Hegemonía y consenso en el nuevo orden internacional |
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Escrito por el miércoles, 16 de abril de 2003 (Ha sido leído 5986 veces) Hace seis años tuve la suerte de participar en la puesta en marcha de la carrera de Relaciones Internacionales en la Universidad Católica de Salta. Durante un periodo, breve pero intenso, me ocupé también de la dirección de estos estudios, tarea que intentaba compaginar con mi responsabilidad como decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas de aquella Casa. Esa etapa de mi vida profesional y académica, que recuerdo con mucho cariño, me permitió entrar en contacto con un grupo de entusiastas jóvenes salteños. Con ellos compartí largas horas de reflexiones acerca del contexto internacional, en el marco de las clases de Teoría Política que por entonces impartía. Además de su curiosidad intelectual y del empeño por obtener su reconocimiento dentro de una institución conservadora y localista, de aquel grupo rescataría especialmente su deseo de descifrar el mundo en que vivimos y su voluntad de abordar la enorme complejidad del universo de relaciones políticas transnacionales desde el conocimiento científico, pacientemente construido, en un ambiente libre de apriorismos ideológicos. He vuelto la mirada sobre aquella experiencia universitaria a propósito de un buen artículo publicado por Mario Vargas Llosa en la edición dominical del diario El País del pasado 13 de abril de 2003. En él, el novelista efectúa un repaso de las ideas recogidas por Robert Kagan -antiguo funcionario del Departamento de Estado norteamericano- en su reciente libro Of Paradise and Power. El comentario de Vargas Llosa me ha traído a la memoria algunos de los debates que solían producirse en aquellas clases, propiciados seguramente por mi -a veces exagerada- inclinación a valorar los fenómenos políticos desde una perspectiva eurocentrista. Esta inclinación, que por entonces consideraba yo una virtud frente a la tentación de abordar aquellos fenómenos a través del prisma del localismo, solía encontrar límites en la postura seguramente más realista de mis alumnos, que de tanto en tanto, aprovechaban para poner las cosas en su lugar. Explica con claridad Vargas Llosa que, según Kagan, Estados Unidos y Europa Occidental mantienen actualmente visiones radicalmente diferentes del mundo y de la política y que, por ello, es una ficción seguir sosteniendo que existe entre ambos una comunidad de valores e intereses semejante a la que los unió cuando se enfrentaban a Hitler y al nazismo. Los antiguos socios han seguido caminos diferentes desde la segunda posguerra, ya que mientras Europa habría escogido la vía de la negociación, el apaciguamiento y el multilateralismo, en busca de un mundo de paz y de legalidad según la previsión kantiana, los Estados Unidos se han decantado con claridad por la práctica activa de una «política de poder» (llamada por Kagan, hobbesiana), basada en el poderío militar y en la consecuente aspiración de construir un orden internacional conveniente a sus intereses. El reciente conflicto bélico en Irak y sus secuelas han puesto de relieve, aún más si cabe, esta fractura entre los dos grandes poderes del mundo occidental. En el momento en que escribo estas líneas, un canal de noticias norteamericano retransmite una patética comparecencia de George W. Bush. En ella, el presidente de los Estados Unidos anuncia, sonriente y rebosante de confianza, el resultado oficial de la victoriosa campaña militar en el desvastado Irak, acusando al mismo tiempo a Siria de poseer armas de destrucción masiva. Un gesto que muchos interpretan como el preludio de una nueva acometida militar. Al mismo tiempo otro canal -en este caso europeo- retransmite en directo desde la Acrópolis ateniense la ceremonia de firma del Tratado de Adhesión de diez nuevos países a la Unión Europea, la mayoría de los cuales pertenecían a la órbita de los antiguos países prosoviéticos. Los mensajes son, pues, muy claros: mientras los Estados Unidos no vacilan en ratificar su «política de poder», apostando por su fuerza y su vocación intervencionista, Europa -aunque en cámara lenta- ratifica su opción por el consenso, la paz y la negociación permanente. La «vieja Europa» -como la llamara despectivamente Colin Powell luego de comprobar el pobre resultado de sus esfuerzos diplomáticos por sumar apoyos a sus planes de invasión de Irak- reacciona con serenidad y madurez a los desafíos lanzados desde el otro lado del Atlántico. Con su ampliación a veinticinco miembros, Europa cierra la fractura impuesta tras la Segunda Guerra Mundial, en un momento en que los Estados Unidos parecen deleitarse con el hallazgo de nuevos abismos entre pueblos y culturas. Europa da la bienvenida a sus nuevos miembros en un clima de algarabía histórica que algunos comparan ya con la caída del Muro de Berlín. Las discrepantes políticas en el seno del bloque democrático occidental nos enseñan que la defensa de los valores como la libertad, la justicia o los derechos humanos tiene, cuando menos, dos formas de ser llevada a la práctica. Nos enseña también que en la política internacional, así como en la interna o en la vida misma, influyen decisivamente los rasgos de personalidad o de carácter de los individuos que deben tomar las decisiones y que son precisamente estas características personales las que impiden predecir, con aceptable aproximación, el curso de los acontecimientos en el campo de las relaciones internacionales. Muchos recordamos todavía las palabras pronunciadas por Robin Cook, ex ministro de Exteriores del gobierno laborista inglés, en el sentido de que de haber ganado las elecciones Al Gore, el mundo viviría hoy un escenario internacional sustancialmente distinto. Qué duda cabe que el mundo de hoy se parece bastante poco al que intuíamos tan solo seis años atrás en los debates universitarios. Pero de esta nueva configuración internacional que asoma tenemos que muchas cosas que aprender y conclusiones que extraer. Una de ellas, que en democracia, la selección de los líderes es un proceso crítico que muchas veces aparece eclipsado por los automatismos electorales -que algunos consideran la consumación del proceso democrático- y por las campañas electorales que son la traducción política de lo que en las relaciones de mercado se denomina «publicidad engañosa». Otra conclusión, quizá más importante que la anterior, es que la desproporcionada fuerza militar de los Estados Unidos -que es la base de su hegemonía- está conduciendo a la creación de un nuevo Derecho Internacional que, lejos de basarse en el consenso, apunta a exagerar los rasgos unilaterales de la hegemonía. Una hegemonía que, de momento, es legítima por el liderazgo moral de los Estados Unidos pero que pronto dejará de serlo a causa de la megalomanía de su presidente y su desprecio por el consenso, tal y como lo han puesto recientemente de manifiesto las autorizadas opiniones de Bill Clinton y Jimmy Carter, que ven en las acciones de Bush el mayor riesgo para su país y para el mundo que los Estados Unidos pretenden liderar. En vísperas de una nueva elección presidencial en la Argentina, quisiera finalmente que mis antiguos alumnos -a quienes imagino convertidos ya en expertos internacionalistas- reflexionasen acerca del papel que juega y ha de jugar nuestro país en los cambiantes escenarios internacionales y sobre las opciones existentes en materia de política exterior. Que valoraran cuál de las opciones electorales propone, más o menos abiertamente, un seguimiento acrítico de las «política de poder» de los Estados Unidos y cuál de aquéllas se inclina por el multilateralismo y la negociación como estrategias centrales para el mantenimiento del equilibrio y la paz internacionales. Quisiera transmitir a mis alumnos, desde mi renovada vocación europea -que vuelvo a ejercer in situ, en parte gracias a ellos- el deseo de que mis compatriotas expresen en las urnas un rechazo contundente a aquellos líderes cuyo único talento conocido es la habilidad para los juegos de poder (que los salteños conocemos muy bien) y a los que desprecian el consenso y la negociación que surge de la diversidad de ideas y del respeto por el diferente. Más artículos de la categoría Política y gobierno |






