Sobre los que no ganan el Premio Nobel |
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Escrito por el sábado, 22 de diciembre de 2007 (Ha sido leído 2061 veces) Traducción del Discurso de Aceptación del Premio Nobel de Literatura 2007 Doris Lessing Estoy parada en una puerta de entrada, mirando a través de nubes de polvo arrastrado por el viento hacia donde se me dijo que todavía hay un bosque sin talar. Ayer atravesé millas de muñones de troncos y restos calcinados por incendios donde en 1956 estaba el más maravilloso bosque que he visto jamás, totalmente consumido. La gente tiene que comer. Deben conseguir combustible para sus fogatas. Esto es el noroeste de Zimbabwe a principios de los 80 y estoy visitando a un amigo que era maestro en una escuela de Londres. Está aquí para “ayudar a África”, como lo denominábamos. Es un alma delicadamente idealista y lo que él encontró en esta escuela lo sumió en una depresión de la que es difícil recuperarse. Esta escuela es como todas las escuelas construídas después de la Independencia. Consta de cuatro grandes cuartos de ladrillo, uno al lado del otro, colocados directamente en el polvo, uno, dos, tres, cuatro, con un cuarto a medias en un extremo que es la biblioteca. En esas aulas hay pizarrones, pero mi amigo guarda las tizas en su bolsillo, ya que, de otro modo, las tizas podrían ser robadas. No hay un atlas o un globo terráqueo en la escuela, ni libros de textos, ni cuadernos de ejercicios, ni lapiceras; no hay en la biblioteca la clase de libros que a los alumnos les gustaría leer: los libros son volúmenes de universidades estadounidenses, difíciles incluso de levantar, deshechos de las bibliotecas blancas, novelas de detectives, o con títulos tales como “Fin de semana en París” o “Felicitas encuentra el amor”. Hay una cabra tratando de conseguir alimento en unos pastos maduros. El director ha malversado los fondos de la escuela y está suspendido, planteándonos a todos nosotros la conocida pregunta que nos hacemos, generalmente en contextos más majestuosos: ¿cómo puede ser que estas personas se comporten como lo hacen cuando tienen que saber que todo el mundo está observándolos? Mi amigo no tiene ni un peso porque todo el mundo, alumnos y maestros, le piden prestado cuando le pagan y, probablemente, nunca se lo van a devolver. Las edades de los alumnos oscilan entre los seis y los veintiséis años, porque algunos que no terminaron los estudios están aquí para completarlos. Algunos alumnos caminan varias millas cada mañana, con buen o mal tiempo, y tienen que atravesar ríos. No pueden hacer tareas escolares porque no hay electricidad en las aldeas y no se puede estudiar sin dificultad a la luz de un leño que arde. Las niñas deben ir a buscar agua y cocinar cuando llegan a casa desde la escuela y antes de partir hacia ella. Cuando me siento con mi amigo en su cuarto, la gente lo va a ver y, con timidez, le piden libros. “Por favor, mándenos libros cuando regrese a Londres”. Un hombre decía “Nos enseñaron a leer pero no tenemos libros”. Todos los que conocí, todos, suplicaban por libros. Estuve allí unos días. El polvo dejó de soplar, el agua escaseó porque las bombas se habían roto y las mujeres fueron a buscar agua al río de nuevo. Otro maestro idealista de Inglaterra estuvo bastante mal después de ver lo que era esta “escuela”. El último día coincidió con la finalización del trimestre. Sacrificaron la cabra y la cortaron en montones de pedacitos y la cocinaron en un gran tacho. Esto era lo más esperado de la fiesta de fin de clases, cabra hervida y avena cocida. Me alejé mientras la fiesta proseguía, de vuelta a través de los restos calcinados y los troncos cortados del bosque. No creo que muchos de los alumnos de esta escuela vayan a ganar premios. Al día siguiente estoy en un colegio del norte de Londres, un muy buen colegio, cuyo nombre conocemos todos. Es un colegio de varones. Buenos edificios. Jardines. Estos alumnos reciben, cada semana, la visita de alguna persona de renombre, y está en la naturaleza de las cosas que esas personas sean padres, o parientes, incluso