El Letradito

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Escrito por Juan V. Cino, el miércoles, 12 de diciembre de 2007 (Ha sido leído 365 veces)
Mañana de trámites, lustrabotas y colegas en Salta. Un amigo vencido por la vida y un banco del peor pasado.

Me costó trabajo reconocerlo. Un poco por la hora (las 7,30 de una mañana de lunes), insólita en un hombre como él, gran trasnochador, y otro poco por que su enorme cabeza ha perdido todo el pelo que tanta fama de león herbívoro le dio en los años sesenta. He dicho “todo” el pelo, pero debo rectificarme: cuando lo tuve cerca, constaté que portaba una coleta abundante y recién lavada y cepillada.

Estaba yo distraído, lustrándome los zapatos y deseando escuchar las campanas de la Catedral, cuando el Letradito me encaró con su alegría de siempre. Luego de los saludos de reglamento (“¿cómo andá vo”?, “¿que hací a esta hora”?, “estás igualito”, “¿te acordás de la Teresita? ¡Qué mina, papá¡”), tomó la palabra para no abandonarla hasta el momento en que se abrieron las puertas del Banco Oficial.

Su conversación era, como siempre, dispersa, divertida, plagada de salteñismos groseros. Sin embargo, lograba mantener una cierta ilación al saltar bruscamente de un tema a otro, y se hacía entender pese a que los dientes postizos bailaban en esa boca que, antes, había sabido halagar, emocionar y agitar a las masas.

La voraz ingesta de vino, de carne (guatiada, asada o cruda) y de locros pulsados terminó por quebrar su antigua fina estampa. Hoy una panza desbordada le otorga un aire descuidado, mefistofélico, que él acrecienta coqueando desprolijamente y vistiéndose con esos pantalones de media estación que conserva, deteriorados, desde sus mejores tiempos de abogado que secuestraba planchas, bicicletas y cocinas.

Puede que en su actual decadencia física hayan influido sus noches locas, su desenfreno sexual, esa búsqueda incesante de novedades sin apego a criterios morales o siquiera estéticos.

Y es este uno de los primeros temas de su monólogo. Pasa revista a sus amores antiguos y recientes, sin sombra de pudor e indiscretamente, sin preocuparse por la actual condición civil de sus camaradas femeninas. Lo hace, claro, para lucirse, pero sabiendo además de mí desmemoria y de mi preferencia por esas reglas salteñas no escritas que protegen los amores clandestinos.

Dice mantener sus viejas técnicas de seducción, frecuentar las mismas casas del pecado, preferir a las mujeres maduras, persistir en el bailar agarrados (con ese suave y procaz deslizamiento de la rodilla sobre el cuerpo vecino buscando alcanzar el centro de sus obsesiones y que le diera éxitos y fama).

Hasta su itinerario libertino es, según refiere, el mismo: seguimiento en oficinas o en la calle, aproximaciones en fiestas familiares (o en los bailes del 29 de agosto), llamadita telefónica discreta, cena en tinieblas, “villa cariño” y, por fin, a su cotorro que conserva pese a las crisis que, siempre, lo pillaron mal parado.

“¡Cómo hiciste pa recibirte tan joven¡ ¿Estudiabas todo el día? Seguro que eras un traga de esos que andan detrás del profesor. Pero bueno, al final es lo mismo recibirse joven que viejo. Ya me ves. Decí que estoy jubilao, que sino, me moría de hambre. Jubilao y siempre con una viejita generosa pa sacarme de apuros. Ayer nomás saqué un preso. La tarifa mínima es de 1.000$. Pero por ser bueno le cobré 600. Y el mierda este me clavó. No vino a pagarme. Ni siquiera me mandó a su mujer, que estaba buena. No me caliento: tendrá que volver cuando lo cite de nuevo el juez. Entonces, o me trae su heladera, un televisor, o un chanchito, o pasará la Navidad en cana, como corresponde. ¡La profesión ha cambiado, changuito¡ Ni te imaginás. Muchos abogados cagadores, sin códigos y, como siempre, los cholos que se llevan los mejores casos y los chupamedias que se quedan con las asesorías. ¿Que me contursi con éste que pusieron en la Corte?, ¿quién lo conoce? ¿a quién le ganó? Se lució mandando a dar palos, pero de jurista, ni un pelo. ¿Cómo querés que vaya yo a litigar con esta gente? Los clientes son rumbeadores; buscan a los bogas cercanos al poder. No tuve surte. Me hice amarillo y perdimos por culpa del monje y del juez. El Tata me llamó y me sentó a su izquierda varias veces, nada que ver con el hijo que prefirió a los yupis y me calificó de Vaca Sagrada, a mi ¡¡¡¡ Trabajé seis meses gratis pal coya ese de Cachi asesorando al pobrerio de las villas. Me había prometido la asesoría de bosques. No pa dictaminá sino pa sé la vista gorda. Y nos garcó el pibe. ¿No me podés acomodar con él, vos que sos pariente?”

Abrumado, aproveché que el Banco Oficial abría sus puertas y me despedí del Letradito.

Estaba escrito que esta sería una mañana agitada. Tras el monólogo, me sumergí en el Banco Oficial, ese que funciona al lado de la Catedral. ¡Un verdadero desastre¡ Pese al edificio modernizado, a la publicidad pretenciosa y a la informática, la institución funciona peor que cuando era de propiedad de la Provincia. Lentitud, colas extenuantes, estilo burocrático y cansino, sistemas lentos, son algunas de las plagas.

El líder de la burguesía nacional entiende mucho de política (frecuenta despachos y salones, prohija candidatos, elige bien sus socios, sabe colocar sus excedentes prestando a las Provincias a altas tasas de interés), pero de organizar una empresa de servicios moderna y ágil, nada. Y, para descargo de los empleados locales, debo decir que la casa central que el Banco Oficial tiene en Buenos Aires funciona tan mal como la sede salteña.








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