La libertad en las ideologías |
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Escrito por el martes, 23 de octubre de 2007 (Ha sido leído 1491 veces) El tema de la igualdad lo hemos tratado en el estudio La travesía de Abel y Caín hasta la igualación, en www.iruya.com del 9 de mayo de 2007. Toca ahora el turno a la libertad, otra idea sacrosanta de la domocracia republicana, y de otros regímenes políticos. De un punto de vista metafísico se puede reconocer que la libertad denominada absoluta en el ámbito de las relaciones sociales se presenta como un paradigma en la metafísica clásica, mientras que en la oriental tiene su propio sitio de ningún modo paradigmático, y a tal punto es así que las escrituras védicas declaran que toda metafísica inaplicable a la experiencia humana es totalmente inútil. La libertad absoluta como cualquier universal es indeterminada, ilimitada e informal, pues como experiencia directa de la Conciencia Pura existe identificación entre el sujeto cognoscente y lo conocido, bien entendido que tratándose de una fusión del ser individual con lo Absoluto, se destierra el objeto como algo enfrentado al sujeto y por consiguiente se descarta asimismo el conocimiento como tal, pues la experiencia de tal fusión radica en la intimidad del ser y no en un método gnoseológico al alcance de todos y de la misma manera para todos. La libertad en la metafísica no-dual es una Verdad absoluta, como lo es cualquiera otra noción que como Principio incita al ser para que intente la “unión”. Precisamente, como resultado del ejercicio íntimo en procura de la vivencia, la Conciencia Pura se “libera” de la razón y de la inteligencia para lograr una asimilación directa de lo que se quiere “conocer”, y lo entrecomillamos porque no se trata en realidad de un conocimiento sino de una vivencia. Si la “unión” con el Absoluto es el resultado de la contemplación del sabio perfecto que se aparta de todo lo que el cuerpo le exige y mantiene ligado a las sensaciones materiales para captar al Ser Supremo, esa “unión” es al mismo tiempo “liberación” de las agitaciones del mundo mediante el desapego o el desasimiento del Maestro Eckhart. El mejor modo de conocer la verdad explicaba Sócrates a sus amigos poco antes de ser obligado a suicidarse, es acercar el alma a la verdad mediante su alejamiento de los sentidos, cuando no la perturba ni el oído, ni la vista, ni del dolor, ni placer alguno, sino que “mandando a paseo al cuerpo”, se queda sola consigo misma (Platón, Fedón, 65c). Es casi imposible no advertir la semejanza de este párrafo platónico con el desasimiento del maestro Eckhart o el desapego de la metafísica hindú. Los clásicos no estaban muy lejos de las enseñanzas de la tradición; así Platón se preguntaba: “¿Y la purificación no es, por ventura, lo que en la tradición se viene diciendo desde antiguo, el separar el alma lo más posible del cuerpo y el acostumbrarla a concentrarse y a recogerse en sí misma, retirándose de todas las partes del cuerpo y viviendo en lo posible en el presente como en el después sola en sí misma, desligada del cuerpo como de una atadura?” (Fedón, 67d). La experiencia del yoghi es según los expertos orientalistas la más excelsa de las realizaciones del ser porque consigue esa “unión” con lo Absoluto en vida, adelantándose a la trasmigración que llevará a cabo su alma hacia los estados superiores del Ser en una fusión con lo Absoluto por toda la Eternidad. En tal experiencia interviene la libertad, pues la liberación está indicando como fenómeno íntimo, que se produce una ruptura entre el mundo sensible y el mundo vivencial; no se puede negar la liberación del alma, secuestrada por los condicionamientos del estado humano. Y no significa que desaparecen tales condicionamientos porque no se produce en esta unión con el Absoluto la misma consecuencia que con la muerte; más bien, se asemeja al sueño profundo que aleja provisoriamente al ser individual de sus condicionamientos para sumirse en la disolución de las formas, de las distinciones y las determinaciones. Durante ese lapso, el alma permanece en unión con lo Absoluto aunque ligada aun a los atributos de la materia corpórea (fuego, agua y tierra) y unida también a una psique dormida por falta de actividad. La liberación del alma por la