madres de los alumnos. La visita de una celebridad no es gran cosa para ellos. La escuela en medio del polvo arrastrado por el viento del noroeste de Zimbabwe está en mi cabeza, y miro esas caras indulgentemente expectantes, e intento hablarles de lo que he visto la semana pasada. Aulas sin libros, sin libros de textos o un atlas, ni siquiera un mapa colgado con un alfiler de la pared. Una escuela donde los maestros ruegan que les manden libros que les digan cómo enseñar, maestros que teniendo ellos mismos dieciocho o diecinueve años, mendigan libros. Les cuento a esos muchachos que todos, todos, piden libros. “Por favor, mándennos libros”. Sé positivamente que cada uno de los aquí presentes, cuando pronuncia un discurso, conoce ese instante en que las caras que está mirando están en blanco. Sus oyentes no pueden oír lo que uno está diciendo: no hay imágenes en sus mentes para relacionarlas con lo que Usted les está contando. En este caso, de la escuela levantada en nubes de polvo, donde el agua es escasa y en la que, al finalizar el período académico, una cabra recién matada cocinada en una gran marmita es el epílogo de la fiesta de fin de clases. ¿Es, realmente, tan imposible para ellos imaginar tan descarnada pobreza? Hago mi mejor esfuerzo. Ellos son bien educados. Estoy casi segura de que entre ellos habrá algunos que van a ganar premios. Entonces, ¡se terminó! y yo con los maestros, preguntamos -como siempre- como está la biblioteca, y si los alumnos leen. Y aquí, en este colegio privilegiado, escucho lo que siempre escucho cuando voy a las escuelas y aún a las universidades. “Usted sabe cómo es ésto. Muchos de esos jóvenes no han leído jamás un libro y la biblioteca está desaprovechada”. “Usted sabe cómo es esto”. Sí, sabemos bien cómo es esto. Todos nosotros. Estamos en una cultura de fragmentación, en la que nuestras certezas de hasta hace unas décadas están cuestionadas y donde es normal que hombres y mujeres jóvenes que han recibido años de educación no sepan nada sobre el mundo, no hayan leído nada, y que entiendan únicamente sobre algo muy específico: sobre computadoras, por ejemplo. Lo que nos ha pasado es una invención increíble: las computadoras, Internet, la televisión: una revolución. Esta no es la primera revolución con la que ha tenido que vérselas la raza humana. La revolución de la imprenta, que no se produjo en cuestión de pocas décadas sino que tomó mucho más tiempo, cambió nuestras mentes y nuestras maneras de pensar. Grandes insensatos, la aceptamos en su totalidad, como siempre hacemos, y jamás preguntamos “¿Qué va a pasar ahora con nosotros, con esta invención de la imprenta?”. Y de la misma manera, jamás nos detuvimos a averiguar cómo vamos a cambiar, cómo van a cambiar nuestras mentes con la nueva internet, que ha sumido a toda una generación en sus insensateces , de manera tal que hasta personas bastante razonables confiesan que, una vez que ellos se han vuelto adictos, es difícil liberarse, y pueden descubrir que han pasado todo el día visitando los blogs y los blugs , y otros sitios por el estilo. Hasta hace muy poco tiempo, cualquier persona, incluso hasta las medianamente instruídas, mostraba respeto por la educación y tenía respeto por nuestro gran patrimonio de literatura. Por supuesto, sabemos todos que cuando esta feliz condición imperaba, había gente que fingía leer, y fingía respeto por la educación, pero hay constancia de que los obreros, hombres y mujeres, anhelaban libros, y esto está demostrado por las bibliotecas, institutos y universidades de la clase trabajadora de los siglos XVIII y XIX. La lectura, los libros, solían formar parte de la educación general. Al hablar con los más jóvenes, la gente mayor tiene que darse cuenta cuán importante para la educación era la lectura, porque los jóvenes lo saben mucho menos. Y si sus hijos no leen, es porque ellos no han leído. Pero todos conocemos esta triste historia. Sin embargo, lo que no sabemos es como va a terminar. Pensemos en el antiguo proverbio “La lectura satisface al hombre”, y olvidándonos de las bromas que hacemos sobre