Tarás Bulba y Salta |
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Escrito por el sábado, 17 de noviembre de 2007 (Ha sido leído 2646 veces) La filmación de la película Tarás Bulba es, 45 años después de ocurrida, objeto de investigaciones históricas y de conversaciones de cafe en Salta. Siempre sospeché que había mucha fábula, mucho mito, en esto de las relaciones de Salta y los salteños con Tarás Bulba. Una sospecha que el paso del tiempo fue ratificando cada vez que me encontraba con un comprovinciano presunto protagonista de anécdotas relevantes con la película, sus estrellas o sus productores. No obstante y por aquello del patriotismo local, siempre me hice eco de los mitos que trasladé, convenientemente amplificados, a aquellos miembros de mi familia que no habían tenido la oportunidad de vivir en la Salta de entonces. Así fue como les hablé de los innumerables amigos y parientes con “actuación destacada” en la película; del amor de Tony Curtis por la mas bella quinceañera de los sesenta (la misma que luego fue triple Reina del Mar, de los Estudiantes y de la Primavera); del “papel estelar” de mi amigo Varguitas que, dado su gran parecido con Tony Curtis, lo doblaba en alguna escena del filme; de la presencia de Ariel Montero, el mas bizarro de los salteños de entonces, y de otras lindezas por el estilo. Todo marcho bien hasta que mi mujer decidió comprar la película y me instó a que la viéramos juntos, con el propósito de que le fuera identificando a los personajes salteños, amigos, parientes o condiscípulos míos, que se lucían en esta superproducción americana. Antes de que nos sentáramos a ver tan famosa obra cinematográfica, repasé todo lo publicado en www.iruya.com, me leí la hermosísima novela de Nicolai Gogol, consulté “Babilonia Gaucha” (Diego Curbeto, Editorial Planeta, 1993), y me esforcé por ordenar mis lejanos recuerdos de aquel acontecimiento. Recordé, por ejemplo, que mi incipiente izquierdismo nacido de mi condición de novel estudiante universitario, me hizo mirar con desden aquel despliegue yanqui en suelo patrio, indignarme con el “no me toque” lanzado en inglés por un desagradable Yul Bryinner ante un paisano que le pedía un autógrafo, y festejar, como no, la huelga declarada por los extras locales que obligó a los norteamericanos a cumplir con la legislación laboral y pagar las horas extraordinarias. Una huelga que, según cuenta el salteño más parecido a Tony Curtis, el petiso Vargas, movió a los irascibles yanquis a revocar la promesa de donar a Salta el fabuloso castillo polaco construido en los campos de Castellanos, al que, en represalia y sin que el guión lo exigiera, terminaron prendiendo fuego. Vinieron también a mi memoria las conversaciones, recientes, con la Reina del Mar refiriéndome con lujo de detalles los intentos de seducción de que había sido objeto por parte de un Tony Curtis amable y delicado, que la descubrió mientras bailaba en el Teatro Victoria formando parte del elenco de la sin igual Mirian y que, entre veras y bromas, le dijo “te vendré a buscar cuando cumplas 18 años y me casaré contigo”. Si bien al mirar la película no localicé ninguna escena en la que participara una compañía de baile clásico, creo que es ésta una de las pocas anécdotas verídicas. Tony se enamoró de la bella muñeca de porcelana que era Estela, a punto tal de invitar a los padres de ella a las plateas que había reservado en la primera fila del Teatro para mirar embelezado al jovencísimo objeto de sus desvelos, en el tiempo que le dejaba libre su conocida historia de amor con Christine Kauffman. Ayer, iniciada la doméstica proyección y a medida que avanzaba la película, mi decepción y mi desconcierto fueron en aumento. No logré identificar a ningún salteño ni salteña, aun cuando abusé de las imágenes detenidas. El argumento, verosímil, de que los atavíos cosacos (coletas en cabezas rapadas, gorros horribles, largos bigotes y patillas, pipas y rostros embravecidos), tuvieran mucho que ver esta imposibilidad de localizar paisanos, no logró rebajar mi desencanto. Puede que la escena (famosa en Salta) de Tarás hablando con su esposa mientras toma de la mano de su hijo Andrei cuando este tenía doce años, y que habría protagonizado el simpático petiso Vargas (quién volvió a contármela la semana pasada), haya existido. Pero lo concreto es que no aparece en la versión finalmente comercializada. En resumidas cuentas, son muy pocas los datos, las señas, que permiten deducir que Tarás Bulba fue filmada en Salta. Están ahí, desde luego, los paisajes de Castellanos (sus piedras y su vegetación rala de invierno) y el bello río Leser, un típico río de nuestras montañas y en donde un recién nacido salteño sufre los rigores del bautismo cosaco. Está también aquello que los ojos salteños mas perspicaces y expertos descubrirán (aunque -en mi caso- sin llegar a identificarlas): el erotismo y la belleza de las jóvenes salteñas que bailan danzas cosacas en medio de una casi orgía de inusitado realismo con la que la huestes de Tarás celebran uno de sus pasajeros triunfos militares. Hay muchas otras cosas que llaman la atención. Por ejemplo, la abrumadora presencia -en los primeros planos- de extras invariablemente fornidos; una presencia que habla o bien de una situación alimentaria que ha desparecido (victima de las crisis o de las nuevas costumbres mas saludables), o bien de la prolija selección del personal local llevada a cabo por el equipo de producción. En este sentido, sobresale un magnífico gordo salteño (probablemente un vecino de Palo Marcao) que es manteado por los eufóricos cosacos. No cabe sino reconocer que el salteño de hoy es, en líneas generales, más delgado, incluso canijo, que los que pueblan las escenas militares de la película. La presencia de los salteños esbeltos está circunscripta al capitán Juan Carlos Grande (quién dobla con absoluta solvencia a Tony Curtis en las escenas de caballería), al cuerpo de monaguillos que sale de la fortaleza de Dubno, y a la guardia real polaca representada, seguramente, por tropa profesional del Quinto de Caballería. La pose desgarbada y negligente de los extras nativos de segunda fila, que tantos dolores de cabeza dio a la producción, no se advierte en las escenas de masas. Antes bien, en estas escenas, perfectamente filmadas, la caballería salteña disfrazada de cosaca no tiene nada que envidiar a aquellos bravos ucranianos a los que imitan siguiendo un guión que, dicho sea de paso, incurre en varias incongruencias respecto de la novela de Gogol. En resumen, tras mi inmersión de fin de semana en Tarás Bulba, he decidido rebajar mi entusiasmo patriótico, aunque sin por ello negar que aquel fue, en Salta, un tiempo singular y que la filmación de la película dejó huellas imborrables en muchas memorias salteñas. Más artículos de la categoría Arte y cultura |


