Los azahares de la Plaza

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Escrito por Carlos Vázquez Iruzubieta, el martes, 02 de octubre de 2007 (Ha sido leído 1767 veces)
No es el azahar una flor que en la simbología tradicional tenga asignada una significación especial. Las flores más estudiadas por los expertos son la del loto por ser representativa de Oriente y la rosa y el lirio, especialmente la primera, por ser representativa de Occidente. Del azahar sólo se podría apuntar su símil con el simbolismo de la rueda (representación del Mundo), y de entre las variadas figuraciones, la de cinco rayos, que representa la manifestación, acercándose al significado de la Creación (de seis rayos o radios), por el botón central que asemeja el punto inmóvil que mueve sin moverse de la metafísica aristotélica, o el centro axial del simbolismo del Universo. Salvo este símil, nada especial se puede decir del azahar en el ámbito de la simbología.

Los azahares de la Plaza 9 de Julio
Los azahares de la Plaza 9 de Julio
No obstante, los salteños pueden decir que han vuelto los azahares desde el aire misterioso de la rueda cíclica, para posarse en las noches de la Plaza. Llenan los azahares espacios ansiosos en el tiempo del amor, aquel que acuñaron los antepasados y se repiten tantas veces como la misma faz de la misma primavera. Son las flores blancas de los cítricos, que es lo que en árabe significa este vocablo, las que provienen de una memoria que se presume inacabable.

Piensan los desafortunados: si hubiéramos sabido entonces que el fervor se agota en el sitio donde el hombre modifica, hubiéramos guardado en una jarra de arcilla todo el esplendor de aquella juventud, para vaciarla una vez más, la postrera, sobre el hormigón y los cristales extensos de una ciudad modernizada sobre los despojos de un pasado de recogimiento. Es el momento en que se advierte que antes, la ciudad y sus azahares eran de todos por igual, cuando todos éramos en ella, de la misma manera. Hoy es de todos, y la ciudad y su Plaza son de manera distinta para cada cual, porque se ha quebrado el sentimiento de lugar común y propio, a cambio de la curiosidad que satisface el visitante que destroza con su prepotencia del dinero con que paga. Queda así manifestada la verdad que enseña que a mayor diferenciación, menor recogimiento personal y social.

No sabíamos que todo lo creado se mueve, que el movimiento nos transforma y que la enseñanza de Heráclito no era solamente una propuesta metafísica que se nos antojaba original. Por no saber, ni siquiera sabíamos entonces, que la nostalgia del emigrante es preferible a la presencia doliente de quien mira con dolor el derrumbe de una forma que lo hubo sustentado a lo largo de su vida. Los que no reparan en ello, agonizan sin pesar y sin saber por qué de lo que fuere. Es la felicidad febril de los que han hecho de la vida la tarea de crecer en el reconocimiento social de su poder y riqueza. A ellos también les acontece, pero lo ignoran, porque les escasea el tiempo sin tiempo para mirarse.

Se puede añorar con una porfía insistente que impulsa al regreso pronto. Una nostalgia que engaña con dulzura asegurándonos que todo estará allí, como éramos en ella mas, lo cierto es que el cristal y el hormigón han puesto en el aire de setiembre, otra ciudad, dificultando el estar amable de los azahares en una Plaza cubierta de extraños porque la ciudad ha sido abierta, no a los que llegan a visitar y guardarla en sus memorias, sino a los que vienen con sus cámaras porque desdeñan las mieles de recuerdos bien guardados de sitios y personas. Si vivir es recordar, quien no ha guardado recuerdos, ha perdido su vida; se ha quedado sin ella, envejecido y vacío. Una fotografía no es un recuerdo, ni cercanamente, y los turistas lo ignoran. No es un recuerdo porque no reproduce el timbre de las voces, ni conserva los aromas captados de un azahar de setiembre, ni conserva el tacto rugoso de los muros del Cabildo, ni la manera de ser de su tejado añoso; tampoco perdura en una fotografía nuestro hablar con dejo cansino y singular. En el recuerdo hay aromas, voces y miradas recogidas por el sentido mayor de la memoria; en la fotografía hay sólo una mirada plana, sin voces, sin azahares setembrinos, sin un hálito de vida.