el comer con exceso, la lectura hace que la mujer y el hombre se enriquezcan con información, con historia, con conocimientos de todo tipo. Pero no somos las únicas personas en el mundo. No hace mucho me telefoneó una amiga, me contó que había estado en Zimbabwue, en una aldea donde no habían comido durante tres días y, sin embargo, ellos habían estado hablando de libros, de cómo conseguirlos: habían estado hablando de educación. Pertenezco a una pequeña organización que se fundó con el propósito de abastecer de libros a las aldeas. Había otra organización que, en otra conexión, había recorrido las comunidades rurales de Zimbabwe. A diferencia de lo que la gente decía, ellos informaron que las aldeas estaban llenas de personas inteligentes, de maestros jubilados, de maestros con licencia, de chicos de vacaciones, de gente mayor. Yo misma pagué una pequeña encuesta sobre lo que la gente quería leer, y descubrí que los resultados eran los mismos que los de la encuesta sueca, de la que no estaba enterada. La gente quería leer lo que la gente en Europa quiere leer, si es que algo leen: novelas de todo tipo, ciencia ficción, poesía, novelas de detectives, obras de teatro, Shakespeare, y los libros del tipo de los “Hágalo Usted mismo”, de cómo abrir una cuenta de banco, por ejemplo, esos libros estaban en el último lugar de la lista. Todo Shakespeare: conocían su nombre. Uno de los problemas de encontrar libros para las personas de las aldeas es el hecho de que ellos no saben qué libros hay disponibles, de manera tal que un libro recomendado por la escuela, como por ejemplo “EL Alcalde de Casterbrigde”, se vuelve popular porque la gente sabe que está allí. Por obvias razones, “Rebelión en la Granja”(1) es la más popular de todas las novelas. Nuestra pequeña organización conseguía libros de donde podía, pero debemos recordar que una buena edición en rústica desde Inglaterra cuesta los salarios de varios meses: esto fue antes del reinado de terror de Mugabe. Ahora, con la inflación, costaría el salario de varios años. Pero al descargar la caja de libros en una aldea –y recuerden la terrible escasez de petróleo que hay- la caja será saludada con lágrimas. La biblioteca puede ser un tablón sobre ladrillos bajo un árbol. Y en el plazo de una semana, habrá clases de alfabetización: la gente que sabe leer enseñándole a aquellos que no saben, todos ciudadanos; y en una aldea remota, ya que no había novelas en Tonga, una pareja de jóvenes se sienta a escribir novelas en Tonga. Hay aproximadamente seis idiomas importantes en Zimbabwue, y en todos ellos hay novelas, violentas, incestuosas, plagadas de delitos y asesinatos. Nuestra pequeña organización fue mantenida por Noruega desde su mismo comienzo, y luego por Suecia. Pero sin esta clase de apoyo , nuestro abastecimiento de libros hubiera fracasado. Las novelas editadas en Zimbabwue y también los libros de “Hágalo Usted mismo” son enviados a las personas que están sedientas de ellos. Se dice que cada pueblo tiene el gobierno que se merece, pero no creo que esto sea cierto en el caso de Zimbabwue. Y debemos recordar que este respeto, que este hambre por los libros se origina no en el régimen de Mugabe sino en el que lo precedió, en el de los blancos. Este hambre de libros es un fenómeno asombroso, y se lo ve en todas partes, desde Kenya hasta el Cabo de Buena Esperanza. Difícilmente esto se vincula con un hecho: yo crecí en lo que, virtualmente, era una choza de barro, con techo de paja, la casa que se ha construído siempre, en todas partes donde haya cañaverales o pastos, barro adecuado, postes para las paredes. La Inglaterra sajona, por ejemplo. Aquella choza en la yo crecí tenía cuatro cuartos, uno al lado del otro, y todos, no uno -y ésta es la clave- estaban llenos de libros. Mis padres no sólo ordenaban libros de Inglaterra para África sino que mi madre ordenaba libros de Inglaterra para sus hijos, libros en grandes paquetes de papel madera que eran la alegría de mi joven existencia. Una choza de barro, pero llena de libros. Y, a veces, yo recibía cartas de gente que vivía en una