Simbolismo de la Navidad

Imprimir E-Mail
Escrito por Carlos Vázquez Iruzubieta, el sábado, 22 de diciembre de 2007 (Ha sido leído 1171 veces)
La Natividad y la Pascua de Resurrección son las celebraciones más destacadas del cristianismo. La más bulliciosa y de contagiada alegría es la Natividad de Jesús que, celebrada con comilonas y borracheras, difiere del recogimiento propio de la Semana Santa. Esta circunstancia tal vez se deba a que la Iglesia, al trasladar la época del nacimiento de Jesús, del verano septentrional al invierno, justamente al día siguiente en el que concluían las fiestas saturnales de la Roma clásica, los pueblos mantuvieron el espíritu de las saturnales (del 17 al 23 de diciembre), esperadas siempre con ansiedad por la incontinencia moral en que consistían.

ImageEl icono del nacimiento contiene los siguientes componentes:
la gruta,
la estrella,
el recién nacido,
su madre,
su padre,
los pastores y sus corderos,
el asno y el buey.

La escena del nacimiento de Jesús contiene figuras componentes de una escena cuyos elementos son comprensibles por su propia significación exotérica mas, encierran además, significados que sin ser ni únicos ni unívocos, es preciso captar su sentido más apropiado al empeño emprendido.

Los cátaros leían y predicaban los Evangelios, y de modo especial el Apocalipsis de Juan. Lo que cuesta trabajo determinar sin lugar a dudas a causa de la falta de documentación indubitable, es si cada episodio de la Buena Nueva era desentrañada por ellos mediante el uso apropiado de la simbología tradicional, lo que indicaría el grado de conocimiento que habrían tenido o, caso contrario, del que adolecieron. Porque si sostenían que Jesús, su madre virgen y los episodios de su vida no son más que símbolos, es de suponer que pudieron haber descifrado el significado de tales símbolos, pues negaban la realidad histórica de Jesús como Hijo de Dios, porque no admitían que un Dios, cualquiera fuera, enviara a su Hijo a este mundo para ser envilecido, humillado, vejado, condenado, torturado y crucificado.

Si esta tradición de sapiencia precisa de un alto grado de iniciación, pudiera ser cierto que los cátaros estuvieron en posesión de esa sabiduría para custodiarla y en su momento, transferirla a otros (se dice que fue a los Templarios), aunque algunos autores mantienen que no entendían tales “signos y palabras enrevesadas”, en cuyo caso cabría afirmar que comprendida o incomprendida por los cátaros, pasó por ellos esta sabiduría tradicional siquiera para ser custodiada y transferida.

Si admitían los episodios evangélicos como símbolos de una moral religiosa que enseñaban a los humanos a desarrollar su vida de modo ejemplar y lograr de ese modo la salvación, ha de entenderse que esa salvación se lograba por los repetidos procesos de reencarnación y no por la resurrección de los cuerpos que predica la Iglesia Católica. Porque los cátaros se empeñaban en salvar el alma que viajaba por distintos cuerpos reencarnada, y no al cuerpo, al que la resurrección “rehabilitaba” para que se reúna con el alma inmortal (no eterna, que tiene otro significado). El rechazo de la existencia histórica de Jesús como Mesías e Hijo de Dios, no niega su existencia histórica como hombre. La Iglesia Católica se empeña en que sea admitido que la salvación está destinada al alma y, sin embargo, lo que la resurrección salva de verdad es al cuerpo corrompido, al que “rehabilita” para que se reúna con su alma inmortal y ambos elementos humanos compartan la inmortalidad.

Volviendo al icono del nacimiento, el Papa Benedicto XVI, cuando cardenal Joseph Ratzinger, lo interpretó con estas palabras:

“En la cueva de Greccio se encontraban aquella
Nochebuena, conforme a la indicación de san
Francisco, el buey y el asno. Al noble Juan le había dicho:
"Quisiera evocar con todo realismo el recuerdo
del niño, tal y como nació en Belén, y todas las
penalidades que tuvo que soportar en su niñez.
Quisiera ver con mis ojos corporales cómo yació
en un pesebre y durmió sobre el heno, entre el buey
y el asno".

“Desde entonces, el buey y el asno forman parte de
toda representación del pesebre. Pero, ¿de donde
proceden en realidad? Como es sabido, los relatos
navideños del Nuevo Testamento no cuentan nada
de ellos. Si tratamos de aclarar esta pregunta,
tropezamos con unos hechos importantes para los
usos y tradiciones navideños, y también, incluso,
para la piedad navideña y pascual de la Iglesia en
la liturgia y las costumbres populares”.

“El buey y el asno no son precisamente productos de
la fantasía piadosa; gracias a la fe de la Iglesia en la
unidad del Antiguo y el Nuevo Testamento, se han
convertido en acompañantes del acontecimiento
navideño. De hecho, en Isaías 1, 3 se dice." Conoce
el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo.
Israel no conoce, mi pueblo no discierne".

“Los Padres de la Iglesia vieron en esta palabra una
profecía referida al Nuevo Pueblo de Dios,
la Iglesia constituida a partir de los judíos y gentiles.
Ante Dios, todos los hombres, judíos y gentiles,
eran como bueyes y asnos, sin razón ni entendimiento.
Pero el Niño del pesebre les ha abierto los ojos,
para que ahora reconozcan la voz de su Dueño,
la voz de su Amo” (1).

