Creencia en el más allá |
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Escrito por el viernes, 30 de noviembre de 2007 (Ha sido leído 1750 veces) Leí una entrevista que se transcribe en la web saltalindayfeliz.com y que en su día publicó el diario Página 12 de Buenos Aires. El entrevistado es un escritor, filósofo de profesión, llamado Fernando Savater y su tema principal para definirlo pronto y sencillamente, es la creencia en el más allá. La existencia o inexistencia de un más allá y de lo que pueda ser, si algo es, constituye uno de los objetos más abordados por el pensamiento de todos los tiempos y como no puede ser de otra manera, siempre se llega a la misma conclusión: no hay posibilidad alguna de aportar certezas ni a favor ni en contra de la cuestión planteada. Tal conclusión, sin embargo, tiene sus matices. La vida cotidiana suele proporcionar material para prolongadas charlas entretenidas y profanas. Y en el extremo opuesto están los llamados “filósofos”, que encaran el tema desde el punto de vista más vulnerable de la credibilidad en el más allá que es, naturalmente, atacando los dogmas de las religiones y si de la católica, mejor, porque no se defiende, fenómeno que hemos puesto de relieve en más de una ocasión y no perderemos ninguna en insistir porque es un hecho tan lamentable como debidamente contrastado. Claro que si comenzamos preguntándonos qué se quiere significar con el oficio de “filósofo”, penetraremos en unas tinieblas de confusas interpretaciones sin hallar la luz. A Pitágoras se le atribuye el primer uso de ese vocablo, y como acontece con casi todas las cosas, el tiempo desgasta la primitiva idea y la transforma en otra distinta. De lo que representaba este vocablo para Pitágoras poco o nada queda pues quizo darle una designación singular a todo sabio instruido en una diversidad de conocimientos incluyendo, hay que decirlo, los esotéricos, o tal vez especialmente los esotéricos en el mejor sentido de la palabra. De eso queda muy poco; mejor dicho, nada, salvo los esfuerzos de sus discípulos y entusiastas seguidores que los hubo y los hay en todos los tiempos para mantener viva la llama, sin logros destacables. Como un auténtico esoterista dejó escrito muy poco porque siguiendo la Tradición Primordial, los conocimientos se deben trasmitir oralmente sentado a los pies del maestro que es lo que siempre se practicó en la India, y que está inscrito en el nombre que llevan casi todos los textos sagrados (Upanishad) que se dedican a la explicación de la metafísica advaita (no dualista). Si nos atenemos a la manera de enfrentarnos al problema, hay seguramente más de dos vías; no obstante, nosotros prestaremos atención, para seguir de cerca el contenido de la entrevista en cuestión, sólo dos de entre todas: la religiosa y la metafísica. Los “filósofos”, según designación y tratamiento solemne que reciben en las universidades, en la prensa, los cenáculos y cursos de post graduados y donde quieran que vayan, dirigen sus diatribas directamente a las religiones porque es el camino fácil y menos espinoso para el lucimiento de su retórica; se aseguran así, una victoria pronta y eficaz. Claro que los “filósofos” de izquierda son intelectuales clonados, y se los reconoce con facilidad porque son “dicharacheros”, tienen “salidas graciosas” como la del señor Fernando Savater en la entrevista de que estamos hablando quien, ante la pregunta de una señora acerca de si era creyente, le repuso con otra: “¿Creyente en qué...?” La señora un poco perpleja, al parecer, no se le ocurrió otra cosa que aclararle: “Bueno... no sé... en lo corriente”. Y luego, el remate gracioso: “Desde luego, señora, claro que creo en lo corriente. En lo que no creo es en lo sobrenatural” (risitas como premio). La respuesta final, o más bien su confesión dogmática es poco respetuosa con la persona que le formuló la pregunta; eso, como dificultad para el trato con personas que están alejadas de su elevada “filosofía”, sin contar con que es una respuesta del todo inaceptable para quien se considera un “filósofo”, según lo explicaremos a continuación. Y si a lo que se dedica, entre otras cosas, es a combatir la credulidad dogmática de los cándidos cercanos a la estupidez, su dogmatismo es igualmente evidente porque cree sin pruebas o, en caso contrario, parece tener en su poder las pruebas incontestables de la inexistencia del más allá, en cuyo caso no tiene más que darlas a conocer. Lo realmente insólito es que un “filósofo” afirme algo tan alejado de lo que es el ejercicio intelectual que se aplica al conocimiento metafísico. Si por sobrenatural quiere significar lo que está en el ámbito de lo sagrado, es un aserto disminuido porque no se puede ejercer el oficio de “filósofo” atacando las creencias populares y por añadidura, hacer “filosofía” de barricada combatiendo a una señora que demasiado hizo acudiendo a la charla y entrevista del “filósofo”. Lo que