El e-Mail: un hábito peligroso |
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Escrito por el jueves, 10 de junio de 2004 (Ha sido leído 33862 veces) Dentro de unas pocas semanas se cumplirán diez años desde que entablé mi primera comunicación a través de correo electrónico. Apenas una década ha transcurrido desde aquel 1994. Un año en el que, impulsado por las necesidades de mi trabajo profesional como abogado, me decidí a explorar las posibilidades de un medio de comunicación que prometía, ya entonces, una forma de gestión documental y de la información enteramente nueva. Dentro de muy poco tiempo, nuestra credibilidad, nuestra profesionalidad y nuestra ética serán juzgadas por el modo en que nos comunicamos con otros a través de las redes digitales de información. El propósito de estas líneas no es, desde luego, el de efectuar un repaso sobre mis experiencias personales con el correo electrónico, sino el de reflexionar -hasta donde sea posible en un artículo de estas características- sobre un fenómeno que emerge de forma preocupante en el horizonte de las Nuevas Tecnologías y que amenaza con echar abajo todo lo bueno y positivo que ha traido consigo esta formidable revolución. Me refiero, claro está, a la creciente pérdida de confianza en el correo electrónico por parte de los usuarios. A matter of trust Como ocurre con la mayoría de las actitudes y comportamientos humanos, la confianza es un fenómeno difícil de cuantificar y de medir, así como díficiles de aislar son las causas y factores que contribuyen a generarla o a destruirla. El caso del correo electrónico es en cierto modo paradójico por cuanto hasta ahora la desconfianza de los usuarios y consumidores parecía reservada a las tecnologías inmaduras. Por tanto, algo no demasiado bueno debe estar sucediendo para que, a más de treinta años de su invención y a más de diez de su explosión, el correo electrónico haya pasado de la categoría de invento maravilloso y deslumbrante a la de instrumento sospechoso y amenazante. Si damos por buenas las cifras que barajan los expertos, estamos asistiendo a una clara desaceleración del crecimiento del e-mail y de su utilización, a nivel mundial, por primera vez en su corta historia. Estas mismas cifras indican que del volumen total de mensajes intercambiados a través del correo electrónico, más de la mitad es correo basura, incluyendo en este concepto no sólo a los mensajes no solicitados que contienen publicidad, sino también a los que transportan códigos maliciosos. Es muy posible que en la base de la pérdida de confianza que afecta al correo electrónico se encuentren el SPAM y los virus. Pero el crecimiento de estas dos patologías sociales no alcanza, por sí solo, a explicar la retracción de los usuarios ni a justificar el -hasta hace poco impensable- regreso al teléfono y al fax. A mi juicio, hay otras razones que -unidas a las anteriores- están contribuyendo a reducir rápidamente la utilidad del correo electrónico, lesionando su fiabilidad, empañando su transparencia y ralentizando su crecimiento tecnológico. Estas razones son, entre otras, el anonimato en Internet, la falta de autenticidad de los mensajes y la virtual ausencia de privacidad. Se trata, pues, de una compleja variedad de factores interrelacionados, que se agravan por su sola persistencia, y que están determinando a los usuarios a cuestionarse si el correo electrónico es realmente ese medio de comunicación, seguro, confidencial y transparente que todos necesitamos para desenvolvernos en la naciente Sociedad de la Información. Si la inseguridad y las malas prácticas continúan minando la confianza de los usuarios, no será aventurado pensar que en un futuro cercano se deberá disponer de un carnet o una licencia administrativa para poder comunicarse a través de las redes digitales. Tres deseos El primer deseo de un usuario del correo electrónico es el de que su mensaje llegue a su destino, es decir, que se entregue en el servidor que corresponda y que el destinatario pueda recuperarlo en cualquier momento. La mayoría de los usuarios sabemos ya que esta aspiración tan elemental no resulta hoy de tan fácil concreción como sucedía hace tan solo cinco años atrás. Muchos ISP -incluidos algunos populares proveedores de cuentas de correo gratuitas- han venido instrumentando filtros de contenido pensados para luchar contra el SPAM y los virus. Sin embargo la agresividad de estos filtros provoca muchas veces la pérdida de mensajes útiles para el usuario (el irresuelto problema de los 'falsos positivos'). Es cierto que muchos proveedores conceden al usuario la posibilidad de "organizar" sus propios filtros en base a criterios y reglas definidas autónomamente, pero no es menos cierto que en la mayoría de los casos estas reglas sólo operan como una "segunda barrera" detrás de dispositivos de seguridad sumamente rigurosos, sobre los que el usuario no tiene, desde luego, ningún control. El segundo deseo es el de saber que los mensajes que recibimos provienen realmente de las personas o instituciones que figuran en los encabezamientos de los mensajes. De un tiempo a esta parte, se ha producido una avalancha de falsificación de identidades, no sólo de direcciones de correo sino de servidores SMTP, que está facilitando la utilización del correo electrónico para realizar o difundir actividades al margen de la ley, sin que en la gran mayoría de los casos pueda rastrearse con eficacia el verdadero origen de los mensajes. La duda sobre la verdadera identidad del remitente y sobre la legitimidad de la fuente que origina el mensaje no sólo dificulta la comunicación: la destruye. El tercer deseo es que nuestros mensajes no puedan ser leídos o modificados por terceras personas o manipulados de algún modo por dispositivos automáticos. Sin embargo la realidad es muy diferente a nuestros