De este fragmento del artículo de Joseph Ratzinger se pueden extraer aspectos importantes, viviendo de quien vienen. En primer lugar, que el icono del nacimiento de Jesús admite interpretaciones más allá de lo que sus figuras representan en la vida real. El asno es algo más que el asno de siempre, y otro tanto, el buey. Está claro que el icono contienen un simbolismo que debe ser interpretado para llegar a su verdadero significado religioso. En segundo lugar, que el asno y el buey, así como los pastores no están mencionados en ninguno de los dos Evangelios que relatan este acontecimiento, los de Mateo y Lucas. Por su parte, Marcos y Juan, nada dicen acerca del nacimiento de Jesús.

Admitido que el icono creado por San Francisco de Asís obliga a descifrar un simbolismo oculto, el segundo aspecto a señalar es que en los relatos evangélicos, nada se dice de estos dos animales, con lo cual se llega a la nada difícil conclusión de que fue San Francisco quien “ideó” estas figuras para implicarlas en el icono del nacimiento. La pregunta es: ¿lo de San Francisco fue una casualidad, una ocurrencia sin propósito definido, o por el contrario, sólo se puede explicar atribuyéndole la cualidad de iniciado?

A San Francisco se lo suele identificar como el hombre santo que lo era en tal grado, que hablaba con los pájaros. Esto, así dicho, está más cerca de una fábula que de un hecho real. Sin embargo, ni una cosa ni la otra. Ni fábula, ni realidad, sólo simbolismo.

Según el hinduismo, que es la doctrina que desarrolla con más amplitud la cosmogonía sagrada, explica que en los primeros tiempos, que coincidiría con la existencia de la región hiperbórea, los humanos tenían fácil acceso al llamado lenguaje sagrado o lenguaje divino. El mayor grado de espiritualidad animaba la mente y los corazones de los humanos, de manera que no precisaban de intermediarios para asumir el conocimiento total que les trasmitían los dioses. Sólo cuando los siguientes ciclos cósmicos se fueron sucediendo y la espiritualidad fue cediendo sitio al materialismo, la comunicación se tornó imposible porque el ser humano perdió la aptitud de comprensión de ese lenguaje de los dioses, y la humanidad necesitó de seres elegidos que hablaran con los dioses en el lenguaje de los pájaros, porque ni siquiera ellos mismos podían ya entender el lenguaje divino. En el Eclesiastés 1, 1, se lee: Toda la sabiduría viene de Dios y con Él estuvo siempre desde antes de los siglos. Con lo cual se afirma el convencimiento de que la sabiduría no es un hecho cultural producto de la inteligencia humana, sino que proviene de Dios.

El ser humano pone su inteligencia al servicio de la comprensión del lenguaje de los pájaros para alentar el conocimiento primigenio que proviene de Dios. Los pájaros, por analogía, son los entes de la Creación que surcan el espacio elevándose a las dimensiones sagradas. El Espíritu Santo de los cristianos suele ser representado por un ave que desciende sobre los hombres para trasmitirles mensajes divinos. Así fue cómo se inspiraron dos evangelistas que sin haber sido uno de ellos discípulo de Jesús, a ambos les fue posible escribir la biografia de su paso por la tierra. Todo conocimiento de lo sagrado procede del Espíritu Santo, proclaman los cristianos, y ese Espíritu Santo, aunque quiera ser incluido en la deidad de la Santísima Trinidad, más que una de las personas de ese Dios tripartito, es un mensajero, como lo es la abubilla del Corán, según se verá más abajo. Ese Espíritu de celestiales características es un mensajero o intermediario entre Dios y los hombres, pues recibe los mensajes del Creador en el lenguaje de los pájaros y luego lo trasmite a los mortales en el lenguaje profano.

En el Corán se lee en XXVII:

“15. Dimos ciencia a David y a Salomón. Y dijeron: «¡Alabado sea Allah, que nos ha preferido a muchos de Sus siervos creyentes!»
16. Salomón heredó a David y dijo: “¡Hombres! Se nos ha enseñado el lenguaje de los pájaros y se nos ha dado de todo. ¡Es un favor manifiesto!”
17. Las tropas de Salomón, compuestas de genios, de hombres y pájaros, fueron agrupadas ante él y formadas.
18. Hasta que, llegados al Valle de las Hormigas, una hormiga dijo: “¡Hormigas! ¡Entrad en vuestras viviendas, no sea que Salomón y sus tropas os aplasten sin darse cuenta!”
19. Sonrió al oír lo que ella decía y dijo: “¡Señor! ¡Permíteme que Te agradezca la gracia que nos has dispensado, a mí y a mis padres! ¡Haz que haga obras buenas que Te plazcan! ¡Haz que entre a formar parte, por Tu misericordia, de Tus siervos justos!”

