• Historia Gráfica
  • Kiosco Digital
  • Portal de Noticias
  • Estilo Salta
Kiosco Digital América
Portal de Noticias
Estilo Salta

Los tribunales salteños en los años sesenta (I)

Imprimir E-Mail
Escrito por Armando Caro Figueroa, el martes, 20 de noviembre de 2007 (Ha sido leído 1365 veces)
El foro salteño, pese a los esfuerzos de los tradicionalistas, no pudo soportar los embates de las ideas y de la cultura sesentista.

Edificio de los tribunales en Salta durante los 60
Edificio de los tribunales en Salta durante los 60
Cuando los acontecimientos políticos y culturales que tuvieron su epicentro en la Francia de los sesenta imprimieron un giro radical de proyecciones internacionales a las costumbres, a las ideas y a las instituciones, llevaban acumulados más de 100 años de una vida a veces calma a veces tormentosa.

Me refiero a la historia aún no escrita de los tribunales de justicia de Salta, ese conglomerado institucional compuesto de magistrados, “aves negras”, pasantes de pluma, abogados, testigos falsos, rábulas y personal administrativo y de servicios.

Durante gran parte de aquella historia centenaria, los tribunales fueron, junto con el Club 20 de Febrero y la residencia del Gobernador, uno de los centros más poderosos, cerrados y cultos de la Salta provinciana.

Nuestros tribunales pre-sesentistas eran, desde luego, el ámbito donde se impartía justicia.

Pero también el lugar ideal para las intrigas palaciegas que tejían las familias poderosas en competencia por controlar los recursos del Estado. Un foro de debate político, acotado -claro esta-, al restringido pluralismo político que, en los años 50, amplificó la llegada del peronismo. Un espacio para un cierto intercambio cultural que se expresaba en escritos judiciales de vuelo literario o en charlas ocasionales sobre arte y literatura. Un sitio -en fin- que, bajo determinadas condiciones, funcionaba como una suerte de antesala de la pretenciosa vida social de provincias.

El parentesco era el argumento supremo a la hora de discernir cargos y honores, y en más de una ocasión esos vínculos familiares influían en el desarrollo y desenlace de los pleitos.

La apreciable homogeneidad social de la abogacía y la magistratura, que se extendía al personal administrativo, facilitaba el funcionamiento de una justicia sin mayores pretensiones democratizadoras y tributaria de la tradición procesalista hispana.

La traumática irrupción del peronismo (con su mezcla de letrados y jueces plebeyos y aristocráticos que se unieron en un abrazo a la causa del Coronel Perón) y su posterior caída, dejaron huellas en la historia de nuestros tribunales. Tanto por la restringida renovación de las magistraturas, como por sonados pleitos de inocultable trasfondo político.

Mas tarde, el odio antiperonista triunfante en 1955 fue el encargado de volver las cosas a su sitio y de expulsar del foro local a todos aquellos que perseveraban en su adhesión al “tirano prófugo”. Sin embargo, en su magnanimidad, los vencedores aceptaron correr un tupido velo para perdonar a los arrepentidos de haber firmado su entusiasta adhesión a la Constitución de 1949.

Viene a cuento aquí un paréntesis para relatar que un prolijo heredero de quién fuera alto juez durante el peronismo, guarda una reliquia: el exuberante pergamino donde se recogen las firmas de adhesión a la Constitución peronista y en donde constan las rúbricas de quienes, ni bien derrocado Perón, se dieron a la febril tarea de perseguir a quienes habían sido compañeros de causa. Cosas de la vida provinciana, atinó a decirme un testigo entrado en años y doblemente arrepentido.

Es muy probable que el curso rutinario de esta historia comenzara a cambiar con la llegada al poder del Presidente don Arturo Frondizi y del Gobernador don Bernardo Biella, cuyos mandatos fueron abruptamente interrumpidos. En el caso del Gobernador Biella, tomando como pretexto sucesos que se ventilaron, como no, en los tribunales.

Desde el punto de vista que aquí interesa, esta corriente renovadora tomó nuevos bríos bajo la corta presidencia de don Arturo U. Illia y la gobernación de don Ricardo J. Durand.

Mientras que de la Universidad de la Reforma seguían egresando (bien que a cuentagotas, a juzgar por lo que vino después) abogados que no respondían al molde clásico, el frondizismo primero y el radicalismo de Illia después, facilitaron un cierto mestizaje en los tribunales salteños.

Hacia 1964, cuando se produce el ingreso en el mundo de los tribunales salteños de decenas de jóvenes abogados de arraigadas simpatías con la izquierda socialista o socialcristiana, ese mestizaje y un cierto clima de tolerancia y de apertura mental eran fácilmente perceptibles.

