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Señoras maduras visitan Salta

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Escrito por Juan V. Cino, el miércoles, 16 de enero de 2008 (Ha sido leído 5060 veces)
Detalles de una sorprendente nueva ola turistica.

Puede que se trate de una mera coincidencia. O, lo que es mas probable, puede que estemos frente a una ola novísima de turismo que tiene como destino, casi obsesivo, la ciudad de Salta y sus alrededores, y como atractivo principal a cierta raza de caballeros salteños.

En cualquier caso, lo concreto es que en lo que va del corriente año tres damas elegantes, finas, entradas en años pero de muy bien ver y de mejor conversar, han tomado contacto con este cronista, por separado y en un tono de inusual discreción, trasladándole idéntico reclamo: “Quiero que me hagas una guía para visitar tu ciudad. Me han dicho que hay allí mucha cultura, mucha tradición y muchos caballeros de verdad, esa raza que irremediablemente se extingue”.

No se piense, tampoco lo pensé yo al recibir el gentil encargo, que estas damas pertenecen a esa especie de personas que buscan “contactos” a través de Internet o que se sientan en las confiterías, muy maquilladas, a ver si son “levantadas” por el primer parroquiano que lo intente.

Son, por el contrario, señoras serias, que disfrutan -ahora- de la soledad, del cine clásico, de la buena literatura y del cava catalán. Trajinan museos, cafés-concert, tanguerías heterodoxas, recitales y galas, conferencias y debates, así como todo tipo de torneos intelectuales.

Algunas de ellas, además, ejercen la solidaridad, visitan hogares de ancianos, guarderías infantiles, y sitios donde creen poder ayudar a los que sufren.

Todas huyen de la televisión (les horroriza la señora Mirta Legrand, por ejemplo), de lo frívolo, de los lugares comunes, de los nuevos ricos, de los caza fortunas, de los casanova de barrio, y de los profesionales de la política.

Una de mis interlocutoras es una intelectual sartreana, de Córdoba (mas precisamente de El Cerro Las Rosas), bellísima y llena de inquietudes; las otras dos son sesentistas típicas, que incurrieron en el pecado del hippismo y mas tarde se licenciaron en filosofía y sociología, que sobrellevan varios matrimonios fracasados, y que preparan, a dúo, una tesis sobre el choque de civilizaciones y de sexos en el norte argentino en el siglo XVI.

Es de sobra conocido el atractivo que, allá por los años 40 y 50, ejercían las niñas salteñas sobre los jóvenes oficiales de nuestro ejército que anhelaban ser destinados al 5º de Caballería con la secreta esperanza de encontrar una esposa recatada, hogareña, maternal, de buena cuna e imbuida de sólidos principios morales.

Es igualmente conocido el auge reciente de cierto turismo alternativo que busca también en Salta ambientes en donde predominen preferencias o gustos no tradicionales en materia de género. Los casamientos con las parejas ataviadas con pijamas blancos, son parte del éxito que alcanzan varias ofertas turísticas locales.

Pero, que yo sepa, es una auténtica novedad esta corriente de damas que llegan a Salta deseosas de trabar contactos serios con caballeros locales. Un término este último que requiere ciertas precisiones, ya que en realidad el objeto (con perdón de la palabra) que atrae es una mezcla de señor tradicional (socio de donde hay que asociarse, productor agropecuario o abogado, lector de lo que hay que leer), con sesentista retirado y a salvo de la alopecia y de las secuelas del alcohol, del sultanato, de la coca y de otros desenfrenos.

Probablemente queden pocos ejemplares de esta verdadera raza de la remozada y mestiza caballería. Pero los que quedan, merecen el calificativo (impersonal y casi científico) de espléndidos.

Hay que lamentar, por cierto, que estos caballeros no estén agrupados en ninguna organización no gubernamental (ONG), ni se sepa de sitios donde puedan encontrarse por docenas. Buena parte de ellos, solitarios pero no tristes, residen en casas ajardinadas y salen las mañanas soleadas a comprar el diario “La Nación”. Su reino, sin embargo, es la noche salteña; noche discreta, sorprendente, variopinta, interminable y cotidiana.

Dicho esto, paso a centrarme en el encargo de mis buenas amigas.

Si bien una semana en Salta es tiempo escaso para explorar sus atractivos principales, una buena programación ayuda a aprovechar la estadía.

Las damas que respondan al tipo humano antes descrito habrán, naturalmente, de huir de los hoteles cinco estrellas que afean Salta desmereciendo su arquitectura, su cocina, su panadería, y desplazarse, por ejemplo, hasta “Selva Montana” (San Lorenzo) en donde podrá alojarse estupendamente bien rodeada de paisajes lujuriosos.