aldea que podía no tener electricidad o agua corriente (tal como nuestra familia en nuestra alargada choza de barro): “Yo también seré un escritor, porque tengo el mismo tipo de casa que tienen Ustedes”. Pero aquí está el problema. No. El escribir, los escritores, no salen de casas sin libros. Ahí está la falla. Ahí está el problema. He estado leyendo los discursos de algunos de los últimos ganadores del Premio. Tomemos al magnífico Pamuk. Dice que su padre tenía mil quinientos libros. Su talento no surgió de la nada: Pamuk estaba unido a una gran tradición. Tomemos a V.S.Naipul. Comenta que los Vedas (2) de la India estaban muy ligados al recuerdo de su familia. Su padre lo alentó a escribir, y cuándo él llegó a Inglaterra , hacía uso con plena autoridad de la Biblioteca Británica. De modo que también él estaba unido a una gran tradición. Hablemos de John Coetzee: no sólo estaba unido a una gran tradición, él era la tradición. Enseñó literatura en Ciudad del Cabo, y ¡qué apenada estoy por no haber estado nunca en una de sus clases, por no haber sido instruída por aquella mente maravillosamente valerosa y temeraria! Para escribir, para hacer literatura, debe existir una íntima conexión con las bibliotecas, con los libros, con la Tradición. Tengo un amigo de Zimbabwue. Un escritor. Negro, y esto viene al caso. Aprendió por sí mismo a leer de las etiquetas de los potes de conservas, de las etiquetas de las latas de frutas envasadas. Creció en una zona por la que yo he pasado, un área para campesinos negros. La tierra es arena y guijarros, hay escasos arbustos, bajos. Las casuchas son pobres, ni remotamente parecidas a las bien cuidadas chozas de los que están en mejor posición. Una escuela, pero una escuela como la que he descripto. Él encontró una enciclopedia infantil tirada en una pila de basura, y estudió en ella. En 1980, cuando la Independencia, había un grupo de buenos escritores en Zimbabwue, propiamente un nido de pájaros cantores. Fueron empollados en la antigua Rodhesia del Sur , bajo los blancos, en las escuelas de los misioneros, las mejores escuelas. Zimbabwue no producía escritores, no sin dificultades, no bajo el régimen de Mugabe. Todos los escritores tuvieron un camino difícil hacia la alfabetización, ni que decir hacia ser escritores. Diría que los textos de las latas de conservas y las enciclopedias desechadas no eran algo raro. Y hablamos de personas que anhelaban niveles de educación de los que estaban muy alejadas. Una choza, unas chozas con muchos niños, una madre sobrecargada de trabajo, la lucha por el alimento, por la ropa. Y a pesar de estos obstáculos, los escritores llegaron a ser escritores. Y hay algo más que deberíamos recordar. Esto era Zimbabwue, físicamente conquistado, menos de cien años atrás. Los abuelos y las abuelas de esta gente pudieron haber sido los narradores de su clan. La tradición oral. En una generación, en dos, la transición de los relatos memorizados y transmitidos al texto, a los libros. ¡Qué logro! Los libros, arrancados literalmente de las pilas de basura y los despojos del hombre blanco. Pero Usted puede tener una resma de papel (no mecanografiada, esto ya es un libro) tiene que encontrar un editor, que le pagará entonces, seguirá siendo solvente y distribuirá los libros. He tenido varios informes enviados sobre el panorama editorial para África. Aún en lugares más privilegiados, como África del Norte con su distinta tradición, hablar del ámbito editorial es una quimera. Estoy hablando ahora de libros nunca escritos, de escritores que no pueden hacerlo porque las editoriales no están allí. De voces que no son escuchadas. No es posible calcular la enorme pérdida de talento, de potencial. Pero aún antes de esa etapa que exige un editor, un progreso, un estímulo, hay algo más que está faltando. Con frecuencia, se les pregunta a los escritores ¿cómo escribe? ¿con una computadora? ¿con una máquina de escribir eléctrica? ¿con pluma? ¿sin abreviaturas? Pero la pregunta esencial es ¿ha encontrado usted un lugar, ese espacio vacío, que debería rodearlo cuando escribe? Al interior