• Historia Gráfica
  • Kiosco Digital
  • Portal de Noticias
  • Estilo Salta
Kiosco Digital América
Portal de Noticias
Estilo Salta

El lenguaje de la cartelería política salteña

Imprimir E-Mail
Escrito por Armando Caro Figueroa, el domingo, 21 de octubre de 2007 (Ha sido leído 1747 veces)
La Ciudad de Salta, sus paredes y sus esquinas, aparece abrumada por el incesante tráfico de carteles que exhiben las bondades de los candidatos demandantes del voto de la ciudadanía.

Carteles de otros tiempos
Carteles de otros tiempos
Da igual que esas bondades sean reales, presuntas o lisa y llanamente mentidas. El candidato, sólo o acompañado, aparece siempre sonriendo, maquillado y sobriamente vestido. Los hay orondos y circunspectos. Trillados y novedosos. Los hay, también aunque pocos, descamisados y obesos de cuello.

Escasean las mujeres, los jóvenes y los ciudadanos de la tercera edad. Y no es que falten de las listas: sucede que, al figurar en lugares relegados, no disfrutan del privilegio de que parientes y vecinos vean su mejor rostro engalanando, aunque mas no fuera por una horas, las paredes de la bella y culta Salta a la que la ceguera de los Borbones negó el rango virreinal.

De entre las muchas conclusiones que cabe extraer de las fotos insertas en los carteles, sobresale una: La excelente salud odontológica de los salteños; al menos de los salteños candidatos. El dato es relevante sobre todo si se tiene en cuenta que años atrás muchos de nuestros comprovincianos se veían obligados a sonreír llevándose la mano derecha a la boca.

Es harto probable que las buenas costumbres (como el comer choclos hervidos, consumir agua clorada) estén en la raíz de esta mejoría; de un progreso estético y sanitario en el que sin duda también influyen la generalización del cepillado, la mejora de los servicios odontológicos y el auge de la coquetería.

Existen, claro está, candidatos que, habiendo llegado tarde a aquellas buenas costumbres se vieron forzados a pasar por el odontólogo y someterse a la cara técnica del implante. Están también aquellos a quienes la siniestra mezcla de coca y bicarbonato les tiñó de verde los dientes y no tuvieron más remedio que gastarse un dinero en su estético blanqueado.

En general, los carteles de la propaganda política (abundantes en fotos y escasos de contenido programático) lucen un diseño que va del regular al excelente. La generalizada buena calidad de los afiches habla, en algunos casos, del talento de los jóvenes diseñadores gráficos locales y, en otros, del poderío económico de candidatos que son capaces de contratar a creativos y fotógrafos porteños o extranjeros.

Una vista panorámica de los carteles muestra a las claras la crisis del sistema institucional basado en los Partidos Políticos: En Salta, como en el resto del país, los liderazgos y el personalismo han reemplazado, sin ganancia ninguna para la democracia, a los Partidos.

Si bien perviven ciertas siglas históricas, las mismas definen realidades diferentes.

Así, el peronismo es hoy una sociedad comercial y electoral de un solo propietario (tal y como la pensó el Tremendo Intuitivo), e integra un holding mediático y financiero que concentra todo el poder; el radicalismo languidece, pese a sus esfuerzos por conservar la identidad dentro de extrañas alianzas; el PRS (nacido al calor de la última dictadura militar) tiene como sucesores a dos personalismos que viven a la sombra del poder (nacional, uno; local, el otro).

Mientras que los carteles de las candidaturas concentradas muestran, de modo excluyente, las fotos de las figuras principales, los de las candidaturas que expresan coaliciones o apilamiento de nombres se esfuerzan por incorporar la mayor cantidad de rostros en los afiches.

Sobre este punto, llama la atención uno de los afiches: Es aquel en donde la candidata a Gobernadora aparece rodeada de candidatos y de no candidatos, en un intento por mostrar a los distintos sectores sociales y a las diversas generaciones. Para lograrlo, la empresa de publicidad salió a buscar los tipos ideales y contrató a personas que nada tienen que ver con la candidata. Es así como un antiguo fiscal del extinto Partido Tres Banderas aporta su convincente y maduro rostro dentro de un conjunto ciertamente agradable.

Aun antes de que se abriera el plazo de campaña, la sociedad unipersonal que controla la candidatura que propugna la continuidad del Régimen exhibió su poderío y saturó las paredes con sus carteles monocordes. Pero a medida que se acerca el día de la votación, parece autorizar a que algún que otro candidato pudiente mande a pegar carteles individuales con su sonriente cara. En este sentido, llama la atención el espléndido cartel que exhibe el rostro de un ciudadano de Vaqueros, que ha dejado el traje de gaucho remplazándolo por un elegante atuendo europeo.

Un observador que, desconociendo otros datos, se propusiera a clasificar a las candidaturas en función del poderío económico que expresan sus carteles, construiría un mapa político curioso y, a veces, deformado.