Estos pájaros a que se refiere el versículo 17, nada tienen que ver con el simbolismo del “lenguaje de los pájaros” porque, basta seguir con la lectura del Corán para advertir que están relacionados con un simbolismo diferente, referido a “diablos, animales y espíritus”, según la interpretación de Michel Gall (2). En efecto, el genio (Yinn), significa en el Islam, el demonio o Satanás. Siguiendo con el Corán:

“20. Pasó revista a los pájaros y dijo: “¿Cómo es que no veo a la abubilla? ¿O es que está ausente?
21. He de castigarla severamente o degollarla, a menos que me presente, sin falta, una excusa satisfactoria”.
22. No tardó en regresar y dijo: “Sé algo que tú no sabes, y te traigo de Saba una noticia segura.
23. He encontrado que reina sobre ellos una mujer, a quien se ha dado de todo y que posee un trono augusto.
24. He encontrado que ella y su pueblo se postran ante el sol, no ante Allah. El Demonio les ha engalanado sus obras y, habiéndoles apartado del camino, no siguen la buena dirección,
25. De modo que no se prosternan ante Allah, Que pone de manifiesto lo que está escondido en los cielos y en la tierra, y sabe lo que ocultáis y lo que manifestáis.
26. Allah, fuera del Cual no hay otro dios, es el Señor del Trono augusto”.

Salomón se enfadó al comprobar la ausencia de la abubilla, con quien había enviado un mensaje a la reina de Saba y, naturalmente, estaba ansioso por conocer la respuesta. La abubilla era el pájaro que utilizaba Salomón para comunicarse con la reina de Saba, a quien los musulmanes consideran la encarnación de lo diabólico y por añadidura, era una mujer cubierta de bello, algo repulsivo para los musulmanes árabes. No es preciso ahondar en esta cuestión para no distraer del propósito de estas líneas. Baste advertir que es menester estar siempre alertas a fin de no dejarse confundir con ciertas palabras puestas cercanamente a otras, pues no siempre estarán ligadas con el símbolo que se quiere interpretar. Los pájaros, que junto a los genios y los hombres forman el ejército de Salomón, nada tienen que ver con la expresión “lenguaje de los pájaros”. Eran, simplemente, las huestes del rey Salomón. Además, la expresión que contenía la carta dirigida por Salomón a la reina de Saba llevaba el propósito de atemorizarla para que se decidiera a viajar a Jerusalén.

Lo que en el Corán está relacionado con el “lenguaje de los pájaros” es la abubilla, mensajera celestial del rey Salomón, un pájaro vistoso que tiene un penacho dorado en su cabeza y cuyas plumas están siempre inhiestas. En este caso, los versículos coránicos relativos a la abubilla contienen un símbolo que no debe ser descifrado del ave, sino que es el ave misma el símbolo: era el mensajero de Salomón, que le advierte de la verdadera personalidad de la reina de Saba, desafiante del poder de Allah, lo que se evidenciaba no sólo por su soberbia, sino que mostraba un bello exuberante que era en realidad, la prueba vívida del macho cabrío, que por siempre simbolizó a Satanael. Trasladando el símil desde el Islán al cristianismo se podría decir que la abubilla es el arcángel San Gabriel, cuyo nombre significa “héroe de Dios”, y a quien los cristianos lo consideran el “mensajero angélico”.

Salomón fue un elegido por haber sido enseñado a comprender el lenguaje de los pájaros, como lo fue Moisés, Isaías y demás profetas hebreos, Lao-Tse, Zoroastro, Buda, Confucio, Jesús, Mani, Mahoma y muchos otros, pues los elegidos no han de ser siempre los profetas y creadores de religiones; sin embargo, esta cualidad de comunicar con los dioses a través del lenguaje de los pájaros los hace meditar durante un buen tiempo y decidirse finalmente a crear y defender sus ideas sagradas, todas orientales, todas antiguas y todas esotéricas en su más cabal comprensión de sus arcanos. El conocimiento de lo sagrado según lo predica Mircea Eliade se produce en el ser humano en forma directa porque lo sagrado se manifiesta, se muestra como algo diferente a lo profano, y a ese fenómeno de manifestación lo denomina hierofanía (del griego hieros = sagrado, y phainomai = manifestarse) (3). De todos modos, este autor desarrollando la idea básica de esta manifestación sostiene que se produce como algo distinto a lo profano y que se sirve de objetos ónticos para actualizarse como una hierofanía. Así, una piedra puede convertirse en algo sagrado sin dejar de ser piedra. Seguirá siendo una piedra para un concepción profana del conocimiento, pero será una hierofanía para una concepción sagrada. Esta explicación demuestra, en última instancia, que toda hierofanía convierte a las cosas de la creación en soporte de símbolos sagrados. Estamos, pues, en la admisión implícita de la simbología sagrada que es, en todo caso, la simbología más creíble y menos contaminada.

Del mismo modo, San Francisco fue un elegido que “hablaba con los pájaros”, lo que en lenguaje simbólico significa ni más ni menos, que conocía el lenguaje de los pájaros en el sentido que se acaba de explicar(4). Sólo así se entiende sin dificultad la abigarrada reunión de símbolos con los que idea el icono del nacimiento de Jesús, que desde entonces habrá de repetirse sin modificación en todo el mundo cristiano; esto es, desde hace mil años, aproximadamente.