de ese espacio, que es como una manera determinada de escuchar, de prestar atención, llegarán las palabras, las palabras que sus personajes van a decir, las ideas, la inspiración. Si el escritor no puede encontrar ese espacio, entonces los poemas y los relatos pueden nacer muertos. Cuando los escritores hablan entre sí, lo que ellos se preguntan siempre es cómo alcanzar este espacio, este otro tiempo. “¿Lo has encontrado? ¿Puedes retenerlo?” Demos un salto hacia un panorama aparentemente muy distinto. Estamos en Londres, en una de las grandes ciudades. Hay una nueva escritora. Cínicamente, averiguamos ¿Qué tales gomas tiene? (3) ¿Es atractiva? ; si es hombre, ¿es carismático? , ¿es buen mozo? Hacemos bromas pero no es broma. El nuevo hallazgo es aclamado, posiblemente, le den un montón de dinero. Comienza en sus pobres oídos el zumbido de los paparazzi(4). Se los celebra, se los alaba, se los pasea alrededor del mundo. Nosotros, los viejos, que lo hemos visto todo, sentimos pena por este neófito, por esta neófita, que no tiene idea de lo que realmente está pasando. Se lo lisonjea, se lo complace. Pero veamos en el plazo de un año lo que él o ella está pensando. Los he oído: “esto es lo peor que pudo haberme pasado”. Algunos nuevos escritores muy publicitados no han escrito de nuevo, o no han escrito lo que ellos querían escribir, lo que ellos querían decir. Y nosotros, los viejos, tenemos ganas de susurrar en sus ingenuos oídos: “¿Has encontrado ya tu espacio? Tu único, propio e indispensable espacio donde tus propias voces puedan hablarte, únicamente a ti, a ti sólo, donde puedas soñar? Sujétalo, no lo dejes ir”. Debe existir algún tipo de educación. Mi cabeza está llena de recuerdos espléndidos de África, que puedo resucitar y contemplar cuando quiero. Como los de las puestas de sol, doradas, púrpuras y naranjas, que se desplegaban a través del cielo a la hora del crepúsculo. Como los de aquellas mariposas, alevillas y abejas sobre los aromáticos arbustos del Kalahari. Como el de sentarse en las márgenes del Zambesi, donde éste hace una curva, entre orillas de pastos verde oscuro, satinados, que languidecen cuando llega la sequía, con todas las aves de África en torno a sus orillas. Sí, elefantes, jirafas, leones, y todos los demás, había miles de ellos… recurdos como el del cielo de noche, todavía inmaculado, negro y portentoso, repleto de estrellas insomnes… Pero hay otros recuerdos. Un hombre joven, de quizá dieciocho años, está llorando, parado en su “biblioteca”. Un estadounidense que lo visitaba, al ver su biblioteca sin libros, le mandó un cajón grande de libros. Pero este joven tomó con todo respeto cada uno de los libros y los envolvió en plástico. “pero”, dijimos, “estos libros se enviaron seguramente para que ser leídos”, y él contestó “¡No! Se van a ensuciar… ¿y dónde voy a conseguir otros?”. Quiere que, desde Inglaterra, le mandemos libros que le enseñen a enseñar. “Hice sólo cuatro años en la secundaria”, implora, “pero jamás me enseñaron a enseñar”. He visto a un Maestro en una escuela donde no había libros de texto, ni siquiera un pedazo de tiza para el pizarrón (la habían robado), enseñarles a sus alumnos de entre seis y dieciocho años moviendo piedras en la tierra, recitando “dos por dos es igual…” y así sucesivamente. He visto a una muchacha, de seguramente no más de veinte años, a la que también le faltaban libros de texto, cuadernos de ejercicios, lapiceras –a la que también le faltaba todo- enseñar el abecedario en el suelo, con un palo, mientras el sol caía a fuego y el polvo se agitaba en remolinos. Vemos en esto la gran sed de educación que hay en África, en todas partes del Tercer Mundo o como queramos llamarle a aquellos lugares del orbe donde los padres anhelan para sus hijos una educación que los saque de la pobreza a las ventajas de la educación. Nuestra educación, que está hoy tan amenazada. Me gustaría que Ustedes se imaginasen a sí mismos en cualquier lugar de África del Sur, parados en el almacén de un hindú, en una zona pobre, en la época de la mala sequía. Hay una fila de personas, en