Realidad local y crítica social

Imprimir E-Mail
Escrito por Gregorio Caro Figueroa, el miércoles, 07 de agosto de 2002 (Ha sido leído 7986 veces)
Si la experiencia histórica reciente no hubiera refutado la simplificación y el optimismo contenidos en la hipótesis respecto al casi inevitable proceso de transición desde la sociedad tradicional a la moderna, podría decirse que, con lentitud y dificultades, nuestras sociedades periféricas del Noroeste argentino están soltando amarras con sus rasgos tradicionales aunque sin poder asirse, sólida y plenamente, a lo moderno.

 Los manchones de modernización apenas salpican la superficie de nuestro vasto territorio dominado, todavía, por el atraso económico, la marginalidad social, el caciquismo y el clientelismo políticos, la precariedad legal, la debilidad ciudadana, el raquitismo educativo y cultural, y la cerrazón mental. Aún sin ignorar los cambios producidos en el último medio siglo, podemos afirmar que estamos frente a una modernización insular, fragmentaria, aparente y epidérmica, más parecida a un implante ortopédico que a una transformación abarcadora, consistente y profunda.

Del mismo modo, al cabo de casi dos décadas de rodaje, la democracia no sólo no ha superado su estado incipiente sino que se ha debilitado, al estar identificada con políticos que en estos veinte años han obturado su renovación y su crecimiento. Al igual que esa modernidad incompleta, nuestra democracia también fue sometida a la misma insularización, quedando reducida a una rutina electoral cada vez más vacía y en cuyo cumplimiento ritual parece agotarse.

Sin incurrir en pecado de anacronismo y sin caer en exageraciones para usos polémicos, podemos decir que esta democracia insuficiente, antes que remover los supuestos de la nuestra secular mentalidad de sociedad estamental, prefirió yuxtaponerse a los remanentes de esa mentalidad más mítica que crítica, los del orden tradicional donde la autoridad se obedece o no se obedece pero no se cuestiona, y las creencias e ideas heredadas se suscriben sin ser jamás sometidas a la prueba de la crítica sistemática y racional. En este tipo de sociedades, donde prevalecen las simples descripciones y las visiones autocomplacientes y emotivas y se sacraliza la memoria, no se practica "ninguna comparación, clasificación, análisis y abstracción habitual y no habitual".

Por el contrario, una sociedad avanza en su proceso de modernización cuando es capaz de plantear preguntas acerca de sus opciones morales, sociales y personales. "El problema de la opción es esencial para el hombre moderno (...). Ser moderno significa ver la vida como un conjunto de preferencias alternativas y opciones", lo cual supone racionalidad y discrepancia acerca de las preferencias. "El debate y la discusión son, por eso, características de la modernidad. En realidad, para mí son sus condiciones críticas mínimas"(1). Con mayor contundencia Octavio Paz afirma que "La modernidad es el reino de la crítica".

Pero si nos ajustamos a una interpretación tan lineal, es posible que el carácter incompleto de esa modernidad nos paralice al momento de ejercer el derecho a la crítica. ¿Acaso no somos modernos porque, entre otros muchos factores, carecemos de crítica social? O, por el contrario: ¿es que no tenemos crítica social porque no accedimos a la modernidad? Si bien la crítica social es una condición y una creación de la modernidad, y también una expresión de ella, sería un error plantear un orden de precedencia rígido.

Precisamente el carácter incompleto de nuestra modernidad se convierte en un poderoso estímulo para la crítica la cual, a su vez y ante la crisis que ello provoca, actúa de igual modo, interrogándose sobre ella y poniendo de relieve tales insuficiencias y malformaciones.
El descontento y la queja común, si bien no deben ser confundidos con la crítica, tampoco deben ser desvinculados totalmente de ella. La queja es una condición de la crítica y ésta de aquella se deriva. Pero esa queja, para transformarse en crítica y sin romper con ella, necesita adquirir rigor, profundizarse y elevarse "a un nuevo grado de intensidad y poder de argumentación" (2).

El crítico no se sumerge en el torrente de la queja común, no es un mero reproductor o vocero de esa queja: es un especialista o un profesional de ella. Tampoco se aparta de su gente, de su lugar y de su época. Pero el crítico pone una distancia crítica que "se mide en pulgadas". Se sitúa al costado, pero no afuera.

