Las reglas del ascenso social en Salta (apuntes de un aficionado) (I) |
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Escrito por el lunes, 20 de agosto de 2007 (Ha sido leído 2279 veces) Es esta la primera de una serie de tres notas en las que el autor aborda la problemática de la movilidad social en Salta, entre la lejana fundación de la ciudad y el singular presente social y político. Las críticas, algunas despiadadas y otras despistadas, al Régimen que encabeza el actual Gobernador de la Provincia de Salta, se han centrado en tres aspectos: políticos (“el régimen es un verdadero Sultanato”); morales (“su base es la corrupción”); y sociales (“lejos de intentar abolirla, instrumentaliza la miseria”). Pero las pocas voces que se levantan en contra del poder hegemónico y de sus abusos, parecen ignorar las deformaciones sociales y culturales introducidas y asentadas tras largos años de control amplio de la opinión pública y de los resortes del Estado. El Régimen generó un estamento gerencial al servicio del vértice donde reside todo el Poder, mercantilizó buena parte de la actividad política y modificó la mayoría de las pautas que, de una u otra manera, encauzan la movilidad social en Salta. Sin embargo y no obstante su contundencia, el Poder no ha conseguido cerrar todas las vías alternativas de movilidad. Dicho en otros términos: Existen en la sociedad salteña pequeños segmentos que, aun en medio de las severas limitaciones que emanan del Estado absoluto, encuentran resquicios de libertad para respirar, crear, emprender, progresar y vincularse con el mundo. Esta nota pretende presentar, luego de un brevísimo repaso a la historia de la movilidad social en Salta, las pautas generadas e impuestas por el Régimen que gobierna, con mano de hierro, la Provincia. El ascenso social en la Salta conservadora Durante sus primeros 400 años, Salta fue una sociedad cerrada, en donde un conjunto de familias -estrechamente ligadas entre sí- fijó las pautas de comportamientos, administró el poder y la riqueza, y monopolizó el éxito. Sus líderes históricos, adscriptos a los principios en boga en la Europa cristiana, habían decidido qué estaba bien y qué estaba mal, qué era elegante, quienes pertenecían y quienes no, cómo debían ser los matrimonios, la educación de los hijos, el trato con sirvientes y peones, y las ceremonias de la muerte. Sus herederos cuidaron la herencia cultural, limitándose a aceptar uno que otro cambio de rango menor y, llegado el caso, a tolerar determinadas calaveradas de los más díscolos. El matrimonio, generalmente endogámico aun cuando eran socialmente aceptadas las bodas de niñas de buena familia con inmigrantes europeos, fue una de las principales vías utilizadas para consolidar patrimonios y fortalecer lazos dentro de una sociedad rígidamente segmentada. Sólo los muy enterados eran capaces de señalar en qué casos una boda (incluso entre parientes) representaba un ascenso dentro siempre dentro del estrecho círculo autocalificado de aristocrático. Algunos comerciantes de éxito, llegados -por ejemplo- desde la lejana Pontevedra, concretaron brillantes casamientos donde el amor (o lo que por entonces se entendía por tal) se unía a las recíprocas conveniencias, y fundaron linajes poderosos. El talento como vía de progreso solo funcionó, a cuentagotas, en el caso de abogados y médicos que, obviamente, debían poner sus saberes al servicio del círculo que, en gesto magnánimo y tácito, decidía acogerlos. La belleza femenina, en tiempos donde reinaban el recato, la proscripción de la concupiscencia dentro del matrimonio, y la función estrictamente reproductiva de la sexualidad, desempeñó un papel casi intrascendente en el fenómeno que aquí nos ocupa. La política, en tiempos del fraude o incluso bajo gobiernos que representaban a las versiones salteñas del radicalismo o del peronismo, no funcionaba como una herramienta capaz de abrir el círculo áulico a intelectuales brillantes, oradores eficaces ni a caudillos populistas. Las grandes decisiones y las magistraturas más relevantes permanecieron dentro de la órbita de las familias principales que, por cierto, veían en el nepotismo una virtud consustancial a los deberes de solidaridad entre parientes y una fuente segura de confianza y discreción. El dilatado reino de los salteños excluidos estaba conformado por el resto de los mortales que, por regla general, aceptaba la hegemonía cultural de las familias tradicionales; pocos eran los contestatarios y muchos los que optaban por imitar aquellas reglas y otros tantos los que prescindían de todo juicio respecto de algo que aparecía como un fenómeno casi natural. El origen familiar, el color de la piel, el ejercicio de determinadas profesiones innobles y las bastardías, que para la élite social salteña eran sinónimo de desaliño, suciedad, pobreza y opería genética, fueron algunas de las causas de segregación. (Continúa) Más artículos de la categoría Sociedad |





