El simbolismo de la Navidad (II) |
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Escrito por el sábado, 22 de diciembre de 2007 (Ha sido leído 780 veces) Aparece en los Evangelios junto a otras personas a quienes se conocen como familiares de Jesús, cuando estaba predicando ante numerosos seguidores. Alguien le anoticia que su madre y familiares están fuera de la casa donde predicaba y donde no cabía un alma más, y enterado, Jesús desprecia a su madre y familiares, ensalzando en cambio, a quienes lo escuchaban dentro (13). No se puede negar que la reacción de Jesús fue esta vez, colmo en otras (el episodio de la higuera), al menos reprobable de un punto de vista humano, porque desprecia a su madre y demás familiares a fin de congraciarse con quienes lo escuchan. No obstante, de un punto de vista simbólico esta anécdota tiene mucho que ver con la escena del nacimiento. La madre de Jesús, en ambos casos, es pospuesta. Ante los pastores, magos de Oriente y José, el recién nacido se desliga de su naturaleza humana para asumir la divina, demostrando que su madre virgen fue el instrumento y que Él tiene un camino que recorrer y un destino al que arribar solitariamente, como se señaló anteriormente. Su madre ni lo sostiene en su regazo, ni lo alimenta. El Hijo de Dios está solo, como estará en el momento crucial de su presencia en la tierra. Simbólicamente, los Evangelios quieren significar que existe una separación necesaria entre su madre terrenal, sus familiares y amigos y la misión celestial que le corresponde desarrollar como Dios-Hijo. No se puede otorgar la misma significación y analizar la escena con la misma sensibilidad de un punto de vista humano que de un punto de vista simbólico, si de lo que se trata es de desentrañar el sentido verdadero de la vida de Jesús relatada en los Evangelios. Hay un relato que se muestra sin opacidad con palabras y figuras; y otro relato que puede ser enriquecido con la interpretación de lo simbólico, cuya opacidad puede ser iluminada por el descubrimiento del significado encubierto. También aparece María al pie de la cruz, acompañando la agonía de su hijo. Aquí, María cumple con el ritual inequívoco de la madre que sufre la desdicha y muerte de su hijo. Aunque Mateo 27, 55-56 afirma que sólo estaban allí “muchas mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea para cuidar de su asistencia, entre las que estaban María Magdalena y María madre de Santiago y de José y la madre de los hijos de Zebedeo”. Según Marcos 15, 40-41 cuenta que: “Había también allí varias mujeres que estaban mirando de lejos, entre las cuales estaban María Magdalena y María, madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, que cuando estaba en Galilea, le seguían y le asistían con sus bienes, y también otras muchas, que juntamente con Él, habían subido a Jerusalén”. Aquí se demuestra una vez más que en realidad al pie de la cruz, no había nadie porque todos quienes habían seguido a Jesús temían las persecuciones. Por su parte Lucas 23, 49, nos dice lo siguiente “Estaban al mismo tiempo todos los conocidos de Jesús, y las mujeres que le habían seguido desde Galilea, observando de lejos estas cosas”. Aquí, Lucas encubre una verdad y deja al descubierto otra: encubre que la secta de Jesús estaba siendo perseguida a muerte en esos días, razón que le lleva a Simón-Pedro a negarlo por tres veces, y también que al pie de la cruz no había nadie y Jesús estaba solo; y a la vez descubre la verdad de ese temor a las persecuciones que tenían los seguidores de Jesús, como que observaban de lejos esas cosas, por si acaso. En dos Evangelios se cuenta que quienes estaban por ahí, se situaban lejos de la cruz. Es en Juan 19, 25-27 donde aparece por única vez en los cuatro Evangelios María, madre de Jesús, al pie de la cruz. Dice Juan: “Estaban al mismo tiempo al pie de la cruz de Jesús, su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena y también por única vez un hombre junto a las mujeres Juan “el discípulo que Él amaba”. No se puede negar que hay ciertas contradicciones entre las versiones de los evangelistas. Pese a esta aparente contradicción porque tres evangelistas ignoran o callan lo que comenta el cuarto, lo cierto es que hubiera bastado la explicación de Juan para admitir que María estaba a los pies de la cruz de su hijo, pues otra cosa no cabría esperar de una