Ha dicho Octavio Paz que la crítica, o más bien su escasez o carencia, "es el punto flaco de la literatura hispanoamericana". Pero la flaqueza que Paz advierte en el campo literario va más allá de tan acotado terreno: se extiende a todo el campo cultural, atraviesa lo social e incluye a lo político.

Por otra parte, se podría decir que si de algo podemos jactarnos es de una supuesta abundancia de críticos, de indignados fiscales morales y de intelectuales generalistas. Pero para ajustar esos tan optimistas cálculos, habrá que decir que en América latina el crítico ha sido confundido con el propagandista, con el polemista o con el apologista al servicio de un partido o de un grupo que busca o detenta poder. Más, el crítico social genuino es el que "busca la verdad a expensas de sus propias conexiones familiares y cívicas".

La reciente aparición en Salta de una serie de textos cuyo propósito declarado es intentar una comprensión de la realidad provinciana, "desencantando el mundo lugareño de mitos", se inscribe en una voluntad de construir nuevos mitos destinados a conferir legitimidad al poder establecido a partir del diseño de modelos o proyectos de ingeniería social, dotados de una fuerte carga dogmática, ideológica e instrumental, cerrados, no abiertos ni sometidos a discusión.

Tenemos que preguntarnos si esta ausencia o debilidad del trabajo crítico en nuestra tradición cultural no constituye, a su vez, un fuerte impedimento, tanto para advertir de esa carencia como para poder intentar superarla. La crítica social "debe ser entendida como uno de los subproductos más importantes de una actividad más amplia, a la que podemos llamar la de la elaboración y la afirmación cultural". Parafraseando a Todorov podemos decir que la crítica "no es un apéndice superficial" de la cultura; es su sostén necesario (3).

Lo que nos proponemos demostrar aquí es que, pese a su carácter marginal, fragmentario, esporádico e irregular, se puede detectar en Salta una tradición crítica apenas conocida y menos valorada en sus fértiles aportes. Una cultura y, dentro de ella la crítica social, se construyen desde la memoria no desde la amnesia.

Si la crítica está en el centro de una cultura, la memoria está en el corazón de la actividad crítica. Aunque la crítica "se orienta al futuro" no es menos cierto que ella se nutre de memoria pero no impulsada por una bulimia de mero recuerdo engañoso, teñido de imágenes, de imaginación y de afectividad. Tampoco lo hace impulsada por el simple deseo de acopiar datos desordenadamente, sin criterio selectivo y sin propósito interpretativo. La memoria de la crítica no es cualquier memoria, individual o colectiva: es, por definición, es el ejercicio de un trabajo crítico sobre la memoria.

Si alguna justificación tiene la tentativa que inicié hace 35 años, es haberla orientado a llamar la atención sobre la necesidad de ensanchar nuestra angostura cultural y sobre la importancia de la crítica, pero sin confundirla ni con la exhumación y acopio de datos, ni con el propósito de "inventar" o exagerar el caudal de nuestra tradición crítica local y regional a la que algunos, por desconocimiento, dan por irrelevante o por inexistente. El interés por la preservación de los soportes de esa memoria (sea individual o colectiva), excede el legítimo afán de anticuarios y conservacionistas.

Para alcanzar una conciencia crítica de la sociedad local, para tener una idea o un conjunto de ideas bien fundadas sobre la identidad común y sus posibilidades de desarrollo, son necesarios dos elementos complementarios: los inventarios y el ejercicio de la crítica social. Sin los primeros la crítica podría convertirse en retórica, en campo de experimentación ideológica o en mera descarga de malhumor. Es que, como bien explicó Lawrence Stone, "la indignación moral no es una ayuda para pensar con lucidez ni para comprender con simpatía el pasado". Sin la segunda, aquellos no dejarían de ser meros ficheros desprovistos de significado y poder transformador.

A sabiendas del riesgo que implica toda contundencia, podemos decir que el ensayo es el género donde, con mayor comodidad y mayor rigor, se expresa la crítica social. El ensayo, dice Francisco Jarauta, "es la forma crítica por excelencia" (4). Despojado de los chalecos de fuerza de los sistemas, ajeno a los itinerarios rígidos y lineales, consciente de su carácter provisional y experimental, de su interés por abordar la complejidad y dispuesto a provocar el cruce de los reflectores de varias disciplinas. El ensayo es, también, una suerte de sinfonía inconclusa.

