Jueces salteños independientes y recuerdos personales |
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Escrito por el jueves, 17 de enero de 2008 (Ha sido leído 1441 veces) Los ideólogos del sultanato teorizaron sobre la muerte de Montesquieú; su brazo ejecutor dedujo que había llegado la hora de asesinarlo. En las democracias rudimentarias (y en una de sus expresiones extremas: las “repúblicas familiares”), da igual que, más tarde o más temprano, estas calidades desparezcan y que, desalojado que fuera el “dedo investidor”, amistad, lealtad y afinidades se transformen en sus opuestos. O, lo que es más probable, que una lealtad suceda a otra, y que el mutante deba, para acreditar su nueva condición, perseguir hasta el exterminio a su anterior amigo, jefe o correligionario. Siendo la justicia terrenal asunto de seres humanos, las mejores intenciones constitucionales acerca de la independencia e imparcialidad de los jueces, suelen sucumbir en las manos concretas de personas falibles, cargadas de preferencias, abrumadas, de vez en cuando, por las pasiones, y tentadas por los intereses mundanos. En Salta, como no podía ser de otra forma, tales desviaciones del norte constitucional ocurrieron, y es pronto para afirmar que estén ocurriendo ahora mismo, o para negar que vayan a ocurrir en el futuro; sobre todo, mientras no cambie la composición política del órgano encargado de conceder o denegar los Acuerdos que les someta el actual Gobernador. Sobra recordar que, por definición, el sultanato anterior despreció abiertamente a Montesquieu; y que lo hizo hasta el último minuto que detentó el Poder Ejecutivo, contando, naturalmente, con mayorías automáticas en el cuerpo legislativo. Creo no equivocarme afirmando que los demócratas salteños no logran recuperarse aún del malestar que produjo el enorme desdén por la justicia que exhibió el régimen anterior. Durante toda su gestión, pero también después de su derrota electoral, atreviéndose con designaciones “in extremis” y partidistas. Pero por encima de este tipo de condicionamientos -que conforman verdaderas vergüenzas político-institucionales-, y del marco histórico y cultural respectivo, el funcionamiento concreto de un Poder Judicial depende también de las condiciones intelectuales, morales y humanas de sus integrantes. 2. Es en este contexto que entiendo oportuno recordar a un Juez independiente; recordar (sin negar que pueda haberlos ahora mismo) que, en otros tiempos, en Salta hubo magistrados independientes. En ambos casos a través del relato que sigue, centrado en una pasada experiencia personal, y en la lectura de libros y acontecimientos recientes. Un breve relato que, pese a omitir su análisis, no olvida los vaivenes que ese mismo Poder Judicial sufrió durante los interregnos dictatoriales del período 1955/1973. 3. Como se sabe, en los años 60 los jóvenes de buena parte del mundo se habían propuesto, nada menos, que “construir un hombre nuevo”. En su radical empeño se llevaron por delante instituciones, impugnaron tradiciones y sacudieron certezas. De modo que en la Salta de 1964 no dejaba de tener sus riesgos incorporar como secretario letrado de un juzgado de primera instancia a un jovenzuelo de 19 años, recién egresado de la combativa Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Tucumán. Sin embargo, un juez de primera instancia en lo civil, el doctor Ernesto Samán, no pareció dudar a la hora de seleccionarme entre varios postulantes a una secretaría cargada de responsabilidades legales y administrativas. Pese a contar con un currículum sin antecedentes profesionales (la Secretaría sería mi primer trabajo), con un discreto expediente académico (mi acelerada carrera excluía notas brillantes), con una agitada vida político-estudiantil (presidí el Centro de Estudiantes, fui Consejero Estudiantil, actué en “Palabra Obrera”), y con escasas “recomendaciones”, el juez Samán, tras entrevistarme, propuso mi designación. Fue así como entre 1964 y 1967 me desempeñé en el cargo, con menos contratiempos de los que cabía esperar dada mi bisoñez, cumpliendo una etapa que -a estas alturas- no dudo en calificar de central en mi formación humana y profesional. En esos cuatro años, guiado por la experta mano del doctor Ernesto Samán, aprendí lo esencial del oficio judicial, descubrí muchos de los secretos del foro local, hice buenas amistades y me grajee una que otra antipatía duradera. Pero, lo que es quizá