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El éter de Salta precisa un equilibrio musical

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Escrito por Juan V. Cino, el jueves, 25 de octubre de 2007 (Ha sido leído 814 veces)
La atenta audición de las principales emisoras radiales salteñas revela una descompensación cultural que alienta ciertos desenfrenos.

Se equivocan quienes creen que en Salta se asiste a una sola y única lucha.

Es notorio que, por razones de agenda, los salteños aparecen hoy absorbidos por la lucha entre las candidaturas de los señores Urtubey y U-Allar (creo que es esta la forma correcta de escribir el apellido de nuestro paisano U-Valter; como en Vaqueros llaman U-Verfil a los Werfil).

Y es también cierto, aunque menos evidente, que en Salta se registra una tensión, un combate desigual, entre el Régimen por una parte y, de otra, la libertad y la igualdad.

Salta es, además, terreno abonado para un feroz combate entre el Bien y el Mal. Un combate que, en términos prácticos y a los fines que aquí interesan, enfrenta a un desenfrenado erotismo, representaciones del Mal en tanto desenfrenado, y a la pureza de las costumbres en las relaciones que tienen como eje el sexo y que no cabe confundir con la castidad.

Por aquello de que las generalizaciones, como bien se sabe, conducen siempre al error y a la caricatura, conviene advertir que existen en el Valle de Lerma muchísimas personas de vida ordenada y dilatados ambientes donde reina un clima presidido por el pudor, la discreción y, si acaso, la abstinencia.

Sin embargo, el hecho es que cada vez que este cronista viajero llega a Salta en primavera, percibe en el ambiente la presencia de incentivos poderosos que hacen que hombres y mujeres se miren con malicia indisimulada o solapada.

No me refiero aquí al bello perfume de los azahares, ni al cautivante aroma del incienso, ni a los estragos que causa la intencionada vestimenta que, bajo el pretexto de combatir el calor y atenuar la incomodidad de los sudores, termina por exhibir en público buena parte de aquello que esta destinado a la privacidad y a la intimidad.

Apunto, antes bien, a la música que propalan las radios locales, que es la misma de moda en las bailantas de todo tipo, incluidas las autodenominadas tanguerías en donde el Tango (así con mayúsculas) es un pretexto que dura media hora y deja paso a la cumbia, el pasodoble, el fox-trot y cosas por el estilo.

Para colmo de males, nuestro mítico folklore esta siendo lentamente colonizado por esta doble ola dulzona (aunque de indudable calidad como algunas creaciones heterodoxas de Los Nocheros) y caribeña (asístase sino a la otrora purísima Carpa El Chañarcito que creara en Cerrillos el gran maestro Marcos Dermidio Thames).

Apunto a esa música provocativa, provocadora, melosa, cálida, susurrante, sugestiva que, en unos casos, exalta el romanticismo soñador y rudimentario (aunque no por esto menos valioso) y alienta el bailar abrazados y, en otros, introduce el diablo en el cuerpo y nos obliga a movernos frenéticamente sin temor al ridículo y por muy pataduras que seamos.

Lo singular de este fenómeno es que este tipo de másica se escucha, abrumadoramente, de la noche a la mañana, de lunes a lunes. No existen siquiera los respiros de la Semana Santa ni de la Semana del Milagro que en el pasado hacía respetar escrupulosamente Monseñor Tavella.

Es el tipo de música que, por lo que se ve, reclaman los oyentes de todas las edades. Muchos de los cuales llaman a las emisoras pidiendo se transmitan insinuantes y, porque no ambiguas, dedicatorias.

Quizá, quien vive diariamente en la ciudad tiene curtido sus oídos y, como sucede en el mundo de la política, termina tomando por normal o inevitable lo que no es sino anormalidad y preludio de los vicios mas variados.

Pero quienes llegan desde el sur o desde algunos países del hemisferio Norte, caen rápidamente en cuenta de que asisten a un fenómeno identitario y, la mas de las veces, terminan seducidos por el clima y lanzándose a la búsqueda de parejas con las que compartir esto que algunos interpretan como expresión de la felicidad mas fácil, directa y gratificante.

No faltan aquellos que, para intelectualizar el fenómeno, apelan a un cierto epicureismo de barrio, o llegan a manipular a Nietzsche trajinando citas acerca del amor fati.

Para las mentes liberales, entre las que se cuenta la mía, nada sería mas grave que una intervención de los poderes bajísimos (cosa que hay que descartar en Salta vistas las preferencias -llamémosle, generosamente, culturales- de quienes lo detentan) o altísimos.

Salta es así desde tiempos inmemoriales, como pudieron comprobarlo los primeros extremeños que naufragaron en los bañados y charcos que pululaban en el Valle de Lerma, entregándose a la mestización en brazos de irresistibles bellezas autóctonas.

Pero hace falta, en mi humilde opinión, desatar ciertas fuerzas equilibrantes. Y aquí no queda mas remedio que reconocer el acierto del Príncipe al poner en marcha una Orquesta Sinfónica de inspiración europea.

Sería, no obstante, de desear que la dinastía de La Pedrera y otras sagas cultas, refinadas o poderosas se dieran a la tarea de promover un mayor pluralismo musical en el éter.



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