Pero incurriríamos en un imperdonable error si redujésemos la crítica al ensayo, dejando de lado las otras variadas formas en que ella se manifiesta. Siguiendo a Walzer podemos decir que las principales formas que asume la crítica social son: la censura política, la denuncia moral, el cuestionamiento escéptico, el comentario satírico, la polémica, la denuncia, la exhortación, el panfleto, la profecía airada y la especulación utópica.

La crítica social no se presenta sólo ataviada con la solemnidad del ensayista o de aquel "que articula en el nivel de la teoría lo que ya está en la queja común". Aunque muchas veces aparece como destellos fugaces encendidos por fuertes intuiciones no profundizadas, nuestra corriente de crítica social local es tan caudalosa como invisible.

Una parte de ella está aún dispersa en publicaciones periódicas efímeras y de difícil acceso. Aquella otra, la crítica ágrafa, se derramó durante largas charlas de las ya desaparecidas tertulias de café; fue barrida por el viento. Una tercera es aquella crítica que - por presiones del medio local o por decisiones personales - jamás fue enunciada, quedando amurallada en el silencio íntimo de la conciencia Por fin, otra se volcó en ensayos poco conocidos, cuyo provisorio inventario intentaremos aquí.

Transcurridos más de treinta años de su elaboración, hasta hoy, el inventario más completo de la producción literaria en Salta sigue siendo el de Walter Adet. De los 129 autores que incluye en su libro "Poetas y prosistas salteños", 86 son poetas y 38 prosistas, de los cuales sólo cinco pueden ser considerados ensayistas. Es decir, que el ensayo sólo ha sido abordado por menos del 4 por ciento de nuestros escritores.

Ese escaso interés se refleja en la reducida producción escrita fenómeno que expresaría, en parte, el poco interés social por la crítica. En Salta, hasta hace pocos años, el ensayo no estaba incorporado a los concursos de producción literaria ni eran considerados como escritores quienes cultivaban ese género. Pero si ésta es una característica local que excede ese estrecho marco y se presenta como un rasgo regional, intentar comprender este tardío interés por la crítica y el ensayo requiere de un marco de referencia regional, necesario para emprender cualquier búsqueda de explicación y de sentido.

La literatura de Salta, más que aislada, está vinculada e integrada a la de la micro región del Noroeste argentino la cual es, a su vez, un desgajamiento del tronco principal de la cultura andina y una parte periférica o marginal, pero constitutiva, de ese todo metropolitano,rioplatense o argentino, advierte Zulma Palermo (5).

Alguna vez habrá que establecer por qué, entre nosotros, los vientos andinos que soplaron e influyeron aquí fueron los de César Vallejo o Pablo Neruda, sin que hubiere un mínimo acuse de recibo del ensayismo - ideológicamente comprometido - de José Carlos Mariátegui. Habrá que preguntarse por qué la influencia española llegó solo de la mano de García Lorca o de León Felipe, con olvido de ensayistas del '98 como Joaquín Costa cuyo libro "Oligarquía y caciquismo" podría arrojar luces sobre para comprender las raíces históricas de nuestro atraso. También habrá que establecer por qué la confraternidad que se dio entre los poetas de "La Carpa" no se extendió a la recepción local de las preocupaciones ensayísticas de Canal Feijóo.

En su libro "Geografía intelectual de la República Argentina" (Tucumán, 1921), luego de adjudicarse el título de "crítico de profesión", Alfredo Coviello (1898-1944) escribió: "Haré notar que hace algunos años no existía ningún crítico no diría profesional sino más bien habitual en todo el Norte del país". Los comentarios bibliográficos eran rarísimos y tampoco había información sobre la producción cultural argentina, añade.
"La crítica, afirma Coviello, es una función importantísima en el desarrollo del medio cultural que está lejos de alcanzar su plenitud. Quizá la crítica es el instrumento más eficaz para fomentar el florecimiento de la literatura, de la poesía, de la filosofía". La mayoría de los escritores del Noroeste argentino consideran a la crítica como una labor secundaria, "de carácter despectivo a veces".