Nuestro hipotético politólogo colocaría a la derecha a la candidatura continuista y, en inmediata vecindad, a la candidatura que prohíja el Gobierno de la Nación. La izquierda (dada la extrema pobreza de su cartelería) correspondería a la coalición PRO y al ARI. El esquema se completaría con un centro abultado en donde coexisten el Partido Obrero (de buenos y abundantes afiches), la candidatura Lavagna/Espeche, y la inexplicablemente bien dotada candidatura auspiciada por el último gobernador de la dictadura.

Pero esto de los afiches sirve también para medir la cultura política de la sociedad y de cada una de las fuerzas políticas en la que se divide.

Sobre este particular hay que destacar un hecho y añadir una valoración: El tremendo, enorme, despliegue publicitario (solo en afiches) ofende a la conciencia cívica, en tanto resulta inconcebible que personas y grupos destinen tamaña cantidad de recursos a la lucha política dentro de una sociedad marcada por índices elevados de pobreza.

Las candidaturas (que, como se dijo, reemplazan a los partidos) abundantes en recursos actúan con la certeza de que nadie nunca les pedirá cuenta de las cantidades destinadas a la campaña ni del origen de los fondos.

La reciente denuncia que afecta a una Fundación domiciliada en Salta y vinculada al Régimen, no parece haber preocupado a quienes deciden el gasto electoral de la fórmula continuista.

Hay un segundo hecho que, siempre dentro del ámbito de los afiches, atañe a la cultura política de Salta o, mas precisamente, del Régimen que manda en ella: La procaz presencia de carteles con fotos del Sultán (candidato a senador) y del candidato continuista, en varias oficinas públicas. Este hecho, escandaloso e inaceptable en cualquier democracia moderna, es alentado por el Poder y tolerado pacientemente por la ciudadanía.

Por orta parte, quién conozca los entresijos de una campaña electoral moderna, sabe que los afiches duran no más de una noche y que la conquista de una pared o de una esquina reclama del despliegue de fuerzas nocturnas dispuestas a ejercer distintos grados de violencia.

En rueda de café, un buen analista local entrado en años y con nombre de Beato apostaba por el triunfo del señor Urtubey, apelando al argumento de que su aparato financiero y sus fuerzas nocturnas habían sido capaces de mantener el pulso al desmesurado despliegue del Régimen: “Nunca, antes, nadie que no respondiera al Régimen había sido capaz de controlar paredes y esquinas”.

En esto, como sucede en toda batalla, se sucedieron altibajos. En una primera etapa, las fuerzas nocturnas del Régimen destrozaron los afiches del señor Urtubey, y decidieron dejar unos pocos a los que añadieron alusiones a la presunta deslealtad del joven candidato. Pero hacia el final, el candidato con mas posibilidades de derrotar a sus antiguos amigos logró equilibrar las cargas, mostrando que tiene “resto” para reemplazar carteles rotos o tapados y fuerzas nocturnas suficientes para hacerlos respetar.

Esta evolución de la guerra de los afiches obligó al Cuartel General del Régimen a introducir una divertida innovación: Compró o alquiló medio millar de motos y les adosó un triciclo en donde se montaron los lujosos carteles iluminados. Las motos así decoradas recorren día y noche los sitios mas poblados ante la indiferencia de la “gente del centro” y para regocijo de los chicos del barrio que corren detrás de ellas.

El señor Urtubey no compró motos (al menos no las hemos visto), pero respondió con otra innovación: Los afiches móviles. Los enormes carteles son colocados prolijamente en bastidores y trasladados a las esquinas por jóvenes (a quienes se paga un salario escueto) que los sostienen y vigilan durante el horario comercial.

Esta novedad, mas barata que las motos del Régimen, fue imitada por otras candidaturas. Con lo cual es posible ver en cuatro esquinas, cuatro afiches diferentes vigilados por empleados de los candidatos que, es probable, poco y nada saben del candidato o de su programa.

La referencia, respetuosa, a la condición laboral de los cartelistas apunta a poner de manifiesto el contraste con la situación histórica anterior en donde la propaganda política salteña (infinitamente más modesta, hecha con tiza y carbón) corría a cargo de voluntarios entusiastas.

Los afiches, que duda cabe, son altamente eficaces en la tarea de pescar votos. Pero tienen una dificultad: Que emerge cuando el ciudadano, acostumbrado a ver la imagen retocada del candidato, se topa con el hombre de carne y hueso y adivierte disonancias: el pulcro, ahora descamisado y sudoroso; el sonriente, ahora crispado en la tribuna; el amable rehuye el contacto con la masa.

Una anécdota puede ilustrar estas limitaciones de la cartelería política: El apuesto hijo de quién fuera imbatido arquero del equipo de fútbol de los abogados (varias veces campeón interprofesional en los años 60), que desorienta a cierto público con sus ojos azules de rasgos medio-orientales, decepcionó a una votante cerrillana que, al verlo pasar, exclamó: "No sabía que era tan petiso".

La saturación de carteles ha provocado daños colaterales al medio ambiente urbano. Seguramente a causa del uso de engrudos y pegamentos de mala calidad, las paredes de Salta apestan.






















Más artículos de la categoría Política y gobierno
 

Publicidad

Nuestros números




visitas acumuladas

Hay 9 invitados en línea y 1 usuario en línea