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Añoranzas (El hombre es tierra que anda)

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Escrito por Carlos Vázquez Iruzubieta, el martes, 28 de agosto de 2007 (Ha sido leído 1698 veces)
El que se ha ido sin regresar, añora porque no vuelve. Unos, al no poder disfrutar de los buenos momentos que se guardan en la memoria; otros, a causa de los recuerdos gratos de episodios que no se olvidan y se quiere revivirlos; se añora también a los amigos, a los familiares... la nostalgia tiene muchos rostros, tantos, como nostálgicos. Esto vendría a suponer que añorar es algo que no supera lo estrictamente personal y que la psique atornilla a cada cual donde más le duele.

El hombre es tierra que anda
El hombre es tierra que anda
A veces la nostalgia asoma como un sentimiento; otras, como una sensación casi carnal. Sufre el alma y sufre el cuerpo. La sensación recorre todas “las fibras” del ser y produce desazón, encantamiento dulce y doloroso. En fin,... sentimientos queridos y a la vez rechazados. No obstante, la nostalgia debe tener algún componente que se escape de lo puramente personal para mostrar otro rostro: el de la objetividad. Los nostálgicos añoran a placer según sea su propia significación personal mas, todos deben tener y de hecho tienen factores comunes que no se muestran tan claramente como los psíquicos, simplemente porque escapan de la captación de los sentidos.

Los niños se olvidan pronto de lo que tienen que añorar. En realidad, a menos edad, menos añoranzas. La explicación primera es que ello se debe a que no han almacenado en la memoria el material suficiente como para producir ese extraño sentimiento de querer estar donde no se puede por la razón que fuere, pues de lo contrario se estaría allí. Sin duda que la memoria es un factor a tener muy en cuenta pero no es la causa de la nostalgia sino su motor. Como si diríamos que un automóvil se desplaza gracias al motor, pero que el motor no es el automóvil pues, sin “todo lo demás” que conforma el vehículo, el motor funcionaría pero no se desplazaría.

La edad va recogiendo episodios, inter-acciones y se van acumulando en la memoria desde donde las hacemos resucitar como recuerdos. Es decir, que para que un recuerdo regrese es preciso activar la memoria, desde donde lo traemos de nuevo a nuestra conciencia. Ese “traer de nuevo” es una forma pasiva del conocimiento si la comparamos con la adquisición de nuevos conceptos. Porque todo lo que activa nuestra conciencia es un conocimiento, de segundo grado, si se quiere, pero conocimiento al fin. Si conocer es poner en contacto voluntario o involuntario a lo manifestado frente a los sentidos que lo captan, el recuerdo que a veces encadena algunas circunstancias presentes, hacen revivir los recuerdos que regresan en forma de conocimiento y a medida que el tiempo va desfigurando los contornos de tales recuerdos, el conocimiento de ese episodio desvaído, es conocido de forma distinta a cómo se produjo en realidad en la vida personal.

Toda esta mecánica psíquica no explica, sin embargo, por qué se recuerda, por ejemplo, un paisaje en el que nada aconteció. Ese verdor intenso de un verano terminal, por ejemplo, contemplado por unos instantes en soledad; o la fachada artísticamente decorada con esculturas de piedras como los bajo relieves de una catedral gótica, otro ejemplo. En fin,... que no solamente se recuerdan episodios de inter-acción social con personas que nos causaron alegría o pesar, sino simplemente paisajes. Ese recuerdo puede abrir la brecha de la nostalgia tanto o más que una grata reunión de amigos.

La explicación que a nosotros nos convence tiene que ver con dos temas: el de la reencarnación y el de la mente y el corazón. Si comenzamos con la reencarnación habríamos de recordar lo que tenemos ya explicado en un estudio anterior que hemos titulado Lo que se va y lo que regresa después de la muerte en la web www.revistahermetica.org, donde se recuerda que la reencarnación tal como se entiende en Occidente proveniente de alguna rama heterodoxa del hinduísmo y algún pensador griego, que jamás ha tenido recepción en ninguna de las doctrinas sagradas ni principios metafísicos de Oriente, porque tal teoría del estado póstumo humano es un absurdo que el intelecto rechaza sin reservas. No repetiremos aquí los argumentos allí expuestos. Sólo nos limitaremos a dejar sentado que lo que es la personalidad o “Sí Mismo” del ser humano, lo que se podría identificar con el alma del ser, no regresa jamás para introducirse en otro cuerpo para volver a vivir. Simplemente trasmigra a su fuente, como el espacio contenido dentro de una jarra retorna a su fuente cuando la jarra se rompe. No es que había dos espacios; siempre hubo uno solo porque Uno es el espacio. Lo verdadero es que el espacio de la jarra estaba limitado por las barreras materiales del objeto mas, ni había dos espacios, ni dos partes de un mismo espacio.