Para asegurarse de que su “creación” perdurara, con buen tino visitó en Roma en el año 1.223 al Papa Honorio III, a quien confió su propósito y recibió una total aprobación. Con esa autoridad no discutible, llegó a Greccio y se puso manos a la obra. Renunció a representar el nacimiento en un establo pese a que el Evangelio de Lucas hace mención a un “pesebre”, donde el recién nacido yació envuelto en pañales. Renunció al establo donde hay heno para reposar cómodamente sobre el suelo, y prefirió la gruta, la caverna, la cueva, que son para la simbología tradicional, la misma cosa. Se podría decir que apartó de su idea la mención que en el Evangelio de Lucas se hace de un más que presumible establo, optando por el símbolo de la gruta.


La gruta


Es curioso, como se acaba de decir, que san Francisco de Asís, el primer “pesebrista” o “belenista”, para representar el nacimiento ideara una gruta o caverna y no un establo. Porque al margen de razones simbólicas, no se puede negar que meter en una gruta a un buey y a un asno, es algo bastante difícil, pensando en lo que cuesta introducirlos en un corral. Pero, hay que insistir en que nada es casual ni real, sino que responde a otras razones. Era preciso renunciar a una realidad purista para acometer la cuestión a través de los símbolos. Lo que importaba era dar cabida al simbolismo y no a las reacciones biológicas de un asno real y de un buey igualmente real.

La gruta tiene varios significados esotéricos y todos concurren, como acontece de ordinario, hacia un mismo resultado gnóstico final. Con respecto a la montaña o montículo que en su interior encierra a la gruta, significa el centro interno del estado primigenio, y a la vez tiene un significado axial o polar, en tanto que está en consonancia con el eje del globo y el ártico, de donde desciende hacia lo antártico (el sur), el eje del globo.

De un punto de vista muy general, la montaña que contiene la gruta es la manifestación principal del centro y del eje, y era la más directa de las manifestaciones posibles en los primeros tiempos cuando todo el conocimiento proveniente de los dioses era accesible para los humanos en razón del altísimo grado de espiritualidad existente. Pasados los primeros ciclos cósmicos, al reducirse esa espiritualidad que cede paso a la materialidad o materialismo en el ser humano, la gruta viene a constituir el retraimiento del significado de la montaña hacia su interior, con la finalidad de esconder la sabiduría primigenia, de aquellos a quienes no les es posible acceder a ella, ni lo merecen. La gruta pasa a contener el corazón del conocimiento primigenio y la montaña, aunque sigue manifestada, los hombres y mujeres que van introduciendo cada vez mayor materialismo en sus vidas, sólo ven en ella o en el montículo, su aspecto exterior, exotérico, y buscan grietas por donde penetrar al interior de la gruta, para descubrir misterios que no sabrán descifrar, seguramente. Esa curiosidad es la seña evidente del pasado altamente espiritual del ser humano, ya decaído, cuyo rescoldo no acaba de apagarse en sus corazones. Donde hubo, algo queda. Tal vez sea oportuno recordar aquí, que Otto Rahn se pasó largas temporadas buscando el Santo Grial en las cuevas del Ornolac francés.

Además de esta relación directa entre la montaña y la gruta, otro simbolismo de la gruta es su significado más intrínseco o, si se quiere, más específico, aunque siempre ligado a la montaña. Este simbolismo es doble: por una parte, es el lugar oculto donde se lleva a cabo la iniciación de los adeptos que reciben las enseñanzas adecuadas para acceder sin dificultad a los grados del conocimiento, el sitio donde los maestros guían a los iniciados para que puedan desarrollar óptimamente sus facultades gnósticas para acceder a grados más altos del conocimiento, y por otra parte y ligado a ello, es el lugar sagrado donde el ser humano muere y vuelve a nacer a causa de esa iniciación. Es un morir a un pasado de ignorancia, y nacer por segunda vez a un futuro pleno de sabiduría. Lo que es propiamente una iniciación. De ahí que ambos significados estén entrelazados.

Algo más: así como la montaña tiene una forma triangular cuyo vértice apunta a la bóveda, contiene a la gruta que es un triángulo cuyo vértice apunta hacia el centro de la tierra, y por ese su centro pasa el eje del globo. Esta forma triangular de vértice invertido es lo que le da a la gruta de modo definitivo su significado simbólico: la forma de una copa, la que a su vez representa el corazón, que es por su posición en el cuerpo, un triángulo con el vértice hacia abajo. Por esto se puede decir que la gruta es el corazón de la montaña y a la vez, su centro y su eje. El lugar elegido no pudo haber sido más apropiado para representar el nacimiento de Jesús.

La gruta es el corazón de la montaña, por su forma y por su situación interna, y es a la vez, centro y eje; es decir, que con absoluta coherencia, la gruta por sus atributos está manifestando el más alto grado de espiritualidad que caracterizó los primeros tiempos de los cuatro ciclos cósmicos y que correspondió al Gran Año de la región hiperbórea, polar y primigenia, cuando el ser humano tenía comunicación directa con los dioses, que impartían toda la sabiduría.

Reflexionando acerca del primer componente del icono de la Natividad, no se puede negar que Francisco de Asís acertó de pleno, pues sabía lo que estaba haciendo. A nuestro entender, la gruta es el componente más importante en el icono de la Natividad, a tal punto que podría decirse que interpretando el significado simbólico de la gruta o caverna, queda explicado no sólo el sentido cabal de la Natividad de Jesús, sino toda su vida futura y su proyección luego de haber resucitado.

