Yo periodista

Imprimir E-Mail
Escrito por Luis Caro Figueroa, el domingo, 19 de agosto de 2007 (Ha sido leído 1600 veces)
La tendencia de los medios digitales de alcance global a "abrir" sus artículos a comentarios de terceros y -aun más- a dedicar espacios exclusivos para que lectores, más o menos anónimos, envíen sus crónicas de acontecimientos de actualidad, se enmarca en la dura lucha que estos medios mantienen con los denominados "espacios de escritura libre".

No se trata de una lucha por el tráfico, ni por los clics de publicidad, ni siquiera por la influencia o la supremacía periodística. Es una lucha por la verdad.

La prensa tradicional en versión digital se enfrenta al peligroso declive de su credibilidad, en beneficio de algunos weblogs que, a fuerza de hacerlo bien, se están convirtiendo en fuentes de información más confiables.

Pero todo tiene un límite: ni los blogs van camino de alcanzar el monopolio de la información transparente y veraz (porque ello les demandaría una reconversión casi total para acercarlos a los medios profesionales), ni estos medios van a poder atraer más que una cantidad limitada de 'periodistas espontáneos', a menos su objetivo sea hacer saltar por los aires la estructura profesional (laboral, sindical, de cualificaciones, etc.) en que se sustenta.

Por su inmediatez, pero especialmente por la facilidad de manejo de algunas de sus tecnologías más populares, Internet es capaz de poner mano a mano, en un plano eminentemente formal, a expertos de altísimo nivel con personas no tan expertas, y aquí radica el problema.

Porque si comunicar es una tarea que está, relativamente, al alcance de cualquiera, el tratamiento de la actualidad, con responsabilidad, con vocación de servicio público y debidamente contextualizado, parece, hoy por hoy, una tarea que sólo pueden acometer profesionales formados en ciertas disciplinas, que, a su vez, son portadores de ciertos valores.

Quizá forzando al máximo la analogía, cuando una persona ingresa a un hospital en situación crítica, lo primero -y quizá lo único- que desea ver a su alrededor son profesionales responsables. Nadie querría enfrentar la situación de encontrarse detrás de la puerta de una sala de urgencias con aficionados a la cirugía, con enfermeros vocacionales, con camilleros voluntarios, ni siquiera con limpiadores ocasionales.

En definitiva, que ninguna persona en esta situación vería con demasiada simpatía que el hospital fomentara que determinados entusiastas de la salud hicieran "changas", acogidos a un programa denominado "yo enfermero".

El ejemplo extremo recuerda mucho el caso -real, por cierto- de un estudiante que estando de visita en la sala de sacrificios del matadero municipal de Salta, pidió permiso al verdugo para tomar la maza y decapitar a un inocente vacuno por su propia mano. Con mucho tino, el permiso le fue denegado.

De la misma forma, cuando uno abre un periódico o una página web de un periódico serio sólo espera leer crónicas firmadas por profesionales y no ensayos de lectores voluntariosos (o de espontáneos que 'pidan prestada la maza'), porque, por mucha calidad que estos escritos atesoren, siempre nos dejan una dudosa sensación de provisionalidad.

El derecho a la libertad de expresión ampara, desde luego, a ambos: a profesionales y a espontáneos. Y la Internet puede hacer posible la pacífica coexistencia de ambas formas de expresión. Lo que no parece bueno ni positivo es que lo mezclemos todo y abramos los espacios profesionales a los aficionados y viceversa. La convergencia de la que hablamos en otro artículo supone aproximar ambos mundos a partir de herramientas comunes, pero no confundirlos del todo.

Desde luego, no hay en esta opinión ni la más mínima sombra de corporativismo ni una defensa de la intangibilidad o de la estanqueidad de la profesión periodística, porque, quien más, quien menos, conoce mi postura contraria a las regulaciones medievales que, bajo el disfraz de la defensa de las profesiones (y a veces del control deontológico), distorsionan la economía y privilegian anacrónicos intereses de casta.

Cuando aterriza el avión en el que viajamos, no sólo deseamos que el piloto esté inspirado sino que, además, confiamos en que sea piloto de verdad y no un entusiasta de los simuladores aéreos de la PlayStation. La información pública es algo tan importante y crítico como nuestra salud o nuestra seguridad aérea. Pensémoslo.
Más artículos de la categoría Economía y sociedad
 

Publicidad

Nuestros números




visitas acumuladas

Hay 5 invitados en línea
ok
eXTReMe Tracker