deseos. A pesar de que la mayoría de los usuarios es consciente de que las comunicaciones personales a través del correo electrónico gozan de la tutela de las leyes y que, en el caso Argentino, esta protección tiene, incluso, rango constitucional (art. 18 CN), casi todos sabemos que, salvo intervenciones muy burdas, la violación de las comunicaciones electrónicas no suele dejar huellas y emplea mecanismos cada vez más sofisticados y sigilosos. La sensación de indefensión es total cuando el usuario comprueba que su intimidad (personal, familiar o laboral) puede quedar expuesta a un escrutinio permanente por parte de empresas inescrupulosas, servicios de inteligencia y hasta de fisgones ocasionales, que no necesitan realizar grandes inversiones para concretar sus prácticas invasivas. Si bien en algunos países las reacciones judiciales frente a la violación del secreto de las comunicaciones electrónicas son cada vez más duras y coherentes con los valores que protegen, en muchos otros la legitimidad del Estado para sancionar se encuentra disminuida por la creciente intervención de los servicios de espionaje estatales sobre los correos electrónicos y los sistemas informáticos de sus ciudadanos. En torno a la privacidad de las comunicaciones por correo electrónico hay también ciertos mitos. Muchos usuarios creen, o suponen, que una cuenta e-mail de un ISP (por ejemplo, el que nos proporciona el acceso a la Red) es de alguna forma "menos privada" que una cuenta gratuita en sitios tan conocidos como Hotmail o Yahoo. Partiendo de la base de que hablamos de la misma herramienta y de que, en consecuencia, no debiera de haber diferencias en los niveles de confidencialidad entre unas y otras, cuando descargamos el correo de nuestro ISP existe la razonable presunción de que los mensajes se han transferido definitivamente desde el servidor a nuestra computadora. En cambio, cuando borramos un mensaje de Hotmail existe la presunción, igualmente razonable, de que ese mensaje (y sus archivos adjuntos) quedarán almacenados en alguna parte, para siempre. La sombra del gran hermano orwelliano planea otra vez, como ya lo hiciera antes sobre el patrimonio cultural de la humanidad. Sucedió cuando la misma compañía propietaria de Hotmail adquirió el famoso archivo fotográfico Bettman, compuesto por 17 millones de placas, que hoy se conserva enterrado debajo de una montaña en Pensylvannia. Nadie, por el momento, es capaz de asegurarnos que la misma tentación monopólica sobre la historia y la cultura del siglo XX no justificará el que los backups de Hotmail, añejados serenamente como un buen vino, reposen algún día en la misma cripta. Conclusiones En resumen, que la seguridad en el tráfico, la autenticidad de los mensajes y la confidencialidad de los contenidos son los grandes temas que ha de resolver el correo electrónico si no quiere abocarse a su propia destrucción. Las soluciones tecnológicas que se intentan (encriptación de los mensajes, firma cifrada, intercambio de claves, redes de correo privadas, etc.) en unos casos atentan contra la propia filosofía de la Red y en otros imponen a los usuarios unos requerimientos tecnológicos tan altos que terminan disuadiendo al más entusiasta. Las respuestas jurídicas que ensayan los ordenamientos, por su parte, deben de ir acompañadas de medidas judiciales oportunas y efectivas, si no queremos que los nuevos derechos y garantías sean letra muerta. No se trata de dejar nuestra seguridad e intimidad en manos de ciberpolicías pero sí de confiar en que el sistema judicial será capaz de hacer cumplir la ley, sin dilaciones y con medios tecnológicos idóneos y suficientes para asegurar la máxima eficacia en la ejecución de las resoluciones de los jueces. Por último, pienso que los gobiernos y las asociaciones de internautas debieran de impulsar, sin demora, acciones profundas y continuadas de concienciación ciudadana. Los valores -por no hablar ya de los intereses- que se encuentran comprometidos en la buena o mala utilización de las herramientas de comunicación digital son tan importantes que no puede perderse más tiempo ni dilapidar más recursos en "enseñar a navegar" o en acciones de mera "alfabetización digital". Hace falta revolucionar la formación tecnológica básica de nuestros ciudadanos promoviendo campañas de educación para un uso responsable y constructivo de las Nuevas Tecnologías, focalizando sobre aspectos sensibles de la comunicación, como lo son el respeto a los derechos de los otros ciudadanos, los comportamientos socialmente aceptables, la seguridad del tráfico, la intimidad personal y la autenticidad de los intercambios. Se debe concienciar a los usuarios -especialmente a los más jóvenes- para que comprendan que el anonimato, la suplantación de identidades, el empobrecimiento del lenguaje y utilización de sitios públicos de navegación no sometidos a control por la autoridad, atentan contra su propia seguridad y que es deber de todos ayudar a forjar una comunicación digital -transparente, segura y eficaz- basada en valores como la comprensión, el conocimiento y la cortesía. Debemos fomentar el asociacionismo entre los usuarios para equilibrar el poder de los ISP y animarles a que adopten códigos de conducta autorregulatorios capaces de traducir los valores que necesitamos difundir para asegurar la pervivencia del medio. En definitiva, que tenemos que plantearnos con seriedad estos desafíos y articular respuestas de forma urgente, si no queremos que la sociedad de la información nazca en realidad como un estado de naturaleza hobbesiano que nos convierta otra vez en lobos del resto de nuestros semejantes. El autor es Máster en Nuevas Tecnologías Aplicadas a la Educación de las universidades Carlos III de Madrid, de Alicante y Autónoma de Barcelona Más artículos de la categoría Tecnología y trabajo |


