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Lealtades y traiciones en un gobierno sin rumbo

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el martes, 04 de septiembre de 2007 (Ha sido leído 2485 veces)
Don Julio GONZÁLEZ, último Secretario Privado de la Presidenta de la República doña María Estela MARTÍNEZ de PERÓN (1974/1976), acaba de publicar un imprescindible libro de memorias ("Isabel Perón. Intimidades de un Gobierno", Editorial El Ateneo. 2007) que recoge sus calificadas impresiones acerca de los acontecimientos que culminaron con el golpe militar encabezado por el dictador Jorge VIDELA.

Portada del libro de Julio González
Portada del libro de Julio González
1. Antes de entrar en el núcleo de esta nota, permítaseme dos consideraciones preliminares.

La primera expresa mi personal reconocimiento al autor por la honestidad intelectual y el coraje político que presiden el desarrollo de su obra, y mi indignada solidaridad frente a los padecimientos que Julio GONZÁLEZ sufrió, como tantos otros perseguidos por sus opiniones políticas, en manos de sus bárbaros captores.

La segunda, algo más extensa y que desarrollo en los párrafos siguientes, pretende esbozar el contexto en el que inevitablemente se enmarcan mis apuntes sobre el libro y que, naturalmente, son el producto de criterios personales. Escribo desde la política, a partir de una experiencia pasada y presente muy concreta, y no como observador imparcial.

Desde la lejana Salta, con las matizaciones que sería extenso reseñar aquí y desconociendo -naturalmente- los entretelones que este libro revela, compartí muchas de las definiciones políticas que entre 1975 y marzo de 1976 sostuvo el doctor GONZÁLEZ desde su encumbrada posición.

Compartí también (en un famoso locro celebrado en la calle Rioja, donde preparábamos con fervor unas irrealizadas elecciones internas) la ingenua creencia de que el golpe no ocurriría.

más allá de los malos entendidos suscitados por el apoyo de mi padre, el entonces Senador de la Nación José Armando CARO, a la elección de Ítalo Argentino LUDER como Presidente Provisional del Senado, el grupo político en el que yo mismo actuaba repudió el mesianismo criminal de los montoneros, defendió las instituciones de la república, y apoyó la continuidad de la Presidenta frente a los embates de sectores pretendidamente revisionistas que, como pone de manifiesto el libro que da origen a esta nota, respondían de una u otra forma a la estrategia de los civiles y de los militares golpistas.

Cometimos, es cierto, errores de bulto a los que me he referido en otras ocasiones; pero, desde la Agrupación Reconquista primero y desde Renovación Peronista después, confluimos -sin conocerlo personalmente- en el mismo espacio en donde Julio GONZÁLEZ era una figura de primera magnitud, a la que nosotros valorábamos como el leal escudero de la esposa del líder muerto.

2. La historia argentina de aquellos años trágicos va escribiéndose lentamente. Hay acontecimientos suficientemente investigados (el terrorismo civil y el terrorismo militar), pero también otros que aun esperan mayores y más completos desarrollos (la política salteña en el mismo período o la trayectoria de Guardia de Hierro, por ejemplo).

El libro de Julio GONZÁLEZ aborda, precisamente, uno de esos momentos donde los estudios históricos pueden calificarse de aún insuficientes. Y lo hace, por supuesto, con la intención de referir sus memorias, de hacer públicos acontecimientos y sucesos de los que él mismo fue testigo directo, pero no con la de elaborar un ensayo con pretensión científica.

3. La lectura de la obra me permite extraer dos conclusiones generales.

3.1 La muerte del General PERÓN desencadenó fuerzas y aceleró procesos que venían gestándose incluso desde antes de las elecciones generales de 1973, que alumbraron una democracia sin demócratas, un régimen político frágil más allá de las apariencias. En realidad, el resultado de dichas elecciones (y su abrumadora ratificación en 1974) cerraron en falso los conflictos ideológicos y sociales que encrespaban a la Argentina al menos desde 1955.