madre; de cualquiera madre, exista o no exista peligro para ella. Lo contrario invitaría a otra clase de interpretación, buscando el sentido en otras simbologías más complicadas, casi heterodoxas. Aquí se trata del Hijo de Dios-Padre que muere junto a su madre, para cerrar el círculo de su vida terrena. En su nacimiento y muerte ha de estar presente la madre virgen que hizo posible la existencia terrenal de Jesús. En su agonía no pide consuelo a su madre, tampoco perdón por haberle causado tanto dolor, que hubiera sido lo propio de un hijo crucificado por haberse enfrentado al poder romano y ganar con ello la muerte, sino que se limita a decirle: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Es preciso desentrañar la situación y la frase, porque Juan suele contarnos mucho más que los otros tres evangelistas. Lo curioso, dijimos, no es que se dirija a su madre antes de morir, sino las palabras que utiliza, nada convencionales. En lugar de algo así como “Me muero madre, nos veremos a la diestra de Dios Padre”, le dice algo tan obvio como incomprensible: “Mujer, aquí tienes a tu hijo”. Pues bien, en el nacimiento Jesús, situado en el centro, hace girar todo lo que vive a su alrededor; en el punto central que se mantiene inmóvil. Su madre se mantiene distanciada como el resto de los presentes, y Jesús recién nacido se manifiesta como el Hijo de Dios, solitario en el centro axial de la caverna. Su madre carece de protagonismo. En el momento de su muerte ya no se manifiesta como Hijo de Dios, sino como Hijo del Hombre y por lo tanto, acude a su madre, reconociéndose humano. Y puesto que según se relata su vida en los Evangelios, la participación de su madre es carente de todo color por la falta de intervención, a la hora de su muerte, la acerca a su vida de modo sensible y con sus palabras pareciera disculparse por haberla distanciado de sí. De que muere como hombre no cabe duda alguna, puesto que entra a la muerte (Dios es eterno y la muerte le es inaccesible), y desciende a los infiernos a residir entre los muertos y de allí resucitará según reza la tradición judía y el Credo que rezaban los católicos hasta hace bien poco. Ha sido excluida esa referencia al descenso a los infierno y la resurrección a los tres días desde el habitat de los muertos. En cualquier caso, de esta manera se cierra el ciclo del periplo humano del Hijo de Dios en este mundo. En cuanto a María, gana un poco de protagonismo en la muerte de su hijo; la que no tuvo en su nacimiento, lo que se explica ya que nace como Dios y muere como hombre. Su padre La figura de José en el nacimiento, como jefe de familia viene a representar la autoridad, apoyado en el cayado que lo supera en altura, según lo ideó San Francisco y desde entonces se guarda fielmente esta figuración del padre de Jesús. La vara perpendicular al suelo ostenta su carácter axial y central, con significado similar al de la lanza y la flecha, aunque tal descripción es en realidad, errónea, porque José no sostiene su cayado en el centro de la gruta, lugar reservado para el recién nacido. Su autoridad es puramente figurada porque no engarza con el centro ni es el eje de la escena. No es el eje que hace girar a todo lo demás sin moverse, porque él también gira alrededor de Jesús. Su vara es un símbolo con un significado que en José no pasa de ser analógico. Sin esa interpretación la presencia de José hubiera quedado borrada por carecer de sentido. Ello explica la curiosa figura de quien estando a la vera de su hijo recién nacido, está de pie sosteniendo un cayado como si estuviera dispuesto a marcharse. De pie y con su vara, no significa que está a punto de abandonar el lugar, sino que analógicamente representa la autoridad familiar marcando con su vara perpendicular, el simbolismo axial que atraviesa la esfera por el centro. Se trata de un centro descentrado y de un eje complementario o paralelo al eje central de la esfera, sobre el cual gira y que pertenece a Jesús en la escena del nacimiento, tal y como lo hemos venido repitiendo. Eje y centro son dos símbolos que van apareados. Si imaginamos la rotación alrededor del eje inmóvil y seccionamos la esfera por su ecuador, el punto del eje que hace rotar aparecerá justamente en el punto del centro del círculo que es la base de la mitad superior (la bóveda), y en el centro de la mitad inferior (la copa). Este efecto que