activo hasta las operaciones, más o menos ambiciosas, de reingeniería institucional. En esta línea se inscriben los faraónicos congresos partidarios que anuncian renovaciones de cúpulas y de prácticas, las promesas de una nueva política, las mesiánicas demandas de nuevos liderazgos, las deseperadas apelaciones a la honradez y el consabido recurso a las nuevas generaciones.

Sin embargo, algo de mucho mayor envergadura parece estar sucediendo sobre la política argentina y ese algo anuncia cambios inminentes y profundos. El propósito de estas líneas es el de reflexionar sobre las consecuencias previsibles del colapso de la política en la Argentina, postulando al mismo tiempo -en contra de algunas visiones apocalípticas- que este fenómeno constituye en realidad una magnífica oportunidad para revitalizar a nuestra democracia y dotarle de nuevos y mejores contenidos y, en definitiva, que estamos a las puertas de cambios graves e importantes en nuestro modo ver, entender y tratar con la política.

(...) Tras el descalabro de las navidades calientes de 2001, la política y los políticos han pasado a ocupar en la Argentina un lugar infame, aunque probablemente bien merecido. Formulo este juicio con plena conciencia de que el masivo rechazo ciudadano a la clase política argentina es fuente de injusticias, desde el momento en que alcanza también a personas que sólo han participado en la política impulsados por una vocación de servicio público y que no se han valido de las posiciones alcanzadas para conquistar metas personales o sectoriales. Y es que el disgusto ciudadano no se limita ni se detiene ya en la censura de las conductas delictivas o las meramente egoístas, sino que se extiende a los comportamientos ineficientes, a los gestos pusilánimes, a las deshonestidades intelectuales a que frecuentemente obliga el ejercicio de la política y a una serie de debilidades y tentaciones en las que son muy propensos a caer los políticos honrados.

Pero ¿hasta qué punto es realmente preocupante el grado de descrédito que ha alcanzado la política argentina? Al intentar responder a este interrogante muchos se apresuran a rescatar la nobleza de la política y sus aristotélicas virtudes, por encima de los políticos y de los contingentes diseños institucionales. Otros, en el extremo opuesto, sueñan, por diferentes motivos, con una sociedad sin política. Sin embargo, la realidad nos enseña que la política no es en esencia tan noble como se le supone y que la idea de despolitizar a la sociedad -como previene Bernard Crick- es una ilusión que persiguen especialmente aquellos que desconfían de la política sin renunciar al poder, aquellos que quieren mandar sin política.

(...) Si entendemos a la política como lo hizo Harold Lasswell -que la definió como el proceso mediante el cual una sociedad determina quién, cuándo y cómo consigue ciertas cosas valiosas, como el poder, por ejemplo- parece claro que lo que ha entrado en crisis terminal en la Argentina es la política de los políticos, la política profesional, la política mediada por expertos. Porque es sabido que cuando los políticos no son capaces de tomar las decisiones fundamentales de una sociedad (no sólo por ineptitud sino también -y muy especialmente- porque hay otros actores que las toman por ellos) y cuando los ciudadanos les privan de su confianza, que es la base de su legitimidad, la política convencional se convierte en una lucha estéril por el poder nominal y no puede sino entrar en una crisis virtualmente irreversible.

El descrédito de la política argentina sería mucho más grave y preocupante si se produjera en un contexto de profunda indiferencia cívica, lo que afortunadamente no ocurre en nuestro país. Si bien todavía en número insuficiente, muchos argentinos comienzan a percibir la necesidad de que el proceso político se reoriente hacia el ciudadano, porque entienden que este giro es la única forma de asegurar la vigencia de las libertades y la realización de las aspiraciones democráticas. Piensan que es posible, además de necesario, avanzar hacia un diseño institucional que anime y favorezca la participación de los ciudadanos en vez de penalizarla. Perciben que nunca como ahora las decisiones sobre el destino de los argentinos son adoptadas por un número cada vez menor de personas, sea en los consejos de administración de poderosas empresas globalizadas, que no persiguen otros objetivos que el lucro, sea por los estados mayores de las mafias que se disputan la hegemonía del poder oculto en la Argentina. En cualquier caso, lo que importa es que estas decisiones minoritarias que afectan a las grandes mayorías se adoptan en nuestro país sin ningún control democrático.

(...) Décadas enteras le ha llevado a la Argentina conquistar la democracia y derrotar a las viejas corporaciones tradicionales para subordinarlas al poder político y conjurar la amenaza de su autoritarismo. Ha sido ésta una conquista auténticamente ciudadana, que se vio favorecida en su momento por un amplio consenso de las fuerzas políticas, por un alto nivel de legitimidad y credibilidad de los políticos y por una apreciable capacidad de liderazgo social en algunos de ellos. Esta victoria de los ciudadanos ha sido tan contundente que aquellas viejas corporaciones han visto reducida su influencia en la política de un modo apreciable, con la probable excepción de la coporación eclesiástica que conserva todavía un cierto ascendiente en aquellos espacios más atrasados de nuestra geografía.