más importante, fue él quién me enseñó a trabajar; su “poder de dirección” hizo nacer mi sentido de la disciplina laboral y reforzó mi capacidad de razonar, de investigar, de analizar casos complejos e incluso de escribir en aquel lenguaje árido de los autos judiciales. Pese a lo acotado de la misma, mi participación profesional al lado del Juez Samán en litigios donde se ventilaban grandes intereses económicos o severos conflictos (los juicios de divorcio que enfrentaban a los cónyuges pero también a sus familias y a sus letrados, me pusieron en contacto con determinado tipo de miserias humanas y con una parte oculta de la realidad de la familia salteña), me dotó de herramientas que me fueron de enorme utilidad más adelante. En realidad, mas que la mera participación en tales asuntos, lo que valoro son las lecciones humanas y jurídicas que en cada uno de los casos recibí del Juez Samán. Debo decir, aunque a estas alturas del relato suene redundante, que durante aquel tiempo intenso admiré al doctor Ernesto Samán por su rigor científico, sus calidades personales y su compromiso con los valores de la libertad y la justicia. Era, sin sombra de dudas, un juez independiente que, sin estridencias, sabía impartir justicia y poner en su sitio a los poderosos de turno, fueran estos empresarios, políticos, abogados o lobbystas profesionales. Y excluyo de esta enumeración a los medios de prensa no solamente porque el juez Samán estaba en las antípodas de lo que hoy se conoce bajo el nombre de “juez estrella”, sino porque en los sesenta la atención de los medios sobre el poder judicial esta circunscripta a la justicia del crimen. A poco de entrar en funciones y mientras lograba que los profesionales litigantes en el juzgado de primera nominación aceptaran despachar con un “casi imberbe”, me sorprendió el respeto reverencial con el que los abogados mas poderosos y encopetados del foro local dispensaban al doctor Samán. Pronto comprendí que se trataba, nada más pero nada menos, de un expreso reconocimiento a la honradez, independencia y sabiduría del juez. El juez Samán destilaba sobriedad en su vestimenta, en sus costumbres y en sus maneras, como lo revela un dato aparentemente menor: Saluda erguido y extendiendo la mano, sin que jamás a nadie se le hubiera ocurrido lanzarse en un abrazo de compinche ni, menos aun, besarle las dos mejillas, esa prescindible y húmeda manía de ciertos sindicalistas porteños. Preciso es recordar que por aquel entonces el Poder Judicial de Salta, merced a los aires democratizadores que llegaron de la mano de los gobiernos peronistas (1944/1955) y radicales (UCRI y UCRP), estaba dejando de ser un coto cerrado propiedad de una “Gran Familia” (como puede comprobarse contrastando las nóminas de jueces y fiscales con dos o tres libros de genealogía salteña), para dar entrada a profesionales cualificados de múltiples procedencias ideológicas, sociales y territoriales. La justicia de Salta contaba, en los años 60, con un elenco de jueces y magistrados de sobresalientes condiciones y que, con muy escasas excepciones, hacían gala de su independencia de la política y de los poderes fácticos. El transcurso del tiempo y la reciente lectura de un interesante libro (“Los jueces y la política” de Carlo GUARNIERI y Patricia PEDERZOLI), me permiten arriesgar una clasificación profesional de la judicatura de aquellos años. Y distinguir entre los jueces convencidos de que su misión era “hablar por boca de la ley”, y aquellos otros mas inclinados a la “creatividad” y, si acaso, a un cierto “activismo” judicial. Dejo para otra oportunidad el análisis de los jueces de tendencia “pretoriana” que, me apresuro a decir, cuando llegó el momento, no dudaron en dictar fallos en defensa de las libertades públicas que fueron expresión de inteligencia, patriotismo constitucional y valor cívico. Si bien las fronteras que separaban a ambas corrientes eran lábiles, pienso que el doctor Ernesto Samán integraba el primer grupo, sin que esto le impidiera mantener excelentes relaciones con sus colegas del fuero civil y de otros fueros. Aun cuando he dejado de ver a mi antiguo superior y nada sé de su vida actual, los recientes avatares de la justicia local me animan a trazar esta breve semblanza del doctor Ernesto Samán que, como es fácil deducir, pretende rendir un homenaje a un verdadero arquetipo de juez republicano. 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