Coviello distingue las características de la crítica periodística, interesada más en un abordaje superficial de lo inmediato, y la crítica de fondo cuyo interés está puesto en temas de mayor calado los que son objeto de un tratamiento más cuidadoso y profundo. Llama la atención respecto a la crítica permanente negativa y demoledora a la que llama "preconcebida" o de "combate" y a la que caracteriza como "crítica de incomprensión". El crítico, señala anticipándose medio siglo a Walzer, debe tomar distancia y no ceder a sus intereses personales.

Pero Coviello no se limitó a cuestionar esa crítica superficial: produjo productos críticos de primera calidad no sólo en sus libros sino en las iniciativas culturales regionales que impulsó desde Tucumán. Ellas son: haber elevado al rango de cátedra del pensamiento argentino de su época el ámbito de la Sociedad Sarmiento (la más importante biblioteca pública del Noroeste del país); la publicación de la revista "Anales" y, sobre todo la cuidada edición entre junio de 1939 y diciembre de 1946 de los 17 números de la revista "Sustancia" y la creación de la página cultural dominical del diario "La Gaceta".

Retornemos al inventario. Cualquier intento de confeccionarlo debe rechazar el atajo fácil, pero engañoso, de identificarlo con un prolijo listado de libros. El libro no ha sido el espacio preferido por la crítica social y, tampoco, por el ensayo. Quien se proponga encarar semejante empresa deberá hacerlo munido de la voluntad, la paciencia y las herramientas propias del arqueólogo. 

Deberá hacerlo así porque nuestra crítica social se encuentra dispersa en publicaciones periódicas, en papeles sueltos y también, de modo más o menos encubierto, entre las líneas de nuestra producción literaria más conocida, pero con escasas lecturas de ojos puestos en su aspecto crítico.

Ningún inventario deberá soslayar, y en el que elaboro desde hace un par de años tampoco, la fatigosa búsqueda en nuestras maltratadas y desvastadas hemerotecas. No podrá eludir, y sí identificar como un hito más que cronológico, a "La Revista de Salta", la primera publicación periódica que vio la luz en Salta de la mano del joven Hilario Ascasubi. Tampoco podrá ignorar por su condición de no-salteño al boliviano Pablo Zubieta, autor de la primera crítica social al "Martín Fierro" de Hernández y precursor de la reivindicación de la emancipación de la mujer. Ni pasar por alto el sentido crítico de la revista "Güemes" de Benita Campos, saludada por un lector, al aparecer su primer número, como precursora de la crítica dentro de un medio más proclive a la contemplación y exaltación del paisaje que a la reflexión y el cuestionamiento.

En este primer inventario que preparo incluyo los aportes de Moisés Oliva, Joaquín Castellanos, Bernardo Frías, Carlos Ibarguren, María Bertolozzi, Juan Carlos Dávalos, Carlos Serrey, Manuel R. Alvarado, Ciro Torres López, ni desdeñar la poesía satírica y la parodia histórico-numismática de Nicolás López Isasmendi. Llegando al siglo XX tendrá que reconocer, sobre todo, a los dos primeros salteños que cultivaron el género del ensayo y reflexionaron sobre él.

El primero es José Edmundo Clemente, nacido en Salta en 1918 y residente en la ciudad de Buenos Aires desde su juventud. Clemente publicó una de las escasas reflexiones sobre este género. Lo hizo en el estudio preliminar de la antología "El ensayo", editado en 1961 por Ediciones Culturales Argentinas, presentando una selección de ensayos clásicos argentinos con enfoques sociológicos, literarios y filosóficos. Leer ensayos fue su "ocupación favorita", refiere Clemente quien define a aquel como un "género dialogante, polémico", además de solitario, investigador, definidor y abstracto. El ensayo jamás distrae, preocupa, explica. Es su intención divulgadora la que "le impone un estilo terso, llano".