La ciudad ha sido abierta y los extraños la invaden sin piedad, para amortizar lo que les cuesta el estar aquí. Quienes abrieron la ciudad a las cámaras fotográficas y videos no han sido los salteños sino los apartidas del negocio sin fronteras; aquellos que tienen por nación el planeta y abanderan sus espíritus con el signo del becerro de oro. Esos, hayan nacido o no en Salta, no son propiamente salteños, sino mercaderes que han permitido en algunos casos y alentado en otros, que una ciudad que respiraba con los pulmones limpios y hablaba en voz baja, quede convertida en una feria de comidas típicas y costumbres exóticas for export.

Lo dijimos en otras ocasiones y conviene recalcarlo: la perversión social de las multinacionales a través de sus ejecutivos agresivos no pasan de ser los instrumentos de la decrepitud del mundo actual, sumido en el tobogán de los ciclos cósmicos. Aunque ellos supongan que diseñan con sus decisiones la imagen del planeta y los hábitos que se generan como consecuencia, son apenas los servidores del mal, que engañan con la publicidad de una vida confortable, aunque lo sea a costa de empeñar el trabajo de toda una existencia para pagar el precio reclamado por “la calidad de vida”. El acondicionador de temperaturas y los psicoanalistas se encargan de poner a tono a los depresivos y ansiosos para que sigan dejando la piel en las grandes superficies donde se entra a comprar un botón y ganan la calle con el carro lleno.

El signo del progreso es para esa especie humana, un cambiar, un modificar física y moralmente a una sociedad que siempre será sorprendida por reclamos publicitarios inspirados por “filósofos” de una vanguardia destructora y alienada por el principios de liberación y el triunfo de la individualidad que alientan hoy en día hasta las ideologías de izquierda fomentando y defendiendo los derechos humanos individuales con desprecio de los derechos sociales cuyos beneficios recaen sobre la totalidad del grupo social cuando son bien administrados (¡y pensar que la doctrina socialista hace pie en la igualdad social sin interesarse por el individuo que en teoría debe recoger las mieles de esa igualación, sólo teórica, hay que decirlo!).

La evolución destruye lo bueno y lo malo de una sociedad imponiendo nuevas cadenas. En una confusión de lo viejo con lo tradicional, arrasan con las excavadoras de sus masters y se proclaman adalides del progreso universal. Pese a todo, con rebeldía casi, el bastión de la memoria protege y alimenta la pervivencia de un aroma suave de azahares que en la memoria vive y sólo cede, diluyéndose en el vigoroso olor a incienso que se quema en las naves de la Catedral porque ha llegado con los azahares el “tiempo del Milagro”.

Nada se puede hacer contra el empuje de los tiempos como no sea conservar los recuerdos dado que tras un par de generaciones habrá desaparecido toda memoria social de lo que fue Salta cuando silenciosa ostentaba una personalidad que la ha perdido, porque habrán desaparecido los abuelos que con sus relatos mantienen vivas las tradiciones de un pueblo. Para entonces será Salta otra ciudad progresista, vana y carente de toda personalidad social y monumental y será con orgullo vano otra más de entre tantas del primer mundo. Los mercaderes de siempre, que por si fuera verdad el dogma de la Redención, se santiguan y rezan la “Novena del Milagro” y acompañan a las imágenes en la procesión el día 15, asumiendo así las acreencias del pueblo que vive amedrentado por la ira incontenible de Dios, no por sus pecados, sino por los de los mercaderes. Ante la fuerza de estas creencias, es consejo sano que no se atrevan a incluir en sus negocios al Señor y la Virgen del Milagro, venerados por este pueblo, porque se puede repetir lo de Esteco...
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