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Don Roberto, el precursor

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el miércoles, 26 de septiembre de 2007 (Ha sido leído 1666 veces)
Steven LEVITSKY es un muy destacado investigador y profesor de varias universidades norteamericanas, que se ha especializado en la comparación científica de los sistemas políticos latinoamericanos. Sus tésis ayudan a comprender la evolución del peronismo salteño a partir de 1982.

1. Una obra original y rigurosa

Steven Levitsky
Steven Levitsky
En un libro reciente (“La transformación del justicialismo. Del partido sindical al partido clientelista”, editorial Siglo XXI, 2005), el autor citado estudia, con una prolijidad poco común entre nosotros, los enormes cambios experimentados en el interior del peronismo, desde su nacimiento, en los años 40, hasta los comienzos de la contemporánea experiencia heterodoxa que encabeza el Presidente Néstor KIRCHNER.

LEVITSKY, poseedor de saberes y herramientas de los que carece una parte estimable de la ciencia política local, ha buceado en la historia del peronismo y de la Argentina pero, además, ha penetrado en el cogollo del micro-peronismo.

Su larga estancia en el Gran Buenos Aires, en la primera mitad de los años 90, le permitió conocer en detalle la evolución del peronismo bonaerense y, en especial, de La Matanza a través de un importante número de entrevistas directas tanto con personalidades de la zona como con militantes y dirigentes de base de este superpoblado distrito bonaerense.

Gracias a su condición de extranjero, el autor se muestra blindado frente a los lugares comunes y las vulgaridades que oscurecen el análisis de nuestra realidad política. Con el añadido de que su independencia intelectual, le lleva a desdeñar las conclusiones políticamente correctas generadas por las usinas de la autodenominada izquierda peronista.

De entre las varias tesis centrales que el profesor LEVITSKY desarrolla en su libro, sobresale, a mi entender, aquella que señala el carácter positivo que para la consolidación de la democracia argentina y, desde luego, para los éxitos electorales del peronismo tienen las debilidades de las formas organizacionales del Partido Justicialista, su capacidad de adaptar, cambiar o ignorar reglas y programas a los entornos cambiantes, las facilidades con las que -en momentos de crisis- se recambian los liderazgos, y lo que él llama “oportunismo intra-partidario”, una fórmula elegante para referirse al transfuguismo interno.

La definición del peronismo como un “partido populista de masas”, de base sindical primero y de naturaleza clientelar después, es otro de los tantos aciertos de la obra que aquí reseño.

No obstante, pienso que en su desarrollo el autor aparece prisionero de dos limitaciones que, sin invalidarlas, condicionan a algunas de sus apreciaciones más relevantes. Me referiré a ambas de modo sucinto.

Anoto, en primer lugar, la ausencia de matices respecto del hecho sindical argentino y, en segundo lugar, el limitado conocimiento que el autor muestra en relación con el peronismo del interior.

Las referencias al peronismo como un partido de base sindical o a lo que en la obra se denomina “laborismo de facto”, parten de una cierta asimilación del fenómeno sindical argentino con el fenómeno sindical europeo. Sin embargo, las distancias que separan a ambos mundos son, en verdad, abismales y nacen de la existencia, en la Argentina, de un monopolio de representación que repugna la naturaleza misma de la libertad sindical tal y como se la entiende en las democracias avanzadas.

Los sindicatos argentinos, aun sin dejar de ser sindicatos obreros, son organizaciones que dependen, por mil senderos, del Estado y de los Gobiernos. Su control sobre las Obras Sociales (y sus cuantiosos recursos), fondos de pensiones y aseguradoras, y el desarrollo de actividades de turismo y hotelería los aproxima a verdaderas organizaciones de servicios; una situación que, en determinados momentos, genera contradicciones entre la lógica reivindicativa y la lógica de la gestión empresaria de su patrimonio.

