'Visita, francesa y completo' |
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Escrito por el martes, 01 de enero de 2008 (Ha sido leído 2259 veces) Una feliz e inesperada coincidencia me permitió releer una de las novelas del injustamente olvidado autor tucumano Eduardo Perrone. I. Siendo, como era, un auténtico caballero, nadie mejor que él para recomendarnos un albergue barato en donde pudiéramos pasar los primeros días, mientras encontrábamos, en 1961, una casa de familia decente que nos aceptara como pensionistas. Con nuestros recién estrenados dieciséis años, Fernando y yo llegamos juntos, de noche, a una casa baja, dispuesta como hotel y ubicada a pocas cuadras de la plaza principal. Era una casa extremadamente modesta, de esas con patio central arbolado y alrededor del cual proliferan las habitaciones de los huéspedes ocasionales. Una enorme palmera y ropa interior femenina colgada, daban carácter al citado patio que servía, además, para secar decenas de sábanas desgastadas. Flotaba en este ambiente un extraño olor a desinfectante y a trigo recién segado que luego, mas despierto y mejor informado acerca de esta faceta de la vida, volví a encontrar en el célebre patio estrellado del “mueble” que, ubicado en la esquina de Acevedo y Fernández, introdujo la higiene, la discreción y la modernidad en Salta. Varias cosas llamaron pronto nuestra juvenil atención: los clientes del hotel eran mayoritariamente mujeres que llegaban de madrugada, en el momento en que mi amigo me arrastraba a la primera misa del día; las chicas se paseaban por el patio exhibiendo, sin recato alguno, en unos casos sus encantos y en otros los signos de su prematura decadencia; todas fumaban incesantemente y se pasaban horas hasta lograr que sus labios lucieran un brillo intenso, furioso, diabólico; sus bocas eran todas “rojas, locas y mentirosas”. Afortunadamente, en menos de una semana, encontramos, a pocas cuadras de allí, la ansiada casa decente, propiedad de una familia de nobles italianos emigrados y empobrecidos que recibía como pensionistas a estudiantes salteños o jujeños y que daba de comer, por una módica cantidad de dinero, a empleados de comercio sin familia y a un zapatero de origen ruso. Aprovechando nuestra condición de vecinos de la “casa de la palmera” y de estudiantes universitarios rodeados de compañeros buenos conocedores de los intercambios sexuales más diversos, incluso de los avatares del sexo alquilado, terminamos de comprender la verdadera naturaleza de nuestro primer albergue sin dejar de sorprendernos por la imprudencia del padre de Fernando. Los más avezados, o desvergonzados, de nuestros amigos tucumanos lanzaron la especie de que el adusto caballero que era aquel padre ejemplar no había encontrado mejor camino para introducir a su hijo, y de paso a su futuro compañero de pensión, en el trato con mujeres favoreciendo o promoviendo su iniciación sexual, estando como estaba convencido de la castidad de ambos. II. Años después, alguien puso en mis manos la novela de Eduardo Perrone, “Visita, francesa y completo”, y terminé de conocer y de comprender el mundo del sexo que se alquila a los menos pudientes, de la droga, del juego y de los vicios menores asociados a ellos. Se trata de una singular novela en donde están espléndidamente narrados tanto la vida de los bajos fondos tucumanos en su versión sesentista, que transcurre en ese contexto especial creado por las dictaduras de entonces (Aramburu y Onganía), como el devenir de una economía centrada en la zafra azucarera, y la pobreza urbana y rural que, por siglos, azota a las provincias del norte argentino. Mientras transcurría aquella década apasionante, cometí el error de recomendar la novela a uno de mis amigos, el famoso Casanova salteño, quien pasó largos años coleccionado bragas de damas y damitas que rendían sus encantos a su poder de seducción. Había decidido emular a don Pío, aquel bacán y calavera tucumano cuyas aventuras describe la novela de Perrone, y soñaba con testar convocando a los maridos y novios burlados para que, tras de su muerte, recogieran los deshonrados trofeos. Los años, su tardío regreso a la fe católica, y un reencuentro con el sentido del pudor y la discreción, le hicieron abandonar tan temerario designio. Por supuesto, mi amigo, Casanova del Valle de Lerma, sobrestimaba la cantidad de sus conquistas; pese a ello, puede que haya batido el record provinciano de promiscuidad. Tenía de Casanova sus finos modales y su condición de caballero hispano-veneciano lo llevaba a buscar un esposo a sus amadas caídas en desgracia, habiendo llegado, incluso, a actuar como padrino de boda de una de ellas, bella estampa autóctona, morena, de ojos refulgentes, dentadura completa, pelo abundante, cuidado y renegrido, que enloquecía a los hombres por un singular desarrollo muscular. La lectura, en clave sesentista, de Perrone me permitió sacar varias conclusiones, seguramente provisorias o apresuradas: En primer lugar, los varones de las clases medias local, cuando concurrían a los prostíbulos de moda, demandaban (y pagaban) solamente el servicio catalogado como “visita”. En segundo lugar, el servicio “francesa” era un gusto perverso de las clases altas y se brindaba únicamente en los locales regentados por doña María, la ilustre dama venida de la lejana Polonia. La última de mis conclusiones, siempre aventuradas, es que el servicio “completo” no existía en una Salta recatada y aplicada al cumplimiento de ciertos cánones tradicionales. No existía fuera del hogar, y era inimaginable dentro. En este sentido, nuestra capital aparecía a la zaga de ciudades como Tucumán y la mismísima Catamarca en donde, siempre según Perrone, el tarifario reemplazaba, como una concesión a la profunda religiosidad de nuestros vecinos, los nombres de “visita, francesa y completo”, por los de “pecadillo, pecadillo y medio, dos pecadillos y dos pecadillos y medio” (sin que hasta ahora nadie que no sea catamarqueño haya logrado develar el contenido de esta cuarta perversión). III. Si bien logré saber que mi admirado Perrone mal vive en su Tucumán natal, alejado de los focos y de los círculos literarios, pasé años buscando, sin suerte, la novela que tanto me había impresionado en mi juventud. Hasta que di con otras de sus famosas obras (“Preso Común”) y descubrí que estaba dedicada a mi amigo Santiago Lavié O’Farrell, exclusivo fotógrafo y retratista con clientela en la Recoleta porteña y, a su vez, gran amigo y compadre del eximio autor tucumano. Sin dudar, llamé a Santiaguito por teléfono y en horas pude reunirme con las inhallables obras completas de Eduardo Perrone. Acabo de releer “Visita, francesa y completo” y debo decir que disfruté, si cabe, más que la primera ocasión, toda vez que los años me permitieron apreciar el fino erotismo que subyace en las prácticas brutales del prostíbulo y en las relaciones, muchas veces inhumanas, de la pupila con su cafiolo. Además de recomendar, con entusiasmo, su lectura a los librepensadores del mundo, deseo enviar un fraternal saludo a tan ilustre tucumano. Más artículos de la categoría Costumbres urbanas |