La gruta está iluminada desde dentro, de lo que resulta que de un punto de vista del estado primigenio de lo creado, la oscuridad y las tinieblas están fuera. Puesto que la luz no puede llegar desde fuera, está claro que proviene de una fuente primigenia que desciende desde el firmamento en el sentido de techo del mundo. Es la luz del arcángel, o para decirlo más propiamente, es el arcángel mismo quien penetra desde el firmamento al interior de la gruta para iluminarla. Y siendo así, es una luz que pasa inadvertida a los ojos del ser humano a quien el mensaje del arcángel no va dirigido. El mensaje sólo lo capta el receptor; en este caso, los Reyes Magos de Oriente.

A la gruta se penetra desde el exterior por un eje naturalmente que vertical, que coincide con el eje del mundo, y que está representado por el suelo de la gruta (el polo sur). Allí se produce el misterio de la iniciación de Jesús y de su “segundo nacimiento” a la sabiduría primigenia, que consumará con su viaje a Egipto, donde aprenderá el arte de la Gran Obra de los alquimistas, el conocimiento de los misterios y adquirirá la sabiduría tradicional que su naturaleza de hombre no le permite acceder a ella de otro modo que aprendiendo. Por eso, la salida de la cueva lo ha de hacer el iniciado por el norte del eje que está situado en la bóveda de la gruta (el polo norte). Se trata de un ascenso desde el sur del eje (el suelo) hacia el norte (un agujero situado en el centro de la bóveda de la gruta y que en el ser humano tienen su símil situado en la coronilla). En Jesús, ese ascenso que le permitirá salir de la cueva o gruta como un iniciado, se manifiesta con su resurrección y “ascenso” a la bóveda celestial donde habita el Padre y moran los elegidos. Este tema que da para mucho más pero con lo dicho se puede comprender con suficiencia el símbolo de la gruta que en el nacimiento es, a nuestro juicio y junto al recién nacido, la más importante de cuantas figuras componen el icono de la Natividad.


La estrella


La estrella es un astro y por lo tanto, irradia luz. En el firmamento agitan su luminosidad de modo constante, sin moverse, a los ojos del ser humano. La estrella del nacimiento, sin embargo, tenía movimiento, y era un movimiento inteligente. Los Magos querían llegar al sitio donde había nacido este niño tan especial, pero no sabían cómo hacerlo, y la estrella los guió. En la actualidad se diría que fue la guía que dirigió los pasos de los turistas magos desde el lejano Oriente hacia el cercano Oriente. Era visible sólo de noche, como toda estrella y así bastaba porque seguramente los magos viajaban sólo de noche para evitar el peligro de los malhechores que asolaban los caminos.

Es un símbolo que contiene varios significados. En todos ellos, sea de modo principal o complementario, está siempre presente la luz, que es lo que ahora nos interesa. Y la luz es uno de los elementos de la dicotomía más recurrente en las doctrinas sagradas de la antigüedad. La luz y las tinieblas aparecen como representaciones más ostensibles del bien y del mal en la religión maniquea: el Dios de las Tinieblas (YHVH), y el Dios de la Luz (el Paráclito). El Génesis relata que fue del caos tenebroso de donde hizo Dios surgir la luz (5). Esa luz llamada día en el Génesis, no es la luz de la estrella de Belén porque, muy al contrario, se deja ver sólo de noche y tiene un movimiento propio cuyo propósito es guiar. La estrella solamente se menciona en el Evangelio de Mateo en estos términos:

“Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos,
averiguó cuidadosamente de ellos, el tiempo en que
la estrella se les apareció, y encaminándolos a Belén,
les dijo: id e informaos puntualmente de lo que hay de
ese niño, y en habiéndolo hallado, dadme aviso, para
ir yo también a adorarle. Luego que oyeron esto del
rey, partieron, y he aquí que la estrella que habían
visto en Oriente, iba delante de ellos, hasta que
llegando al sitio donde estaba el niño, se paró. A la
vista de la estrella, se regocijaron por extremo. Y
entrando en la casa hallaron al niño con María, su
madre, y postrándose le adoraron, y abiertos sus
cofres le ofrecieron presentes de oro, incienso y
mirra. Y habiendo recibido en sueños un aviso
para que no volviesen a Herodes, regresaron a su
país por otro camino (6).

La estrella desempeña aparentemente en el relato de Mateo, un doble papel. Es la luz comunicadora y la luz protectora. La expresión “habiendo recibido en sueños un aviso...” es el modo en que generalmente se manifiesta la comunicación del arcángel San Gabriel. Así lo hizo con José para ponerlo al corriente del embarazo de María (Mateo 1, 18-25); lo reiteró anunciando a los pastores la Buena Nueva (Lucas 2, 8-13); y de modo constante lo llevó a cabo con Daniel. En el Islam, el arcángel Gabriel que recibe el nombre de Yibril o Jibril, es el gran comunicador, como que fue quien reveló el Libro Sagrado al Profeta.