Conciencia Pura elimina de su consistencia toda forma y distinción, asumiendo la condición de Principio y Verdad ilimitados, donde todo es, y nada queda fuera. La metafísica no-dual (advaita) rechaza el conococimiento como método para acceder a lo Absoluto porque todo conocimiento implica la necesaria dualidad sujeto-objeto, que en su implicación mutua se produce “el acto de conocer” o método gnosológico para obtener el resultado querido que es “el conocimiento”; por lo demás, los actos gnoseológicos logran un conocimiento representativo de la realidad y por ende, sujeto a error. El fenómeno completo es, pues: sujeto-objeto-acto de conocer-conocimiento; todo un proceso gnoseológico. Nada de esto es admisible en la metafísica no-dual, para la cual lo Absoluto no es “algo” que pueda ser conocido, sino Todo, como que las escrituras enseñan que no se puede conocer a aquel que es conocedor del conocimiento (Brihadārankaya Upanishad, III, 4, 2). Esa totalidad sólo puede ser asumida por el ser individual mediante la contemplación con auxilio de la Conciencia Pura. Se trata de un fenómeno de vivencia directa que permite con la licencia lengüística necesaria, afirmar que quien”conoce” lo Absoluto, es el Absoluto (Mundaka Upanisahad, III, 2, 19), o como bellamente lo explica Brihadārankaya Upanishad, IV, 4, 7 del conocedor de lo Absoluto en su voluntad de desasimiento o desapego: “Como la piel muerta de una serpiente es abandonada y yace en la llanura, así yace el cuerpo. La identidad se desapega de él y llega a ser inmortal”. Esta omnisciencia de la Libertad Absoluta es de lo que adolece la libertad mundana a causa de su relatividad. Es relativa porque carece de las cualidades de lo universal ya que es formal en su expresión sea como norma jurídica, sea como norma social o como norma moral de extensión colectiva o meramente personal pero, siempre y en todos estos casos, esta tal libertad está relativizada por sus contrarios que no llegan a asumir la cualidad de complementarios. Además de formal es determinada porque se extiende en su ostentación en una multiplicidad de materias sin otro vínculo entre todas ellas que el hecho de ser aplicables a una misma comunidad ya que no son trasladables por necesidad a todas las comunidades de seres humanos, lo que aumenta considerablemente su notable fragmentación. La libertad mundana en su relatividad está concernida por una multiplicidad de contingencias que la condicionan. Ni siquiera la libertad de expresión por poner un ejemplo, tiene las mismas virtualidades en todas las comunidades y al punto de que mientras en unas existe una evidente permisión, en otras lo que resalta es su prohibición. Es formal y está determinada, dijimos, y agregaremos otro dato que la especifica como una realidad relativa: se manifiesta con una diversidad de distinciones. La libertad relativa es limitada como todo lo relativo; la noción de Infinito no le es aplicable y por lo tanto, tampoco la de Absoluta. La ilimitación es un rasgo típico de la metafísica no-dual. En la metafísica del conocimiento dual (sujeto-objeto), lo ilimitado está fuera de toda consideración. Por ello resulta falsa la frase que afirma que la libertad absoluta no existe porque la de cualquiera termina donde comienza la del otro (u otros). No es absoluta porque es relativa y no porque esté limitada por la libertad del contrario. Esta libertad mundana es una libertad competitiva en la forma en que se expresa y es cruel por los resultados que persigue. No existen normas mundanas fiables como para poder determinar dónde comienza la libertad del otro que limita la mía. ¿Cuál es la extensión de mi libertad?, y en todo caso: ¿quién fija los límites de la extensión de cada libertad; seguramente, una norma jurídica que es, por definición, una opinión humana, sin otra verdad que lo que se ha dado en llamar “legitimidad” del pueblo soberano expresada en términos de imposición de la mayoría. En realidad, la soberanía del pueblo no es más que una entelequia que sirve al propósito de mostrar un método social de aprobación general para delinear una convivencia. Es un método tan legítimo como cualquier otro. Como el de las castas, tan reprobado por los occidentales, aunque desconocen su fundamento. En los pueblos islámicos la legitimidad social y política