125 años de la Escuela Urquiza |
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Escrito por el lunes, 25 de octubre de 2004 (Ha sido leído 8498 veces) Escuela Urquiza Mi escuela, medio siglo atrás Mi tía y madrina Alcira Caro de Medrano estaba jubilándose como secretaria de la Escuela cuando inicié el Primer Grado Inferior. Mercedes Saravia de Villar y mi querida tía, María Antonia Figueroa fueron directoras durante los casi nueve años que permanecí en la Escuela: dos de Jardín y siete de primero a sexto grado, incluyendo el Primero Superior. Mercedes Saravia y María Antonia fueron, después, vocales del Consejo de Educación. Mi tía consiguió que el gobernador de Entre Ríos donara el busto de Urquiza y que, con apoyo de la Cooperadora y de los padres, se levantara el mástil.De mi primer Jardín de Infantes recuerdo su patio sobre la calle Zuviría que, me parecía, era común con la casa del vecino Coro Polifónico y tenía cactus, lajas y tinajas. El segundo Jardín estaba en el primer patio de planta baja; tenía una mesa de arena cruzada por un hilo de agua que imitaba una de las márgenes del Río Juramento donde, espada en mano, un Manuel Belgrano de plomo hacía jurar la Bandera Nacional a sus soldaditos, también de plomo. Mi Primero Inferior estaba a la entrada, pegado a Secretaría, donde hoy funciona la Biblioteca. Elsa Saravia, Negrita, fue mi primera maestra. Un día de junio de 1953, cuando pudimos garabatear las primeras oraciones, anotó una tarea para el aula en el pizarrón: "Composición. Tema libre". Escribí quince o veinte líneas de una hoja de carpeta. Fui el primero en entregar el trabajo. Negrita lo leyó y me llamó: "Lo que escribiste está muy bien". Ese día descubrí mi vocación. Hace dos años, después de 50 sin verla, la encontré en una de sus visitas a Salta. Desde hace años, Elsa Saravia vive en Noruega. "Usted no sólo me enseñó a escribir, también decidió mi oficio de por vida" confesé, justificando el regalarle algunos textos míos. Al escribir se añadió, luego, el recitar en las fiestas de la Escuela y redactar los discursos que leía en el Día de Chile. Recuerdos profundos son los sonidos de la campana, de "Aurora" y el bullicio de los recreos; los olores a tiza, a tinta, a goma de pegar, a madera de lápices, a delantal almidonado. Imágenes: de los bancos de hierro y madera, las "cobarteras", los tinteros en cajitas de cosméticos y con ponchos para secar plumas cucharitas; los frisos, las cadenas de papel celeste y blanco, los bebederos del patio, el puntero, las reglas, escuadras y compases de madera, los coloridos mapas de hule, los secantes; los cuadernos "Laprida", el "Manuel Estrada" y el mágico "Simulcop". Mis otras maestras, en orden cronológico, fueron: Nelly Rosa Iriarte, Hilda Benegas, Fany Baldi de la Guardia de Ponté, Rosa Saba, Anita Blasco y, en sexto grado, Clotilde Pites. Ella fue quien terminó por afirmar mi vocación, permitiéndome preparar charlas y monografías que, supongo, escapaban del programa escolar. Producto de este apoyo de Clotilde, en mayo de 1959 apareció "La Voz Escolar", periódico impreso en hectógrafo escrito en tinta morada, con la elegante caligrafía de mi madre, con dibujos de mi hermano Raúl Eduardo y bajo mi bisoña dirección. Esas seis hojitas, que prometían aparición mensual, se quedaron en un solo número. Con riesgo de olvidarme de algunos, recuerdo nombres de maestras, autoridades y celadoras: Eva Macchi, Leticia Sarmiento, Elba Castellanos de López, Clara Estela Cornejo, María Julia Zapata (Pocha), Amalia Lona, Blanca Torres Romano, Marta Barni, Camucha Frías de Albeza, Etelvina Martínez, Marta Kaplún, señora de Fajre, Candelaria Romero López, Marta Bavio de Caprini, Hilda Querio, María Teresa Mirau de López, Queca Lérida, Nené Mesples, Chichí Medrano Caro. También recuerdo a Negrita Saravia Squiru, María Angela Franco de Suárez, Rosita Sasarini, Ana Silvia Figueroa de Rauch y Luisa Maestro de Pacheco (estas dos últimas de música y canto), Lía Allué de