equipara el centro con el eje o, de otro modo, los correlaciona como recíprocamente necesarios, se explica asimismo diciendo que “cuando la esfera, terrestre o celeste, termina su rotación en torno a su eje, tiene dos puntos fijos permanentes: los polos, los extremos del eje o sus puntos de contacto con la superficie de la esfera; por ello la idea de polo es también un equivalente de la idea de centro. El simbolismo referido al polo, que reviste a veces formas complejas, se encuentra también en todas las tradiciones, ocupando incluso, un lugar prioritario” (14). Sea que pensemos a la esfera como terrestre o celestial, la sola idea de polo nos lleva a la de eje, porque es por los polos por donde está incrustado el eje inmóvil sobre el que rota dicha esfera. Estos significados que se pueden atribuir a la vara de José, tal como se ha dicho, han de ser entendidos como una simple alusión a su condición de cabeza de esa familia en el icono del nacimiento, porque es el niño recién nacido a quien corresponde la autoridad del símbolo en razón del sitio que ocupa en la escena ideada por San Francisco. Los pastores y sus corderos La presencia de los pastores no es producto de la invención de San Francisco, pues como ya se ha visto con anterioridad, es un dato evangélico. Los pastores acuden a ver al niño recién nacido por indicación del Arcángel Gabriel, y lo hacen gozosos. En los pastores queda reflejada la presencia del ser humano como elemento primordial en la misión de Jesús. Su vida estará entregada a la salvación de los judíos subyugados por el poder imperial romano. Pero, los pastores no van solos. Aunque en los Evangelios nada se dice de los corderos, en la idea del “belenista” San Francisco aparecen, y son corderos y no ovejas o carneros, porque en la más estricta figuración de la Natividad, los pastores acuden portando corderos en sus hombros, a los que sujetan con ambas manos alrededor del cuello. Existe una ósmosis recíproca en este símbolo, porque hombre y cordero parecen fundidos en un solo ser. La redención tiene por objeto al hombre en cuyas espaldas carga con la realidad de un sacrificio sufrido para su redención. Dice Fulcanelli: “No olvidemos que, alrededor de la cruz luminosa vista en sueños por Constantino, aparecieron estas palabras proféticas que hizo pintar en su labarum: In hoc signo vinces; vencerás por este signo. Recordad también, hermanos alquimistas, que la cruz tiene la huella de los tres clavos que se emplearon para inmolar al Cristo-materia, imagen de las tres purificaciones por el hierro y por el fuego. Meditad igualmente sobre este claro pasaje de san Agustín en su Diálogo con Trifón (Dialogus cum Tryphon: “El misterio del cordero que Dios había ordenado inmolar en Pascua -dice- era la figura del Cristo, con la que los creyentes pintan sus moradas; es decir, a ellos mismos, por la fe que tienen en Él. Ahora bien, este cordero que la ley ordenaba que fuera asado entero era el símbolo de la cruz que el Cristo debía padecer. Pues el cordero, para ser asado, es colocado de manera que parece una cruz: una de las ramas lo atraviesa de parte a parte, desde la extremidad inferior hasta la cabeza; la otra le atraviesa las espaldillas, y se atan a ella las patas anteriores del cordero (el griego dice, las manos (?e??e?)” (15). La cita, extensa por cierto y por lo que debemos excusarnos, la incluimos por necesaria, y el párrafo que nos interesa está completo para evitar que cualquier fragmentación pudiera tornar incomprensible su texto o más bien, mal comprendido. Es de advertir que en el leguaje alquimista, tan esotérico como el que más, el cordero, por lo que se acaba de leer, significa sacrificio. Abel cuidaba su rebaño mientras su hermano Caín se esforzaba cultivando la tierra e inventando instrumentos que hicieran menos dura la tarea humana. A la hora de rendir culto a Adonai-YHVH, Abel ofreció los primogénitos de su ganado; es decir, los corderos. En la primera ofrenda que en la Biblia se hace a Dios, el animal que se utiliza es el cordero (16). Y el cordero pascual se sacrifica en cumplimiento de un rito religioso y en toda ocasión que se presenta la necesidad o voluntad de hacer una ofrenda, la sangre vertida es siempre la del cordero. Este significado en el icono del nacimiento no puede ser más expresivo si se tiene en cuenta el destino trazado para la culminación de la misión