"Avancen hacia atrás" |
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Escrito por el lunes, 09 de agosto de 2004 (Ha sido leído 7041 veces) Según las descripciones clásicas, la duda, el cuestionamiento, la pérdida de la fe y la abolición de las antiguas creencias, son síntomas de toda crisis. Ésta se parece y se manifiesta como una fiebre, pero es mucho más que eso. Toda crisis social generalizada es, también, una crisis de sentido y una crisis de confianza. Las perturbaciones conmueven los cimientos. Ante los embates de la incertidumbre y la incredulidad, los viejos valores se resquebrajan, los lugares comunes ceden, los dogmas se desmoronan. Los precarios equilibrios se alteran. Todo se torna inseguro, impreciso. Ambigua como es, la crisis abre la posibilidad para explorar salidas innovadoras, transformadoras y superadoras. Pero también despeja el camino a coartadas inmovilistas y restauradoras: la resolución de la crisis no pasa para ellas por el riguroso examen crítico de los complejos y combinados factores y fuerzas que la provocaron y profundizaron. Tampoco consiste en revisar los simplistas diagnósticos de nuestros males, ni en abandonar la búsqueda obsesiva de chivos expiatorios; ni siquiera pasa por el cuestionamiento y abandono del anticuado repertorio de ideas que la acompañaron desde sus inicios o por un simultáneo rearme moral e intelectual. Ninguna de estas tareas ocupa un sitio relevante en la agenda de preocupaciones de la mayoría de los grupos dirigentes de América latina. El empeño parece estar puesto en sacar brillo retórico al repertorio de creencias heredado del pasado siglo XX, antes que en el actual debate de ideas. Del mismo modo que un proceso inflacionario puede coexistir con la recesión, el estancamiento en las viejas ideas ya desgastadas por su uso y el inmovilismo cultural latinoamericano, no sólo permanecen impasibles frente a las turbulencias de la crisis: están dando muestras de fortalecerse con su profundización. Basta con seguir de cerca las cotidianas discusiones políticas para advertir de qué modo el estancamiento en las ideas está acompañado de un deterioro en el modo de expresarlas. "Si el lenguaje – es decir, el pensamiento, es decir, el comportamiento – no se renueva, el país que se trate va quedándose rezagado", observó José Luis Aranguren. Lejos de lo que las apariencias y de la efervescencia de superficie sugieren, la resolución de la crisis argentina también pretende ser atípica, pues marcha a contrapelo de la sensatez y del sentido común. Parece orientarse más hacia la coartada inmovilista y restauradora que dispuesta a emprender el camino de la transformación. De lo que resulta que el remedio de esa dolencia que es la crisis no consistiría en la remoción de tales factores y en la revisión de esas desactualizadas concepciones sino que, por el contrario, radicaría en la permanencia e intensificación de todo aquello que originó y agravó nuestros problemas. Las crisis históricas, observó Jacob Burckhard, tienen dos perfiles. En su costado negativo aparece "la protesta acumulada contra el pasado". En el aspecto positivo, las sociedades mezclan ese enojo contra el pasado con "una visión fantástica y brillante del porvenir". Ese modelo propuesto por Burckhard parece darse invertido en el caso argentino. La crisis no desata una queja contra el pasado. Por el contrario, ese malestar parece estimular el surgimiento de visiones idealizadas de un pasado, dibujado como una supuesta edad de oro cuya restauración abrirá las puertas de un brillante porvenir. El filósofo francés Alain Finkielkraut confesó en 1999 que "La ingratitud", libro que acababa de publicar, había sido inspirado por la lectura de un texto del pensador Leszek Kolakowski y por un letrero que leyó en un tranvía polaco que rezaba: "Por favor, avancen hacia atrás". El contenido de recientes textos evocativos y laudatorios de determinados periodos y personajes de nuestro pasado y las prescripciones explícitas en ellos contenidos, apuntan inequívocamente en esa dirección. Para salir de su larga crisis, asumiendo como proyecto aquel cartel del tranvía polaco, nuestros países tienen que "avanzar hacia atrás". En el caso de las crisis en Latinoamérica, no estamos asistiendo a una recusación del pasado. Por el contrario, estamos en presencia de un rebrote de esa "fiebre histórica" que, de tanto en tanto, nos aqueja. Fiebre que se presenta con distintos grados de temperatura, según los países: Venezuela, rebautizada como República Bolivariana; Cuba añadiendo el de José Martí al nombre de su "Constitución marxista-leninista". Con un simple golpe de vista no se puede determinar si la oferta de este tipo de historia estimulante y movilizadora es mayor o menor que la demanda social de ese mismo producto. Usar y abusar del pasado como combustible para alimentar los poderes políticos del presente es un sencillo y antiguo, pero hoy degradado y dañino recurso. Dice Julien Benda que ese tipo de manipulación de la historia sirvió siempre "para organizar intelectualmente el odio". La enfermedad de la memoria se manifiesta como olvido y pérdida de la memoria, o bien como exceso de memoria. El elemento histórico y el no histórico, dice Koselleck, son igualmente necesarios para la salud de los individuos, los pueblos, las civilizaciones. Lo son, con la condición de que se logre un equilibrio entre su utilidad y sus inconvenientes. El exceso de cualquiera de ellos no es remedio, sino veneno: "es perjudicial para la vida". La prédica antidemocrática y antiliberal desatada