La imagen del Señor del Milagro |
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Escrito por el lunes, 03 de septiembre de 2007 (Ha sido leído 2903 veces) Dando por sabidas la historia de la llegada del Cristo a Salta, su posterior olvido por la población que lo había recibido alborozada y su posterior intervención salvadora en los terremotos de los que Salta no se libra a lo largo de los siglos, en esta ocasión nos interesa abordar el tema desde una perspectiva carente de intenciones reservadas o adherencia a alguna tendencia espiritual. De un punto de vista estrictamente formal, el fenómeno social del “Milagro” tiene un contenido variado. Por una parte, no se puede negar el mito referido a los movimientos sísmicos y la protección de un pueblo atemorizado por la furia de un planeta a todas luces inacabado. La cuestión es que sin llegar a la destrucción de la ciudad, Salta no se libra de temblores y terremotos de distinta intensidad que hasta la fecha no ha rebasado el agrietamiento de muros y techumbres y el desplome de algunas cornisas y viejas fachadas. El mito de la intervención divina para que la cosa no vaya a más, se mantiene inalterable a través de los siglos. Y esa garantía de protección sólo parcial dado que las oblaciones no se han visto recompensadas por una supresión total del peligro sísmico, parece servir con suficiencia a los temerosos espíritus salteños que alteran su serenidad de modo especial ante la furia telúrica en los meses de agosto y setiembre. Con todo, no es un Cristo que no reciba peticiones de otros órdenes pues al fin de cuentas es Dios aunque, es de reconocer que su imagen y memoria está vinculada, ya lo dijimos, de modo casi exclusivo a la protección de la ciudad y sus habitantes de la furia de la naturaleza y sus desgarradoras consecuencias. Al mito hay que sumar la leyenda. Una apología de las vicisitudes de una imagen que gestó su propia odisea. La falta de información precisa posibilita la inserción de relatos fantasiosos que seguramente tienen parte de certeza histórica aunque sea bueno reconocer que la esencia de este Cristo en su largo recorrido hasta Salta está mejor abonado con la leyenda de su travesía que con cualquier dato histórico que pueda desmerecer el encanto de lo legendario. Cuando una imagen sagrada atraviesa tal número de contratiempos y recorre tanto camino terrestre y marítimo para llegar a su destino, no puede menos que reconocérsele su voluntad inquebrantable de servir aquí y no en otro lugar. La leyenda del Cristo del Milagro es la de una fatalidad geográfica para el servicio sagrado de un Dios de aspecto enternecedor. Quienes conocen el arte sevillano no dudan con sólo mirarlo, que este Cristo es de origen sevillano, por el color moruno de su piel, los rasgos enjutos y el doliente aspecto de toda su figura; una verdad exagerada que en Andalucía es el pan diario y que ostenta para la exportación su Semana Santa, doliente, desgarradora y carnavalesca. Sevilla es seguramente el lugar donde se talló este Cristo y desde donde partían los barcos repletos de buena parte de los osados colonizadores españoles. San Lucas de Barrameda y Palos de Moguer están ligados a la colonización sudamericana más que ningún otro. Los archivos de Indias siguen situados en Sevilla. Además de lo mítico y lo legendario, el “Milagro” debe tener y tiene ¡cómo no!, un marcado acento religioso. Si toda religión se compone de dogma, moral y ritos, en este caso los tres aspectos parecieran confundidos e integrados en lo mítico y legendario; especialmente en lo mítico. Por ello, importante para los salteños no es cómo llegó a Salta, sino para qué llegó. Nadie menosprecia la aventura de su travesía ni deja de tenerla presente en la memoria mas, si en algo ha de ser valorada la vicisitud de su peregrinaje, es a causa de la misión sagrada que traía este Cristo y a tal punto es así que, llegado y venerado para ser luego olvidado, hubo de ser desempolvado para sacarlo en procesión a fin de que detuviera la furia telúrica, como que así cesaron aquellos históricos terremotos y temblores que azotaron a la ciudad de Salta siglos atrás. Desde entonces se le reza y se le saca en procesión todos los setiembres, de modo indefectible. Es difícil precisar porque es algo que radica en el corazón de cada salteño pero, se podría aventurar, sino una respuesta, sí que una hipótesis de trabajo formulando la siguiente pregunta: ¿se podría decir que los salteños aceptarían orar a otra imagen para protección de los sismos intermitentes y