de Jesús. El cordero recuerda ese sacrificio humano, pues existe una identificación, en esta escena, entre el cordero y el recién nacido: la muerte como sacrificio absoluto. El cordero, como objeto de rito que cumple el hombre para halagar a Dios; Jesús como objeto del rito del Hijo de Dios para halagar a su Padre. De este significado simbólico, la doctrina cristiana extrae como consecuencia que el sacrificio de Jesús es la expresión cabal de la redención. Para el caso, lo que importa es destacar que en la escena de la Natividad, está presente el símbolo inequívoco del sacrificio. El asno y el buey La elección que hizo San Francisco de los animales con los cuales ornamentar su Natividad, no deja de ser singularmente no convencional. Son dos animales que en las doctrinas sagradas de Oriente, sólo uno de ellos carece de una tradición destacable, y es el asno, que más bien está relacionado con las tradiciones de los pueblos occidentales. El buey es otra cosa. Es lo cierto que el buey, toro o taurus, no es un animal desconocido. En el nacimiento el asno está situado a la derecha de Jesús y el buey a su izquierda, de manera que por el efecto del reflejo, a los ojos del observador las posiciones se invierten como el reflejo de un espejo. El asno simboliza lo maléfico, dañino y perverso que en el mundo se pueda hallar, mientras que el buey simboliza todo lo contrario: bondad, nobleza, fortaleza y solidaridad con el ser humano. El asno está siempre querellándose contra las órdenes que recibe de los hombres. El buey es uncido al arado y lo arrastra abriendo el surco bienhechor que recibirá las semillas de la futura cosecha. Como quiera que sea vista esta cuestión, no deja de generar asombro la elección de estos animales para acompañar al recién nacido. Los Arcángeles reconocidos por la Iglesia Católica y que se corresponden con la lámina 21 de los Arcanos mayores del tarot son: el Dragón para Rafael; el León para Miguel; el Toro o Buey para Uriel y el Águila para Gabriel. Los cuatro se corresponden además, con el símbolo de los cuatro evangelistas, a excepción del dragón que es sustituido por un ángel o mensajero de Dios. Para los alquimistas, el buey y la vaca son dos símbolos esotéricos, cuyo sentido es el de dos naturalezas primitivas contrarias antes de la conjunción. Y suelen ofrecer su propia versión acerca de los cuatro ciclos de la Manvántara: “En la mitología hindú, los cuatro sectores iguales del círculo dividido por la cruz servían de base a un concepto místico bastante singular. El ciclo entero de la evolución humana se encarna en él en forma de una vaca, símbolo de la Virtud, que apoya las pezuñas en cada uno de los cuatro sectores, que representan las cuatro edades del mundo. En la primera edad, que corresponde a la edad de oro de los griegos y es llamada Credagugán o edad de la inocencia, la Virtud se mantiene firme sobre la tierra; la vaca descansa sólidamente sobre sus cuatro patas. En el Tredagugán, o segunda edad, que corresponde a la edad de plata, la vaca está más débil y se sostiene sólo sobre tres patas. Durante el Tuvabaragugán, tercera edad o edad de bronce, sólo tiene dos patas. Por último, en la edad de hierro, que es la nuestra, la vaca cíclica, o Virtud humana, alcanza el grado supremo de debilidad y de senilidad: se sostiene difícilmente, en equilibrio, sobre una sola pata. Es la cuarta y última edad, el Calgugán, edad de miseria, de infortunio y de decrepitud. La edad de hierro no tiene más sello que el de la Muerte. Su jeroglífico es el esqueleto provisto de los atributos de Saturno: el reloj de arena vacío, imagen del tiempo cumplido y la guadaña reproducida en la cifra siete, que es el número de la transformación, de la destrucción, del aniquilamiento”(17). Siguiendo con otras simbologías, en la carta 21 del Tarot, la serpiente que se muerde la cola, está coronada por cuatro figuras en sus esquinas y una de ellas es el buey. De modo que si nos atenemos al origen presumiblemente egipcio de los arcanos mayores del Tarot, la imagen del buey carece de antecedentes en la simbología occidental. Claro que, bien vista la cuestión, no hay ni Biblia occidental, ni tradición occidental de los animales sagrados ya que todos provienen de doctrinas sagradas orientales, y el cristianismo lo es: nació en la Palestina romana, y es a los romanos a quienes se debe el nombre dado a ese