su mayoría mujeres, con toda clase de recipientes para agua. Este almacén consigue, todas las tardes, una provisión de agua de la ciudad, y la gente hace cola por esta preciada agua. El hindú está parado con las palmas de sus manos apoyadas sobre el mostrador, y mira a la mujer blanca que está inclinada sobre una pila de papel que parece que hubiera sido arrancada de un libro: está leyendo Anna Karenina. Lee despacio, masticando las palabras. Parece un libro difícil. Es una mujer joven con dos niñitos agarrados de sus piernas. Está embarazada. El hindú está afligido porque el pañuelo de la cabeza de la joven, que debía ser blanco, está amarillo de polvo. El polvo se mete entre sus pechos, se asienta sobre sus brazos. El hombre está angustiado por las personas que esperan en fila, todas sedientas: él no tiene agua para todas. Está enojado porque sabe que allí hay gente muriendo, más allá de las nubes de polvo. Su hermano, mayor, ha estado allí, a cargo de la tienda, pero dijo que necesitaba un descanso. Se había marchado a la ciudad, bastante enfermo en realidad, a causa de la sequía. El hombre siente curiosidad. Le pregunta a la joven que está leyendo. “Sobre Rusia”, contesta la joven. “¿Sabe Usted donde queda Rusia?” Él sabe a duras penas que él es él. La joven lo mira frontalmente, llena de dignidad aunque sus ojos están rojos de polvo: “Yo era la mejor de la clase. Mi maestro dijo que yo era la mejor”. La joven reanuda su lectura, quiere terminar el párrafo. El hindú mira a los dos niñitos y busca un poco de Fanta, pero la madre dice que “La Fanta les da más sed”. El hindú sabe que no debería hacerlo, pero se agacha hacia un gran recipiente de plástico, al lado suyo, detrás del mostrador, y sirve dos jarritos de agua que les alcanza a los niños. Observa cómo se mueve la boca de la joven al ver beber a sus hijos. Él le da un jarro de agua. Le duele verla bebiendo de tan sedienta que está. Ahora ella le alcanza un recipiente de plástico para agua, que él llena. La joven y los niños lo observan atentamente para que no derrame nada. Ella se inclina otra vez sobre el libro y lee el párrafo de nuevo. “Varenka, con su pañuelo blanco sobre su pelo negro, rodeada de niños y ocupándose de ellos con alegría y buen ánimo y, al mismo tiempo, visiblemente emocionada por la posibilidad de una propuesta de matrimonio por parte del hombre al que ella quería, lucía muy atractiva. Koznyshev caminaba a su lado y continuaba lanzándole miradas de admiración. Al mirarla, recordaba todas las cosas agradables que había oído de sus labios, todo lo bueno que sabía de ella, y se volvía más y más consciente de que el sentimiento que él albergaba por ella era algo poco común, algo que él había sentido sólo una vez antes, hacía mucho, mucho tiempo, en su primera juventud. La alegría de estar cerca de ella aumentaba a cada momento, y finalmente alcanzó un punto tal que, cuando él depositó en su canasta el enorme hongo de abedul, con su tallo frágil y su sombrerete rizado en la punta, él indagó en los ojos de Varenka, y al percatarse de la gozosa y amilanada turbación que inundaba su rostro, se sintió él mismo confundido, y en silenció le brindó una sonrisa que lo decía todo”. Este pedazo de texto estaba apoyado en el mostrador, al lado de unos ejemplares de revistas viejas, de unas páginas de periódicos, de chicas en bikini. Ya es hora de que ella abandone el abrigo del almacén hindú y emprenda el viaje de vuelta a su aldea, a lo largo de cuatro millas. Ya es hora… afuera, las filas de mujeres que esperan vociferan y protestan. Pero el hindú todavía se demora. Él sabe lo que le va a costar a esta joven volver a casa, con los dos niñitos colgando. Él le regalaría el pedazo de texto que tanto la ha fascinado, pero él no puede creer en realidad que esta astilla de mujer con su gran vientre pueda entenderlo realmente. ¿Cuál es, por ventura, la razón de que un tercio de Anna Karenina esté pegado aquí, sobre el mostrador de un remoto almacén hindú? Esto es así. Como suele suceder, cierto alto oficial de las Naciones Unidas, compró un ejemplar de esta novela