Fernández Molina, Teresita Juárez de Pucci, María Adelina Herrera Rojas, Elba Fernández de Zilly y las docentes de trabajo práctico María Ercilia Alemán de Cornejo y Azucena Quevedo de Peñalva. Ordenanzas de aquellos años fueron Ramón Medeiros, Vicente Arias, Rómulo Flores, Lola y Ramona. Cada nombre me evoca un rostro, un recuerdo, una parte de la vida de la Escuela, o sea, una parte de mi propia vida. Partida de nacimiento El primer y único número de "La Voz Escolar" incluyó una sola sección fija. Era la titulada "Historia de mi Escuela". Aquella nota se anunciaba como la primera de una pretenciosa serie de artículos que debían recorrer los 80 años de trayectoria de la Escuela Urquiza. Decidido a emprender esa tarea, pedí permiso a la directora, Mechita Saravia de Villar, para consultar el archivo de la Escuela. El primer día me dieron uno de esos enormes libros de actas. Allí, escritos a mano, estaban los datos del origen de la escuela. Esto es lo que publiqué, cuando tenía yo 12 años, en "La Voz Escolar": "El dato más antiguo de la Escuela General Justo José de Urquiza se remonta al año 1879, cuando el actual Consejo General de Educación llevaba el nombre de Consejo de Instrucción Pública, cuyo presidente era don Miguel Tedín. Nuestra Escuela comenzó funcionando con el nombre de Escuela Elemental N° 4. Contaba con una preceptora, señorita Rosa López y una auxiliar, Benjamina López. En 1891 figura como directora Celina Baca, con dos auxiliares: Marta Soto y Margarita Espeche. En 1893 ejerce la dirección Ramona Fernández, secundada por las preceptoras Albeana Romero y Sofía Nogales. En 1895 la directora era Eudoxia B. Corrales y preceptora Encarnación Corrales. En 1898 estaba al frente de la Escuela Felisa Villalba acompañada de Corina de Jaime y en 1899 se suma como preceptora Beatriz Villalba", terminaba esa primera parte. En 1879 Edison inventa la lámpara incandescente; Pasteur descubre la inmunización; en Berlín comienza a circular el primer tren eléctrico del mundo; en Londres se instala el teléfono y nace Albert Eistein. Ese año era el último de la presidencia de la República Argentina de Nicolás Avellaneda y, para sucederle, se abría paso la candidatura de Julio A. Roca. En Salta terminaba su mandato el gobernador Juan Solá. A uno de sus ministros, Juan Martín Leguizamón -el "Sarmiento del Norte argentino"- Salta le debe el mayor impulso en educación común, legislación, edificios, mobiliario y bibliotecas. Aquel año en que la actual Escuela Urquiza comenzó a funcionar, fruto también del esfuerzo de Leguizamón, no fue el mejor para la educación en Salta pues los recursos presupuestarios para escuelas se reducían año tras año. En 1871 la provincia de Salta tenía 118.575 habitantes, de los cuales sólo 19.000 sabían leer y escribir. O sea, casi 80 de cada 100 salteños no sabían leer ni escribir. En 1879 funcionaban en Salta 72 escuelas públicas a las que asistían 3.911 alumnos atendidos por 105 docentes. En 1880 el número de escuelas se redujo a 61 y el de maestros a 90. Recién en 1908 el número de escuelas muestra un crecimiento importante: ahora son 143, con 13.228 alumnos y 377 docentes. La creación de la Escuela Urquiza forma parte de la difícil tarea de transformar una sociedad de analfabetos en una sociedad de hombres y mujeres más instruidos, más educados y más libres. Más artículos de la categoría Historia y tradición |


Mi tía y madrina Alcira Caro de Medrano estaba jubilándose como secretaria de la Escuela cuando inicié el Primer Grado Inferior. Mercedes Saravia de Villar y mi querida tía, María Antonia Figueroa fueron directoras durante los casi nueve años que permanecí en la Escuela: dos de Jardín y siete de primero a sexto grado, incluyendo el Primero Superior. Mercedes Saravia y María Antonia fueron, después, vocales del Consejo de Educación. Mi tía consiguió que el gobernador de Entre Ríos donara el busto de Urquiza y que, con apoyo de la Cooperadora y de los padres, se levantara el mástil.