En cuanto a los otros dos componentes del ser humano; es decir, la psique y el cuerpo, ambos se disuelven en la Creación porque son mortales, a diferencia del alma (la personalidad o ātman) que es inmortal. Al ser de distinta “naturaleza” (nos permitiremos esta expresión), su destino es diferente cuando sobreviene el estado póstumo del ser. El alma, como dijimos, trasmigra a su origen, sin premio ni castigo porque en la Eternidad los principios morales no tienen “existencia”; si la tuvieran, tendríamos que admitir que Dios o el Ser Supremo actúa conforme las reglas morales impuestas por el hombre y que por lo tanto son distintas en cada época histórica o región del planeta. El cuerpo mortal, se corrompe por la tierra, el agua o el fuego, y retorna a la Naturaleza de la que nunca salió. La psique se diluye en el pneuma no-manifestado.

El fenómeno que se produce con el componente denso del ser humano tras su muerte es la metesomatosis o sea, la vuelta a la Naturaleza en forma de “abono” de la tierra y a través de sus nutrientes a los vegetales y animales que los metabolizan y algunos de sus restos quedan en ellos y otros son evacuados para repetir el breve ciclo de la constante renovación y movimiento de todo lo creado. Estos residuos vuelven a los seres humanos vivientes y al adherirse a ellos, van colmándolos de las cualidades singulares de esa tierra donde viven almacenando recuerdos y sin saberlo, exigencias sensoriales de la tierra misma, sin ningún aspaviento psíquico. Sólo tierra, de la que todo ser humano participa porque la lleva dentro de sí, como un elemento denso de su ser. Dicho con más crudeza no menos cierta: el ser humano lleva en sí jirones de la tierra donde vive y de la que absorbe sus singularidades. Esto explica por qué razón los que vivieron en ciudades o pueblos de pescadores añoran el mar y no las montañas que, por el contrario, son añoradas por la gente de tierras mediterráneas. No es un simple guiño de la psique que actúa sobre el almacén de la memoria. Es la tierra que se come y que se bebe durante muchos años lo que está reclamando el regreso del hijo pródigo. En esto no hay psique ni alma; lo que hay es pura materia que como en un tiovivo no deja de girar con un movimiento que se inició en la noche de los tiempos.

En cuanto a la metempsicosis, es algo diferente. El retorno de lo que se ha disuelto en el espíritu de la Creación que se puede identificar como el pneuma, actúa sobre los seres vivientes de otra manera. En el caso de la metesomatosis, el ingreso de sus residuos en los vivientes opera de modo automático, sin intervención voluntaria del cuerpo receptor y sus efectos no son advertidos sino cuando se rompe esa unión entre la tierra y el ser humano que la lleva adentro por la metesomatosis. En el caso del componente psíquico, las cosas operan de tal manera que el fenómeno está regido por las condiciones del ser receptor y la calidad de los residuos de la acciones del decedido.

Los residuos de las acciones psíquicas que regresan a la tierra para incorporarse mediante adherencias a las psiques de los vivientes, lo hacen con diferente intensidad según sean las condiciones propias de cada receptor; los hay más influenciables que otros, por decirlo de alguna manera, y ello produce a lo largo de la vida una serie de cambios en los comportamientos y puntos de vistas de cada ser, cambios que no siempre son explicables con argumentos suficientemente admisibles, ni siquiera los de los psicólogos. Cuando las adherencias se producen en el seno materno, los hijos de unos mismos padres ostentan diferencias de caracteres de tal grado, que no parecen hermanos. Ello influye pero no de manera decisiva porque todo está dependiendo en lo esencial a los factores hereditarios que rigen la palingenesia.

La palingenesia influye en la nostalgia de manera sutil como es apropiado a su naturaleza mas, lo que empuja a la sensación corporal de volver son los residuos somáticos que requieren reunirse consigo mismo, recortando la distancia que separa los misterios densos de la tierra con uno de sus seres, que abandonó su sitio para radicar en otro donde tales residuos corpóreos le son extraños a la individualidad del emigrado. No en vano los aborígenes de América siempre rindieron culto a la Pacha Mama. En la Gran Tríada taoísta, el hombre como único intermediador entre el Cielo y la Tierra, desempeña un papel de importancia en la interpretación de esta metafísica tan extraña para los occidentales y tan desconocida. Esa mediación es mucho más que un simbolismo de la totalidad de la Creación porque el hombre se aferra con más ahínco a sus cualidades en la medida que hunde como una raíz su ser en la densidad de la Tierra y eleva a un mismo tiempo con devota ansiedad su espíritu en las profundidades del Cielo.

Hay, pues, en toda nostalgia, un componente sutil que nace en la psique y otro denso que atrae al emigrado con una sensación material que se manifiesta como una fuerza que le exige al hombre reunificar las cualidades corpóreas de la tierra que peregrina en él, con la que se mantiene firme en el sitio donde nació y vivió mucho tiempo antes.

Aplicando la metafísica hinduísta de Brahma-Sūtras y las Upanishad, ésta podría ser la aceptable explicación de la nostalgia de los que emigraron y sueñan con regresar a su tierra de origen. Desarrollando la concepción védica del estado póstumo del ser individual, es posible encontrar una comprensión objetiva de esa nostalgia, dejando de lado lo estrictamente psicológico, que tiene también su incidencia en el tema, por supuesto, pero que por su subjetividad nos resistimos a darle tratamiento ya que no hay ciencia del accidente, dijo Aristóteles.

Dice la letra de una canción folklórica argentina: “El hombre es tierra que anda”, frase poética y al mismo tiempo metafísica, que sintetiza a la perfección la esencia de este estudio.


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