en torno a la otra gran crisis argentina, la de 1930, tuvo como uno de sus síntomas esa "fiebre histórica devoradora" en la que solemos recaer cíclicamente. Revitalizada en 1940 y remozada a partir de 1960, de sus fuentes abrevaron los grupos violentos de extrema derecha y extrema izquierda. Las mochilas de los bisoños guerrilleros del EGP en Orán, en 1964, tenían más libros del revisionismo histórico que víveres y municiones. No es tampoco casual que el principal grupo terrorista se llamara "Montoneros" y que sus oponentes de derecha denominaran "El Caudillo" a su revista. Si la historia debía arrodillarse para servir a la política militante, el oficio de historiador debía ser una "militancia combativa". No se trata de exagerar ni de extrapolar: las batallas en la historia escrita roturan y abonan el terreno para las violencias posteriores. La reciente tragedia de los Balcanes es uno de los ejemplos más crueles y recientes. La "identidad de raza" del nazismo o la "limpieza étnica" en la ex Yugoleslavia se amasaron con relatos históricos manipulados, no sólo con teorías racistas. "En todas partes los nacionalistas transforman los hechos históricos en un relato que se auto justifica. En los Balcanes, las distintas partes tienen un interés particular en transformar su historia en destino, de tal manera que el pasado les sirva para explicar sus odios", explica Michael Ignatieff. Fueron historiadores servios y croatas quienes atizaron esa llama que se convirtió luego en fuego devastador. En 1957, en la última línea de su libro Proceso al liberalismo argentino, Atilio García Mellid, desde el nacionalismo de derecha, sostuvo que el liberalismo era "un cuerpo extraño" a la Nación que era preciso extirpar. Y sentenció: "el fallo inapelable tiene la simplicidad de las grandes decisiones: puesto que el país debe sobrevivir, es forzoso que perezcan los liberales". Años después, en 1970, Juan José Hernández Arregui, mentor del llamado "socialismo nacional" montonero dijo: De un lado está la Nación y el pueblo, del otro los vendepatrias y el antipueblo. "No hay coexistencia pacífica entre las dos Argentinas. La guerra contra el imperialismo y sus lacayos es a muerte. Una oleada de fuego que todo lo arrasa como preanuncio de la Argentina liberada". Aunque todavía con baja intensidad, está resurgiendo la tentación de utilizar la historia para legitimar políticas de facción, para extraer de ella estimulantes para la acción y modelos ejemplares al gusto de un determinado sector o parcialidad. La embestida destinada a cambiar el nombre de algunas calles o remover monumentos y estatuas en la Ciudad de Buenos Aires y en varias provincias, es sólo la punta de este ovillo. Como lo es la reaparición de reivindicaciones históricas localistas más interesadas en reiterar las viejas y refutadas acusaciones de los grupos antiliberales de la décadas de 1930-1940 contra la Academia Nacional de la Historia, institución a la que esos sectores le adjudicaron el propósito de escribir una versión excluyente y "porteña" del pasado nacional. Una larga lista de olvidos deliberados marcan estos reclamos. El primer tomo de la Historia de la Nación Argentina (1936) incluyó por primera vez en un texto integral de ese tipo, a las culturas aborígenes como parte del pasado argentino. Inclusión que mereció durísimos reproches de la crítica nacionalista que consideró que esas "razas" eran "completamente ajenas" al nacimiento y evolución de la Argentina. No dicen que Levene invitó a Carlos Ibarguren a escribir un capítulo sobre Rosas. En estos días en mi provincia, Salta, se intensifican los ataques contra la Academia por un supuesto desinterés por la figura del general Güemes por parte de esa corporación. Las voces más crispadas piden públicamente quitar el nombre de Mitre a una de las principales calles de la capital salteña. Ignoran entre otras muchas cosas, que Ricardo Levene encargó al capitán Juan Domingo Perón el capítulo sobre la guerra de recursos en Salta y Jujuy, texto que, al parecer, Perón no alcanzó redactar. Clausurado el pleito sobre el significado de la dictadura de Juan Manuel de Rosas y repatriados sus restos, hoy parecen abrirse – artificialmente - otras disputas destinadas a ocupar el sitio dejado vacante por esa larga y estéril querella que sobrepasó el terreno de los historiadores y que, a entre 1930 y 1990, se instaló con fuerza en el campo político. Nuestras frustraciones como sociedad, el orgullo herido, nos lanza hacia atrás, en cabalgaduras cargadas de rencores retrospectivos. Nos arroja también provistos de esa herramienta que abre de par en par las puertas a la irracionalidad y al fanatismo: la causalidad diabólica. "Según la teoría de la conspiración, todo lo que ocurre lo ha sido por deseo de aquéllos que se benefician con ello", dice Popper. La primera condición para superar una crisis es tener conciencia de su naturaleza y de su profundidad. La segunda, es no prescribir como remedio todo aquello que contribuyó a acentuarla y prolongarla. La tercera, tener una actitud crítica rigurosa capaz de sustituir los retóricos golpes de efecto y los excesos ideológicos y temperamentales, instalando un debate racional e intelectualmente honesto de ideas. La cuarta, estar dispuestos a actualizar y reforzar nuestro anticuado y endeble equipamiento de ideas. Si no logramos esto nuestro proyecto será el de aquel tranvía polaco. Artículo publicado originalmente como editorial de la revista Todo es Historia, agosto de 2004 Más artículos de la categoría Historia y tradición |


