Derechas e izquierdas en Europa, en Buenos Aires y en Salta |
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Escrito por el lunes, 19 de noviembre de 2007 (Ha sido leído 1276 veces) ¿Fue el señor Juan Carlos Romero el introductor de la economía de mercado en Salta? O, por el contrario, el generador de un (indignante) "capitalismo de amigos". Los europeos, para facilitar el análisis político, aun a riesgo de simplificarlo, idearon dividir el mapa que reúne a las fuerzas políticas y sociales de un ámbito nacional determinado, en dos grandes hemisferios o espacios a los que denominaron “derecha” e izquierda”. Más tarde, cuando se hicieron patentes las limitaciones y la rigidez que generaba este modelo teórico, se vieron obligados a introducir matizaciones y conceptos como “centro”, “centro-derecha” o “centro-izquierda”. Esta herramienta, en Europa y hasta bien entrado el siglo XX, sirvió tanto al vulgo como a la ciencia política para “ordenar” la realidad, interpretar comportamientos y clasificar programas. Sin embargo, cuando los mismos europeos intentaron exportar el instrumento para entender lo que pasaba en otras latitudes, cosecharon sonoros patinazos. Además de una generalizada ignorancia, fruto de la irrelevancia que el Sur tiene para amplios sectores del Norte próspero y presuntuoso, fue el abuso del binomio nacido en tiempos de la revolución francesa el que los llevó a encasillar erróneamente a muchos líderes latinoamericanos. Así, la creencia de que el señor Hugo Chávez de Venezuela, por poner un ejemplo de moda, es un hombre de izquierdas, explica los errores de la diplomacia española. Un error que, como no podía ser de otro modo, confundió a las empresas españolas que optaron por reforzar su presencia en Venezuela confiando en la presunta sintonía entre el socialismo español y el autodenominado programa bolivariano. Cuando algunos intelectuales argentinos o ciertos actores políticos o sociales autóctonos, afrancesados tardíos, utilizan la herramienta europea sin las precauciones del caso, llegan a también a conclusiones absurdas; o terminan construyendo ingeniosas combinaciones, como aquellas que, tras mezclar nacionalismo, marxismo y cristianismo, alumbraron décadas de violencia y atraso. Es quizá por esto que no deba llamar excesivamente la atención que, durante el pasado período preelectoral, muchos politólogos y empresarios porteños, de simpatías liberales o conservadoras, hablaran del señor Juan Carlos Romero como una “reserva estratégica de la derecha argentina”. Lo imaginaban como un hombre defensor de la economía de mercado, razonablemente comprometido con la democracia y que, además, contaba con los recursos económicos suficientes para financiar una campaña presidencial. A ninguno de tales actores de la vida política porteña les interesaba saber el origen de estos recursos económicos, ni profundizar en el estudio de la realidad salteña para confirmar si el señor Romero era tan liberal, tan demócrata y tan partidario de la economía de mercado como ellos, en su frivolidad, imaginaban. Lo curioso del caso es que cierta “izquierda local” (nacionalista, estatizante y autoritaria), piensa también que el derrotado Gobernador de Salta es un engendro de la derecha capitalista y liberal que -entre muchas otras felonías- introdujo la economía de mercado en Salta. De hacer escuela este precario análisis (y todo indica que así ocurrirá), el beneficiario será el ahora denostado señor Romero, sin que, por lo demás, este razonamiento simplista arrime la luz que precisa el nuevo Gobernador de la Provincia para hacer realidad el cambio que ansía la mayor parte de los salteños. El paralelismo entre las posiciones de la “derecha porteña” y la “izquierda vallista”, se quiebra -claro está- a la hora de calificar el régimen político engendrado por el señor Romero. Aun cuando las convicciones republicanas de ambos (porteños y vallistos) no sean muy firmes, la izquierda vallista sabe que el régimen anterior fue cualquier cosa (un Sultanato, para otro columnista de esta misma página), menos una democracia moderna. Pero el error más grueso que comparten los que elogian desde la “derecha” al señor Romero y quienes lo vituperan desde la “izquierda”, tiene que ver con la naturaleza del régimen económico que promovió en Salta el Gobernador que se aleja lentamente del cargo para aposentarse en el Senado de la Nación. Nadie con un mínimo de rigor intelectual puede afirmar que en Salta funcionó una economía de mercado que merezca, con propiedad, el nombre de tal. Lo del señor Romero fue un “capitalismo de amigos”, un régimen donde éxitos y fracasos, ganadores y perdedores eran decididos en Las Costas. En Salta, en paralelo a la cantidad de pobres, creció notoriamente el número de ricos. Pero la mayoría de estos nuevos ricos debe su suerte a su cercanía con el poder absoluto que ejerció el anterior Gobernador. Da igual que ese enriquecimiento provenga directamente de la actuación política (corrupción), o que se haya originado en las prebendas discernidas por el Gobierno (“capitalismo de amigos y sin riesgo”). Y da igual que estos nuevos ricos se quejen ahora de determinadas decisiones “del Príncipe” que favorecieron a otros. Se trata de quejas oportunistas, por lo tanto inválidas, que protestan no por la discrecionalidad sino por un concreto resultado adverso. No se trata (no es al menos el propósito de esta nota), de impugnar el éxito empresarial autónomo y competitivo, de los que la vida económica salteña reciente muestra muchos casos honestos y encomiables. Sino de poner el acento en una realidad en donde muchas fortunas nacieron al amparo de decisiones del Estado contratista, concedente, o regulador. No forma parte de la lógica de mercado enriquecerse con la obra pública privatizada a través de actos opacos; ni con el préstamo de dinero al Estado a tasas usurarias; ni con la concesión de permisos para desmontar bosques nativos; ni con el otorgamiento de monopolios en el transporte; tampoco con el financiamiento barato y con fondos públicos de obras privadas. El mentor ideológico (en lo institucional y en lo económico) del señor Juan Carlos Romero fue y es el señor George W. Bush, no la alemana Angela Merkel ni el francés Nicolás Sarkozy. Si usted, estimado visitante de este sitio, tiene alguna duda, me permito recomendarle la lectura del reciente libro de Al Gore “El ataque contra la razón”. Más artículos de la categoría Contribuciones |