Ni aun cuando la señora de PERÓN hubiera tenido las dotes necesarias para ser considerada una auténtica Dama de Hierro, habría sido capaz de dominar las furias y las fieras, los egoísmos y la incultura cívica de los argentinos.

Visto lo visto era sencillamente imposible que la Presidenta de la República lograra conducir un “movimiento” donde la coexistencia de los extremos ideológicos se reveló pronto imposible y dio paso al crimen faccioso. O liderar un partido político donde el verticalismo era sinónimo de obsecuencia, y donde las consignas y la violencia reemplazaban a las ideas. O dirigir un Gobierno cuyos miembros (ministros y secretarios) eran reclutados sin mayores recaudos y, en su mayoría, no parecían especialmente dotados para el trabajo en equipo ni para las lealtades imprescindibles en un gabinete de ministros.

Como se encarga de mostrar y demostrar el doctor Julio GONZÁLEZ, muchos de los altos cargos ocuparon carteras sin estar suficientemente preparados para su desempeño, o llegaron a las mismás para defender intereses corporativos antes que para cumplir un programa de gobierno o las directrices de la Presidenta.

Su incompetencia en asuntos de protocolo y de reglas del trato social llegaba, en algunos casos a extremos grotescos (como sucedió, por ejemplo, en el viaje oficial que el Presidente CAMPORA realizó a Madrid en 1973).

Los esfuerzos del propio doctor Julio GONZÁLEZ, en su doble condición de Secretario Privado de la Presidenta y Secretario Técnico de la Presidencia, más que contribuir a resolver lo problemás de coordinación, los agravaron hasta límites insospechados.

En realidad, a juzgar por sus propios relatos, el doctor Julio GONZÁLEZ se veía a si mismo como una especie de Jefe de Gabinete que enmendaba, polemizaba y controlaba a los Ministros que, como es casi natural, rechazaban abierta o solapadamente tal pretensión. Máxime cuando la actuación del Secretario de la Presidencia no se ceñía a criterios técnico-legales sino que pretendía imponer directrices políticas en el marco de lo que GONZALEZ define como “nacional-justicialismo”.

Siempre según el libro que da origen a esta nota, Julio GONZÁLEZ protagonizó dos tipos de enfrentamientos con los ministros: Unos tuvieron que ver con el contenido de las políticas; otros con las deslealtades (casi siempre reales) de determinados ministros para con la Presidenta de la República que, en la mayor parte de los casos, respaldó a su Secretario, aún a costa de generar inestabilidad y tensiones, cuando no de paralizar al propio Gobierno de la Nación.

3.2 Las fuerzas civiles (cuya responsabilidad en el golpe de Estado permanece hasta hoy semioculta) y militares prepararon el asalto al poder con calma y alevosía, contando además con la ineptitud de un Gobierno poblado de personajes siniestros unos y cándidos otros.

La puesta en estado de alerta de un grupo de suboficiales retirados leales a la Presidenta imaginando que ellos reprimirían a los rebeldes, las apelaciones in extremis a personajes extraños vinculados algunos a lo esotérico o a determinadas hermandades (por caso el ex Canciller VIGNES o el embajador de la PLAZA), o la paulatina cesión de áreas de poder a los militares coaligados para imponer una dictadura, son algunas de las múltiples pruebas de aquella ineptitud que el autor refleja con lujo de detalles.

Los actores del golpe de Estado mintieron vilmente, traicionaron, hicieron madurar la sensación de desgobierno y de vacío de poder (apelando a hechos reales o presuntos de corrupción y de tolerancia o ineficacia frente a la agresión terrorista), y tejieron una tupida red de complicidades con lo peor del peronismo que giraba alrededor del gobernador de la Provincia de Buenos Aires y de varios despachos ministeriales.

4. Como no podía se de otra manera en un hombre de su talla, Julio GONZÄLEZ no oculta en ningún momento su ideología ni sus preferencias políticas.

Es, incluso antes que peronista, un nacionalista católico partidario de la economía dirigida por el Estado. Si bien cree en el poder civil, al que sirve lealmente, reconoce haber atravesado momentos (que me atrevería a llamar “crisis de fe republicana”) en donde entendió que los jueces o los legisladores eran un obstáculo a remover en aras de la eficacia.

