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Salta padece una crisis del buen gusto

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el viernes, 17 de agosto de 2007 (Ha sido leído 3211 veces)
Con todos los matices que se quiera, los salteños hicieron siempre gala de su buen gusto, de su vestir elegante, de su sobriedad e incluso del buen decir, aunque en este caso la costumbre de tragarse las eses finales y el hablar cansino, probablemente efectos de la altitud, mostrasen un cierto desarreglo.

El buen gusto en las bodas, una costumbre que se va perdiendo en Salta
El buen gusto en las bodas, una costumbre que se va perdiendo en Salta
Y conste que estos tupidos lazos de los salteños con el buen gusto no estuvieron, años atrás, circunscritos a las personas ricas y pertenecientes a las así llamadas familias tradicionales ni, menos aún, al estrecho círculo que frecuentaban el Pasaje Mollinedo y el Club social por antonomasia.

Eran elegantes, claro está, casi todos los señores y las damas pudientes, pero también los arquitectos y los abogados, los gauchos, los dependientes y dependientas de comercio, las maestras (según fuera el ciclo económico), las viudas de riguroso y añejo negro, los locutores de radio, las empleadas de tribunales, las empanaderas y masiteras, algunos borrachos, uno que otro médico, las pupilas de la Rusa María, las azafatas de los ómnibus que hacían el trayecto a Tucumán, una media docena de poetas y pintores, los mozos de las confiterías céntricas y los fisgoneadores y tertulianos que las frecuentaban, los alumnos de la Escuela Urquiza y las chicas de la Normal.

También nuestros campesinos y campesinas exhibían una cierta galanura y una cuidada higiene personal, pese a las restricciones que les planteaba la falta de agua corriente y de elementos de cosmética básica en los almacenes de ramos generales de los pueblos del interior. Nuestros hombres de campo lograron sustituir las colonias y perfumes por baños de humo de leña, los dentistas por el mascado de choclos y el bicarbonato, los lavarropas por los ríos cargados de piedras, el fijador de pelo por el limón, y el guardarropa abundante por la prolija administración de la ropa de trabajo, las prendas domingueras y las de andar por casa.

Hoy, las tiendas de la peatonal Florida, las ferias americanas y otros revoltijos, la venta ambulante y, cómo no, la irrefrenable vocación de nuestros industriales textiles de copiar modelos norteamericanos, han producido la crisis de la elegancia en el vestir. El reemplazo del caballo por los automóviles modelo 1970 y por las bicicletas, trabajó en la misma dirección en lo que a este segmento social de campesinos en tránsito hacia la vida urbana se refiere.

Pero donde más se advierten los cambios que alejan a la salteñidad del buen gusto, es en los sectores más acomodados y, más precisamente, en las ceremonias y fiestas que siguen a los casamientos pretensiosos, aquellos cuyos novios o sus familias aspiran al reconocimiento público y, de ser posible, a la fama.

Tradicionalmente, estas bodas, aun las rimbombantes, quedaban a la consideración y el disfrute del pequeño círculo de parientes y amigos; para cuyo deslumbramiento bastaba contar con un padrino que fuera oficial del Ejército Argentino vestido con uniforme de gala. Los muy refinados y bien relacionados lograban, además, ser casados por el Arzobispo en su capilla privada.

Hoy, la necesidad de trascender y de mostrar lo que se tiene y lo bien que se casa a hijas e hijos (última fase de la paternidad responsable, a juicio de este segmento social), ha provocado cambios inmensos en la ceremonia y en los servicios anexos que preparan los casamientos y las fiestas con las que la familia, los amigos y algún que otro colado, celebran la ocasión y desean larga vida a los novios y a la pareja.

La irrupción de las casas que alquilan trajes de etiqueta, el empeño de un selecto grupo de personal trainers, las nuevas profesiones ligadas con la belleza física (desde maquilladoras a podólogos), la revista HOLA y las locales que se inscriben dentro de su exitoso género, alimentan el esnobismo y el placer de mostrarse espléndidos y poderosos.

Así como ahora las muertes de los seres queridos son más llevaderas gracias a las esquelas fúnebres que al por mayor producen los secretarios de Las Costas, la presencia de poderosos locales no uniformados realzan determinados casamientos y terminan de seducir a la familias a las que el Poder brinda semejante muestra de proximidad.

El célebre vals bailado por los novios con sus parientes directos se conserva, pero ahora se permite que la novia baile con amigos, vecinos e incluso clientes invitados, en una muestra de familiaridad impropia de los cánones locales de los años anteriores al inmenso error que fue el Mayo Francés y su eco en estas tierras.

Inmediatamente de finalizado el vals (que se vive como una concesión a las abuelas), un disc jockey de moda lanza a los invitados al frenesí de las danzas más vulgares que, a no dudarlo, todos conocen de la vida civil pero que debiera reservarse para la boîte de Vaqueros o para esos otros locales que, remedando a la Recoleta porteña, atruenan el aire cercano al primer Cementerio local.

Nunca se sabrá quien introdujo ciertos ritos groseros; como ese de mantear a la novia, que provocó la airada reacción de un padre tradicionalista, o como esa pasión por descamisarse a las 4 de la madrugada que comparten jóvenes y señores mayores. Atrás parece haber quedado el desprecio que los descamisados (y, sobre todo, el Primer Descamisado) provocaba entre los salteños exquisitos y excluyentes.

Tampoco se sabrá quién fue el primer audaz que convenció a su padre para que se enfundara un gorro que evoca a los carnavales de Venecia.

Todas estas modas, reñidas con las más frugales y sobrias tradiciones, se han impuesto en las bodas locales. Y no se piense que las familias esconden esto en la intimidad, decisión a la que tendrían legítimo derecho. Nada de eso, las revistas que recrean la vida social de Salta, están plagadas de señores sesentones (como quien esto escribe) que, incurriendo en un notorio ridículo que, además, puede dar lugar a interpretaciones malévolas, lucen sus calvas cubiertas de estos gorritos multicolores, adornados con cascabeles malsonantes.


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