constantes que sufre la ciudad? Y también, preguntar: ¿es acaso esta imagen y no cualquiera otra de Cristo crucificado la que ejerce protección, o es Dios mismo? No es del caso negarle a este Cristo su condición de Dios ni que haya salteño que sea capaz de semejante herejía mas, lo cierto es que en setiembre a quien de verdad se reza es a la imagen venida del ultramar. No se le niega la condición de Dios pero... La trasgresión de la regla dogmática que prohíbe la representación de Dios-Jesús, ha posibilitado la imaginería pictórica y escultórica de su figura. Las otras dos religiones más seguidas en Occidente y Oriente Medio (judaísmo e islamismo), respetan la prohibición y no se conoce ninguna imagen o figuración ni del Innombrable ni de Allâh. La Iglesia Universal lo permitió y se levantó la veda a toda clase de trasgresión, incluyendo la burla irrespetuosa de pintores, escultores y literatos. La cuestión en todo caso, sigue siendo la misma: ¿qué es lo que prevalece en la fiesta religiosa del “Milagro” salteño? Se disputan tal hegemonía el rito, la leyenda y la religión. Opera con fuerza el mito de la salvación de Salta gracias a la voluntad protectora del Cristo del Milagro. No obstante, del mismo modo que en la metafísica hindú se explica con una metáfora que la causa material del Universo es el Absoluto, es una enseñanza que podríamos aprovechar como un símil para responder a la pregunta formulada en líneas precedentes. Enseña la Chandogya Upanishad, VI, 1, 4, que “Igual que un ladrillo, todo lo que está hecho de tierra se conoce porque lo único verdadero es la tierra y todas las transformaciones son sólo nombres y formas que denotan su origen”, del mismo modo, diríamos, que todas las transformaciones que la idea de Dios experimente por obra de los hombres, está contenida en los cánones de la religión católica por el hecho de que se conocen porque contienen la misma materia causal que es la sagrada. Aunque la gente implore al Cristo salteño la protección necesaria para impedir la demolición trágica de la ciudad, no es el Cristo especialista en la prevención de sismos al que se venera, sino a un Dios que contiene la misma materia en todas las transformaciones de nombres y formas que la gente propone por necesidades psíquicas. El aspecto ritual acompaña a esta variedad de transformaciones, y el rezo colectivo del novenario es intenso a todas horas. Es cuando la ciudad entera se estremece con el movimiento constante de personas que se introducen en la Catedral que huele a incienso y a una variedad de olores intensos de cuerpos sudorosos de rostros, sin embargo, siempre emocionados. Los ritos colectivos guardan en su pureza las más antiguas tradiciones de las religiones seculares, porque del mismo modo que los excesos del individualismo aleja a quien lo practica de los ámbitos superiores de espiritualidad a causa de una creciente diferenciación, los rituales colectivos acercan a ese grado sensible de espiritualidad de ordinario ausente en las sociedades actuales del mundo occidental, porque lo individual se diluye en el mar abigarrado de almas sedientas de Dios. Esto conduce a una afirmación válida: el “tiempo del Milagro” es en Salta, el renacimiento anual de la más alta experiencia colectiva de lo sagrado, produciendo en todos los rincones de la ciudad una hierofanía inequívoca; en efecto, el corazón de Cristo está presente donde quiera que suspira el alma de un salteño. Si el Cristo del Milagro es venerado como protector de la ciudad y de todos los salteños, es porque han sido los propios salteños quienes le han otorgado esa especialización; no obstante, no es menos Dios para recibir otros ruegos, para atender otras súplicas y para ser siempre Dios, aunque a veces aparezca mezclado entre mitos y leyendas que aparentan mayor envergadura dogmática que los dictados de la religión. La forma y el nombre de Dios presentes en este Cristo, ostentan mayor luminosidad que el Cristo único de la religión, porque en este caso como en muchos otros que se conocen en el mundo, todas las transformaciones que los hombres realizan de la idea de Dios, conservan en su esencia la naturaleza sagrada del principio generador de tales nombres y formas. Lo religioso puede estar aparentemente desmerecido, casi oculto en tales manifestaciones colectivas de fervor mas, lo que prevalece esencialmente aunque la gente devota lo ignore o no lo vea, es esa materia causal que está presente en el Absoluto. En Dios, en definitiva. Más artículos de la categoría Identidad salteña |