Además de esta función comunicadora, la luz de la estrella parece cumplir también la de protección cuando se lee en la descripción del nacimiento de Jesús: “Al punto mismo se dejó ver con el Ángel, un ejército numeroso de la milicia celestial, alabando a Dios, y diciendo Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad” (7). No es difícil el advertir que ese ángel protector que se presenta en el nacimiento no es San Gabriel sino San Miguel Arcángel, a quien se le reconoce como general de los ejércitos celestiales, custodio de las sinagogas y de las iglesias y en el Islam, conocedor y administrador de las fuerzas de la naturaleza, con lo cual se reitera en el Islam su fuerza y poderío. Así, pues, en el nacimiento de Jesús se hacen presentes a través de la luz de la estrella de Belén, dos de los siete arcángeles cristianos, San Miguel y San Gabriel, como que a continuación se lee: “Luego que los ángeles se apartaron de ellos y volaron al cielo, los pastores se decían unos a otros: “Vamos hasta Belén a ver este suceso prodigioso que acaba de suceder y que el Señor nos ha comunicado”(8). La expresión “luego que los ángeles se apartaron de ellos y volaron al cielo...” demuestra sin lugar a dudas que eran dos, y se trataba de los ya mencionados arcángeles Gabriel y Miguel: el comunicador y el protector.

Hay todavía dos aspectos que merecen ser expuestos. Uno, referido a la forma externa de la estrella y otro, a la luz en la gruta.

La estrella en su forma visible puede tener desde tres, hasta un número indefinido de vértices. Si la estrella de cinco puntas representa al hombre tal y como lo ilustró Da Vinci en el “Hombre de Vitruvio”, la de seis puntas representa la Creación, con un punto en el centro, porque la creación se realizó en seis días y la Biblia habla de uno más, dedicado al “descanso” de Dios-Creador, que ocupa el lugar del punto inmóvil que hace girar lo que a su alrededor se manifiesta como lo creado y que coincide con el “punto inmóvil” de Aristóteles. Esta estrella, también conocida como la “Estrella de David”, es actualmente un símbolo para todos los judíos y en especial para los habitantes de Israel. Está formada por dos triángulos superpuestos e invertidos, que es también la imagen de los dos ancianos del Zohar: una que se refleja y otra, la reflejada, y por ello mismo, invertida. De igual modo, estos dos triángulos opuestos son la representación del sello de Salomón. Del punto de vista de nuestro interés, no parece ser ésta la significación más adecuada de la estrella de Belén. Son todos ellos, símbolos herméticos, pero apuntan hacia otros significados(9).

El aspecto referido a la luz, en cambio, es el que más se adecua al significado del nacimiento, que se produce en un gruta o cueva, obviamente oscura. Si aceptamos que la oscuridad o las tinieblas significan todo lo malo en la tradición judeo-cristiana(10), estaremos cerca de la interpretación más asequible del icono en estudio, con las salvedades o aclaraciones que vienen más abajo. Cabe adelantar que la luz de esta estrella no se manifiesta con vértices. Carece de vértices por lo que ni representa al hombre porque tuviera cinco puntas, ni a la estrella de los judíos que tiene seis. Lo de estrella es otro simbolismo pues no era una más del firmamento ni respondía a sus leyes; se movía con inteligencia señalando el camino a los magos y solamente resplandecía.

La gruta es el sitio donde se ha retraído la cualidad axial y central de la montaña, y lo ha hecho para conservar su identidad a causa del decreciente estado de espiritualidad del ser humano para lo cual, como es de rigor, el ocultamiento se logró mediante la sustitución de la verdad evidente por un símbolo que desde entonces, es necesario descifrar para obtener el conocimiento de lo simbolizado. Si pasamos de la realidad de la gruta a su simbolismo navideño, resulta que lo que guió a los magos hasta Belén fue una luz que se movía fijando el rumbo del viaje, hasta llegar al lugar de destino. Esa luz que se detuvo justo arriba de la gruta, terminó iluminándola en su interior porque, si la gruta es símbolo de iniciación y donde, a la vez, tiene lugar el segundo nacimiento hacia la sabiduría, el icono cristiano es apropiado al significado de su simbolismo y a la vez, al iluminar la gruta no hace otra cosa que romper las tinieblas de la ignorancia con la luz refulgente de la correcta iniciación.

Sólo resta descubrir la fuente de esa luz que viajó desde el lejano Oriente hasta el cercano Oriente para terminar iluminando la gruta. Parece claro que se trata del Arcángel San Gabriel, el gran comunicador en el cristianismo y el islamismo (Yibril). La comunicación de los mensajeros de Dios no obran siempre de la misma manera, pues adoptan formas apropiadas a cada ocasión. En este caso, fue una luz móvil, que es una modalidad muy simple de indicar el camino, pues hizo las veces de señales de tráfico o de un buen samaritano que con el índice “indica” el camino a seguir. Esa luz fue el propio San Gabriel que en sueños les previno a los magos que no debían regresar a ver a Herodes, y volver a su país por otro camino y de ese modo salvar la vida del recién nacido. Esta vez obró San Gabriel conforme a sus hábitos de comunicación directa con el elegido: aprovechar el sueño del receptor de la comunicación. La luz simbolizada en una estrella porque se movía en el firmamento fue, sin duda alguna, el arcángel San Gabriel, protegido en todo momento por San Miguel Arcángel y su “milicia celestial”, según cuenta Lucas en su Evangelio.