Los intentos de formalizar la creación de una Liga de Gobernadores, de clausurar el Congreso de la Nación, de cerrar medios de prensa hostiles, o de hacer venir a un juez a su despacho para castigar a sindicalistas incursos en delitos de sabotaje contra YPF, son otras tantas manifestaciones de prácticas que, si bien resultan compatibles con el ideario peronista tradicional, provocan el rechazo de toda conciencia democrática.

5. El desarrollo del libro contiene innumerables referencias impiadosas, y es una parte de la obra de cuya pertinencia o necesidad me permito dudar, acerca de las debilidades humanas de ciertos hombres públicos frente a la cárcel y los vejámenes.

Resultan, al menos en mi opinión, igualmente prescindibles las alusiones a un presunto escarceo amoroso de la viuda del General PERÓN con un embajador cuyo nombre (este si) se omite. Tanto como el relato de la grotesca declaración de amor del entonces Ministro Robledo a su Presidenta a la que, en paralelo, trataba de derribar.

6. La historia del sindicalismo peronista resulta también enriquecida por los aportes de Julio GONZÄLEZ.

Anticomunismo militante, turbios manejos en las empresas del Estado, vínculos con los militares golpistas, lealtades (Lorenzo MIGUEL) y traiciones o debilidades (Casildo HERRERAS), existencia de un Pacto Secreto para condicionar las paritarias presuntamente “libres”, son datos conocidos unos e ignorados otros que aporta el autor.

Estas referencias a la acción de los sindicatos oficialistas en la primera mitad de los años 70, trae a mi memoria conversaciones mantenidas en Madrid con Casildo HERRERAS quién, al recordar las jornadas previas al golpe, me relató el plan de un coronel en actividad que, en medio de una dramática reunión del Gabinete nacional, propuso asesinar a todo el generalato (“estoy dispuesto a dirigirme a donde están ahora reunidos los generales en actividad y desatar una noche de San Bartolomé”, habría sido la audaz oferta del militar), siempre y cuando la CGT declarara una huelga general. A lo que Casildo, según su propio relato, se opuso por razones humanitarias discrepando una vez más de Lorenzo MIGUEL dispuesto a hacer “tronar el escarmiento”.

7. Otro tanto sucede con la historia de la iglesia católica argentina que haría muy bien en disponer una investigación respecto de las gravísimás denuncias que uno de sus fieles (Julio GONZÄLEZ) formula contra altos dignatarios de aquella época.

No solamente respecto de connivencias con la trama golpista (que las hubo), sino con la abierta promoción de negocios e intereses particulares (BUNGE y BORN, Lechiguanas, etc.).

8. El libro contiene también una serie de anécdotas que bien podrían inspirar una novela propia del realismo mágico latinoamericano: Las curas del primer médico personal de la Presidenta; el cambio de zapatos marrones por negros en pleno vuelo Buenos Aires / Madrid; los requiebros de un apasionado de las corbatas a la hija del Generalísimo; las tertulias de la Presidenta con su grupo de amigas; el papel de la mucama o ama de llaves de la señora de PERÓN; las desventuras del doctor FLOREZ TASCON.

9. Un último apunte antes de concluir esta nota:

Sería un ejercicio muy interesante (alguien seguramente lo abordará) tirar líneas imaginarias que permitan seguir la trayectoria de los personajes de aquel tiempo (1975/76) desde el golpe militar hasta aquí.

Tal experimento permitiría conocer qué fue (qué hacen ahora) del “robledismo”, del “masserismo” y de otras corrientes y personas que contribuyeron a erosionar al gobierno constitucional abriendo el camino a la más feroz dictadura de la que los argentinos tengamos memoria.

10. Concluyo reiterando mis congratulaciones y mi agradecimiento al autor, y destacando, cómo no, sus dotes literarias que, más allá del dramatismo de los hechos narrados, aparecen en su relato del secuestro de la Presidenta, la noche del golpe, cuando viajaba en el helicóptero rumbo a su residencia.


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