Bonavena, el lustrabotas cantor

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Escrito por Luis Caro Figueroa, el martes, 22 de enero de 2008 (Ha sido leído 1408 veces)
Mucho tiempo antes de que el soberbio edificio de la calle Mitre 77 de Salta, sede del antiguo Consejo General de Educación, se convirtiera en lugar de exhibición de las famosas "Momias del Llullaillaco", aquel sitio ya había servido como morada a otra momia, tan venerable como la misma Doncella o la Niña del Rayo.

Miguel Sapag, Bonavena
Miguel Sapag, Bonavena
Entre los años 60 y 70 de la pasada centuria malvivió por allí un enjuto lustrabotas de origen sirio llamado Miguel Sapag, que se ganaba la vida ejerciendo su oficio a la sombra de los arcos ojivales que adornan los soportales del viejo edificio. Ocasionalmente, Sapag se ganaba el diario sustento cargando la heladera del bar anejo a la agencia de loterías que, en ese mismo lugar, tenía otro árabe de fuste, el señor Nasri Naim.

Miguel Sapag era una auténtica momia andante. Su talla pequeña y su aspecto caquéctico le conferían un aire espectral. Sus vestimentas, a menudo raídas, terminaban de darle ese toque faraónico que se proyectaba desde su cráneo oviforme y sus facciones medio orientales hasta sus ágiles pies de la talla treinta y seis. Nadie sabe muy bien por qué, a pesar de su esmirriada figura, los timberos del lugar y los agudos humoristas que frecuentaban Goyesca, lo habían bautizado como "Bonavena".

Tal vez el apodo se debía al carácter pendenciero del hombre, puesto de manifiesto en más de una reyerta de mostrador, o quizá era de aquellos apodos absurdos con que los salteños más ingeniosos buscan caricaturizar, por contraste, a alguna persona. Como se sabe, el sarcasmo directo siempre estuvo y está al alcance de muy pocos. Un representante de esta alta escuela de apodadores sin circunloquios fue don Francisco Álvarez Leguizamón, quien bautizó a su amigo y vecino Antenor Saravia Diez como "Precadáver".

Bonavena formó parte de una clase de lustrabotas muy especial: la de los noctámbulos y bohemios. Como buen nativo de esa agreste tierra, pródiga en grandes guitarristas, que es El Galpón, Bonavena conseguía obrar maravillas con el instrumento. Desgarradora como ninguna otra era su personal interpretación del tango La Limosna, aquel que empezaba diciendo "en la puerta de un palacio, un pebete mendigaba: Tengo hambre, tengo frío, tenga usted piedad de mí".

De tan noctámbulo y bohemio, Bonavena mantenía a su compañera sumida en un cruel abandono, ya que rara vez volvía a pernoctar a su casa. La mujer, cansada de esperarlo, un buen día decidió marcharse tras la estela de otro lustrabotas, compañero de recova de Bonavena. Pero lo hizo no sin antes anunciar legalmente su abandono del hogar mediante una enigmática carta manuscrita, algunos de cuyos pasajes evocaba la grandilocuencia del general Douglas McArthur cuando se vio obligado a marcharse derrotado de las islas Filipinas. Aquel mensaje de ruptura matrimonial rezaba: "Volveré cuando regrese".

Bonavena también inauguró una costumbre laboral, discutida y peligrosa, consistente en dormir en el lugar de trabajo hasta la jornada siguiente. Desafortunadamente, sus epígonos siguieron esta huella de una forma bárbara y con riesgo para sus propias vidas, ya que mientras Bonavena, pequeño como era, se dormía como un pajarito junto a su cajón, otros lustrabotas más jóvenes y, quizá, menos resistentes a la intemperie, vivían la calle al mejor estilo de los "hoteles cápsula" de Tokio.

Un caso famoso, fue el de aquel trabajador que, hace ya muchos años, tenía un cajón elevado de lustrar de cuatro asientos en el centro de la propia terminal de ómnibus de Salta. Terminada su labor y cuando sólo había perros hambrientos en los andenes, el hombre recogía sus útiles y los iba metiendo en la parte interna del cajón de lustrar. La última parte de la operación consistía en meterse él mismo dentro de aquel estrecho cajón y de cerrar la portezuela desde dentro, hasta el día siguiente.

Otro caso, menos conocido y todavía no suficientemente documentado, es el de un grupo de lustras que, por medios que nadie conoce, se había hecho de las llaves de la parte interna del monumento al general Antonio Álvarez de Arenales, ubicado en el centro geométrico de la Plaza 9 de Julio. Allí pasaban la noche, a despecho de la humedad, del frío del bronce y, sobre todo, de la escalofriante leyenda urbana que atribuye a la cola del caballo del general cántabro la capacidad de obrar tremendas desgracias.

Si alguno de estos cataclismos hubiera ocurrido de verdad en Salta, y algunos siglos más tarde los arqueólogos hubiesen descubierto los restos momificados de lustras yaciendo en minúsculos cajones y en criptas sub-monumentales, no sólo se elaborarían descabelladas teorías acerca de nuestros usos funerarios y de nuestra civilización en general, sino que los mismos lustras serían elevados por algunos a la categoría de deidades, y sus momias, prolijamente conservadas en pomada Cobra, adoradas en algún museo del futuro.


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