trasciende lo humano, tanto puede ser definido como lo trashumano, o lo sobrehumano, lo metahumano, lo sobrenatural en el sentido que está más allá de lo natural o físico, o cualquier otro nombre que lleve implícito el mismo significado. Lo pensado y lo logrado por la metafísica no puede ser probado ni acreditado en un labotario; sólo puede ser aceptado por la inteligencia siempre que esté conformada a las concepciones obtenidas mediante la intuición intelectual que era el método gnoseológico que proponía Platón, discípulo de Pitágoras, para más señas. Los “filósofos” de izquierda, racionalistas por supuesto, suelen emplear lo mejor que tienen alojado en sus mentes para “bailarle al agua” a la ideología de la que están nutridos y para ello, si llega la ocasión, olvidarse de la metafísica y como teólogos del nihilismo redentor, lanzarse contra los dogmas de las religiones que sustentan la idea del más allá. Los hijos del pensamiento único, aplicando el método de las izquierdas prepotentes, se dedican a burlarse de los que creen o quieren creer en el más allá, humillándolos con toda clase de argumentos frívolos y asumiendo sin pestañar la pretensión de que por la sola circunstancia de ser de izquierdas tienen necesariamente que ser los únicos portadores de la verdad. En la entrevista se lee que si no fuésemos mortales no existirían creencias religiosas, porque no hay otro argumento para creer en lo sobrenatural que el miedo a la muerte. Semejante afirmación hace temblar los cimientos del pensamiento universal que se ha venido forjando desde hace miles de años. Aquellos que no han ocupado ni poco de su vida en acercarse al conocimiento de lo atinente a la muerte que está reflejado en todas las religiones, son los únicos destinados a temer a la muerte. Por lo demás, es sobradamente gratuita la afirmación ya que habría que meterse en la mente de cada uno de los mortales para evaluar una estadística y asegurar con certeza que los creyentes en el más allá se aferran a esa fe porque temen a la muerte. Dan por hecho que es así porque lo predica la izquierda y no se hable más. Librar al aire esas frases contundentes sin acreditar su contenido es el conocido método de las izquierdas enceguecidas por el fanatismo político y la pasión por la propaganda mendaz. Tan sólo por respeto a algunas doctrinas sagradas que sostienen que la reencarnación es el medio para ir aliviando el alma de impurezas hasta conseguir su completa purificación y lograr el Nirvana que significa, precisamente, cesación de la agitación, siquiera por eso debieran obrar con un poco de respeto y mantener sus ideas y creencias e incluso difundirlas, si es que lo consideran apropiado a sus intereses mas, restando toda burla, agravio y desconsideración contra los que creen en el más allá, salvo que tengan una prueba contundente en sentido contrario, como ya lo reclamamos en líneas anteriores y estimamos apropiado el reiterarlo. Los que creen en la reencarnación no temen a la muerte, como no la temían los cátaros ni los primeros cristianos asesinados en los circos romanos. Tampoco la temen los místicos cristianos, ni los yogui quienes, gracias a la contemplación se fusionan con el Absoluto, tal como enseñan las escrituras sagradas del Oriente Medio: “Quien conoce al Absoluto, llega a ser el Absoluto” (Mundaka Upanishad, III, 2, 19). O como en el mismo sentido, dice San Pablo en I Corintios, 6, 17: “Quien está unido con el Señor, es con Él un mismo Espíritu”. No sé qué chiste gracioso se puede hacer con estas dos citas, pero no debemos perder la fe en los “filósofos”, que ya se pondrán a trabajar en ello. Es dudoso que la filosofía de los intelectuales de izquierda, más física que metafísica, tan cuajada de ideología y por ende de fanatismo, tenga la virtud de desalojar al pensamiento tradicional de tantos miles de años, y que lo haga no por un interés intelectual, que ya valdría el esfuerzo, sino para combatir los dogmas de la religión católica de modo especial y si de paso caen otras, “miel sobre hojuelas”. Bastaría que abandonasen esa obsesión destructiva y las influencias ideológicas para que se tornara posible comenzar a tomarlos en serio, y aceptando sus logros neutros a los valores de la cotidianidad, que por supuesto, nada tienen que ver ni con la metafísica ni con la “filosofía” al uso. Aristóteles en varias ocasiones y en especial en su pequeña obra Acerca del alma, ha reiterado hasta el cansancio que el ser humano no puede pensar sino por medio de imágenes, un principio desde siempre inatacado, que sin embargo los “filósofos” de izquierdas lo tienen aparcado en un rincón de su memoria. Siendo como decía Aristóteles, que sólo es posible pensar por medio de imágenes, ¿cómo es posible estructurar una metafísica que trata de objetos inmateriales, intangibles e imposibles de ser captados por los sentidos, sino mediante resultados exclusivamente intelectuales? Es de todos sabido (al