Nacido en Salta en 1906 y muerto en esta misma ciudad en 1993, Roberto García Pinto debe ser considerado como nuestro primer intelectual que consagró toda su producción al ensayo. Por ese mismo desinterés nuestro por la crítica y el ensayo, a García Pinto no se le ha leído o se le leyó poco y mal y, hasta ahora, no se le valoró ni reconoció como amerita su importante obra. Sus primeros ensayos se publicaron a lo largo de más de medio siglo, entre 1939 y 1980. En 1961 publica once de sus trabajos en "Autores y personajes. Ensayos sobre la realidad y la ficción" (Cuadernos de Humanitas número 5, Tucumán). Esos trabajos, dice García Pinto, "tomaron la forma de la monografía o el ensayo breve". En 1984 en su libro "Desde el mirador austral", insistió en situar su obra dentro del ensayo: "La variedad de los temas es propia del ensayo", explica en este volumen que, como en todos los suyos, reparte su interés entre la literatura, la historia y la filosofía y los temas regionales, argentinos y universales.

De 1984 es también "Isis o la literatura del Norte argentino". Esta obra, dedicada a la memoria de Bernardo Canal Feijóo, reúne media docena de "ensayos crítico-bibliográficos" referidos a Joaquín Castellanos, las "Tradiciones Históricas" de Bernardo Frías; Juan Carlos Dávalos; Federico Gauffin como novelista del Chaco, la obra literaria de Daniel Ovejero, un bosquejo bibliográfico, además de una antología de textos de esos autores, cartas cruzadas entre Dávalos y Manuel Gálvez y un vocabulario de regionalismos. A fines de 1989 en "Al paso de las ideas" recoge algunos de sus primeros ensayos referidos a Rimbaud, Spengler, Chateubriand, Tocqueville, Ortega y Gasset y las ideas orteguianas para concluir con semblanzas de Indalecio Gómez y Luis Güemes.

Aunque situado en el campo de la poesía, a Raúl Araóz Anzoátegui (Salta, 1923), le está reservado un lugar propio y relevante dentro de la crítica social. El carácter "no visible" del ensayo y lo disperso de su contribución crítica relegaron sus ensayos a un segundo plano de su obra. La publicación de su libro "Por el ojo de la cerradura" (1999) hace visible este aporte y, al hacerlo, permite revalorizarlo. La obra recoge su ensayo sobre "La Carpa" (1948) pasando por dos notables aportes como son "Los escritores argentinos y la incomunicación" (1960) y "Salta, el hombre y su querencia" (1966), para concluir con los dedicados a María Elena Agudo y Guillermo Orce Remis, ambos de 1998.

Acierta Zulma Palermo cuando observa que "Las voces adelantadas de los poetas encontrarán su complemento narrativo a partir de los '70, cuando la circulación del libro y la experiencia histórica de la sociedad en su conjunto impregnen el imaginario social y den lugar a la circulación de otros discursos que el que la tradición localista ha venido imponiendo" (6).

Si la crítica es diálogo, como afirma Todorov, la ausencia o la insuficiencia de crítica en Salta se explica, en parte, por "nuestra salteña incapacidad de dialogar", por nuestra "ineptitud para el diálogo" (7). Así como no hay modernidad sin crítica, la crítica no es posible sin diálogo. Una modernidad sin crítica y una crítica sin diálogo son edificios con pies de barro. Al serlo, ambos están condenados primero, a ser parodias de modernidad y de crítica y, luego, a desmoronarse.

------------------
(1) David E. Apter: Política de la modernización. Editorial Paidós. Buenos Aires. 1972, página 28.
(2) Michael Walzer: La compañía de los críticos. Intelectuales y compromisos políticos en el siglo XX. Editorial Nueva Visión. Buenos Aires, 1993, página 16.
(3) Tzvetan Todorov. Crítica de la crítica. Editorial Paidós. Barcelona, 1991.
(4) Emilio Jarauta. Para una filosofía del ensayo. En "Revista de Occidente", número 116. Madrid, Enero de 1991, páginas 43 a 49.
(5) Zulma Palermo. De historia, leyendas y ficciones. Editorial Fundación Banco del Noroeste. Volumen 10. Salta, 1991, página 17.
(6) Zulma Palermo, idem, página 24.
(7) Fernando Aragón (seudónimo de Gregorio Caro Figueroa). "Nuestra salteña incapacidad de dialogar". "Agenda Cultural", "El Tribuno", 9 de enero de 2000.




Más artículos de la categoría Economía y sociedad
 

Noticias de Salta

Publicidad


Nuestros números

Hay 10 invitados en línea