Los tribunales salteños en los años sesenta (II)

Imprimir E-Mail
Escrito por Armando Caro Figueroa, el miércoles, 05 de diciembre de 2007 (Ha sido leído 392 veces)
La llegada de la primera ola masiva de abogados jóvenes provocó un incruento e interesante choque cultural.

No es fácil (al menos no lo es para mí) identificar al primer “melenudo” que, para escándalo de sus colegas tradicionalistas, llegó a Salta con su título de abogado bajo el brazo.

Hay datos más ciertos y abundantes respecto de la camada inmediatamente anterior. Me refiero a la docena de egresados de facultades del litoral, que había comenzado -antes del arribo estruendoso de los sesentistas- la silenciosa tarea de introducir en el foro local ideas y actitudes nuevas.

Asesoraron sindicatos, lograron que los extras de Tarás Bulba mejoraran sus salarios, frecuentaron bares y cafés poco elegantes, introdujeron citas existencialistas en los escritos judiciales, dispararon las ventas de libros no jurídicos, se apuntaron a cuanto acontecimiento cultural llegaba a estas tierras y, en los conflictos entre colegas, prefirieron usar los puños en vez de las armas. O, lo que es lo mismo, convirtieron a los pasillos de tribunales en verdaderos sucedáneos del campo del honor.

Tras ellos, los abogados sesentistas vinieron a reforzar todas estas tendencias, pero añadieron un cierto desarreglo juvenil en las costumbres.

Largas aunque cuidadas melenas, jopos exuberantes, patillas de inspiración geométrica y una que otra barba sucedieron a los elegantes engominados que lucían el clásico corte a la americana y, si acaso, discretos bigotitos de reminiscencias franquistas.

Sin embargo, una de las transformaciones más notorias se produjo en la vestimenta que los letrados lucían en sus diarias visitas a los tribunales salteños.

Los abogados sesentistas miraban con desden los trajes a medida confeccionados con paños ingleses y de colores escasamente imaginativos. También a los chalecos, pajaritas, flores en el ojal (que impertérrito exhibía aquel veterano Procurador, incansable piropeador de bellezas autóctonas), sombreros, paraguas, trabas de corbata, camisas con cuello y puños rígidos, medias con ligas, zapatos abotinados, ponchos de vicuña y, por supuesto, a los trajes de gaucho que, de vez en cuando, lucía un fornido letrado oriundo de Anta.

Sus preferencias generacionales, sin llegar al desaliño, buscaron el contraste con lo que hasta ese entonces se consideraba elegante; abandonaron las sastrerías de medida y las ofertas de “La Mundial”, y encontraron en “Modart” una tienda que, mas allá de su monotonía, les proveía de prendas apropiadas a sus gustos renovadores.

Los más audaces llegaron a vestirse en “Piero Sport”, esa boutique afrancesada que introdujo las primeras camisas de gasa floreada, exóticos mocasines, chaquetas estilo Mao, corbatas estridentes, sobretodos de corte militar, y esos enfáticos pantalones con botamangas, anchas, incómodas y antihigiénicas.

Existieron, como no, dos letrados especialmente extravagantes en su vestimenta. Uno, lucía un singular y trajinado sobretodo de pelo de camello (teñido, desafiando el ridículo, de azul eléctrico), y ropa interior cosida a mano por una de sus múltiples admiradoras de la generación anterior. Otro completaba su estrecho guardarropa con las ofertas de ropa usada que traía, en sus visitas anuales a Salta, nuestro Embajador honorario en Nueva York.

La irrupción sesentista lo trastocó todo: Las celebraciones del día del Abogado se convirtieron en antesala de noches interminables. El truco desplazó a otros juegos de salón. Los viejos prestigios jurídicos fueron impugnados (“basta de vacas sagradas”, era el reclamo que unificaba a los rebeldes). Las citas de Demolombe y Lyon Caén fueron sustituidas primero por las de Nieztsche y Sartre y, más tarde, en el tiempo de la máxima turbulencia, por las de Mao y Jauretche. El Colegio de Abogados y sus asambleas se convirtieron en campo de batalla ideológica.

En el terreno más estrictamente profesional, los nuevos abogados azuzaron el activismo judicial en defensa de las libertades y de la igualdad, tejieron alianzas con otros sectores sociales sin desdeñar a los sindicatos, se sumaron a protestas y huelgas de hambre. Los recursos de amparo se ejercitaron para defender derechos y jaquear a las dictaduras.

Puesto a elegir, diría que fueron la práctica activa del fútbol y la vida nocturna los factores que mejor ejemplifican al cambio generacional.

El fútbol alentó la camaradería, alumbró amistades por encima de barreras “de clase”, políticas y generacionales, quebró el acartonamiento de la profesión, vinculó a los abogados con los empleados judiciales y con otros profesionales y morigeró ciertas costumbres reñidas con el deporte.

Fueron muchas y duraderas las amistades que surgieron a la sombra del fútbol y, afortunadamente, muy pocos los enconos. Por nuestro equipo pasaron glorias de la abogacía, de la magistratura, de la política y del puro deporte. Como una muestra de que no todo es pasado, uno de los asistentes más asiduos (entonces infante que acompañaba a su padre, el máximo goleador del equipo) a los partidos de fútbol, acaba de ingresar al mas alto Tribunal de Justicia de Salta de la mano del Gobernador cesante.

La existencia, renovada incesantemente desde 1965, del equipo de abogados y la organización del campeonato de fútbol interprofesional son, si acaso, dos de los frutos mas duraderos del sesentismo que albergaron los tribunales de Salta.

La noche adquirió también un nuevo significado. Mientras que las tradiciones mas liberales admitían esporádicas y discretas incursiones de los letrados -incluidos los magistrados- en los salones y dormitorios del Bajo Grande (Tabaris, “1514”), la joven guardia, sin rehuirlos, se enancó en las profundas transformaciones de la época lanzándose a boites y “lujosos reservados” con damas que estrenaban independencia.

Como parte de este nuevo clima, era frecuente ver a abogados jóvenes, en compañía debida o indebida, en la cima del Cerro San Bernardo, en la rivera del Río Vaqueros, en los alrededores del Parque San Martín, en callejuelas y pasajes oscuros, entregados a modernos intercambios introductorios, a debates intelectualizados sobre la soledad y la angustia, a diálogos de pareja informal cargados de promesas sinceras o incumplibles.

Existieron, naturalmente, matices, períodos, camarillas que, aun dentro del clima cultural de la modernidad, lograban singularizarse por sus comportamientos y preferencias, en una búsqueda incesante de la novedad, guiada por las ganas de desafiar convenciones sin temor a escandalizar.

La breve descripción anterior demanda, ciertamente, una precisión. La procedencia ideológica (si se me permite el término) marcaba, de alguna manera, los comportamientos en el dilatado terreno del ocio. Así, los más audaces y desprejuiciados eran aquellos que venían formados en la escuela de la reforma y el socialismo, en contraste con sus camaradas humanistas o integralistas.

Se mire como se mire hoy, con la serenidad que otorga el tiempo transcurrido, se me antoja que la vida de los tribunales salteños durante los años sesenta es un terreno abonado para la inconclusa investigación de las transformaciones políticas, sociales y culturales ocurridas entonces.








Más artículos de la categoría Sociedad
 

Noticias de Salta

Publicidad


Nuestros números

Hay 9 invitados en línea