Escrito por Armando Caro Figueroa, el miércoles, 14 de noviembre de 2007 (Ha sido leído 1302 veces) La historia del carnaval en la ciudad de Salta y sus alrededores es un largo recorrido de mestizajes entre los ritos ancestrales de la vieja Europa y el paganismo del incanato, así como de recepción incesante y recreadora de hábitos provenientes del norte vecino, ancho y sin fronteras.
Es, en apretada síntesis, la historia de una tumultuosa confluencia cultural alrededor de un propósito claro: legitimar, promover y organizar el tiempo del desenfreno.
Hay, sin embargo, en la actualidad, diferencias entre las costumbres europeas y las prácticas locales de carnaval.
Una tiene que ver con la duración de las fiestas. Mientras que en Salta el tiempo del desenfreno comienza bastante antes y recomienza después de la cuaresma, en Europa aparece estrechamente acotado por el peso (ahora silencioso) de la religión y su mensaje moralizador, y por las exigencias productivas de la sociedad industrial.
Otra diferencia está referida a la intensidad del desenfreno y a la difusión de las prácticas carnestolendas entre los diferentes segmentos sociales. Al contrario de lo que sucede en Salta, un apreciable y generalizado refinamiento de las costumbres modera los comportamientos carnavaleros de nuestros ricos parientes europeos.
Al menos no es común en aquellas latitudes que los divertimentos en honor de los dioses paganos (o del diablo, según se prefiera), incluyan rociar con pis de ocasión a los vecinos que, medio alcoholizados, danzan en carpas tradicionales del Valle de Lerma, como El Chañarcito, o el Patito. Aunque, conviene precisarlo, esta costumbre extrema y perversa no se observa en sitios como la carpa “El diablo mayor del carnaval” que en sus buenos tiempos inspiraba el maestro Carlitos Abán.
Una tercera diferencia viene marcada, hasta donde alcanzan los conocimientos de este cronista, por el generalizado uso de la albahaca que, entre nosotros, alegra el espíritu, invita a dejar de lado pudores, y predispone a los cuerpos para el contacto mas íntimo y despreocupado.
Apunto aquí una diferencia más: el peso preponderante, en las comparsas y murgas que desfilan en el carnaval salteño, de los disfraces de indio (usados tanto por descendientes de europeos como de aborígenes) y de los travestidos.
Pero dejemos de lado este esbozo comparativo y centrémonos en los aspectos más llamativos de los carnavales de Salta en su versión sesentista.
Y para comenzar con este enfoque apuntemos que, como corresponde a una sociedad rígidamente estamental, las fiestas de carnaval se celebraban, en aquel tiempo fecundo y traumático, de distinta forma según fuera el encuadramiento social de los vecinos.
Los señoritos y las damas mas encumbradas (no mayores de 30 años, eso si), jugaban con agua a la hora de la siesta en los patios arbolados, en las casas sanlorenceñas o en los alrededores de las piletas de natación; sabiendo que, entrada la noche, estarían -casi todos- bailando en los salones del Sporting Club. Y digo “casi todos”, porque había quienes preferían “salir a cazar” parejas mas divertidas en Gimnasia y Tiro o incluso en la Sociedad Española; sin que faltara, dentro de este círculo selecto, algún que otro afrancesado que, tras cambiar de indumentaria, se introducía, ávido de experiencias mestizas, en las pistas del club Rivadavia o, peor aún, del club Anzoátegui.
Permítaseme un breve paréntesis para señalar que, en la mayoría de los casos, las “bellezas autóctonas” desdeñaban a los señoritos cazadores (salvo a los que se identificaban públicamente con el peronismo, vaya uno a saber porqué), guiadas por un instinto de conservación y por un sentimiento de dignidad que les hacía preferir los amores con sus vecinos, con los compañeros de taller de sus hermanos, o con el hijo de la enfermera del barrio.
Aquella vocación por la novedad y por lo distinto que atrapaba a los mas audaces retoños de la “gente decente”, solía residir también en ciertas y determinadas damas inquietas “de la sociedad” que, de vez en cuando y sobre todo para carnaval, encontraban la ansiada libertad detrás de un rústico disfraz de gato.