territorio. Para los hebreos en su concepción esotérica, reconocen la apertura de doce caminos de sabiduría, trazados por el Gran Desconocido, para lo cual las doce letras simples de su alfabeto son encendidas en el firmamento mediante los signos del zodíaco al que aplican las correspondientes letras simples, letras que en su simplicidad sólo requieren para ser conocidas, un solo trazo, un solo signo sagrado. Al buey, toro o taurus, le corresponde la letra Vav (?), cuyo valor numérico es el seis. Esta letra inclinada hacia adelante, teniendo en cuenta que la escritura hebrea se proyecta de derecha a izquierda, significa que algo está terminado, y por ello es también la letra de la Creación, dado que el Gran Arquitecto precisó seis tramos de eternidad para terminar la Obra. Esta Vav con una Yod en su cabeza y otra en su pie, forman la letra Aleph (?), cuyo valor numérico es 26, representa la idea de Dios. El valor de la Yod es diez y significa, siendo la más pequeña e indivisible, la Unicidad e Indivisibilidad del Todopoderoso. Así: 10 + 6 + 10 = 26, número sagrado en la religión judía. En esta tradición secular, orientada hacia el simbolismo de los animales sagrados, nada tiene de extraño que aparezcan también en el cristianismo esotérico, del que San Francisco era un iniciado que hablaba el lenguaje de los pájaros. Si esto es así, que bien parece serlo, todo lo que se diga del buey en las doctrinas sagradas será aplicable a la doctrina cristiana, que aunque no fue creadora de nada en el orden sagrado, al menos no se le debe privar del derecho a aprovecharse de sus predecesoras del Oriente lejano. Así, con todos los atributos del buey en las doctrinas sagradas del lejano Oriente, debe ser reconocido el buey del nacimiento. Un animal noble, fuerte, de sanos instintos y colaborador del hombre en sus faenas terrenales. Es la síntesis de lo benéfico, en oposición al asno que representa todo lo maléfico para el hombre. Y es lo benéfico porque el buey simboliza la Creación y el símbolo zodiacal de Tauro (el buey) que se corresponde con la letra número seis del alfabeto hebreo y que junto a dos Yod suman el número 26, que representa a Dios, tal como ya dijimos. El buey de la Natividad está a la izquierda del recién nacido, a quien favorece y equilibra su futuro frente al maléfico asno, cuyo significado conviene desentrañar. Según lo visto hasta aquí, el buey es un animal que está firmemente arraigado en las doctrinas tradicionales. Entrando a considerar el significado del asno en el nacimiento, es preciso acudir a las tradiciones populares que, en su inmensa mayoría, tienen una raíz enterrada en la tradición primigenia. De entre las conocidas fiestas populares que se celebraban en la Edad Media se pueden mencionar la fiesta del asno y la fiesta del loco; en la Roma clásica, la fiesta de las saturnales y en todos los pueblos, el carnaval. En todas ellas se manifiesta inequívocamente una suerte de desarraigo de la conducta respecto del comportamiento social que es habitual en ese grupo social. Se ha dicho que “ la impresión que de ellas se desprende es siempre, y ante todo, la de desorden en el sentido más exacto del término. ¿Cómo se justifica, pues, la existencia de esas fiestas tanto en una época como la nuestra -donde, si fuesen peculiares de ella, cabría considerarlas una de las numerosas manifestaciones del desequilibrio general- tanto como en las civilizaciones tradicionales, si a primera vista parecen incompatibles?”(18). Tal vez se explique señalando que en todas las civilizaciones, épocas y grupos sociales, por muy alto que sea el grado de moralidad social, el ser humano pareciera necesitar y especialmente en aquellas de muy estricto cumplimiento de las normas morales, una vía de escape, la apertura de un grifo que deje escapar el vapor para aliviar la presión del recipiente. En las “fiestas del asno” se lo solía introducir hasta el coro de las iglesias y ubicarlo en el sitio de honor para recibir halagos y reverencias. Pensamos que era la respuesta al mencionado interrogante. Una sociedad tan rigurosa como la del medioevo, en la que hombres y mujeres vivían atemorizados por las reprimendas de sacerdotes y obispos con sus amenazantes promesas de fuego eterno para los pecadores, a la hora de aliviar la presión de los recipientes humanos era menester posibilitarles el mayor regocijo imaginable: dibujar por unas horas la vejación de aquello que los martirizaba todo el año. En todas estas fiestas se muestra la misma intención exotérica de proclamar el triunfo de lo prohibido, lo absurdo y lo zafio. La máscara y el disfraz con que los seres humanos celebran el carnaval, lleva a esta conclusión porque el pobre se disfraza de rico, el hombre de mujer, el sobrio de payaso lo que, en definitiva, no tiene otro significado que vivir por un par de días lo que se ansía y disimula todo el año. Hemos dicho que todas estas fiestas tienen en común elevar a los altares lo prohibido, absurdo y zafio, pero cada cual, sin embargo, guarda su propio significado simbólico. El del asno es la representación de lo maléfico y por ello es llevado al coro de las iglesias, allí donde se sientan los obispos y demás jerarquías eclesiásticas para presidir y participar en las celebraciones rituales del culto cristiano. El coro, por lo demás, está muy cerca del altar mayor de las iglesias y catedrales, sitio muy cercano al cofre que guarda el cáliz para la consagración de la hostia y transmutación del vino en sangre de Jesucristo. Los alquimistas dan una interpretación similar. Respecto de las fiestas populares, se lee: “Otra era la Fiesta del asno, casi tan fastuosa como la anterior (se refiere a la del loco) la entrada triunfal, bajo los arcos sagrados, de maitre Alibororn, cuya pezuña hollaba antaño el suelo judío de Jerusalén. Nuestro glorioso Cristóforo era honrado en un oficio especial en que se exaltaba, después de la epístola, ese poder asnal que ha valido a la Iglesia el oro de Arabia, el incienso y la mirra del país de Saba. Parodia grotesca que el sacerdote, incapaz de comprender, aceptaba en silencio, inclinada la frente bajo el peso del ridículo que vertían a manos llenas aquellos burladores del país de Saba, o Caba, ¡los cabalistas en persona! Y es el propio cincel de los maestros imagineros de la época, quien nos confirma estos curiosos regocijos. En efecto, en la nave de Nótre-Dame de Estrasburgo, escribe Witkowski, «el bajorrelieve de uno de los capiteles de las grandes columnas reproduce una procesión satírica en la que vemos un cerdito, portador de un acetre, seguido de asnos revestidos con hábitos sacerdotales y de monos provistos de diversos atributos de la religión, así como una zorra encerrada en una urna. Es la Procesión de la zorra o de la Fiesta del asno». Añadamos que una escena idéntica, iluminada, figura en el folio 40 del manuscrito núm. 5.055 de la Biblioteca Nacional (19). La reunión de ambos animales introducidos por San Francisco en el icono de la Natividad significan, así, puestos a izquierda y derecha del niño recién nacido, la realidad del mundo que le tocará vivir, asumiendo por veraz, la idea de que estará acuciado por ese pertinaz dualismo. El símbolo en sí mismo, es la manifestación perfecta de la permanente lucha de los opuestos de la dicotomía presente en todas las religiones: Bien-Mal. Tal dualidad que muestra el icono de la Natividad el día de su nacimiento, habrá de repetirse el día de su muerte en la Cruz con la imagen de los dos ladrones: el buen y el mal ladrón. El bien y el mal en su lucha nunca acabable. Con estos dos símbolos, San Francisco ha querido demostrar que Jesús, aunque Hijo de Dios, por su naturaleza humana estará implicado en esa doble realidad mundana, y asumiéndola como todo humano, con ella tendrá que llevar a cabo la misión de su vida. Como corolario se puede decir que el icono de la Natividad contiene símbolos adecuados a esa doble naturaleza de Jesús y que reunidas todas las figuraciones, manifiestan la realidad de su destino. Finalmente, decir que el catolicismo necesita con urgencia una vuelta a la interpretación de sus iconos esotéricos para recobrar esa cualidad de religión katoliké que ostenta, abandonando esa interpretación santurrona y vacía, con la que se inicia a los niños, pero que los adultos rechazan con la indiferencia. Esta iglesia necesita de otros alicientes para recuperar la fe atrayente que perdieron sus fieles en el largo recorrido de la Historia. NOTAS 1) www.feyrazon.org/Ratzingernavidad 2) El secreto de las mil y una noches, p. 134. 3) Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano, pp. 14/15 ed. Paidós. 