El recién nacido


En el icono de la Natividad se coloca al niño en el centro de la escena, lo que no deja de tener un simbolismo típico por lo que el centro tiene de reunión de todos los opuestos y consolidación de todos los estados complementarios atraídos hacia un único estado superior. Las demás figuras se distribuyen a su izquierda y derecha, adelante (que significa abajo) y arriba, donde brilla la estrella de Belén; es decir, que abarca los cuatro puntos cardinales. Uniendo sus extremos se da forma a una cruz que, puesta en movimiento a partir del punto central donde se cruzan los ejes solsticiales y equinocciales, esa cruz a la que se añaden cuatro líneas rectas tangenciales dan forma al svástica, que representa el movimiento del mundo girando hacia la derecha (movimiento centrífugo) o hacia la izquierda (movimiento centrípeto) que es el movimiento que conserva al globo en el sistema, pero siempre sobre un punto inmóvil que representa en cuanto al movimiento, el Principio o Unidad de la Creación. Alejados de una interpretación astronómica, el movimiento centrífugo (que huye del centro) simboliza la expansión del movimiento que es la seña distintiva de todo lo creado que como tal, ostenta un movimiento continuo. Todo lo creado se mueve y no deja de moverse y tanto, que Edwin Hube en 1929 descubre que las estrellas se están separando de la Tierra y que además, se están separando entre sí, prueba inequívoca de la expansión permanente del Universo.

Volviendo a la distribución de las figuras del nacimiento, está claro que coincide con los dos ejes de la tierra: el norte-sur que une los dos polos donde se producen los solsticios, y el oeste-este que une los equinoccios. La ubicación es correcta en relación a lo que se quiere significar. Todo lo que rodea al recién nacido es secundario o, si se quiere, depende del centro. Un centro que hace rotar a su alrededor a todo lo que está en el mundo y sin embargo, él mismo permanece inmóvil. Jesús será el centro y a su alrededor rotará, girará el mundo, los astros y el Universo todo, si es quien dice el cristianismo que es. Pero, esa no es una cuestión que debamos abordar en este momento. Lo que tratamos es de desentrañar la simbología del nacimiento y no la verdad del dogma cristiano, asunto ligado a las creencias de cada cual.

Este niño, a diferencia de lo que sería lo normal, lo lógico y lo que es costumbre, no aparece en brazos de su madre; piénsese que se trata de un recién nacido, con pocas horas de vida. Permanece solo, tumbado sobre un manojo de paja iluminado por la estrella. Esta solo porque así será cómo afrontará su destino, sin compañeros de lucha por salvar al pueblo de Palestina de los romanos, no obstante haber salvado vidas, curado enfermos, iluminado los ojos de los ciegos y recordar permanentemente a los judíos los principales mandamientos de la ley mosaica. Hizo del amor al prójimo, su estandarte, tal y como lo preceptúa la ley mosaica (11). Dado que en otros intentos de interpretación del simbolismo de los Evangelios hay material más que suficiente como para insistir en este destino aciago que Dios reservó para Jesús, dejaremos aquí este tema, y más aun teniendo en cuenta el significado de los animales que lo acompañan en el icono de su nacimiento, de lo que se trata más adelante.

Sólo concluiremos indicando una circunstancia igualmente singular: el niño no sólo no está en brazos de su madre, sino que tampoco duerme. Nada de esto se dice en ninguno de los dos Evangelios que describen este episodio. La vigilia del niño, tal como aparece representado en los iconos del nacimiento en todas las latitudes, es algo recurrente. Jamás se lo sitúa en el “pesebre” con los ojos cerrados, durmiendo, porque al poco tiempo de nacer los niños o duermen, o lloran, o se alimentan de su madre. Este niño recién nacido está despierto y vigilante, como dominando la escena en la que es Él quien hace girar todo lo que lo rodea. Y es así, incluso, en el momento supremo de ser conducido al cadalso. Siempre enfrentará solo su destino; su hermano Simón-Pedro lo negará tres veces; sus amigos y compañeros de lucha habrán desaparecido y a los pies de la cruz sólo estarán velando su agonía, su madre, María Magdalena, María que era madre de Santiago y de José y la madre de los hijos de Zebedeo (12). También algunas mujeres que contemplaban el episodio desde lejos; es decir, que no participaban pues eran simples espectadoras. Como siempre, los hombres conspiran en las sombras y son las mujeres qauienes le dan la cara a la tragedia.


Su madre


La virginidad de las madres de los inspiradores de las religiones ha sido una constante. Jesús nació de una virgen llamada María; Buda nació de una virgen llamada Maia (o María); Krishna nació de una virgen llamada Devaki. Siguiendo con las similitudes, Krishna y Jesús nacieron en una cueva. Las similitudes son numerosas, lo que da una idea de que no solamente la simbología tradicional demuestra la existencia de una fuerte cadena de singularidades compartidas por los fundadores o profetas de distintas doctrinas sagradas, sino que además de ello demuestra algo más importante: que existe una común corriente subterránea de elementos sapienciales que todas estas doctrinas llevan en sí, dando pábulo a la certeza de que en definitiva todas las religiones tienden hacia un mismo Dios, un mismo Principio Creador y un mismo estado superior y primigenio que cuajó en los primeros ciclos cósmicos de la historia humana, pero que con el avance de los tiempos se fue debilitando hasta llegar al estado actual de absoluta depresión de las cualidades espirituales a causa del triunfo del materialismo ciego y torpe. O también es admisible afirmar que todas las doctrinas sagradas provienen de una misma fuente inspiradora.

