El Chacho, un perro sumamente religioso

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Escrito por Luis Caro Figueroa, el jueves, 17 de enero de 2008 (Ha sido leído 1473 veces)
Al leer en Iruya.com las peripecias que está sufriendo el periodista cerrillano Carlos Villanueva, amenazado por criticar abierta y públicamente al siempre polémico y casi eterno intendente del lugar, mi memoria se trasladó inmediatamente a los primeros años ochenta y a ese variopinto escenario urbano llamado el Barrio Antártida Argentina, en Cerrillos.

Image La familia de Carlos Villanueva era propietaria del Chacho, un perro negro, de raza indefinida y apreciable porte, pero de carácter tranquilo y andar pausado, que pasó a la historia del pueblo por ser uno de los canes más religiosos que dio aquel feraz territorio, pródigo en bellezas carnestolendas, en poetas trasnochadores y en bailantas bien organizadas, pero poco dado a producir almas piadosas.

Lejos de ser una broma, la religiosidad del animal era motivo de comentarios en voz baja entre las gentes del pueblo.

Cerrillos distaba mucho entonces de ser un lugar en donde se debatiera en cada esquina acerca de la identidad entre el alma del hombre y la de los animales y, de hecho, no había una "movida metafísica" en el sentido más abierto y llano de la expresión.

Pero aquel robusto perro había adquirido unos hábitos que empezaban a preocupar a algunos fieles y a provocar celos, incluso, en el seno de otras confesiones.

Los más suspicaces atribuían la puntual asistencia a misa del Chacho a la vecindad de la familia Villanueva con tres damas cerrillanas de incuestionada beatitud como lo son y lo fueron doña Marta de Patrese, doña Delma de Rangeón y doña Amalia de Castiella.

Vecinas de una misma calle, separadas sus puertas por escasos metros, las damas en cuestión asistían a misa en compañía del Chacho, quien también encabezaba las procesiones de San José con una devoción superior a la del diácono de turno, al que se veía siempre más preocupado por el sonido agudo que emitían las antediluvianas bocinas parroquiales cuando se acoplaban, que por la solemnidad de la liturgia y la puntualidad de los salmos.

El Chacho hacía la fila para recibir la Santa Eucaristía, pero su perruna condición le impedía participar de esos misterios. Muchos veían en su triste mirada de aquellos momentos un reflejo de su sentimiento de frustración. Y si faltaba algo, el Chacho también asistía a enlaces, bautismos y funerales con alegría o congoja, según lo que dictaran las circunstancias, y hasta tenía su forma particular de "darse la paz" con su vecino de reclinatorio.

Las señoras de Rangeón y de Castiella, buenas vecinas y damas de fina educación, rivalizaban no obstante en la belleza de sus geranios. Habían entablado una silenciosa competencia por la abundancia y exquisitez de sus jardines y se controlaban la una a la otra, maceta a maceta. Pero el tiempo les hizo disputarse luego la bienhechora compañía del Chacho en las procesiones, señal de que el animal estaba insuflado de alguna esencia emparentada, si acaso lejanamente, con la divinidad.

El Chacho acompañaba también a las catequistas e integraba, de facto, el tribunal examinador de los niños que presentaban sus credenciales para la Primera Comunión. Colaboraba en el aseo del salón parroquial, aunque no pertenecía formalmente a ninguna "corriente interna" de la Iglesia. Su "independencia" era motivo de murmuración y de comentarios malintencionados por parte de algunos conocidos integrantes del Movimiento Familiar Cristiano.

Su condición de perro soltero, excelente procreador y en cierto modo promiscuo, era para estos fundamentalistas un motivo de tacha y descalificación.

Uno de estos comentarios llegó a oídos de doña Rosa Peralta, patricia cerrillana que colaboraba en la casa parroquial. El infundio decía que el Chacho asistía impasible a ciertos festines clandestinos que organizaban los sacristanes y que consistían en comer santas formas, aún no consagradas, con dulce de leche y mate cocido, a espaldas del cura.

En una ocasión, el recordado párroco de la localidad, el presbítero rosarino Egidio Bonato, había puesto en venta su impecable Peugeot 404. El vehículo era, como no podía ser de otro modo, de un color cielo intenso. No por casualidad, el sacerdote guardaba su coche en un estupendo jardín-pajarera que tenía junto a la casa parroquial, de cuya entrada colgaba un cartel que rezaba "Domus Dei et Porta Coeli".

En aquella bien nutrida pajarera, colindante con los fondos de la derruida casona que fuera de don Gregorio Caro, encontraron su hogar definitivo algunos mirlos y chalchaleros prolijamente trampeados por los hermanos Rangeón, ornitólogos aficionados e inquietos amantes de la naturaleza.

El caso fue que el párroco encomendó a mi amigo Pipo Soler que publicitara la venta de aquel coche. Y me consta que Pipo, con su inagotable ingenio, iba de puerta en puerta alabando las bondades del Peugeot del cura y venciendo la resistencia de los más escépticos diciéndoles: "Tené en cuenta que este auto está 'religiosamente' cuidado".

Cuando alguien supo que el Chacho dormía en ocasiones junto al él, aquel Peugeot se vendió inmediatamente.

Como dijo aquel cerrillano, son los insondables misterios de Dios.


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