La 'mariconada' de refrescarse |
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Escrito por el viernes, 17 de agosto de 2007 (Ha sido leído 1273 veces) El frío y el calor son sensaciones que acompañan al ser humano desde el alba de los tiempos. O, por lo menos, desde que aquel infausto desliz de Eva nos privó de vivir en un Paraíso en el que aquellas sensaciones térmicas tan pedestres no existían. Lo de "ganarás el pan con el sudor de tu frente", además de sentencia fundante del moderno Derecho del Trabajo, también puede ser interpretado como el anuncio de eternos sofocos y de sudoraciones incontrolables; o, lo que es lo mismo, del advenimiento de unas condiciones meteorológicas radicalmente distintas a las que se disfrutaban en el Edén. Ya desde tiempos de Heráclito se sabía que "este mundo, el mundo de todos, siempre fue, es y será fuego siempre vivo, que se enciende según medida y se apaga según medida". El problema estriba en que, en ese constante encenderse y apagarse del mundo, los que en él vivimos nos vemos obligados a echar mano del ingenio para combatir esas sensaciones tan opuestas, pero perfectamente simétricas, como son el frío y calor. Pero las simetrías se detienen en la teoría. Cuando descendemos a la praxis comprobamos que la lucha humana contra el frío está rodeada de cierta mística y adornada por un ligero toque de romanticismo, mientras que la lucha contra el calor -en teoría, tan legítima, tan humana, como la anterior- no pasa, normalmente, de ser una mariconada (entiéndase en el significado salteño de 'cobardía'), un reflejo de personas débiles, delicadas, poco 'aguantadoras'. Por algún motivo, la lucha contra el frío (a la que llamaremos simplemente 'calefacción') goza de mejor prensa que la lucha contra el calor (refrigeración o aire acondicionado). En otras palabras, que parece cada vez más legítimo y moralmente aceptable modificar al alza la temperatura de tu entorno vital, como más deleznable, cobarde, inmoral y antiecológico lo es modificar la misma temperatura, pero a la baja. La tradicional imagen de la pareja que pasa una noche de nevada en la cabaña, acurrucada junto a los leños ardiendo en el hogar, con el hombre asido a una copa de cognac y la mujer rodeando con ambas manos una reconfortante taza de café hirviente, nos da la pauta de hasta qué punto el frío y la lucha que el ser humano entabla contra él puede alcanzar, incluso, ribetes poéticos. Pero la misma pareja encerrada en una habitación batida por las brisas plastificadas del aire acondicionado, sudorosa, con menos ropa, y echando mano del hielo para mitigar el calor, no sólo carece del más mínimo romanticismo sino que transmite la sensación de una imperdonable y sensual obscenidad, cuando no convierte a sus miembros en criminales difusores de carbofluorocarbonos a la atmósfera. Sólo los expertos sabrán si causa más daño al medio ambiente el que tala los árboles de su entorno para procurarse leña para una velada romántica de invierno, o el que oprime el botón del aire acondicionado para refrescarse una noche agobiante de verano. Lo que aquí preocupa es que haya tantas personas "enemigas" frontales del aire acondicionado que, normalmente, ni rechistan cuando se trata de utilizar la calefacción. Frases como "¿no te parece que hace frío?", "te vas a enfermar con ese aparato", "estás loco si lo prendés toda la noche", o como dijo una vez un robusto profesor universitario: "¿no te estás congelando?", dan a entender que el verdadero invento diabólico es -al revés de lo que debiera ser- el aparato que enfría el aire y no el que lo calienta. No importa si la calefacción moderna causa ingentes emisiones de metano y de dióxido de carbono a la atmósfera. Todo sea por no pasar frío. Pero Dios nos libre de enviar al cielo los perniciosos y destructivos CFC por la nimiedad de unos 38 grados a la sombra. Otra vez los expertos deberán determinar si esta especie de 'dócil sumisión' de algunos al calor está de algún modo emparentada con la tradición judeo-cristiana de la culpa, el pecado y el castigo en las llamas eternas del infierno. Aún así, la conexión evoca el tradicional chiste gráfico de un 'viejo diablo' que recibe en el averno a un recién llegado, a quien, con resignación y entre abrasadoras llamas, le comenta: "Usted no sabe lo que es esto en verano". La "discriminación térmica" tiene también importantes manifestaciones en la arquitectura: Así como es chic embellecer la casa con una hermosa chimenea, adornar nuestros salones rústicos con salamandras, braseros y mesas-camilla, y es socialmente aceptable cualquier forma de ostentación de nuestras armas contra el frío, los aparatos de aire acondicionado, cuanto más ocultos estén, mejor. Y es preferible que nuestros vecinos no se enteren de que tenemos esta "comodidad", no vaya a ser cosa que se diga de nosotros que somos "uno de esos". Una empresa europea ha "descubierto" recientemente que permitir a sus empleados prescindir de la corbata durante la temporada estival supone poder elevar dos grados la temperatura del aire acondicionado, con el consecuente ahorro de energía que ello supone. No se tiene ninguna constancia de que la misma empresa hubiera impuesto entre sus trabajadores la costumbre de trabajar con pullover y bufanda en invierno (prendas seguramente tan incómodas en invierno como la corbata en verano), lo que supondría también la posibilidad de bajar un par de grados la calefacción y de reducir considerablemente la factura de consumo energético. O hay igualdad también en estos temas, o los que hoy se dicen "abanderados de la igualdad" ya pueden ir colgando de sus pancartas aquello de "lasciate ogni speranza voi ch'entrate". Más artículos de la categoría Contribuciones |