en el kiosco de libros cuando el emprendió los viajes que lo llevarían a través de varios océanos y mares. Ya en el avión, instalado en su asiento de clase ejecutiva, desgarró el libro en tres partes. Al hacer esto, mira a su alrededor, a sus compañeros de viaje, sabiendo que vería miradas sobresaltadas, miradas de curiosidad, pero también alguna mirada divertida. Cuando estuvo acomodado, con su cinturón de seguridad ajustado, dijo en voz alta a todo el que pudiera oírlo: “Siempre hago esto cuando tengo un viaje largo. Nadie quiere sostener un libro pesado”. La novela era una edición de bolsillo pero, realmente, era un libro grande. El hombre está muy acostumbrado a que la gente lo escuche cuando habla. “Siempre hago esto al viajar”, confió. “Viajar todo el tiempo en estos días es bastante difícil”. Y tan pronto como la gente se ubicaba, él abría su trozo de Anna Karenina y leía. Cuando la gente lo miraba, con curiosidad o sin ella, él se sinceraba con ellos: “No, realmente, es la única manera de viajar”. Conocía la novela, le gustaba, y esta extravagante manera de leer agregaba interés a lo que, después de todo, era un libro famoso. Cuando terminaba una porción del libro, llamaba a la azafata y lo mandaba a su secretario, que viajaba en clase económica. Cada vez que un tercio de la gran novela rusa, mutilada pero legible, llegaba a la parte trasera del avión, provocaba mucho interés, mucho reproche, por cierto curiosidad. Definitivamente, esta mañera manera de leer Anna Karenina deja su marca, y probablemente, nadie allí lo olvidaría. Mientras tanto allá en el almacén del hindú, la mujer joven está apoyada sobre el mostrador, los niñitos pegados a sus faldas. Usa jeans, ya que es una mujer moderna, pero encima de ellos se había puesto una gruesa falda de lana, parte de la vestimenta típica de su pueblo: sus niños pueden aferrarse a sus faldas sin dificultad, a los pliegues gruesos. Le dirigió una mirada de gratitud al hindú, a quien ella sabía que le agradaba y que estaba afligido por ella, y apuró el paso hacia las nubes de polvo arrastrado por el viento. Los niños habían llorado hasta el cansancio y, a todas luces, sus gargantas estaban llenas de polvo. Era duro, claro que sí, era duro este caminar, un pie detrás del otro, a través del polvo que se asienta en suaves y engañosos montículos bajo sus pies. Duro. Duro. Pero ella estaba acostumbrada a las privaciones, ¿acaso no? Su mente estaba en la novela que había estado leyendo. Pensaba “Ella es como yo, con su pañuelo blanco, y tiene niños a su cuidado también. Yo podría ser ella, esa muchacha rusa. Y el hombre de la novela, él la ama, y le pedirá que se case con él (la joven no había leído más que aquel único párrafo). Sí, un hombre vendrá por mí, y me llevará lejos de todo esto, me llevará a mí y a los niños, sí, él me amará y me cuidará”. Se apura. La vasija de agua le pesa en los hombros. Sigue caminando. Los niños pueden escuchar el chapoteo del agua en la vasija. A medio camino se detiene, baja la vasija. Los niños lloriquean y toquetean la vasija. Ella piensa que no puede abrirla porque podría llenarse de polvo. De ninguna manera puede abrir la vasija hasta que lleguen a casa. “Esperen”, les dice a sus hijos, “Esperen”. Se recompone y siguen adelante. Ella piensa “mi maestra me dijo que allí había una biblioteca, más grande que un supermercado, un edificio grande, lleno de libros”. La joven está sonriendo cuando retoma su camino, el viento soplándole en la cara. “Soy inteligente”, piensa. El maestro dijo que soy inteligente. La más inteligente de la escuela. Él dijo que yo era la más inteligente. Mis hijos van a ser inteligentes, como yo. Los voy a llevar a la biblioteca, el lugar lleno de libros, y van a ir a la escuela, y van a ser maestros, mi maestro dijo que yo podía ser maestra. Van a estar lejos de aquí, ganando dinero. Van a vivir cerca de la biblioteca y vivir una buena vida”. Se preguntarán como es que este pedazo de la novela rusa fue a dar en el mostrador del almacén del hindú. Sería una linda historia, tal vez alguien la cuente. La pobre muchacha