La madre virgen es el símbolo inequívoco de la pureza que debe revestir el hecho del nacimiento de un profeta importante o de un dios, cualquiera sea. La virginidad no es un mérito de la madre que procrea y alumbra a su hijo, sino una cualidad atribuible al nacido, que será quien reciba todas las virtudes y cualidades de su genética divina. La virginidad no alivia la concepción de la virgen purificando su condición de “madre de Dios”, sino que limpia de impurezas la fecundación, la concepción y el parto, ya que sólo se ha tomado de la naturaleza humana, lo mínimo necesario para que se produzca el embarazo y el parto. Así, pues, la virginidad no engrandece a la humana naturaleza de la madre, sino que glorifica al hombre que porta la deidad en su naturaleza.

A la pregunta de si la intervención de la virgen en el nacimiento de un Hombre-Dios no enturbia la limpieza necesaria de toda naturaleza divina, se debe responder que no. Se supone que Dios hubiera elegido otro método para enviar a su Hijo “abajo”. La Creación es la manifestación de Dios porque es Dios mismo. Ha nacido o ha sido de Él y por Él. Nadie negaría, en este caso, que la Creación es Dios mismo y que toda ella está imbuida de su naturaleza y que por esa razón los seres humanos la consideran sagrada. Cada ente creado está asistido en su forma por esa naturaleza o mejor, por esa sustancia divina. Es la “chispa” divina que los maniqueos afirmaban que residía en el interior de todo ser humano y que era el motor o la energía siempre alerta para luchar contra el Mal aposentado en este mundo de seres malvados por iniciativa del malvado YHVH, dios de los judíos.

El ser humano guarda también en su interior esa “cuota” o esa “parte” divina que todo ente creado posee. María virgen también la poseía como todo mortal, de manera que si en su embarazo llevó además de la chispa de divinidad de todo ser humano, la cuota mayor de divinidad que Jesús portaba como Hijo de Dios Padre, está claro que su participación en la concepción y parto de Jesús no pudo ensuciar, enturbiar o disminuir la divinidad que exigía todo Dios para su Hijo que bajó a redimir.

Siendo la Virgen María, que como sostienen los cristianos, una niña revestida de virtudes en todos los aspectos humanos, más bien enriqueció con su participación la sustancia terrenal de su hijo, porque no la conturbó con la chispa de su naturaleza divina de la que participan todos los entes de la Creación. De no ser así, habría que admitir que Jesús careció de las virtudes adecuadas a su condición de hijo ejemplar de María y de Hijo digno del Padre celestial.

Así, pues, la participación de María en el nacimiento es el sustento de la doctrina sagrada, que no desmerece en nada por la participación de una naturaleza humana en el nacimiento del Hijo de Dios. María contiene en su ser las cualidades del estado primigenio de la humanidad, porque de otro modo Dios no hubiera tomado contacto con ella para el acontecimiento de la procreación. Y aunque ella no hubiera sido consciente de esta circunstancia sagrada por estar en el tiempo tan alejada de ese estado primigenio de altísima espiritualidad, no significa que su participación tal y como fue concebida por Dios, decrezca el tono glorioso del nacimiento, por haber ignorado lo que representa y el cómo lo sustenta con su vida corporal y cómo lo alienta con su espíritu terrenal. No hubo comunicación directa entre Dios y María, porque no puede haberla en este ciclo final de la Manvántara en la que estamos históricamente inmersos los humanos. Se sirvió Dios del Gran Comunicador: el Arcángel San Gabriel.

La comunicación directa de Dios con la especie humana sólo fue posible en razón del altísimo grado de espiritualidad en la que se desenvolvía la especie en el Primer Gran Año (unos 13.000 años históricos, aproximadamente). Después, como ya vimos anteriormente, sucedió el ciclo de los atlantes y luego la de los arios, para desembocar en nuestro ciclo o Gran Año, que tiene una duración mucho menor y que los cultivadores de la doctrina de la duración de los Manvántaras, denominan como Kali Yuga; es decir, la Yuga final de nuestra Manvántara.

El Arcángel San Gabriel se encarga de preparar el terreno tanto con María como con José, a quien convence de la necesidad de mantener la virginidad de la niña María. Y así se hace. Ya que no se puede engendrar a un Dios-Hombre sin contar con alguna forma de corporeidad humana, se necesitó la intervención de la mujer María que con su virginidad intacta excluía toda intervención humana extraña a los designios de Dios. El alcance de esa comunicación de Dios con la mujer María no fue, seguramente, comprendida del todo o quien sabe ni siquiera un poco por María y su esposo José. Ellos “estaban allí” para cumplir un deseo divino, y en eso se circunscribía, de seguro, todo su conocimiento. No se puede negar la evidencia de que María carece prácticamente de todo protagonismo, ni siquiera tangencial en la vida pública de Jesús. Ni es una iniciada, ni es una elegida que conozca el lenguaje de los pájaros.

Continuación...
Más artículos de la categoría Contribuciones
 

Publicidad

Nuestros números




visitas acumuladas

Hay 7 invitados en línea
ok
eXTReMe Tracker