La segunda de las limitaciones antes apuntadas, el escaso conocimiento de la dinámica del peronismo del interior, tiene mucho que ver (más que con las capacidades del autor) con la ausencia de fuentes fiables que recojan la historia y la trayectoria de este ancho segmento del peronismo argentino.

Para poner de relieve la importancia de este límite que advierto en la obra de LEVITTSKY, bastaría con apuntar que la definición del peronismo como un partido de base sindical no condice con la realidad del interior del país, en tanto en la mayoría de las provincias argentinas el sindicato carece de un desarrollo suficiente para servir de basamento a un partido político como el Justicialista.

Al menos en las provincias del norte argentino, el origen del peronismo entronca con prácticas conservadoras (caudillos, fraudes, patronazgo, escasa cultura política y dilatada pobreza) y su desarrollo, aun en los lejanos años 50, tiene que ver con la distribución de bienes y prestaciones asistenciales (Fundación Eva Perón, gobiernos locales). También, por supuesto, con los acendrados valores de la lealtad e, incluso, con la presencia de lo mágico.

2. Características del tránsito

Una de las partes más interesantes del libro “La transformación del justicialismo. Del partido sindical al partido clientelista” es aquella que recoge el tránsito hacia el clientelismo y, mas concretamente, el caso de la derrota, en el distrito de La Matanza, del histórico caudillo Federico Russo a manos del recién llegado empresario Alberto Pierri.

Para situar esta singular batalla en su verdadero contexto, LEVITSKY dice que “en los años 90, un buen número de empresarios políticos llegaron a la conclusión de que las estrategias fundadas en el intercambio material (léase la dádiva, la compra de votos y lealtades) eran el medio mas eficaz de alcanzar sus objetivos” (controlar el poder estatal y el partido).

A partir de allí, y siempre con eje en La Matanza, el autor recurre a conceptos muy expresivos como “sistema de militancia paga” o “peronismo empresarial”.

3. Un adelantado

Seguramente cuando llegue el turno a la investigación científica (esto es, objetiva, independiente y libre) sobre el peronismo del interior, quedará patente que correspondió a don Roberto Romero una de las primeras iniciativas exitosas para transformar el peronismo de la lealtad en el peronismo de la dádiva; el peronismo basado en la confederación de pequeños caudillos con doctores y señores del campo (una alianza con base en los sentimientos y en las virtudes cívicas), en el peronismo de sultanes y caciques con eje en el contrato.

Don Roberto invirtió recursos para aceitar el transfuguismo interno, mostrar los beneficios de la militancia paga, construir una tupida red de unidades básicas que prometieran y repartieran, generar nuevas lealtades y devociones (hacia su persona), y manipular trayectorias, ideas y resultados. Pero no solo eso: también para sincronizar el deporte, las pequeñas vanidades y la cultura popular (desde la empanada a los conciertos de bombos legüeros) con su estrategia para la toma del poder.

Los nuevos modos que Don Roberto puso en marcha en 1982, reforzados por su extraordinaria capacidad de lograr fallos judiciales a la carta, sorprendió a las huestes de su ocasional oponente, don Carlos Alberto Caro, que no advirtieron los cambios que estaban produciéndose en la cultura política local, ni la envergadura del desafío que les planteaba el exitoso empresario dueño monopólico de los medios de comunicación de Salta.

Dentro de los llamados amarillos coexistían dos almas igualmente anacrónicas: La del peronismo histórico del interior (construido sobre lealtades, afectos, parentescos, afinidades, nostalgias y, sobre todo, sobre la devoción por Perón, Evita y su ritual), y la del peronismo que LEVITSKY llama socialdemocracia de facto (me refiero a la corriente que alumbró, años mas tardes, el Partido Tres Banderas).

El mérito de don Roberto, si así puede calificarse su certera visión, fue advertir que una forma de hacer peronismo había muerto y que los hábitos democráticos y la transparencia no tenían, al menos de momento, cabida en el movimiento que habría de suceder al peronismo histórico.

La conclusión a la que llegó don Roberto fue tan simple como categórica: "El peronismo histórico soy yo".


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