Los nuevos poderes fácticos no amenazan a la democracia, a las libertades y al poder ciudadano de la forma en que lo hacían las viejas corporaciones, porque han sabido anidar en entramado institucional clásico de la democracia liberal y controlarlo desde dentro, promoviendo incluso determinados aspectos procesales del juego democrático, como el sufragio y el sistema de partidos. Por este motivo nuestras elecciones se parecen cada vez menos a un acto de manifestación de la libre voluntad del conjunto social, ya que a menudo se prestan a manipulaciones que unos ejecutan echando mano de sofisticadas herramientas de márketing electoral, y otros realizan a través del clientelismo que suele adornar las prácticas mafiosas.

En esta compleja red de intereses los políticos ocupan un espacio marginal, aunque muchos todavía alientan la falsa ilusión del mando y sueñan con un poder que de verdad no ejercen. Prueba de ello es el sonado fracaso del intento de restauración ultraperonista que siguió al golpe de Estado de diciembre de 2001 y que acabó con un frente (formado por un sector del sindicalismo peronista en alianza con la izquierda pseudo-socialdemócrata radical) estrellado contra una realidad incontestable: la impotencia de la política clásica para hacer frente a los desafíos que para la democracia suponen el abrazo cojunto de las mafias y del gran capital internacional.

(...) Las grandes decisiones económicas y tecnológicas, que son las que afectan de modo significativo el nivel de vida y el bienestar de los argentinos se adoptan desde hace tiempo en otros foros, por otros sujetos, y con otras finalidades que no son, precisamente, las que persigue el conjunto social. El poder político, que no es otra cosa que la aptitud y la legitimidad para adoptar estas decisiones, está por tanto lejos del alcance de quienes lo disputan a través de los mecanismos formales de competencia política. Ello ha contribuido a poner en entredicho la vitalidad misma del modelo de mediación política que todos conocemos.

De lo que se trata en consecuencia es de comprender y aceptar que la catástrofe política no es en sí misma un certificado de muerte para nuestra democracia y que, probablemente, sea todo lo contrario. En algunos sectores comienza a percibirse con claridad que la democracia no es cosa de políticos ni de partidos y que la ausencia de éstos puede llegar, incluso, a ser beneficiosa para el juego democrático. Algunos piensan que la democracia es más un asunto de ciudadanos que de organizaciones y líderes políticos y que no deben ser los juegos de poder sino las ideas las que orienten el proceso democrático y le confieran sustancia y sentido. Creen que ha llegado el momento de flexibilizar los mecanismos decisionales para favorcer un acceso más directo de los ciudadanos a ellos y piensan que las instituciones y las formas de representación política -que han sido creadas para evitar la concentración del poder- son ya insuficientes y disfuncionales, empezando por la propia Constitución. Intuyen que la única forma de poner freno al poder de las grandes corporaciones multinacionales y de las organizaciones mafiosas, y de evitar que unas y otras modelen la democracia a su antojo, es devolver el poder al ciudadano, creando nuevos canales para su participación en la formación de las decisiones colectivas y nuevos instrumentos de control directo de la buena ejecución de estas decisiones.

Quienes así razonan entienden que la práctica totalidad de nuestras instituciones son en buena medida evoluciones más o menos afortunadas de formas medievales (sólo el parlamento es un buen ejemplo de ello) y que la crisis de representación democrática que vivimos puede favorecer la realización del llamado ""sueño de Pericles"", impracticable durante más de veinte siglos, pero que está a las puertas de poder concretarse con la ayuda de las Nuevas Tecnologías.

(...) Hay que recordar, finalmente, que la creciente complejidad de los procesos político-sociales, sus asimetrías, sus luchas y sus incertidumbres han contribuido a desnudar las carencias y oscuridades de un sistema político diseñado sobre una lógica lineal y para un modelo conflictual simple y virtualmente unidimensional. Que el fracaso de nuestros políticos tiene, bien es cierto, un componente de venalidad y de corrupción, pero es, en mayor medida, consecuencia de su incapacidad para descifrar el mundo que nos rodea y de su desinterés por el desafío democrático.

Tenemos que admitir que muchas de nuestras instituciones, incluidos los partidos políticos, ya no sirven a los argentinos ni ayudan a esa democracia que la mayoría está interesada en construir y preservar. Que el rechazo de la política y de los políticos no debe encerrarnos en el individualismo y que, al contrario, debe de servirnos para crear espacios de cooperación, de expresión de las nuevas ideas, de debate y de reflexión, que sean libres, plurales, abiertos.

En definitiva, que estamos convocados a cubrir ese desierto institucional que la crisis política ha interpuesto entre el individuo y el Estado, para librar una batalla en pro de la libertad, de la igualdad y de la solidaridad; una batalla que marcará seguramente el regreso de los mejores a la política.




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