menos por los que se dedican a los estudios metafísicos), que en esta clase de conocimientos no es posible hacer uso de imágenes porque se trata conocimientos trashumanos, sobrenaturales... Si no se dispone de imágenes, ¿cómo creen estos “filósofos” de izquierdas que se puede pensar en Dios, el más allá, la Creación o la manifestación increada, la eternidad, lo infinito y todos los objetos de conocimiento de esta disciplina? La respuesta es muy simple: o ellos no hacen metafísica porque no pueden creer en lo que no ven y pasa a través de sus sentidos, o suponen que lo más apropiado en estos casos es declararse agnósticos y quedarse tan tranquilos. Se puede conocer física o metafísicamente todo lo que el hombre se proponga, siempre que sea cognoscible, naturalmente. Se puede intentar un estudio en profundidad acerca de la Nada, por ejemplo mas, eso será posible siempre que quien esté decidido a pensar acepte las reglas del juego; es decir, que la metafísica encara lo inmaterial no captable por los sentidos. Y a partir de ahí, comenzar a desarrollar los argumentos que no pueden bajar a un nivel tan inícuo como demostrar que los dogmas de las religiones están errados. Debieran dejan en paz a las religiones que se nutren de fenómenos psíquicos, y adentrarse en los verdaderos laberintos de la metafísica, que es donde se encuentra la verdad aguardando ser descubierta por la inteligencia intuitiva. Esto no quiere decir que esté prohibido o sea materia gnóstica escamoteada al pensamiento libre el encarar el estudio de los dogmas y dar la explicación que se estime más acertada sin tener en cuenta la versión oficial, y a tal punto no es rechazable tal actitud porque es evidente el vacío que en orden a estas cuestiones teológicas ostentan ciertas religiones, y entre ellas la católica, que mantiene su hábito de trasmitir una teología de catequesis dominical, demasiado simple y por ende, aburrida y poco creíble. Pero, eso es problema de la Iglesia Católica y a ella concierne superarlo, si es que alguna vez un Papa se lo propone. Otra cosa es hacer teología de cualquiera religión con el propósito de combatir sus dogmas, negarlos o ridiculizarlos. No se sabe cuándo aprenderán los redentores de la izquierda que cada cual tiene el derecho de creer en lo que su voluntad decida, y que si lo que desean es atacar las versiones oficiales acerca de la interpretación de los dogmas, es una conducta irreprochable porque sirve para entender más acertadamente el sentido profundo de ellos. Lo que resulta inaceptable es el ataque al dogma mismo porque implica atacar a la libertad de creencias, o lo que es lo mismo, entrar en casa ajena sin autorización del dueño. No se trata de creer o no creer en el más allá. Si lo que se quiere es llevar a cabo un estudio respetable, es menester dejar en paz a las religiones, a todas, porque allí no está la solución dado que el objeto de lo sagrado tiene unas limitaciones con linderos precisos. La Teología es uno de los ámbitos de la metafísica, y sin embargo no puede remontarse más allá de su objeto gnóstico que es lo sagrado, lo divino o como quiera ser llamado. La metafísica, en cambio, sea que intentemos la de gnoseología dualista o la no dual, carece de límites o no sería metafísica. Es dentro de esta disciplina del pensamiento humano donde debemos “rascar” hasta llegar al fondo, y olvidarnos de las religiones que es lo que no ha hecho el señor Savater a lo largo de su entrevista, hasta donde yo he leído. En lugar de comportarse como un metafísico, lo que ha hecho es bajar al nivel de la Teología que como quedó dicho en líneas anteriores, tiene sus limitaciones gnoseológicas en razón de la especificidad de su objeto, y luego, en lugar de hacer conocer su interpretación de los dogmas, lo que hizo fue meterse en casa ajena sin autorización de los creyentes. Así, pues, volvemos al comienzo de este comentario: el más allá no puede ser conocido como no sea pasando por la experiencia del estado póstumo; mientras tanto, sí que podemos haciendo uso de la inteligencia intuitiva o de la conciencia pura o la vivencia intelectual, llegar a conclusiones fundamentadas acerca del más allá, que si se desarrollan dentro del ámbito disciplinar de la metafísica, deberán ser aceptadas como todo otro resultado referente al conocimiento de lo trashumano pero, sin ideologías ni interferencias teológicas que sólo sirven para perturbar la actividad del pensamiento orientado hacia los Principios. Sin olvidar, claro, que es imposible la prueba indubitable porque al trabajar sin el apoyo de las imágenes, el conocimiento ha de elevarse sin otro límite que las facultades intelectivas de cada cual. Desde allí se podrá llegar a la conclusión de que existe o no existe el más allá, sin burlas ni humillaciones y a la espera, como se ha dicho, de morir para enterarnos de una buena vez y sin necesidad de prueba alguna. Más artículos de la categoría Contribuciones |