Por aquel tiempo ejercían su magistratura, con gran independencia y rigor jurídico, muchos jueces y funcionarios de formación democrática y que no se mostraban dispuestos a seguir los códigos no escritos bajo los que funcionó el Poder Judicial pre-sesentista.

Hecha esta rápida introducción, escrita con el propósito de enmarcar esta y las siguientes notas sobre el mismo tema, me referiré a uno de los actores quizá menos conocidos de este singular mundo de los tribunales salteños. Me refiero a las secretarias iletradas de los abogados.

Es fácil presumir que la costumbre según la cual los letrados mas encumbrados arribaban al viejo edificio de la Asistencia Pública (Belgrano y Sarmiento) en compañía de una esforzada secretaria encargada, entre otras funciones, de transportar los pesados expedientes y el maletín del doctor, venía de antiguo.

No se piense que estas asistentas eran siquiera estudiantes de derecho, procuradoras o algo similar. Eran, en términos generales, mujeres de confianza de la familia del letrado y cuya estampa proclamaba su procedencia de los Valles.

Así como la “gente decente” advirtió rápidamente las virtudes domésticas de las jóvenes de Seclantás, en las que delegaban el cuidado de los hijos y las tareas hogareñas que requerían la mayor confianza, los letrados mas prósperos descubrieron la sagacidad de las vallistas y la rapidez con que ellas aprendían a tratar con los colegas (un trato siempre respetuoso y distante), con las empleadas del tribunal (a partir de la diferente pertenencia social de unas y otras), e incluso con los clientes que esperaban, a veces para importunar, al doctor.

Las menos eran autenticas bellezas autóctonas; las mas, chicas poco agraciadas pero de una picardía, una rapidez y una facilidad para aprender, envidiables.

Lo mandado era que la secretaria frecuentara la mesa de entradas y, llegado el caso, ingresara a las salas interiores donde se tomaban audiencias o se “decretaba”. Los doctores se reservaban para las visitas al Secretario, el diálogo halagador con los poderosos “decretadores” y, como no, para los imprescindibles “alegatos de oreja” que deslizaban en fugaces visitas a la mayoría de los jueces.

Esta referencia a la “mayoría” sirve para dejar afuera a determinados jueces que se negaban en redondo a estas sesiones no previstas en el Código Procesal. Una negativa que no era óbice para mantener largas conversaciones con los letrados sobre literatura, viajes a Europa, música barroca y otras exquisiteces intelectuales. Naturalmente, este tipo de oportunidades estaban reservadas a los abogados cultos que, no por casualidad, eran los mas elegantes, eficaces y refinados.

Estos jueces estrictos no miraban con buenos ojos a los letrados que pretendían, en sus periódicas visitas, incursionar en temas políticos. No obstante, cuando la personalidad de los conversadores y la confianza entre ambos lo autorizaban, la charla podía derivar a breves, púdicas e ingeniosas referencias a cuestiones “de faldas”.

Pero regresemos a las secretarias vallistas para decir que, tras la preceptiva recorrida por las mesas de entradas, regresaban -a veces en el automóvil del doctor-, al despacho respectivo en donde cumplían jornadas agotadoras.

Por su formación, por su estampa y por sus vínculos con la familia del letrado, las secretarias estaban fuera de toda sospecha de amoríos con su doctor y, de hecho, no se conocen casos de públicos o escandalosos romances entre estas parejas centradas en lo profesional.

Las secretarias de aquel tiempo vestían con sobriedad, diríase que casi humildemente, en contraste con lo que, según mis fuentes, vino después: sofisticación, perfumes franceses, andar insinuante.

Muy pocos de los abogados sesentistas contaron con secretarias que “hacían tribunales”. Las tuvieron solamente aquellos que se asociaron a colegas más antiguos; en este caso, las relaciones sufrieron profundos cambios dictados por una cierta camaradería propia de la edad y del clima de época.

Esta honorable profesión de Secretaria Iletrada entró en crisis cuando determinados abogados sesentistas decidieron encomendar las mismas tareas a varones que, por definición, salpicaron la profesión de trapisondas, malos modos, indumentaria desarreglada y olor a tabaco de mala calidad.

Eran “confianzudos” antes que discretos; grandes bebedores en el Centro Argentino, que se desplazaban a pié o en bicicleta. Y aunque algunos ascendieron a la categoría, no es bueno confundirlos con los procuradores de facto, hombre de maletín y poncho de vicuña que, en determinados casos (como el de del apodado Ismael Papiry), fueron llevados al crimen pasional.


Más artículos de la categoría Historia y tradición
 

Nuestros números




visitas acumuladas

Hay 8 invitados en línea