Para los traslados, la ciudad cuenta con un espléndido servicio de tele taxis (sobresale “El Cochero”) y de remisses. Bien es verdad que si la visitante llega por avión (como es lógico suponer) y cae en las garras del monopolio que domina el transporte del aeropuerto local se llevará un disgusto.

Mi primera sugerencia es levantarse temprano tres de los siete días de la semana y desayunar dos veces cada día. La primera en el hotel y la segunda en sitios como el bar “Los Tribunales” (Mitre y Rivadavia, donde además de buenas tortillas podrán conocer su casi famosa galería de personajes), el bar ubicado en el local de la Liga Salteña de Fútbol (Deán Funes al 500, que sirve el único mate cocido con espuma) y la confitería “Capricho” (Deán Funes primera cuadra, de ambiente afrancesado).

Con el doble desayuno dentro del cuerpo, nada mejor que caminar por las callecitas del centro: Pasaje Mollinedo, Deán Funes, Santiago del Estero, Caseros y Leguizamón son parte de un recorrido imprescindible que les permitirá disfrutar de la arquitectura característica, de costumbres ancestrales (señoras barriendo su vereda o conversando con la vecina, sin ruleros ni chancletas), y del vagabundeo de mansos perros pila.

Para llenar de arte y buen gusto la mañana, las paseantes pueden consultar el afiche con “Balcones de Salta” obra de Malena Caro y detenerse, por ejemplo, en las esquinas de Balcarce y Leguizamón, Santiago del Estero y Deán Funes, en el Palacio Arzobispal o en la casa ajardinada ubicada en Santiago del Estero al 400.

Inmediatamente después, tres visitas culturales: El Museo de Arte Sacro de la Iglesia de San Francisco (Córdoba esquina Caseros, bajo le guía de don Marcos Mamaní), el Museo Pajcha de Arte Étnico Americano una destacada institución privada (20 de febrero al 800), y el Museo Histórico del Norte (ubicado en el Cabildo, sobre la plaza 9 de julio). En este orden de ideas, las damas visitantes deberán reservar una tarde para conocer la “Biblioteca J. Armando Caro” ubicada en Villa Los Tarcos (Cerrillos).

Un miércoles, a la hora de la siesta, nada mejor que desplazarse a las playas del río Vaqueros o del río La Caldera, tomando el recaudo de llevar una malla enteriza debajo de la ropa de calle y una capelina color claro. Debo advertir, para que cada una tome sus precauciones, que a estas horas suele recalar por allí un envejecido letrado que supo animar hasta el delirio las pistas de la boite del Autódromo. Se complace en autocalificarse de “león herbívoro”, pero no.

Nuestras damas son, como no, adictas a las compras de artesanías. Y para satisfacer esta vocación van algunas sugerencias: botas de cuero (Torcivia), platería (en Tres Cerritos está el mejor artesano del mundo), dulces caseros (en Chicoana), alfajores clásicos (pasando Ampascachi camino a Cafayate), cinturones y ojotas (Santiago del Estero al 400).

La hora del almuerzo es una espléndida oportunidad para quienes, despojándose de prejuicios, desee conocer la ciudad y sus contrastes. De la oferta infinita selecciono el comedor del Club 20 de Febrero (al que se entra, según creo, solamente siendo socio o acompañado de un socio), La Yutita (una empanadería y locrería al paso ubicada en la calle Alvear esquina España), el Restaurante italiano de calle Vicente López casi esquina Entre Ríos, y el Pacará (en el camino que une San Lorenzo con Leser).

Como a muchas no les será fácil esperar al almuerzo, lo recomendable es darse una vuelta por el Mercado San Miguel y, desdeñando temores provocados por la presencia de pescados y carnes sin refrigerar, zamparse una pizza de muzarela y un par de humitas en chala.

Las noches salteñas no son, pese a todo, el fuerte de este cronista. Sin embargo, van ahí tres sugerencias telegráficas para bailar: Salón Manolo (San Martín al 800, ropa sport informal, dado que allí marca el estilo el famoso Pato Baliao), Salón Anachuri (en las orillas del río Arenales, en una dirección a la que sólo se llega en un taxi de El Cochero, conviene que las damas omitan los pantalones vaqueros), y los altos de El Palacio Day (frente a Plaza 9 de Julio, vestimenta muy elegante y formal).

Y poco más puedo decir. Entre otras cosas, porque doy por supuesto que desde la segunda noche nuestras bienvenidas damas turistas habrán encontrado al caballero de su ensueño que, por definición, les llevará -como en una nube- de un lado a otro, hasta el amanecer.

Una advertencia amigable: Si ese caballero ordena al taxista “al faro”, dé por terminada la relación, aunque su acompañante insista en que Alfaro es el apellido del taxista. Tenga usted la seguridad de que no se trata de un caballero como el que buscaba al venir a Salta.


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