La calidad de un presidente y la calidad de sus ministros |
|
|
|
Escrito por el sábado, 24 de julio de 2004 (Ha sido leído 101285 veces) Las bajezas, las intrigas y la adulación no son patrimonio exclusivo de los cortesanos en las monarquías absolutas. También lo son de los gobiernos republicanos. La diferencia en la forma de gobierno no excluye la existencia de despotismo. No importa quien sea el déspota; hay despotismo donde hay soberanía ilimitada. Para que ese estilo cortesano sea eficaz, bajo una monarquía o una república, los cortesanos deben equipararse a la calidad del gobernante. Imaginemos un gobernante despótico, impulsivo, elemental, con pocas nociones de su papel y de los límites de su poder, escribió Juan Bautista Alberdi en 1866. Transcribo aquí sus palabras porque hoy, ciento treinta y ocho años después, ellas adquieren dramática actualidad. Gregorio Caro Figueroa Juan Bautista Alberdi. Del gobierno en Sud-América. [1866] Buenos Aires, Editorial Luz del Día, 1954. Páginas 111 y 112. "Al lado de semejante soberano, no podéis imaginar un hombre de Estado digno de este nombre y mereciendo toda su confianza, sin admitir un contrasentido, o un martirio recíproco. Son dos entidades que no puede gobernar de acuerdo, por la razón de que no se entienden entre sí; no hablan la misma lengua. Más comprensible es suponer que se repelan y excluyan. Apoyar ideas elevadas e intereses generales, cerca de tal soberano, sería poco cortesano, porque no las entiende; y revelarle su ignorancia o atraso, es lastimarlo, es decir, perderse ante su consideración. Hablarle de tolerancia, de moderación, de respeto a los intereses contrarios a las ideas de la oposición; de la necesidad de ceder a resistencias, de inclinarse ante ciertas conveniencias, es exponerse a ser tomado por un cobarde y perder la confianza de su Jefe Supremo. No hay espectáculo más triste que el de los hombres de mérito y de saber, descendiendo al papel de cortesanos vulgares de los errores de la multitud, que desprecian en secreto. Se parecen a esos viejos con peluca, obligados a pintarse para agradar a las mujeres jóvenes. En efecto, si la asimilación a la barbarie es sincera, se expone el ministro a llevar al Gobierno y al país al abismo, cediendo a las preocupaciones de su ignorancia. Si no es sincera, no es eficaz. Entre la hipocresía y la degradación, tiene que elegir uno de dos medios el que quiere tener influjo en el Gobierno de su país. Tal es la condición del país donde el soberano tiene por delegatarios de su autoridad soberana, a sus mismos cortesanos, con el nombre de presidentes, diputados, ministros, etc. La dignidad de los hombres públicos en semejante estado de cosas, es la de los náufragos; es la de los pasajeros cuando la embarcación hace agua, y marchando hacia la playa, creen a cada instante sumergirse. Los hombres se adhieren a los empleos como a un pedazo de palo, para escapar de las olas, es decir, para escapar de la miseria y de la incertidumbre acerca de su porvenir, en que cada uno vive. Es el embuste de todos contra todos, el escepticismo y la incredulidad de cada hombre, el egoísmo de todos, disfrazado de un cucurucho (?) republicano para mendigar su pan". Más artículos de la categoría Historia y tradición |





Juan Bautista Alberdi. Del gobierno en Sud-América. [1866] Buenos Aires, Editorial Luz del Día, 1954. Páginas 111 y 112. 