El Petiso Juárez

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el domingo, 04 de noviembre de 2007 (Ha sido leído 913 veces)
Estudiantina, poder local y buen gusto en un relato con intención literaria.

Fuimos compañeros en el Colegio Nacional de Salta al final de los años cincuenta. Era él un chango diferente por sus ojos verdegrises, por su pelo ensortijado y no quiscudo, y por su audacia intrascendente con las mujeres, fueran estas alumnas, celadoras o profesoras jovencísimas.

Carecía de complejos y disimulaba su baja estatura con una simpatía arrolladora. Hablaba hasta por los codos, y era difícil pararle para introducir un bocadillo de ideas o formular preguntas, precisamente a él a quién el resto de la clase considerábamos un pozo de sabiduría en asuntos de sexo y de transgresiones varias. Era lo que se dice un pícaro castellano, un auténtico sabandija salteño, un chunquiador universal.

Su padre, siendo niño, lustraba zapatos en Chicoana, hondeaba pájaros (pretendía haber bajado un cóndor de un hondazo), cazaba zorros y expropiaba naranjas y duraznos en los jardines de las familias conservadoras. Pese a este pecado de juventud, don Juarez padre fue mas tarde aceptado en las huestes de la Unión Provincial y compartió tribuna con el Capitán Luis María.

Cuando los salteños descubrimos a Tony Curtis, primero en revistas y después en las veredas del Hotel Salta, pronto nos dimos cuenta de su enorme parecido con el Petiso Juárez. Naturalmente también él lo percibió y de inmediato imaginó planes para explotar esa casualidad afortunada.

Nuestras jóvenes condiscípulas (adviértase que eran tiempos sin televisión y con mucho catecismo) cambiaron el modo de mirar a juarecito llegando a tolerarle sus tocamientos impúdicos, ostentosos y llenos de una lujuria potencial que luego los años fueron transformando en meros desfogues verbales. Pero, es un hecho que a los quince años, entre las risas admirativas de los varones y el dejar hacer de la víctima, juarecito tetiaba a la Tita por encima del guardapolvo.

El irrepetible tiempo de Taras Bulba cambió la vida del Petiso Juárez.

Se dio la coincidencia de que la hermana de uno de nuestros compañeros e hija del Cónsul de Bolivia en Salta, que hablaba un perfecto inglés, fue encargada por la Productora de la película de la tarea de mantener las difíciles relaciones con los extras salteños.

Patricia Arana se anotó un poroto cuando presentó al Petiso Juárez al asistente de producción que buscaba un jovenzuelo sin rasgos de coya para representar el papel de hijo de Taras Bulba, del mismo hijo que, ya hombre, representaría Tony Curtis.

Fue así como la estampa simpática de juarecito entró en la inmortalidad, tomado de la mano del feroz Yul Briner que, acompañado del infante, enfrenta a sus osados enemigos en los campos de Leser.

Aun sin haber visto la película (la mayoría no llegó a verla nunca) las vecinas y vecinos de la feliz familia Juárez esperaban el momento propicio para preguntar sobre la vida del changuito ese que siempre les había parecido un vago incorregible y que ahora era todo un personaje barrial e incluso mundial.

Su santa madre, orgullosa con el trabajo de su niño travieso, le imaginaba ya en Hollywood, rodeado de gente linda, viviendo en una de esas típicas mansiones que mostraba de vez en cuando la revista Atlántida, trayéndole regalos de El Rodeo para el día de la Madre, y llevando de a poco a sus modosas hermanas a tentar suerte en el gran país del norte.

Era tal el maternal entusiasmo, que terminó por perdonarle sus pequeños pero rotundos fracasos escolares; en realidad, fracasos que condujeron a un tropiezo definitivo y que hicieron ingresar inmediatamente a juarecito en la famosa Universidad de la Vida, de la que han egresado infinidad de salteños que hoy, desde los cafés que rodean la Plaza 9 de Julio, se pasan las horas mirando con desdén a los licenciados de la UNSA y de la Católica.

Nuestro Petiso cursó en aquella Universidad sin programas, sin calificaciones y sin diplomas, en sus sedes de Salta y Jujuy, aunque hizo algún postgrado en el Partido de Vicente López (Buenos Aires). Pero fue en las sedes norteñas donde adquirió sus definitivos conocimientos acerca de la sociedad estamental y del poder, sobre lo que está bien y está mal llevar y comer, y sobre lo que debe decirse o callarse.