Volviendo al asunto del juego con agua, viene a cuento añadir que entre aquellas formas amables de los señoritos y los modos preferidos por los jovenzuelos de los estamentos sociales menos agraciados, existían no solamente diferencias ambientales o de tono.
En efecto: Para los primeros, el rociar casi delicadamente con agua, a veces perfumada, expresaba preferencias amatorias, insinuaba sentimientos y deseos, preparaba citas y encuentros más formales. En el otro extremo de la pirámide social, el feroz baldazo o la agresiva bombita de agua eran más bien una declaración de amor pasajero, con deseos de instantaneidad (aun cuando podía luego perdurar), un pretexto para acercarse al otro y tratar de meterle mano, de sobarlo o, dicho en el argot adecuado, de franeliarlo.
No se piense, sin embargo, que la Salta sesentista era una monótona sociedad dual, donde cada uno tenía un rol y un libreto del que no podía moverse.
Antes bien, existía un grupo de vecinos jóvenes, arrogantes, iluminados por la luz oscura del demonio que circulaba transversalmente por todos los ámbitos; que conocía y frecuentaba salones elegantes, bares luminosos (como el del Hotel Victoria Plaza), restaurantes de barrio (Don Andrés), bailongos pecaminosos (la boite del Autódromo, por ejemplo), presuntuosos cabaretes (el Tabaris donde reinaba papacito), sin privarse de periódicas visitas a los mas decadentes prostíbulos del Bajo Grande.
Para los miembros de esta verdadera tribu urbana el tiempo de carnaval era propicio para dar rienda suelta a su donjuanismo y a sus otros vicios. Su paso por la universidad no les privaba de perfumarse con albahaca, de llevar en el bolsillo posterior del pantalón un pomo con agua florida, de galantear en El Chañarcito como uno mas, dejándose enharinar y sumándose al salvaje juego de dejarse pintar (y pintar impúdicamente el cuerpo de las damas del lugar) con alquitrán.
A la hora de la siesta estos singulares personajes “patrullaban” con sus coches las calles de la ciudad, bien provistos de bombitas de agua, buscando nuevas caras y nuevos cuerpos para su insaciable afán seductor. Sobre las 5 de la tarde se metían dentro de la carpa de moda, danzaban al ritmo de Chiquita Saldí, ponían el ojo sobre las morenas mas llamativas (“bellezas autóctonas” en su lenguaje desenfadado), y armaban citas sin necesidad de mentir.
A la noche, tras un prudente descanso y una reparadora ducha, algunos de ellos se daba una vueltecita, sin mayor convicción, por el Sporting Club. La mayoría, a eso de la una de la madrugada, aparecía radiante, rozagante y fragante en la pista de esgrima del Club Gimnasia y Tiro y desde allí salía a “patrullar”, con un vaso de güisqui nacional en sus delicadas manos, las pistas de tenis de ladrillo molido dejándose llevar por la música Paul Anka o Leo Dan.
La distinguida abuela de uno de estos feroces afrancesados, enterada de las correrías de su nieto, lo llamó a capítulo y le reprochó: “Hijito, me han contado que andás orillando, que te has vuelto chinitero”.
Esta crónica quedaría incompleta sin una breve referencia a las costumbres carnavalescas de nuestros campesinos y pastores. De esos hombres que bajan de las montañas y abandonan transitoriamente a su familia o a su soledad, para homenajear el diablo, antes de rendir pleitesía a Dios nuestro señor cuando llega la cuaresma.
El divertimento de estos paisanos está centrado en el alcohol (chicha o aloja, pero también vino), la coca y la albahaca. También en el sexo ocasional y amargo que practican en estrechas y precarias carpas que feas “mujeres de la vida” (derrotadas por la vida) levantan en las adyacencias de los bailables más populosos.
Sin olvidar la compañía de la música. No de los ritmos de moda que irradia la megafonía de las carpas hoy atucumanadas, sino la música de la Salta profunda, coplas y bagualas tristes interpretadas al son de las cajas chayeras.
Los mas cultos de nuestros pastores y campesinos, cantan coplas donde la soledad, las penas y la sinceridad se entremezclan:
Que lindo es el carnaval
que entre algarrobales crece
a su sombra el animal
que hay en mis venas florece
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