Fachenzo o los efectos del realismo escénico en el Valle de Lerma

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Escrito por Armando Caro Figueroa, el domingo, 20 de enero de 2008 (Ha sido leído 1325 veces)
Hubo un tiempo, lejano, donde el radioteatro y el cine hablado sacudieron la calma provinciana.

Image Quien ha crecido dentro de la era de la televisión no podrá, probablemente, comprender determinados efectos que la radiofonía, el teatro ambulante o el incipiente cine hablado, con el inapreciable apoyo de las revistas de historietas, fueron capaces de producir en algunos de los oyentes o espectadores de provincias.

Dejo de lado a aquellos paisanos leídos, curiosos o impasibles, para centrarme en aquellos otros que desembarcaban en este tipo de espectáculos por primera vez desde un pasado inmediatamente rural. También a quienes, sin capacidad alguna para sorprenderse, creen desde siempre que no hay nada nuevo bajo el sol; y, por último, a los escasos salteños genéticamente fríos tanto a la hora de recibir impactos emotivos como a la de expresar sentimientos.

El universo de comprovincianos hipersensibles a lo que por entonces eran novedades en el mundo de la comunicación, incluye a personajes de todas las clases sociales que fueron protagonistas de curiosos acontecimientos, hoy amenazados por el olvido y por el rubor que este tipo de anécdotas familiares provoca en las nuevas generaciones.

Habré de referirme aquí a dos de estos acontecimientos. Individual uno, colectivo el otro.

El primero de ellos tiene por protagonista a uno de mis tíos, héroe en la campaña contra los indios del Chaco (o quizá de la Guerra del Chaco en cuyo caso, por esas cosas del destino, debió combatir del lado boliviano), casado a su vez con una muy distinguida dama con ancestros en Fenfiñáns (Cambados - Galicia), y a quién ciertas voces maledicientes de la propia familia motejaban como “el Mayor inconveniente”.

Ya retirado y con el grado de Mayor del Ejercito Argentino, mi tío decidió “sacar los pies del plato” e invitó a su señora al biógrafo, o sea al único cine decente de entonces, a ver la única película que se exhibía durante ese mes gracias a la sapiencia técnica de don Arístides Cayata, el operador oficial de cuantas proyecciones cinematográficas se decidían en Salta, incluso desde la clandestinidad o al amparo de la mayor intimidad.

Puede que se tratara de “El fantasma de la opera”, protagonizada por Lon CHANEY o alguna de vaqueros yanquis. En cualquier caso mi tía Delia, miembro de una familia de varones cuellicortos y de mujeres que evocan a cisnes del paraíso, sufrió extremadamente a causa del terror o del suspenso provocado por las imágenes y por la trama, del tal manera que terminó transmitiendo su ansiedad al veterano militar fogueado en varias batallas.

Según cuenta la tradición familiar, doña Delia procuró serenarse dando la espalda a la pantalla, pero el bravo Mayor retirado desenfundó el arma reglamentaria y disparó varias veces contra el malvado de la cinta provocando el pánico de la platea, daños en el telón y la inmediata intervención de la autoridad que, tras identificar al agresor, decidió hacer la vista gorda en honor de su trayectoria en el Chaco.

La segunda muestra del poder de persuasión que, sobre nuestro pueblo ejercía en este caso la radio esta referida a la presentación, en las ondas de LV9, de la novela “Fachenzo, el maldito”, obra mayor de don Héctor Bates (aunque otras fuentes atribuyen la autoría a don Adalberto Campos).

La radionovela se emitía a la tardecita y atrapaba a las familias enteras, pese a la perversidad, al maldecir y al desamor que exhibía el protagonista.

Lamentablemente no me ha sido posible encontrar el texto de esta novela que excitó mi frágil imaginación juvenil deparándome intensas jornadas de sufrimiento e indignación. A estas alturas no se si Fachenzo era un gaucho matrero, un golpeador de mujeres, un sicario, un compadrito o un malevo federal. Sólo recuerdo que una de sus especialidades era dar palos brutalmente a un pobre niño sordomudo.

El caso es que la maldad del personaje y la violencia del radioteatro movieron a vicarios del ilustre Arzobispo Roberto J. Tavella a ejercer su poderosa influencia en defensa de las impecables costumbres salteñas y de la buena educación de niños y jóvenes.

Quienes, en su condición de anunciantes, actores y productores, estaban detrás del legítimo negocio de “Fachenzo” lograron que el veto arzobispal se tradujera en un cambio de horario (de la tarde a la noche) y en una aceleración y acortamiento de los capítulos de modo que la obra finalizara en no más de una semana a contar del óbice episcopal.

Por supuesto, desoyendo la advertencia de la Iglesia, devoré los capítulos finales robándole horas al sueño.

Como suele suceder en estos casos, el guión había reservado para el final los momentos mas intensos (léase mas violentos y perversos).

Varios pacíficos salteños no aguantaron más la saña de Fachenzo y, en el penúltimo capítulo, decidieron constituirse en Deán Funes 28 armados de palos y puños. No eran piqueteros concertados, sino personas que coincidieron espontáneamente en la necesidad de escarmentar al cruel Fachenzo en la persona del actor que lo encarnaba en Salta con señalada convicción: don Pepe Martín.

Pese a las heridas recibidas, don Pepe estuvo al pié de los micrófonos para poner el aire el capítulo final, sin una queja, como corresponde a un gran profesional. Bien es verdad que esa fue su última actuación teatral; terminada la cual se dedicó a la publicidad y al marketing.

Una curiosidad final: Salta no fue el único lugar donde ocurrió un incidente de este tipo. En muchas otras ciudades y pueblos argentinos el ocasional intérprete de Fachenzo terminó siendo agredido por la inveterada intolerancia de las masas alíadas a creyentes poseídos de santa indignación.



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