Su padre, egresado de la misma Universidad, le había dejado una marca indeleble cuando, en los años setenta, rechazó un ofrecimiento del poderoso amigo de La Pedrera para que se hiciera cargo del departamento de publicidad del primer diario en offset integral del NOA.

Un acontecimiento que hoy juarecito, con su habla mestiza, ampulosa e irreverente, resume de esta manera: “Imagináte, mi tata se animó a decirle que no nada menos que a dios”.
Aquella desinteresada y sana amistad entre don Juarez padre y el futuro empresario había surgido en los largos trayectos en bicicleta desde Salta a La Pedrera, en donde Juárez enseñaba a cazar vizcachas y perdices a su versátil amigo intuyendo, con esa sagacidad que protege a los petisos, que ese hombre de la Pedrera llegaría lejos, que terminaría por recibir los honores y las zalamerías de la pretensiosa gente decente de Salta que por ese entonces le desdeñaba.

Una amistad que se había consolidado cuando el pedrereño que llegó tan alto le pidió ayuda para que el ministro Joe (apelativo cariñoso con el que sus íntimos, y quienes querían congraciarse con él, nominaban a don José Alfredo Martinez de Hoz, por aquel tiempo infalible ministro de economía de la dictadura militar), tuviera una feliz estadía en Salta.

El comité de recepción, sabiendo de las debilidades del bueno de Joe por la caza y por la pesca, organizó un atinado periplo por ríos y montañas y, siguiendo una vieja costumbre del séquito del dictador español Francisco Franco Bahamonde, se las ingenió para ensartar en el anzuelo de Joe un inmenso pez cuya pesca terminó de aceitar las espléndidas relaciones entre el poderoso salteño y el doble representante de hacendados y de industriales azucareros.

Salió tan bien aquella excursión campestre, que don Juarez padre fue varias veces convocado cuando se trataba de agasajar a jueces, embajadores, militares, espías y comerciantes súbitamente millonarios, engañándolos con pescas homéricas. El agasajo, si venía a cuento, incluía la provisión de uno que otro cuerito VIP, pero en esto nada tenía que ver don Juarez, hombre de principios.

Si bien el Petiso Juárez está orgulloso por estos servicios y por lo que en su día fue una sincera amistad de progenitores, se queja ácidamente del trato recibido en Las Costas cuando, en su inocencia, pretendió saludar a su Ocupante. Fue quizá la conocida competencia sesgada del Director de Ceremonial, Audiencias y Protocolo (o quizá su aristocrático desdén por quienes tuvieron niñez de pobre) la que impidió que juarecito pudiera cumplir su sueño de saludar al Gran Poder y explayarse en detalles sobre aquella amistad de sus mayores.

Hoy, el Petiso sigue derrochando simpatía, vende (extraña ironía del destino) corpiños para que las damas engañen a los varones y eleven su autoestima, sueña con un inminente ingreso al Senado de la Nación, de la mano de uno de sus yernos, disfruta de su nieto, rememora sus trapisondas como agente inmobiliario, y recuerda a aquel otro amigo viajante porteño que venía de vez en cuando a Salta pidiéndole que le consiguiera un cuerito gratarola (cualquier cuerito) para pasar el fin de semana.

"Todo bien". Sin embargo, sufre cuando su exitosa hija Jacqueline se decide a invitar a los padres al lugar donde mantiene almuerzos de trabajo con socios, clientes y proveedores. Sufre con los desaguisados de una esposa poco refinada que insiste en pedir ravioles con tuco en los mejores restaurantes de Puerto Madero.

Si será bruta esta porteña que no comprende en qué nivel se mueve la yaquelincita … Imagináte, cuando entramos el mozo se acerca a mi hija y le dice: ¿En la mesa de siempre doctora? ¿La doctora beberá lo de costumbre (una copita de jerez y luego agua mineral sin gas)? ¿Le hago marchar un alerón de pollo? Y mi mujer, dále con los ravioles con tuco”.

No quise amargarle la noche. Pero fue seguramente esta inocente costumbre de su esposa, conocida como se conocen todas las costumbres en Las Costas, las que le cerraron las puertas de la Residencia. Allí el Cocinero Mayor no prepara ravioles ni para la peonada.


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