4) Los alquimistas llaman “lenguaje de los pájaros” algo que es inverso al sentido que nosotros le estamos dando a esta expresión, puesto que, al referirse a los alquimistas clásicos, sostienen que “de esta manera, pudieron ocultar al vulgo los principios de su ciencia, envolviéndolos con un ropaje cabalístico” (Ver Fulcanelli, Las moradas filosofales, p. 53, ed. Plaza y Janés). Según esta interpretación, el lenguaje de los pájaros no sirve para trasmitir mensajes o advertencias de los estados superiores a los estados inferiores, sino que, por el contrario, sirve para esconder y mantener a buen recaudo los conocimientos. Esto viene a demostrar una vez más, que los símbolos encierran más de un significado y que, al final, concurren en una unidad de sentido que en este caso se manifiesta como un lenguaje distinto al profano. 5) Génesis 1, 1-5: En el Principio creó Dios el Cielo y la tierra. La tierra, empero, estaba informe y vacía, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo. Y el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas. Dijo Dios: Sea hecha la luz. Y la luz quedó hecha. Y vio Dios que la luz era buena, y dividió la luz de las tinieblas. A la luz llamó día, y a las tinieblas noche; y así, de la tarde aquella y de la mañana siguiente, resultó el primer día. 6) Mateo 2, 7-12. 7) Lucas 2, 13-14. 8) Lucas 2, 15. 9) Hay sentencias populares que son muy reveladoras, como cuando se oye decir que “unos nacen con estrella y otros nacen estrellados”, en clara alusión a la buena y a la mala suerte, a la buena y a la mala estrella. Lo de “nacer con estrella” alude claramente a la presencia de una luz benéfica (San Gabriel) y protectora (San Miguel) que se hace presente durante el alumbramiento. Y nacer “estrellado” es mal nacer, darse de bruces contra las desgracias hambrientas; es nacer sin la luz de una estrella y con un destino asido a las dificultades. Jesús, como en el dicho popular, ha nacido con estrella. En este reencuentro con la sabiduría popular se pone de manifiesto el simbolismo de la estrella, astro en el firmamento y luz benéfica en la recepción humana de las estribaciones del movimiento expansivo de la Creación. 10) Ver nota n° 3. 11) Levítico/Vaikrá 19, 18: “No procures la venganza, ni conserves la memoria de la injuria de tus conciudadanos. Amarás a tu amigo o prójimo como a ti mismo. Yo el Señor.” 12) Mateo 27, 55-56. 13) Marcos 3, 31-35: Entre tanto llegan su madre y hermanos o parientes, y quedándose fuera enviaron a llamarle. Estaba mucha gente sentada alrededor de Él, cuando dicen: Mira que tu madre y tus hermanos ahí fuera te buscan. A lo que respondió, diciendo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y echando una mirada a los que estaban alrededor de Él, dijo: Veis aquí a mi madre y a mis hermanos. Porque cualquiera que hiciere la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana y mi madre. 14) René Guénon, Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada, p. 57, ed. Paidós. 15) Fulcanelli, El misterio de las catedrales, p. 56, ed. Plaza y Janés. 16) Génesis 4, 3-5. 17) Fulcanelli, El misterio de las catedrales, p. 199, ed. Plaza y Janés. Los gnósticos también admiten la representación del toro (no de la vaca) en la descripción gráfica de los cuatro Yugas. Así, René Guénon en Algunas observaciones sobre la doctrina de los ciclos cósmicos, edición virtual en la web de Symbolos, dice: Si la duración total del Manvántara se representa por 10, la del Krita-Yuga o Satya-Yuga lo será por 4; la del Trêtâ-Yuga por 3; la del Dwâpara-Yuga por 2, y la del Kali-Yuga por 1; estos números son también los de los pies del toro simbólico del Dharma que se figuran como reposando sobre la tierra durante los mismos periodos”. Esta diferencia, los alquimistas optando por la representación de una vaca, mientras los gnósticos prefieren el toro, no parece ser más que una falta de coincidencia en cuanto al género de la especie animal de que se trata. A efectos de la simbología que estamos descifrando, tal discrepancia carece de importancia. Hay que tener en cuenta que la simbología de los alquimistas, aunque esotérica y tradicional, tiene por objeto esconder el contenido de su sabiduría, mientras que la de los gnóstico lleva el propósito de desentrañar la verdad oculta. 18) René Guénon, Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada, p. 117. 19) Fulcanelli, El misterio de las catedrales, p. 48, ed. Plaza y Janés. Más artículos de la categoría Contribuciones |