la marcan los imanes, ayatollahs y mulás y demás hombres del culto, y nadie se atrevería a alegar su ilegitimidad por tratarse de Estados confesionales. En la diversidad de organizaciones políticas extendidas a lo largo y ancho de la Tierra, la libertad relativa carece de una determinación precisa porque es imposible que la tenga. Si es un límite en más o en menos para que el ser humano desarrolle sus potencias existenciales, nadie más que el hombre a través de sus instituciones religiosas, políticas o sociales es el encargado de fijar tales límites. Por ello, la petición de mayor libertad es en realidad una súplica a los gobernantes y no a una Realidad que se les niega a los peticionantes. Incluso si la petición se hace alegando un derecho natural y aceptándolo como cierto, cabría preguntar: ¿qué extensión cuantitativa y cualitativa tiene la libertad como derecho natural? ¿Toda? Es imposible; una porción, puede que sea posible, y volvemos a lo mismo: ¿dónde está fijado el límite de la extensión de la porción para que sea aplicable a todos y cada uno de los seres humanos? Pero, aun admitiendo lo inadmisible, ¿cómo conciliar este límite de la libertad personal frente al problema que plantea la emigración de seres que tienen su propia concepción de la libertad relativa y que es propia de sus comunidades? La oferta de mayor libertad de las ideologías no deja de asombrar ante la evidencia de su imprecisión y confusa exposición. ¿Más libertad de expresión significa menos censura? ¿Cuál será la censura que habrá que destruir? Puede que sea la censura previa y si ésta no existe, ¿mayor libertad para difamar impúnemente? O tal vez, ¿menos defensa de la intimidad atacada por el ejercicio de una mayor libertad de expresión? ¿Y si la censura consiste en subvenciones a órganos de prensa? Si se eliminan las subvenciones es posible que la prensa independiente que denuncia las arbitrariedades no pueda subsistir. ¿Qué hacer? La libertad relativa está considerada como un valor y un derecho a defender. Todo depende de quién pide su extensión, a quién perjudica la medida de la ya existente y a quien beneficia la ampliación. Por ello, cada ideología defiende una medida de extensión respecto de ciertas materias, y otra medida respecto de otras materias, mientras ideologías adversas ofrecen la promesa de lo contrario. Esta libertad relativa en un mundo de lucha permanente por el poder, el dominio del hombre por el hombre y la acumulación de riquezas, tiene la desvergüenza de proclamar a través de las ideologías el establecimiento de una libertad casi sagrada, que en realidad es a favor de unos y en perjuicio de otros. Pondremos dos ejemplos. La dictadura del proletariado ofrece libertad (para los proletarios) y opresión para quienes no lo son ni se avienen a serlo. El liberalismo proclama la igualdad de posibilidades para ganar la verdadera libertad, y esta panacea de la libertad por vía de la igualdad es un mito, pues basta con observar la realidad social para apreciar que la igualdad es imposible como contingencia generalizada porque somos altos, bajos, hombres, mujeres, buenos, malos, sanos, enfermos, y ¡qué decir de la aptitud intelectual! Y tampoco la igualdad de posibilidades libera a nadie porque los resultados jamás han sido estadísticamente relevantes y las excepciones se embanderan como regla general sin serlo. La igualdad que según el liberalismo libera al hombre, es otra verdad relativa como lo es la libertad sin más. En definitiva, el derecho a ser libres no es más que el enunciado de una lucha sin cuartel entre los hombres y que se encubre con el sayo de las ideologías. Habrá que reconocer que en Occidente no hay otro modo de hacerlo para ser más libres o menos libres en las materias que nos interesan. La petición de libertad no es una lucha por la justicia emprendida contra la Naturaleza o contra Dios; es una lucha contra el hombre. Mas, tampoco es una lucha por la Libertad de todos los seres humanos, sino por la libertad de los que piensan y actúan como el que la exige. La libertad que se defiende y por la que se lucha siempre será la libertad de los iguales. Lo más parecido a la lucha tribal de los primeros tiempos, sólo que bajo el disfraz del cuello y la corbata. Más artículos de la categoría Contribuciones |