avanza, sostenida por el pensamiento del agua que les dará a sus hijos una vez que lleguen a casa, agua de la que ella misma tomará un poquito… Avanza, a través de las temibles polvaredas de una sequía africana. Somos una sarta de hastiados, nosotros en nuestro mundo, en nuestro mundo amenazado. Somos buenos para la ironía y hasta para el cinismo. Usamos a duras penas ciertas palabras, ciertas ideas, por lo gastadas que se han vuelto… pero podríamos querer recuperar algunas palabras que han perdido su fuerza. Tenemos una mina subterránea, un tesoro de literatura, que se remonta a los egipcios, a los griegos, a los romanos. Todo está allí, este caudal de literatura, para ser descubierto una y mil veces por todo aquel que sea lo suficientemente afortunado como para acercarse a él. Un tesoro. Supongamos que éste no existiera. ¡Qué empobrecidos, qué desprovistos estaríamos! Poseemos un legado de idiomas, poemas, historias, y este legado no es uno de aquellos que se agotará alguna vez. Está allí, siempre. Tenemos un legado de relatos, de cuentos de los antiguos narradores, algunos de cuyos nombres conocemos, otros no. Los narradores se remontan muy, muy atrás, hasta un claro en el bosque donde arde un gran fuego y los antiguos chamanes danzan y cantan, porque nuestro patrimonio de relatos comenzó en el fuego, en la magia, en el mundo del espíritu. Y allí es donde permanece, hasta hoy. Pregunten a cualquier narrador moderno, y ellos dirán que hay, siempre, un instante en que son tocados por el fuego, por aquello que nos gusta llamar inspiración , y que ésta se remonta al origen de nuestra raza, al fuego, al hielo y a los grandes vientos que nos moldearon a nosotros y dieron forma a nuestro mundo. El narrador está en lo más profundo de cada uno de nosotros. El hacedor de cuentos vive en nosotros. Supongamos que nuestro mundo es atacado por la guerra, por los horrores que todos podemos, sin dificultad, imaginar. Supongamos que las inundaciones arrasan nuestras ciudades de punta a punta, que los mares suben… el narrador todavía estará allí, ya que son nuestras fantasías las que nos dan forma, nos sostienen, nos hacen ser quienes comos, para bien y para mal. Son nuestros relatos, es el narrador, lo que nos reanima cuando estamos atormentados, heridos, hasta aniquilados. El narrador, el hacedor de sueños, el fabricante de mitos, es aquello que somos en nuestro mejor momento, cuando somos más creativos. Esa pobre muchacha que avanza penosamente a través del polvo, soñando con una educación para sus hijos… ¿cómo podemos pensar que somos mejores de lo que ella es, nosotros, atiborrados, hartos de comida, con nuestros armarios llenos de ropa, ahogándonos en nuestros excesos de abundancia? Creo que esa muchacha y las mujeres que hablaban de libros y de educación cuando hacía tres días que no comían es lo que todavía puede definirnos. Este discurso es © de Nobel Foundation. La traducción al castellano es obra de María Quintana–Juan Uriburu Quintana–Amalia Uriburu Quintana–Santiago Uriburu Quintana, a quienes agradecemos infinitamente. Notas del Traductor: (1) Si bien la traducción literal de la gran novela de George Orwell “Animal Farm” (1945) es “La Granja de Animales”, la novela ha sido traducida al español y es reconocida bajo el título de “Rebelión en la Granja”. (2) Los Vedas son los más antiguos de los libros sagrados hindúes. Son conocidos también como “Los libros del Conocimiento”, y contienen plegarias, alabanzas y ruegos a los dioses, canciones y melodías tradicionales, creencias, exorcismos y encantamientos. (3) Boobs: en jerga adolescente, la palabra “boob” es usada para designar los pechos femeninos, especialmente si tienen implantes de siliconas. En este párrafo, Lessing no dice “pechos”, dice “gomas”. (4) Paparazzi : palabra acuñada por el director de cine italiano Federico Fellini en 1959 durante el rodaje de “La Dolce Vita”; proviene de la unión de las palabras italianas “papatacci”, un tipo de mosquitos particularmente molesto y “razzi”, flashes de las cámaras fotográficas. Más artículos de la categoría Contribuciones |


