Una paseadora de perros, madrugadora y melancólica |
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Escrito por el viernes, 16 de noviembre de 2007 (Ha sido leído 726 veces) Al alba, una joven salteña pasea perros por encargo. Trabaja, cumple una regla de buena educación, pero a costa de ver herida su dignidad. Nuestras sociedades, siguiendo el ejemplo de las más desarrolladas, promueven el “trabajo decente”. Y está bien que así sea pues ello, que duda cabe, constituye un avance cultural importante, aun cuando nuestras realidades (también la de algunos de los países más prósperos) nos abrumen con ejemplos de “trabajo indecente”, por inseguro o por contrario a la dignidad de las personas. Cuando uno mira la actividad humana desde el binomio decencia/delito está tentado a pensar que todo trabajo que no incurra en el ámbito del delito, dignifica. Pero hoy, mientras en un bello amanecer recorría las calles de un lujoso barrio salteño, me he topado con un hecho conmovedor. Una joven, de semblante autóctono y aire de licenciada en filosofía, paseaba cinco perros finos, relucientes, gordos, ajenos y orondos. De pronto, un par de ellos decidieron defecar cerca de un teléfono público. Alguien, derrotado por las evidencias de las malas costumbres urbanas, podría inscribir este hecho en la agenda de la normalidad ciudadana. Pero lo anormal, lo que me pareció aberrante, fue ver que la paseadora de los perros se las ingenió para recoger, sin guantes a la vista, la vil materia depositada por los animales en una bolsita de plástico, mientras los curiosos de siempre se paraban para mirarla, entre sorprendidos y divertidos. El acontecimiento me sugirió dos reflexiones, contradictorias solo en apariencia: La primera, que quién saca a pasear a su perro y recoge las deposiciones contaminantes, realiza un acto cívico encomiable. Pero, y es la segunda reflexión, que quién se encargue de esta ingrata tarea sea una paseadora de múltiples perros ajenos me pareció un atentado a la dignidad del trabajo y de la persona. Más artículos de la categoría Sociedad |





