El Conde Marcel de Duplessy en Salta |
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Escrito por el miércoles, 24 de octubre de 2007 (Ha sido leído 1753 veces) He aquí una breve crónica de la importante visita no oficial del noble francés descendiente del Duque de Berry. La Oficina de Prensa y Propaganda de Las Costas pretende que toda persona de relieve que visita Salta, pasa –invariablemente- a rendir honores al Sumo Poder. Por pretender, pretende más: que por allí solo pasa gente muy importante, merced al cerrojo que tiene montado el Jefe de Ceremonial y el influyente Secretario Privado con rango de ministro (una feliz innovación de nuestra burocracia). Pero no. Tales pretensiones no son sino una parte de la gran maniobra oficialista destinada a realzar la imagen de nuestro Gobernador, rodeándolo de un halo de misterio, prestigio, lejanía, magnanimidad y sapiencia infinita. El caso es que el Conde Marcel de Duplessy destinó 3 días de su atareada vida a visitar Salta y Jujuy y omitió –intencionadamente- cualquier contacto con Las Costas y prefirió la compañía de este cronista, a sabiendas de que integra las voluminosas “listas negras” del Gran Poder. Había el noble francés tenido ocasión de asistir, de incógnito, a la inauguración de la exposición Goreti (“Antes de América”) en los salones de lo que en su día fue el Club 20 de Febrero, y quedó entre divertido y horrorizado por el boato falso y presuntuoso dispuesto para la ocasión por la importante Oficina de Ceremonial que cubre, simultáneamente, Las Costas y el Gran Bourg. Ante un reducido grupo de amigos salteños y en un restaurante ubicado en los aledaños de calle Balcarce, nuestro Conde requirió detalles del régimen político realmente vigente en Salta y lanzó mordaces comentarios respecto de los excesos de oropeles y guardias de seguridad, con y sin uniforme, presentes en el evento. Puede que, detrás de estas opiniones, se esconda la secreta antipatía que la nobleza mas antigua de Francia tiene para con los sultanatos en general, fruto de encarnizadas guerras y de antiguas rencillas que forman parte de la historia de las relaciones de la Francia con Turquía y con el oriente cercano y medio. Sin embargo, el directo descendiente del Duque de Berry, tras comentar la extraordinaria calidad de las piezas expuestas, tuvo encendidas palabras de elogio para el estilo reposado, la vestimenta de alta costura y los bellos adornos de la primera dama y futura Senadora de la Nación, que para la ocasión había elegido un conjunto rojo furioso, ideal para las penumbras que presidían la inauguración de la muestra. También rescató el servicio de bocaditos y bebidas servido por una prestigiosa empresa con sede en calle Zuviría al 100. En aquella agradable cena, Monique, la condesa, se mostró maravillada por las bellezas naturales de Salta y de Jujuy, y deploró las noticias acerca de la tala de bosques nativos. Uno de los comensales, nativo de Chicoana y adicto al Régimen, expresó su sorpresa por el hecho de que una familia de la más rancia nobleza europea se manifestara partidaria de la conservación del medioambiente y rechazara la especulación y el afán de lucro a costa del futuro del planeta. Nuestro amigo chicoanista había antes comentado, en voz baja, su extrañeza por el desinterés de la pareja condal en visitar Las Costas y conocer a su Cocinero Mayor. Y quedó patitieso cuando el mismísimo Conde se explayó acerca de nuestro Topeto Díaz. Conocía sus teorías y sus prácticas de restauración, sus filias y sus fobias. Y remató su intervención lamentando que en la Sede del Poder no reinara gastronómicamente hablando Topeto. Cuando mi paisano pretendió mostrar sus conocimientos y elegir un vino regional, M. de Duplessy se adelantó y pidió uno de la bodega Nani, no sin antes alabar los caldos que capitales y técnicas franceses producen en la que fuera Bodega Etchart. “Disponéis de extraordinarias bellezas naturales y humanas. Pero no os veo con voluntad de conservarlas. He visto bellas mujeres maduras, no me refiero a ellas, sino a los bosques, ríos, valles, montañas, quebradas, cielos, estrellas, silencios, animales exóticos, perros pilas. Y desde luego a la arquitectura colonial, digna y casi inocente”. No se privó, en una muestra de elegante puntillosidad, de criticar a un lujoso hotel salteño cuyas bañaderas carecían del tapón preceptivo para un reparador baño de inmersión. Por si todo esto fuera poco, el Conde, que pasó largos años administrando programas de lucha contra la pobreza en África financiados por la Unión Europea, y que había recorrido asentamientos y barrios “de emergencia” en los alrededores de Salta, sentencio: “Tenéis ahí un grave problema. Y no hay populismo de derecha ni de izquierda que pueda construir una solución efectiva y duradera. Lo que hace el gobierno local debiera preocuparos por su precariedad y por la facilidad con que las ayudas se conectan con prácticas clientelares”. Luego nuestro visitante se perdió en disquisiciones acerca de las distintas clases de nobleza existentes en Francia para desdeñar a los ennoblecidos tanto por Napoleón como por el Segundo Imperio. El resto de la larga noche se dedicó a glosar las “Memorias de Ultratumba” escritas por un lejano pariente del Conde Duplessy: M. de Chateaubriand, y a analizar el inminente relevo de los EEUU por la China en la cúspide del Imperio. Todo transcurrió cálida y amablemente, hasta que la inexperta camarera, finalizada ya la cena, tuvo la mala idea de ofrecer un licor de Muña-Muña, un invento reciente que bien pudiera remarcar el clima de frivolidad y desenfreno que se vive en algunos ambientes salteños vinculados a la riqueza y al poder. Me tocó explicar, del modo mas aséptico posible, las presuntas bondades de ese beberaje e incluso, para salir del atolladero, beberme un par de copitas de esta novedad. Más artículos de la categoría Economía y sociedad |





